|
|
|
Festejo 7º de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del viernes, 24 de abril de 1998
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Victorino Martín, en
general bien presentados, poca fuerza, encastados sin llegar a bravos. El 6º manso de
solemnidad.
Diestros:
- El Tato. Estocada
trasera y caída, ovación y saludos; estocada media, silencio; porta gayola, estocada
entera, palmas al toro, pitos al torero.De grana y oro.
- Pepín Liria.
Estocada muy tendida y trasera, palmas; media en su sitio, palmas; estocada entera,
caída, palmas. De purísima y oro.
Picador que destacó: -
Banderilleros que saludaron: Antonio Cava y Carlos Casanova,
ambos de la cuadrilla de El Tato
Presidente: Gabriel Fernández Rey
Incidencias: -
Entrada: lleno, con algún claro en las gradas
Tiempo: Sol
Crónicas de la prensa: El Correo de Andalucía, El
Mundo, El País
El Correo de Andalucía. José
Enrique Moreno, Sevilla. Edición del 25 de abril´98. Los 'victorinos'
ganaron a los puntos
La corrida de Victorino, salvo algún que otro toro, no aprecio de Victorino porque salió
justa de raza. Y esto no es bueno para un ganadero que vende emociones.
Pero aunque parezca un contrasentido, la corrida de Victorino tuvo toros buenos o, al
menos, toros aptos para el lucimiento, toros a los que se les pudo cortar orejas. Fue
mejor la victorinada para el torero porque ya se sabe que el torero quiere el toro fácil
que para el ganadero, que los quiere bravos y encastados, duros si hace falta, pero no
dóciles y sosos, como hubo alguno en la Maestranza.
Precisamente porque hubo toros aptos para el triunfo y el triunfo no se materializo, es
por lo que se dice en el titulo de esta crónica que los victorinos ganaron a los puntos.
Ni El Tato ni Pepín Liria fueron capaces de responder a la expectación creada ni con
faenas ni con orejas, lo que provoco comentarios desde el tendido el publico es sabio como
"Victorino, te has cargado a estos dos muchachos", y "Otro toro bueno, y
van tres".
Pero sigamos el hilo del mano a mano para contarlo con la máxima fidelidad a los hechos.
Para empezar, El Tato logro momentos de calidad en el toreo al natural con un primer
victorino manson que hizo ademan de rajarse, pero que embistió bien por el pitón
izquierdo cuando el torero le enseñóño a hacerlo. La faena transcurrió por dentro de
las rayas de picar, donde el toro quería estar, surgiendo los mejores muletazos, de mano
baja y largo trazo, cuando el toro fue hacia dentro. Hubo contenido para un primer triunfo
que no se materializo porque la petición de oreja fue minoritaria quizás enfriada por la
colocación desprendida de la espada.
El primero del lote de Pepín Liria pareció mas un toro de Victorino. Embistió con mas
raza y no fue tonto, por lo que la faena de Pepín, que comenzó un tanto acelerada,
sufrió luego altibajos, con momentos de mayor y menor acoplamiento.
Después de los dos primeros toros se empezó a notar que no se cumplían las
expectativas, y tampoco lo que paso en el tercero ayudo a cambiar la decoración. Este
toro fue noble, pero no transmitió emoción en su embestida pese a tener calidad. En la
faena hubo una primera fase sobona y una segunda en la que El Tato se acoplo por el pitón
izquierdo en un par de tandas que ya no impactaron al publico. Era tarde.
En cuarto lugar salió la alimaña, el toro peligroso que dice que es peligroso desde el
primer capotazo que le da el torero. Y ya se pueden imaginar: todos en pie de guerra,
sálvese quien pueda. Liria, en cambio, no estuvo a la defensiva, sino que resolvió la
papeleta como mejor supo. Madrino, que así se llamo el toro, busco primero por debajo de
los capotes y luego por arriba. En la muleta, Pepín solo logro engañarlo en la primera
serie, luego el animal se volvió intratable por tobillero y listo. Imposible para
realizar una faena medianamente lucida, ideal para hacer el toreo sobre los pies y no
complicarse la vida, que indudablemente estaba en juego.
Quedaban dos toros y paso lo peor que podía pasar. Uno salió bueno y no fue debidamente
aprovechado y otro salió malo y dejo mal sabor de boca final. El bueno le toco a El Tato
y fue un toro que embistió mucho con fondo y nobleza sin que el diestro maño -que quiso
acelerar los corazones con el gesto de esperarlo a portagayola- lograra sentirse a gusto
con el. También en esta faena hubo altibajos, destacando los remates de serie y algunos
muletazos zurdos con los que El Tato enseñó al toro al final. Esta circunstancia puso a
la gente a favor del toro y en contra del torero. Ovación para el primero y división
para el segundo.
El ultimo fue el garbanzo negro de la corrida por manso y rajado, todo lo contrario de lo
que debe ser el toro de Victorino. El animal rehuso la pelea en la brega y después de una
primera tanda la faena de Liria consistió en la persecución del toro por toda la plaza.
Mal final para una tarde con marcado acento torista.
El País. JOAQUÍN VIDAL, Sevilla.
Victorino pega el petardo
La afición esperaba con ansia la llegada de los toros de Victorino Martín, sus
toros de poder y trapío, encastados y fieros; la apasionante intensidad de la lidia; la
emoción del arte de torear. Y se quedó con las ganas. Porque Victorino Martín trajo
unos toros distintos a los que le dieron fama; unos toros terciados, flojuchos y de
pastueño conformar; unos toros tirando a mansos antes que a bravos, con la excepción del
que salió sexto que quiso corregirlos a todos y se puso a hacer el buey. De manera que
Victorino iba redimir la casta brava y a salvar a la patria, y resulta que pegó el
petardo.
No se quedó solo Victorino pegando el petardo: los toreros colaboraron muy eficazmente.
Los toreros llegaron anunciados mano a mano y pareció que habían ido a una batalla de
flores. Los toreros -El Tato y Pepín Liria se llaman- entraban juntos por tercer año
consecutivo en la Feria de Sevilla con los victorinos y ofrecieron motivos sobrados para
que la Feria de Sevilla no vuelva a repetir nunca jamás semejante cartel.
Los toreros del mano a mano, en vez de aprovechar que los victorinos salían terciados,
flojuchos y de pastueño conformar, para bordarles el toreo, les dieron una soberana
paliza de derechazos y de izquierdazos pegando gritos.
Por qué los toreros modernos pegan gritos es un misterio que deberían investigar los
taurólogos eminentes. Los toreros de toda la vida jaleaban a los toros premiosos para
provocarles la embestida, y lo hacían diciendo je, o ja, o ju, breve y conciso, sin
levantar la voz, pues se trataba de incitar al toro, no a su madre la vaca que se quedó
en la lejana dehesa. Algunos construían frases, como «je toro, toro je», y solían ser
los de Valladolid, que tienen especial vocación oratoria. Lo que no se le ocurría a
ninguno era armar un escándalo. El Tato y Pepín Liria, que dieron por lo menos mil
pases, pegaron por lo menos mil gritos. Los que pasaban por fuera de la Maestranza
debieron creer que dentro se estaba perpetrando una violación. Un día van a irrumpir los
de fuera a pedirles explicaciones de lo que ocurre a los que están dentro.
Los de dentro no se crea que se fueron de rositas. Los de dentro también eran víctimas
del palizón de derechazos, de izquierdazos y de chillidos. Los de dentro, que empezaron
siendo amables y aplaudían cuanto sucediera en el redondel, mediada la función ya
estaban lamentando no haberse ido de excursión.
Hubo algunos instantes toreros, quien sabe si por milagro. Fue cuando el Tato le ligó
unos naturales al codicioso torito que abrió plaza. Que se repitieran esos instantes
toreros -toro codicioso, ligazón torera- fue lo que estuvo aguardando inútilmente el
público durante el resto de la tarde.
Durante el resto de la tarde, en sus intervenciones, El Tato la emprendía a
derechazos e izquierdazos a destajo, citando fuera de cacho, adelantando el pico de la
muleta, medio tumbado al embarcar, rectificando terrenos al rematar. Pepín Liria se
ponía fragoroso. Pepín Liria presentaba los engaños con las crispaciones propias de
quien se mide en desigual combate con monstruos del averno. Y no eran monstruos del averno
sino plácidas criaturas.
El cuarto sacó el temperamento del victorino clásico que humilla mucho y que busca el
bulto si no se le embarca con templanza y mando. En una serie de derechazos Pepín Liria
lo hizo así y el toro le embistió entregado. En la siguiente no lo hizo así, de poco
sufre una cogida, y ya no volvió Pepín Liria a fiarse del toro.
El sexto lo brindó Pepín Liria al público. Que dios le conserve la vista que tienepara
descubrir a los toros buenos. Porque el toro, a los pocos pases, salió huyendo, se aculó
en tablas, cuando se le acercaba el hombre blanco escapaba por el lado contrario, hizo un
rato el burro, se comportó como un buey, y dejó el crédito del ganadero y el honor de
su divisa a la altura del betún.
La afición, frustrada en sus esperanzas y herida en sus convicciones, sentenció:
Victorino Martín, castigado sin postre.
El Mundo. JAVIER VILLAN, Sevilla.
Victorino Martín que estás en los cielos
Una excelente corrida descubrió las carencias de El Tato y de Pepín Liria, sin que
dejaran nada para el recuerdo
Tardó Raúl Gracia, El Tato, en ver el pitón izquierdo del victorino primero, que
era un pitón de fábula, y cuando lo vio, lo vio a medias. En realidad, yo creo que
ninguno de los toreros se enteró de lo que tenía delante. O así lo entendió el
público, que apenas sacó dos docenas de pañuelos para reclamar premio y trofeo para el
maño.
El Tato derrochó decisión y empeño. El toreo de El Tato es de corte obrerístico y
laboral, un productor, que se decía en tiempos de la Oprobiosa para quitarle al obrerismo
connotaciones izquierdosas. La rima ha sido involuntaria, pero no es cosa de andarse con
exquisitices refitoleras, tratándose de El Tato, que tiene más de contundencia que de
primor.
Con todo, a mí me parece que los naturales fibrosos y la estocada merecían más que esos
aplausos de compromiso que ni siquiera le estimularon a la vuelta al ruedo. No es por
señalar, pero alguna oreja, mística y volandera, se ha cortado por aquí no hace mucho.
Y si contundente había sido el toreo de El Tato, celérico fue el de Pepín Liria en el
pegajoso segundo, que le buscaba la anatomía y no precisamente para acariciársela.
CORTO VIAJE.- Los toros de Victorino son todo menos lascivos; y cuando le tientan el muslo
a un torero, no es para llevárselo al catre, sino para mandarlo al hule. Por eso, fueron
meritísimas las verónicas de bragueta dura y los naturales de Pepín Liria, que había
de atender al insidioso remate del animal que acortaba elviaje para buscarle las
cosquillas. Tampoco levantó demasiados entusiasmos, y no creo que fuera lo
defectuoso de la estocada lo que enfrió los ánimos. Que, pese al calor, estaban
gélidos.
En el tercero, pareció que se adelantaba el bache en que la corrida acabó. O sea, que
llegábamos a la decadencia sin haber pasado por el esplendor. La verdad es que Raúl
Gracia no anduvo muy lúcido para calibrar la bondad de un toro que, aunque tardeaba, era
de dulzona suavidad. No estuvo fino El Tato. ¡Qué hermosura de toro el cuarto! ¡Qué
velas! Se rajó en el caballo, manseó descaradamente y acabó en distraído falso: es
decir, mirando para otro lado y aprovechando la oportunidad para cazar al torero.
Tenía las características del tercero, pero en peor: tendencia a buscarle los tobillos a
Pepín, que estuvo valiente, aunque un poco espeso. No podía intentarse una lidia al uso,
sino una lidia por sorpresa, estratégica, de series cortas y medidas; el victorino,
doctorado en la ciencia bélica del golpe de mano y la guerrilla, aprendía enseguida.
Se arrodilló El Tato para recibir a portagayola y se levantó el público. Y, a público
levantado e hirviente, siguió el aragonés lanceando tempestuoso. Se fue de lejos el
victorino al caballo y el picador marró. Muy blando el noble toro; muy bregadora y,
además, clavando bien, toda la cuadrilla de El Tato, al igual que la de Pepín;
oportunísimo Casanova en un quite a Caba, que tenía al victorino pisándole los talones.
No es la clarividencia la principal característica de El Tato. Ni una estética depurada.
Citaba con voz de tenor, como Paco, el del Pescaíto Frito, que está cantando en el
Teatro de La Maestranza El barbero de Sevilla; y, mientras se hace un hueco en el bel
canto, fríe los pescados como Dios. Buena voz la de El Tato, mucho mejor, sinduda, que su
muleta. Al menos, en este quinto toro. La muleta acabó perdiéndola, y los papeles
y el sentido de la medida; un espectador osado que empezó a contarle los trallazos se
desesperó cuando iba por arriba del centenar.
El sexto fue el garbanzo negro de una espléndida y dificultosa corrida. Ello apagó un
poco el esplendor y la presumible apoteosis de Victorino que ya se preparaba. El sexto fue
un manso huidizo, al calor siempre de las tablas, al que Pepín Liria mató de un
contundente espadazo. La sensación es que hubo mejores toros que toreros; que una vez
más una buena corrida se fue sin torear como Dios manda. Y que, pese a la buena voluntad,
ni El Tato ni Pepín Liria dejaron nada en el recuerdo
|
|