FRANCISCO MATEOS, Sevilla. Edición del 21 de septiembre´98. Sopor y vulgaridad
Sólo el riojano Diego Urdiales mostró algo más de decisión. Los novillos de Manolo
González, deslucidos, tampoco rompieron.
Comportamientos y circunstancias raras las que se produjeron ayer en la Maestranza en
ciertos momentos. Y no lo digo porque los novilleros
-ni los novillos- no fueran capaces de centrar la atención de los presentes, algo, que
lamentablemente, cada vez es más corriente. Pero, mirando a los tendidos y haciendo un
recuento cualitativo y cuantitativo de los asistentes, se daba uno cuenta de que había
gran cantidad de extranjeros, mucho público, y pocos aficionados de los de siempre. Y es
que el cartel, en la Maestranza, contenía a tres novilleros y ninguno sevillano. Y los
que estaban, la verdad, a priori, tenían escaso interés en esta plaza.
Así, con un público tan variopinto, se asistió a situaciones que viene a incidir
sobre la falta de formación taurina generalizada, como el aplaudir a un caballo que
había sido derribado cuando conseguían levantarlo, o cuando se ovacionaba a un novillo
que se levantaba ante le desacierto con el cachetazo
final.
Pesados los novilleros, que nos dejaron seis faenas monótonas y largas, larguísimas. Dos
horas y media duró la novillada. Y novilleros que se empeñaron en malimitar al Juli.
Antes, ningún astado servía para hacerles quites.
Ahora, tras demostrar El Juli que estaban equivocados, todo el mundo se cree que es capaz
de tener la misma calidad. La fiebre-Juli puede ser contraproducente.
Y por último, el feo detalle de los tres chavales cuando, junto al presidente,
salieron a examinar minutos antes del paseíllo el estado del ruedo, pues en la capital
andaluza había llovido durante todo el día. Pero unos chavales que lo tienen todo,
absolutamente todo, por ganar no tendrían ni por qué haber salido, sino deseando torear
en la Maestranza hasta con tres cuartas de agua.
El almeriense José Olivencia pecó de excesivo estilismo en su primero y poco
sometimiento, algo que terminó pagando finalmente porque no terminó de hacerse con el
animal, estando, además, en más de una ocasión a su merced.
En el cuarto hubo muchos consejos desde los burladeros, pero, por lo visto, pocos
efectivos. Muchos enganchones con un
novillo que, lógicamente, se fue defendiendo y complicando.
Diego Urdiales fue el único que mostró algo más de decisión. El riojano fue de
menos a más en su segundo y consiguió hacerse con un novillo con clara tendencia a salir
suelto hacia las tablas. Dejó destellos
de calidad en algunas fases del trasteo.
Al quinto -corto de recorrido- le debió dejar más distancia. Tiene valor y lo
demostró en un toreo de cercanías final.
Y al cordobés Enrique reyes se le notó la falta del rodaje. Le vino grande la
novillada y no dejó nada para el recuerdo, salvo los moratones que se llevó tras la
paliza recibida por el sexto.
En fin, novillada sin historia y novilleros con una falta de ambición preocupante.