GANADERÍAS DE ANDALUCÍA
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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del 26 de septiembre de 1998
FERIA DE SAN MIGUEL
Corrida de toros

Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de las siguientes ganaderías: 1º. Juan Pedro Domecq, descoordinado, devuelto; sobrero, mismo hierro, presentable, bravo y noble; 2º. Joaquín Núñez, anovillado, encastado; 3º. Garcigrande, escaso trapío, bravo y noble; 4º. Torreón, escaso trapío, inválido; 5º. Torrealta, regordío, borrego, y 6º. Zalduendo, anovillado impresentable, inválido.
Diestros

  •  Joselito, único espada: estocada baja (silencio); pinchazo hondo, rueda de peones que ahonda el estoque y tres descabellos (silencio); pinchazo y estocada (algunos pitos); dos pinchazos y estocada (silencio); estocada baja (palmas y algunos pitos); bajonazo (protestas); fue despedido con fuertes protestas y lanzamiento de almohadillas

Picador que destacó:  -

Banderilleros que saludaron:

Presidente:

Incidencias -

Entrada: casi lleno

Tiempo:

Crónica de la prensa: El Mundo, Diario de Andalucía, El País


diarioandalucia.jpg (22376 bytes)Francisco Mateos. Edición del 27 de septiembre´98. Horas bajas de Joselito

El madrileño, incapaz de estar a la altura de unos toros boyantes, le echó la culpa al viento

No creo que sea el momento oportuno para hacer leña del árbol caído. A nadie le sorprendió que Joselito estuviera tan mal en la Real Maestranza ante lo que debía ser el día más importante de su carrera profesional. La trayectoria del diestro madrileño esta temporada está plagada de tardes malas y malísimas, con muy pocas buenas; quizá excesivamente tapadas por algunos y expuestas con la transparente realidad de otros. Pero no se pueden sacar consecuencias irrefutables por lo que sucedió en Sevilla. Lo que ocurre es que da rabia que haya tantos toreros que, por un tarde mala —como el reciente caso de Caricol— hayan tenido que desistir del intento. Tanto aquéllos como estos pueden tener tardes malas; pero aqéllos sólo tienen una tarde, la única, y estos tienen todas las del mundo.

¿Y qué ocurrió ayer en la Maestranza? Que se presentó un torero vestido de blanco y plata en horas muy bajas. Estoy convencido que lo de vestirse de plata lo hizo a propósito, como este año en Madrid, cuando algunos ya lo querían poner de banderillero. Hombre, ni lo uno ni lo otro. Pero ese terno que eligió ya denotaba el escasísimo ánimo con el que afrontaba la corrida. Llegaba de torear en Valladolid el día anterior, plaza en la que, según cuentan las crónicas, forzó la situación para intentar suspender la corrida por lluvia. Al final se dio y se fue de vacío, mientras Ponce y El Juli salían por la puerta grande. Y es que este ha sido su devenir de la temporada. La cosa empezó torcida ya desde el principio, cuando el presidente Murillo se vio obligado a devolver por inválido al primero. Salió otro del  mismo hierro —Juan Pedro Domecq, empacho gaditano el de ayer en Sevilla—, que empujó con clase —la cara abajo— en el caballo. Por la derecha, enganchones varios y dosis de desconfianza.Por el izquierdo no asentó las zapatillas y le molestó, como en toda la tarde, el viento.

El segundo plato fue de Cuvillo, que desarrolló buen son en la muleta. Tras una tanda entonada por el derecho, al verse molestado por el viento, se dirigió a la barrera para humedecer el paño rojo y tiempo muerto al canto. No terminó de ver las posibilidades del de Cuvillo en el toreo al natural. Enganchones, más enganchones y desconfianzas por el pitón derecho. Y el toro que se le fue con las orejas colgando. A este, hasta lo descabelló muy desganado.

El de Garcigrande que hizo tercero no hizo cosas buenas en los primeros tercios: blandeó de salida, empujó con la cara a media altura en el peto y esperó a los de plata en banderillas. En la primera tanda se le coló al madrileño y, ni corto ni perezoso, éste, muy arrugado de ánimo y hecho un mar de dudas e inseguridad, se fue a tablas a coger el estoque ante algún atrevido silbidito, que ayer la gente se mostró muy cariñosa con el torero. Quiso sobreponerse con el del Torreón y dejó lances con la rodilla genuflexa, pero que fueron de más a menos. Se aquerenció en tablas y ello propició dos arriesgados pares de Juan Cubero, llevándose la primera ovación de la tarde. Y ya íbamos por el cuarto. De nuevo enganchones a un toro, esta vez, mansito y con poca calidad, además de endeble. Le faltaron recursos a Joselito.

Al de Torrealta lo recibió con una larga cambiada como de compromiso. Intentó la variedad en el quite, pero quedó en intento. Comenzó bien con ayudados por alto sentado en el estribo. A la música, de forma benévola, le faltó tiempo para entonar acordes. Pero tras otra tanda de cierta cadencia, volvieron las dudas y los medios pases a un buen toro, un toro de triunfo. El sexto se lo brindó muy misteriosamente a su apoderado Martín Arranz, casi sin mirarle, en gesto que hacía recordar en algo al que le hizo a Martín Recio hace algunos años, y que significó el final entre ambos. Tres muletazos de cualquier forma y cogió la espada. En fin, un torero en horas muy bajas, sin ánimo ninguno, triste y abúlico, que estará maldiciendo la hora en que firmó la corrida. Eso ocurre por firmar a ciegas.

AL NATURAL. FRANCISCO MATEOS.
En tarde de tanto aburrimiento como en la Maestranza, ésta dio tiempo para más de un comentario. Uno muy generalizado fue la de los brindis, que tan sólo el último se lo dedicó, de forma demasiado misteriosa a su apoderado. Ni la madre del Rey, que estuvo sobre la Puerta del Príncipe que fue incapaz de abrir, ni el público que le dedicó tanto cariño al final del paseíllo, ni el banderillero Juan de Triana en su último paseíllo maestrante fueron honrados.

También se comentó el minuto de silencio en memoria de los 14 años de la muerte de Paquirri tal día como ayer, ya que los días 1 de mayo y 13 de septiembre tras las muertes en este ruedo de Montoliú y Soto Vargas no han sido recordadas. Otro comentario del siempre observador público sevillano fue la falta de tacto al no brindar la posibilidad al sobresaliente Vicente Salamanca de hacer un mínimo quite. Pero tampoco faltaron los dos comentarios con guasa. Alguno decía que al final del festejo, José haría que pasaran un cartel por el callejón en el que dijera “Hoy no he estado, hoy no cobro”. Y por último, otro que dijo que sería bueno que el buen equipo médico del doctor Vila se aumentara con la presencia de un psicólogo, para intentar curar las depresiones de los toreros. Son, en definitiva, las cosas de Sevilla.


El Mundo. Carlos Crivell, Sevilla. Edición del 27 de septiembre´98. Joselito paseó su tristeza por la Maestranza

Se cumplieron las previsiones y Joselito fracasó frente a seis toros de distintas ganaderías. Fue un fracaso en la plaza y en los despacho. El balance de su actuación es pobre; más pobre fue su imagen en la Maestranza. La ganadería brava está por los suelos. Cuando el madrileño se anunció -allá por marzo- para lidiar seis reses, algunos pensaron que se enfrentaría a toros poderosos y encastados. Otra cuestión es si existe ese tipo de ganado. La impresión es que aún quedan toros con pujanza en las dehesas de bravo, pero también existe la seguridad de que las figuras del toreo le huyen al toro de verdad.


En lugar de buscar reses de divisas de prestigio por su bravura y acometividad, Joselito se encerró con un muestrario de toros modernos, al que se ha llegado por las propias exigencias de los toreros que mandan en el escalafón, entre ellos el mismo diestro madrileño. Fue su primer fracaso. no tuvo suerte José Miguel Arroyo ni la buscó. Se comocía su mal momento...Joselito paseó su tristeza por la Maestranza. Y no todos los bureles fueron imposibles. A los que parecina que podían embestir, el madrileño se encargó de frenarlos en una labor desastrosa en todo momento, sobre todo por la falta de templanza en todos los tercios. Ya con el capote, ya con la muleta, joselito se dejó enganchar los engaños una y otra vez. Así logró que algunos toros nobles acabaran derrotando y a la defensiva. El público estaba predispuesto a poner de su parte la ayuda necesaria para aupar a José; el torero no puso nada para superar su propio desánimo. Antes de salir el primero, la plaza le ovacionó y, en lugar de salir al tercio, se quedó en el burladero. Al finalizar la corrida, el ruedo se llenó de almohadillas en manifestación de enfado ante el soberano fracaso de quien es una figura del toreo.

Con el primero, un sobrero de Juan Pedro, la gente sobrevaloró un violento quite por chicuelinas y se qudó pasmada cuando Joselito se dejó enganchar la muleta a las primeras de cambio. El toro de mayores posibilidades fue el de Núñez del Cuvillo. Aunque le molestó el viento, no acertó a templarlo. A veces le tropezaba la franela; otras, Joselito daba un tirón enérgico y a destiempo, Al de Garcigrande le guardó las distancias con demasiadas precauciones... El burel de El Torreón era inváldo, anovillado y manso. Necesitaba una muleta poderosa y un torero bien situado para embarcarlo. Era mucho pedir para un espada que ya tenía las ideas nubladas.

Se animó la tarde con el quinto de Torrealta, al que recibió con una larga cambiada. Comenzó la faena sentado en el estribo y la gente -y la música- se vinieron arriba en una reacción desproporcionada. No fue posible. Realizó una faena deslabazada y destemplada que fue la puntilla para el propio José y para la afición.

El sexto era una birria de Zalduendo. Anovillado y renqueante, se cayó varias veces en los primeros tercios. Brindó a su apoderado, al que sacó al tercio de manera absurda. Nadie sabe si fue un brindis de agradecimiento o para recriminarle algo. Lo cierto es que después de un único pase, más bien un tirón, Joselito puso colofón a su tarde con un espadazo bajo e indecoroso. No brilló con el capote, los quites fueron ramplones, dio un curso de falta  de temple con la muleta y no mató bien. Y que no se le eche la culpa al viento, que lo hubo pero sólo en pasajes puntuales. Fue la historia de un fracaso anunciado. No hubo toros de calidad, pero alguno mereció que le hubiera pisado otros terenos. Demasiado para un matador que sólo salió a  pasear su tristeza por la Maestranza.


El País. JOAQUÍN VIDAL, Sevilla. Edición del 27 de septiembre´98. Pegó el petardo

Fracasó Joselito con los seis toros; quiere decirse: que pegó el petardo. Y lo peor no es que fuese incapaz de hacer una sola faena, de dar un solo pase digno, de lucirse en los quites, de bregar con maestría, sino la vulgaridad que demostró a lo largo de toda la corrida. Una vulgaridad aplastante e insoportable. Una vulgaridad que la afición sevillana aguantó primero con paciencia y luego ya ni la aguantó ni nada. Muchos espectadores, para el quinto toro, ya habían abandonado la plaza.

Es lo peor que le puede ocurrir a un torero: que no suscite interés, que aburra. Entraba a quites, es cierto, pero no le salían. O le salían al modo que tiene ahora este torero -y muchos- consistente en hacer como quien hace; en dar aliviado el lance, en rectificar terrenos y disimular después el cúmulo de carencias y defectos de la suerte adoptando aires de solemnidad.

Lo mismo ocurrió con la muleta: toreaba fuera de cacho, con el pico, quitándose presto en cuanto remataba el muletazo. Y, además, rara vez llevaba al toro embebido y dominado pues los pases eran distantes, destemplados, aprovechando los viajes.

Eso, cuando lo toros tenían ese temperamento borreguil que se lleva pues si sacaban casta, le desbordaban en todos los frentes. Hubo casos muy significativos: la faena al de Garcigrande, que embestía enterizo, duró 45 segundos; la faena al siguiente, un borrego tullido de El Torreón, ocho minutos.

Y no es que se lo pusiera difícil Joselito: él mismo o sus representantes habían elegido los toros, por supuesto a su medida, y bien se vio que tenían un concepto muy precario de esa medida: de poco cuajo todos, varios anovillados, alguno impresentable, con un trapío inconcebible para una plaza de primera, menos aún si esa plaza es la famosa Maestranza de Sevilla. Y dieron juego; lo que son las cosas.

Al primero, un estupendo sobrero de Juan Pedro Domecq, le ensayó tandas de derechazos al modo unipase y otras de naturales destemplados. En el de Joaquín Núñez repitió la sesión, con algunos pasajes que pitó el público, advertido de las excelencias del toro. Al de Garcigrande (ese fue el que le duró 45 segundos) le intentó un derechazo -exactamente: uno-, y al verse desbordado y comprometido, tomó raudo la espada. Al inválido de El Torreón le pegó más naturales y derechazos sin templanza ni ajuste, entre costaladas del toro. Sentado en el estribo inició la faena al de Torrealta y el joselitismo militante -una mayoría llegado en el Ave para la ocasión-, le aclamó. Y rompió a tocar la banda. Pero en cuanto Joselito emprendió los derechazos, paró en seco. Y parte del público, ya bastante amostazado de suyo, silbó la espantosa vulgaridad de la faena. El de Zalduendo, una especie de novillejo sin presencia ni aliento, se lo brindó a un paisano al que invitó a salir al ruedo. Joselito hizo el brindis de costado, sin mirarle a la cara, con imperceptible movimiento de labios y soltando las palabras por una comisura. Parecía que le estaba vendiendo una papelina. La faena que siguió duró lo que una desabrida tanda de derechazos y entró a matar. Y vinieron las protestas, que el público había estado conteniendo ante semejante petardo. Y cayeron almohadillas. Y Joselito, de albo y plata vestido, abandonó la plaza con gesto adusto. Y la afición se marchó mohína intentando entender por qué a cualquier aburrido pegapases se empeñan en llamarle maestro.

 

 

 
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