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Festejo 5º de abonoª
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del miércoles, 22 de abril de 1998
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: toros de José Luis Pereda, excepto el 5º bis, de Antonio Gavira. En sustitución de la anunciada en
cartel, de Gabriel Rojas, que tras presentar 13 reses, ninguna de
ellas fueron admitidas. Las lidiadas, blandas y mansas, flojas y desiguales..
Diestros:
- David
Luguillano. Estocada baja, ovación y saludos desde el tercio; pinchazo, estocada
desprendida, ovación y saludos.Azul marino y oro.
- Manuel
Díaz "El Cordobés". Pinchazo, aviso, pinchazo y estocada. Algunas palmas;
estocada, saludos. De fucsia y oro.
- Víctor
Puerto. Tres pinchazos, dos descabellos, silencio; estocada caída saludos. De
purísima y oro.
Picador que destacó: -
Banderillero que saludó: Jesús Delgado, de la cuadrilla de
David Luguillano
Presidente: Juan Murillo
Incidencias: El cuarto de la tarde tuvo que ser
devuelto a corrales por cojera manifiesta en el cuarto trasero izquierdo La corrida
comenzó con 45 minutos de retraso por el mal estado de la arena tras fuerte lluvia.
Entrada: menos de tres cuartos
Tiempo: soleado al principio y nublado con chispeos
después.
Crónicas de la prensa: El
Mundo, El País, ABC, El
Correo de Andalucía
El País. JOAQUÍN VIDAL, Sevilla.
Con nocturnidad y alevosía
La frase no es precisamente académica, pero la repetía con los apagados tonos del
sufrimiento a duras penas contenido buena parte del público al abandonar la Maestranza:
«Nos la han metido doblada». Doblada o acaso triplicada. Dependía del espíritu de
sacrificio de cada cual. Y, además, con nocturnidad y alevosía.
Las corridas de la Feria de Abril solían acabar cerca de las nueve pero ésta acabó
cerca de las diez. Vamos progresando. Los focos encendidos, el cielo cubierto, los toros
hechos fosfatina, los toreros sin ideas, la tauromaquia corrompida: eso sucedió en las
horas interminables de esta descabellada función.
La verdad es que no todo fue función porque la corrida empezó con casi una hora de
retraso. Había llovido fuerte, el ruedo estaba embarrado y resolvieron acondicionarlo. Lo
hicieron al estilo empresa de la Maestranza, que se caracteriza por la incompetencia, por
la chapuza y por la desconsideración.
Avanzó al embarrado redondel un equipo de unos diez hombres provistos de rastrillos y se
lo tomaron con calma. De cuando en cuando aparecía otro con una carretilla, vertía el
montoncito de albero que llevaba en ella y los otros lo esparcían con delicadeza. A veces
sólo era uno el que trabajaba y ése rastrillaba con tanta pulcritud como si estuviera
pintando La rendición de Breda. Los artistas, ya se sabe, son muy suyos.
Ya había pasado de sobra la hora señalada para el comienzo de la corrida, que era
las seis y media de la tarde, cuando un empleado recorrió el callejón mostrando una
pizarra en la que habían escrito a tiza con trazos desvaídos que se retrasaba 30 minutos
el comienzo de la función. Se hicieron cálculos desde el tendido y cruzados los datos
sobre la cantidad de albero que acarreaba uno y el tiempo que tardaban en esparcirlo
otros, se dedujo que nos iban a dar las uvas.
Hubo que corregir luego la previsión pues llegó un volquete que aportaba mayor cantidad
de albero. No mucho, sin embargo, pues lo derramaba siempre en el mismo sitio, de manera
que mientras un cuarto escaso de ruedo aparecía ya mullido y enjuto, el resto continuaba
hecho un barrizal. De nuevo exhibieron la pizarra, avisando que el comienzo de la corrida
se retrasaba quince minutos, y tampoco fue verdad: pasó otra media hora.
Y sonó el clarín. Y dio comienzo la función. Y pudo apreciarse que la función no
había quien la aguantara. Salían flojuchos y descastados los toros, los toreros se
movían despacito, los tercios transcurrían interminables sin argumento de ningún tipo
que los dotara de un mínimo interés, salvo las tropelías de ciertos picadores que
perpetraban carnicerías con los descastados e inválidos toros, desde lo alto del
percherón.
A uno de los toros lo devolvieron al corral, porque la gente ya estaba harta, y a
dos más que también protestó la gente no los devolvieron porque el presidente formaba
parte de la alevosa chapuza. En realidad casi se agradeció que el presidente no
devolviera más toros pues en la Maestranza la devolución de un toro plantea inquietantes
incógnitas. Cuando en la Maestranza devuelven un toro sacan unos cabestros que sólo
sirven para soltar las tripas y poner perdido el ruedo de inmenso cagallón.
Los toreros estuvieron voluntariosos intentando la misión imposible de sacar partido al
descastado género bovino, cuya representación en la arena se daba al sano ejercicio de
hacer fu. Los mal llamados toros, hierro José Luis Pereda, no tenían gana de embestir
sino de escapar al abrigo de las tablas o al oloroso amor de los chiqueros.
Luguillano ejecutó unas verónicas pintureras, ligó muy bien tres derechazos al
primero y el resto de su labor se redujo a lasfrustradas intentonas. Tumbó al
cuarto de un espadazo echándose descaradamente fuera y le ovacionaron. El
Cordobés toreaba con los trucos de perder pasos, descargar la suerte, meter pico, pero
como se le veía animoso, le aplaudieron también. Víctor Puerto se enfrentó valiente y
clásico con sus mulos, y no lograba sacarles partido. Claro: Víctor Puerto es torero, no
mulero. De noche cerrada acabó con su toro y con la insoportable función; con esa
alevosa afrenta que una empresa desconsiderada, unos morucheros impresentables y una
autoridad incompetente les hicieron a la afición sevillana, al respetable historial del
coso y al honor de la fiesta verdadera.
ABC. Vicente ZABALA DE LA SERNA,
Sevilla. Mejor hubiera sido la suspensión
Vertió el cielo litros y litros de agua sobre Sevilla desde el mediodía hasta justo la
hora de comienzo. Entonces escampó. Nunca es tarde, aunque el ruedo necesitó las playas
de Zahara de los Atunes en albero para empapar el gigantesco charco en que se había
convertido. Tres cuartos de hora tardaron los areneros en arreglar el lodazal, para luego
no ver nada. Mejor hubiera sido la suspensión, y que me perdone Canorea.
Mereció la pena la espera sólo y únicamente por ver el buen aire con que Luguillano
jugó los brazos a la verónica. El primero de la descastada corrida de Pereda, que había
sustituido a la rechazada de Gabriel Rojas, tomó las bambas de su capote con alegre
tranco. David, que gusta de aflamencar la figura, meció el percal con brillo y la mano de
salida un poquito alta. Así toreó en la salutación y en un quite posterior,
merecidamente aplaudidos.
Prometía el bravo toro, cuyas francas embestidas aprovechó también El Cordobés por
chicuelinas. Mas se rajó en el segundo tercio y las esperanzas cayeron en el pozo donde
habitualmente queda el gozo. El vallisoletano pronto e inteligentemente se sacó a
su enemigo a los medios, donde sólo consiguió enjaretarle una serie diestra y templada.
No pudo haber más. Quería huir el animal hacia la querencia yahorrarse el embestir.
Debió Luguillano abreviar luego. Despachó la cuestión con una estocada desprendida,
para, después, recoger las palmas desde el tercio. A mitad del festejo, el
aburrimiento reinaba a sus anchas. Como a perro flaco van todas las pulgas, el presidente
devolvió al renqueante cuarto toro de Pereda. En su lugar salió un sobrero manso, rajado
y de escasa presencia de Gavira. Luguillano le echó voluntad, pero sin alcanzar el
anhelado e imposible lucimiento. Pinchó en el primer envite y dejó una estocada en el
siguiente. El respetable, generoso, le ovacionó el afán de agradar.
El descubrimiento
A Manuel Díaz le han descubierto algunos en Levante. A uno le parece que el problema de
Díaz es que aun cuando está mejor sigue siendo muy mal torero. Ayer aburrió con su
noble y tardo primero al palo de la bandera. Si no pegó doscientos pases, no pegó
ninguno. Escuchó un aviso después de dos pinchazos y antes de cobrarse una estocada algo
trasera y atravesada.
La misma casta que la vaca que ríe en la caja de quesos sacó el anovillado e inválido
quinto, ideal para la tauromaquia pegapasística de El Cordobés. Pues eso, que se puso
Díaz a lo suyo, sin que de aquella multitud de muletazos/latigazos ramplones y zafios
destacara uno solo. Menos mal que a la primera intentona espada en ristre atinó, aunque
el acero se hundió levemente desprendido.
Incomprensiblemente, parte del público batió las palmas por no sabemos qué
extraña motivación. Igual es que el que no aplaude siente que no amortiza la entrada.
Qué sé yo. Claro que ayer no les recompensaron el dinero invertido por mucho que se
rompieran las manos en absurdas ovaciones. Manuel Díaz, ni corto ni perezoso, se asomó
al tercio para corresponder.
Duelo a pases
El «colorao» tercero pisó el albero maestrante ya rajado. De ahí «palante»
imaginen el suplicio, sobre todo porque Víctor Puerto decidió retar a El Cordobés a
pegar pases. Empataron en tedio y vulgaridad. Para colmo, se piró de la suerte suprema
las tres veces que pinchó, antes de acabar con dos golpes de verduguillo.
La negra noche se echó sobre la Maestranza durante la lidia del gacho sexto, más tora
que toro por su manso juego.
Víctor Puerto intentó faena, y sólo consiguió una nueva cadena de pases de igual
factura, huérfanos de calidad. Puerto, por lo menos esta vez, no alargó su labor y dejó
que El Cordobés le ganara el duelo pegapasístico. Dejó una estocada arriba. La afición
sevillana hizo gala de su generosidad y le sacó a la raya del tercio.
Tarde para el olvido, insufrible y tediosa. Para decir si lo sé no vengo.
El Mundo. JAVIER VILLAN, Sevilla.
Lluvia, silencio, aburrimiento, nada
Cayeron diluvios sucesivos sobre La Maestranza durante todo el día y, al final,
salió el sol; caliente, seco, dorado como un albero planetario. Se retrasó el comienzo
de la corrida tres cuartos de hora. De no ser por media docena de verónicas y una tanda
de derechazos de Luguillano, mejor que la corrida no hubiera empezado, que se hubiera
suspendido para siempre jamás, amén.
Señor, ¿qué hemos hecho para merecer esto? ¿A qué especie animal pertenecían esos
extraños seres de José Luis Pereda que salieron al ruedo? ¿Eran burras, eran mulos,
eran vacas, eran vacaburras, eran bueyes de carreta o corderillos artificialmente
engordados y encornados?
La Maestranza es una luminosa teoría de rojos y amarillos, un equilibrio cromático y
arquitectónico de suprema belleza. Como las verónicas de David Luguillano, aunque más
grácil y aérea. La Maestranza es de estirpe arábiga, y Luguillano es de estirpe barroca
y tiene la plasticidad, tensa y dramática, de un imaginero castellano. Seis verónicas
trayéndose el toro prendido, dejándolo en el sitio exacto para el lance siguiente.
No fueron unas verónicas relajadas, como los capotazos de El Cordobés en su quite;
fueron seis verónicas intensas, un poco amortiguado su vuelo y su expresividad por la
tensión dramática. El toro no tenía fuerzas, quería irse a las tablas y Luguillano lo
sujetó muy bien en los medios. Una tanda de redondos, perfecta de ligazón, temple y
sitio. El toro se estaba muriendo de pie, se iba a las tablas. Y Luguillano anduvo, como
el toro, en tono descendente. Un silencio de muerte se abatió sobre La Maestranza. Tras
el arrastre, estallaron las palmas con fuerza.
SILENCIO HIRIENTE.- Y de nuevo el silencio; ese silencio áspero, sonoro, hiriente que se
apodera de esta plaza en momentos de sopor y tedio. Hasta que El Cordobés enganchó a la
vacaburra que tenía delante en unos derechazos a media altura que era el único nivel que
aquel bicho de Pereda, sonámbulo e insomne, admitía. Olés. Y otra vez silencio.
Medios pases de izquierda para un medio toro, cruce de mula y oveja, bobo y zombi. Un pase
de pecho de cabeza a rabo. Enganchones. Nada. El silencio de la desolación, el silencio
de la vulgaridad. Y del aburrimiento. La nada hecha silencio; el silencio hecho nada. El
silencio hecho aviso en los clarines. Y el metal, como escribió no sé qué poeta,
amaneció clarín.
Se esperaba que el desparpajo de Víctor Puerto alegrara la tarde. Pero con toros como los
de ayer no hay alegría posible. Silencio y más silencio. Algunas palmas de algún
militante del optimismo. Algunas palmas para alejar el fantasma del suicidio colectivo.
Suicidio taurino, se entiende. Pinchazos y más pinchazos echándose Puerto fuera. Más
silencio.
Volvían las nubes y aquello sólo podía arreglarse con un buen chaparrón que nos
mandara a todos al hotel. La luz, eso sí, maravillosa. Tonos azulados, verdosos,
violetas. Y los vencejos haciendo el avión, ajenos a lo que ocurría en el ruedo. Felices
ellos. Para agravar la cosa, se devolvió el cuarto toro por las mismas razones por
las que podían haberse devuelto los otros tres y todos los demás. Un novillo manso sin
remisión fue el sobrero de Gavira. Cayeron cuatro gotas, insuficientes, sin duda, para la
desbandada. Pero a uno le daban ganas de salir corriendo y no parar hasta Cádiz.
El ruedo, bellísimo, con los focos dándole brillo, matices, riqueza. Huir, huir sin
volver la vista atrás. Pero David Luguillano, Manuel Díaz, El Cordobés, y Víctor
Puerto no parecían tener prisa. Erre que erre inventándose la nada. Los toros tampoco
tenían prisa; a los toros les daba igual.
En definitiva, su suerte estaba echada. Y la nuestra. ¡Auxilio! Eran las diez menos
veinte de la noche cuando concluyó este calvario. Que el último en salir ni siquiera se
moleste en apagar la luz. ¡Socorro!
El Correo de Andalucía. Jose
Enrique Moreno, Sevilla. Todo contra el espectáculo
La lluvia retrasó tres cuartos de hora el comienzo de la corrida y volvieron a fallar los
toros
La tarde nació torcida con una lluvia que, con malvado tino, cayó en el momento justo
para encharcar el ruedo y no dar a los areneros el margen necesario para tenerlo de nuevo
a punto a la hora de los toros. De modo que dos cartelitos asomaron al callejón de la
plaza: uno para anunciar que el comienzo de la corrida se retrasaba media hora y otro para
comunicar que se ponía un segundo plazo de quince minutos más. Total, tres cuartos de
hora de parón, tiempo suficiente para que el que más y el que menos se enfrentara con
reticencias derivadas de la impaciencia a la tarde de toros. Ese fue el primer factor en
contra que tuvo la corrida: la lluvia y el retraso. Otra cosa en contra fue el escaso
juego que dio la corrida de Pereda -sustituyó a la rechazada de Gabriel Rojas- debido a
la elevada dosis de mansedumbre que tuvieron los toros del ganadero onubense. De poco
sirvió, en este sentido, que algunos toros tuvieran nobleza porque luego, por una
razn u otra, no podan desarrollarla.
La tuvo, nobleza digo, el primero de la tarde, un toro que ademáss embistió con cierta
calidad al capote y entró bien al caballo. Pero todo eso para después marcar una
querencia a chiqueros propia de un manso a las primera de cambio. Pero hasta que el toro
cantó esa condición negativa permitió los que quizás fueron los momentos más
brillantes de la corrida. Los protagonizó un dispuesto David Luguillano que fue muy
consciente del lugar que pisaba -la plaza de Sevilla- y de la responsabilidad que eso
supone. Luguillano se hizo jalear en algn que otro lance de recibo, pero sobre todo
en un buen quite a la verónica arrojando la montera al toro para provocar su embestida.
Se gustó el torero vallisoletano y dio rienda suelta a ese toreo de pellizco que sabe
hacer. Ese buen sabor de boca inicial se extendió también al comienzo de faena de
muleta, que tuvo compostura en un par de series ligadas gracias a que el torero dejó la
muleta en la cara de un toro que estaba loco por irse. Como el torero no le dejó, acabó
parándose, rompiendo el hilo de una buena actuación. En ese toro también El Cordobés
se gustó en un quite por chicuelinas, momento que entra en el cajón de lo poco bueno de
la tarde.
Y, a partir de ahí, poco ms. Sólo se puede hablar de voluntad por parte de los
toreros y apatía en los toros. Y ya se sabe que en esto del toreo hablar de voluntad
puede resultar hasta un agravio para los toreros, pero dadas las circunstancias no sale
otra palabra. Voluntad tuvo El Cordobés de sacar partido de los dos toros de su lote,
pero quizá no hubo demasiado acierto. Era difícil, por ejemplo, templarse con el
débil segundo y puede que por ello la faena resultara tan irregular: hubo enganchones,
muletazos, buenos, caídas del toro..., todo lo necesario para que la faena no remontara
vuelo. Y más de lo mismo en el quinto, un toro al que su falta de poder le hizo ser más
malo de lo que en realidad era.
El caso de Víctor Puerto no se diferencia mucho del de sus compañeros. En el primero de
su lote la voluntad del torero fue sacar pases a un toro que embestía a regañadientes,
manso y cada vez más parado. Se los pegó, pero no pudieron tener emoción. Como tampoco
la tuvieron los que le dio al sexto pese a que fueron ms limpios y reunidos que los
otros, sobre todo una tanda de naturales. Faltó la chispa que debe poner el toro bravo.
Con animales tan sosos es difcil que los toreros puedan emocionar a la concurrencia.
Y lo malo es que eso no pasó sólo ayer, sino que la historia se viene repitiendo
ms de lo debido.
Y por cierto que ayer, a la vista del desaguisado ganadero, un sector de la plaza gritó
la consigna de "cojo" para forzar la devolución de toros cuya nica cojera
era la de su mansedumbre. Así consiguieron la devolución del manso y ciertamente débil
cuarto para propiciar la salida de un cuarto bis de Gavira que fue ms manso
todavía. Total, un desastre. Lo dicho: todo contra el espectáculo.
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