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Festejo 18º de abono . Última
de la Feria de Abril
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del lunes, 4 de mayo de 1998
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de María Luisa
Domínguez.(Guardiola), bien presentados, flojos, mansos, poca casta,
salvo 5º, noble. 4º se tumbó y fue apuntillado
Diestros:
- Martín
Pareja Obregón. Estocada pescuecera escandalosamente baja (silencio); 4º, que
se tumbó en la faena de muleta, apuntillado (silencio). De tabaco y oro
- Vicente
Bejarano. Pinchazo, estocada corta tendida descaradamente baja, bajonazo
descarado y descabello (silencio); estocada trasera ladeada (petición minoritaria y
vuelta). De gris perla y plata
- Luis
Mariscal. Cuatro pinchazos -aviso-, pinchazo y descabello (ovación y salida al
tercio); tres pinchazos y estocada (palmas). De gris perla y oro
Picador que destacó: -
Banderilleros que saludaron: -
Presidente: Francisco Teja
Incidencias:
- La Autorida propone sanción para D. Antonio Cid, picador de la cuadrilla
de Vicente Bejarano, por tapar la salida natural de la res en la 2ª vara del 2º toro, lo
que podría contravenir lo dispuesto en el artículo 72.4 del
vigente Reglamento Taurino
- La Autorida propone sanción para D. José María Expósito, picador de
la cuadrilla de Martín Pareja Obregón, por tapar la salida natural de la res en la 1ª
vara del 4º toro, lo que podría contravenir lo dispuesto en el artículo 72.4 del
vigente Reglamento Taurino
- La Autorida propone sanción para D. Antonio Bejarano, picador de la
cuadrilla de Vicente Bejarano, por tapar la salida natural de la res en la 2ª vara del
5º toro, lo que podría contravenir lo dispuesto en el artículo 72.4 del
vigente Reglamento Taurino
Entrada: más de media
Tiempo: nubes y sol
Crónicas de la prensa: El Mundo, El País, ABC
El País. JOAQUÍN VIDAL, Sevilla.
Y Guardiola también
Llegaron los Guardiolas y pudo apreciarse que también padecían borreguez.
Y no es que trataran de cualquier manera a los Guardiolas. Pedía la gente que en la
prueba de los caballos los pusieran lejos, para que se apreciara su bravura. Y lo hacían
así los bregantes. Y el toro acudía al caballo sin mucha convicción. Luego, al sentir
el castigo, calamocheaban y se iban sueltos.
Algunos a donde se iban sueltos era a la querencia de chiqueros, si salían de allí
había de ser a fuerza de capotazos y lo hacían de mala gana. En el segundo tercio, salvo
el toro que abrió plaza -que galopó codicioso-, se dejaban banderillear cual si fueran
sacos y no se avivaban ni nada. En los turnos de muleta se complacían en manifestar su
temperamento ovejuno.
Hubo sus salvedades: el quinto resultó ser un encastado ejemplar. Hubo sus
incidentes: el segundo se cebó con el caballo, que había caído, y le pegó un
cornadón en el cuello. Hubo sus anécdotas: Luis Mariscal le pegó un monterazo al
picador.
La casta del quinto propició una valentona faena de muleta de Vicente Bejarano. Le había
sido imposible sacar partido de la mansedumbre total del segundo, que se desentendía de
los engaños y escapaba en demanda de las tablas. En cambio el quinto embestía según
deben hacerlo los toros bravos y Vicente Bejarano echó el resto en un muleteo no
exactamente templado ni ligado pero sí corajudo y tesonero. Un parón del toro le valió
una voltereta tras la que se levantó sereno y, sin mirarse siquiera, continuó
arrimándose. El público le ovacionó con fuerza y una parte de la plaza, no la mayor -la
menor- pidió la oreja, que no fue concedida.
El tercer Guardiola resultó de un conformismo absoluto y una pastueñez infinita. Debió
de apreciarlo así Luis Mariscal y cuando el picador metía la vara se puso a gritarle que
no lo hiciera, temiendo que acabaran en el puyazo las pocas fuerzas del tronado animal.
Las voces podían oírse en Triana. El picador no cejaba, la verdad es que tampoco
apretaba, el hombre; pero Mariscal lo debió considerar intolerable desobediencia y
entonces fue, se quitó la montera y la tiró con furia a la cabeza del picador. Si llega
a tener una piedra le abolla el castoreño.
Lo realmente intolerable era esa bronca, los malos modos, la falta de respeto al público
en una plaza tan emblemática como la Maestranza. Debió arrepentirse y lo arregló
brindándole el toro al picador. Primero acudió a buscarlo al patio de cuadrillas, para
lo cual se metió dentro. Salieron juntos, se dieron un abrazo fraternal y la cuestión
quedó zanjada. ¡Al toro!
Al toro..., que era una mona. Mariscal le dio un cambio por la espalda, estatuarios
impecables, tandas de redondos asombrosamente suaves y lentos. A lo mejor la lentitud y la
suavidad las ponía el toro. Convengamos en que serían los dos. El toro parecía el
carretón. No el carretón empujado por un ágil profesional sino por un fumador
empedernido víctima de las toses, los ahogos y las fatigas locomotoras. Bajó el tono de
los naturales y volvió a subir cuando Mariscal reemprendió los derechazos, que alternaba
con cambios de mano y trincherillas de cadencioso trazo. Finalmente, desde la quietud y la
verticalidad absolutas, cuajó un circular que si lo tira a compás no le sale tan
perfecto. No cortó la oreja porque mató fatal, incluso le enviaron un aviso.
Lo de matar no debe de encontrarse entre las mejores habilidades de Luis Mariscal, que
repitió los pinchazos en el sexto. Y lo de sentir el toreo, según. Con el sexto, al que
recibió a porta gayola con más valor que lucimiento, no sintió el toreo. Al sexto, que
era otro borrego, lo toreó envarado, sin templanza ni armonía, y se llevó un revolcón
sin consecuencias.
Quizá muchos no lo entiendan mas sentir el toreo es un don. Pareja Obregón adoptaba las
actitudes y ponía las estampas propias de los toreros artistas, y no transmitía que
estuviera sintiendo el toreo. Sus intervenciones de capa y de muleta carecían del ajuste
y del gusto propios del toreo bueno.
El cuarto lo brindó al paradigma del toreo hecho sentimiento, que es Curro Romero. El
público descubrió entonces al artista, a quien acompañaban, a derecha su esposa, a
izquierda el futbolista Finidi. La sorpresa dio paso al alborozo: nada menos que el
faraón y un jugador der Beti, presentes en carne mortal. Sólo faltaba allí La Macarena.
Bajo esos emocionantes auspicios se puso a pegar pases Pareja Obregón y le salían sin
ángel. Y en éstas que se tumbó el toro. Y no había manera de levantarlo. Y lo liquidó
el puntillero. Lo que faltaba por ver: los Guardiola, igual de inválidos y de aborregados
que todos. Dicen que los toros se caen por falta de casta. ¿O sea que los Guardiola no
tienen casta? Pues apaga y vámonos.
El Mundo. JAVIER VILLAN, Sevilla.
Un monterazo para que aprendan los picadores
Mariscal y Bejarano estuvieron a punto de cortar una oreja, y los guardiolas defraudaron
Los toros de María Luisa Domínguez son toros engañosos, al menos en su estado actual;
son toros para verlos galopar al caballo. Pero eso no es una pelea en varas, es una
fijación campera. Los toros de María Luisa Domínguez dicen que tienen casta porque ven
un caballo y allá que van, galopando como si vieran a una vaca enamorada. Luego llega la
muleta y, en el mejor de los casos, son toros de ocho muletazos. Y, con frecuencia, ni
eso.
Lo primero que hay que decir de los pedrajas de María Luisa es que galopar al caballo no
es sinónimo de casta, ni siquiera indicio. Es una manifestación inocente y bucólica de
sus querencias campestres. La casta es capacidad ofensiva y espíritu de lucha; y no sólo
ganas de juerga.
La tarde no fue emocionante si exceptuamos el dramático momento en que Vicente Bejarano
estuvo en el suelo a merced del toro y entre sus cuernos procelosos, y en otro en que
Mariscal anduvo por los aires y el asta en la entrepierna.
GESTOS INESPERADOS.- Pero la tarde fue pródiga en gestos inesperados. Luis Mariscal tuvo
dos: uno feo y otro hermoso; uno de cólera y otro de noble arrepentimiento.
Le estaba pegando fuerte José Manuel Moreno al noble guardiola sin atender los
requerimientos del matador para que alzara la vara. Y Luis Mariscal, ni corto ni perezoso,
se quitó la montera y le sacudió al piquero un monterazo sin protocolo. Eso del
monterazo es cosa fea; mas también piensa que los picadores se pasan de la raya: de la
raya y de la vara. Así que lejos de mi ánimo alentar a los diestros a que apedreen con
la montera a picadores matarifes. Aunque el airado y juvenil gesto de Mariscal, que veía
cómo se quedaba sin toro, es comprensible.
Después, se arrepintió, fue a buscar al picador, le brindó el toro y le dio un beso.
Pero Luis Mariscal tuvo otros gestos, estrictamente toreros, en este toro: pase cambiado
por detrás a muleta plegada, cuatro estatuarios, redondos lentísimos, pase del desdén y
un pase de pecho. Y naturales muy rítmicos; muy quieto el torero, un eje en torno al cual
giraba y se desplazaba el toro. Pinchó cuando ya tenía, probablemente, la oreja en la
mano y se había reconciliado con el público y con su picador. El gesto, en el que
pretendía recuperar el trofeo perdido, se le paró sin solución y sin remisión.
Otros gestos fueron los de algunos toros, galopantes como ya se ha dicho. El buen gusto de
algunos lances de Vicente Bejarano con que se ganó el favor del público y la autoestima.
El único gesto de Pareja Obregón fue brindar a Curro Romero. Pero el interés de esta
corrida que cierra tradicionalmente la Feria de Abril estaba en los pedrajas de María
Luisa, que no estuvieron a la altura de las circunstancias. Distraído, ausente hasta que
se halló en las proximidades del caballo el primero. Derribó y se cebó en la
cabalgadura; hubo que colearlo, y al penco hubo que retirarlo con una cornada en cuello.
El toro llegó acabado a la muleta, como casi todos.
El segundo guardiola ni siquiera lució en varas. Fue de caballo a caballo y siempre se
escabulló manseando huidizo. El tercero se arrancó dos veces desde los medios; en la
primera le pegaron fuerte y en la segunda le atizaron lanzazo toricida a la paletilla.
Mejor se picó el cuarto: lo poco que le duraron las fuerzas, mandó más que Pareja
Obregón. Acabó postrado y se echó exhausto antes de que el diestro entrara a matar.
Más movilidad, más casta y fuerza tuvo el quinto, que revolcó a Bejarano. Este
evidenció falta de sitio y sobra de valor; entró a matar sin acordarse del revolcón y,
por éste y por la estocada, algunos le pidieron la oreja. Esta es la historia de la
corrida y la de la feria. Aunque yo creo que por flojos y sosos que hayan sido los
pedrajas, los ha habido mucho peores. O sea, que llegamos de la nada a la más completa
miseria.
ABC. Vicente Zabala de la Serna,
Sevilla. Sólo una vuelta al ruedo de Vicente Bejarano ante la
mansada de Guardiola
Apenas dos horas después de haber abandonado la Maestranza, tras la corrida matinal, ya
estábamos otra vez en nuestra localidad con los trastos para presenciar el cierre deesta
Feria de Abril. Sin embargo, no fue lo lucido que cabía esperar, porque los «guardiolas» salieron mansos y descastados. Tan sólo el noble tercero sirvió, pero a
Luis Mariscal se le fue con las orejas puestas. Vicente Bejarano se erigió en el
triunfador de la tarde.
Los toros de María Luisa Domínguez parecían bravos, pero no lo eran. Se arrancaban
desde muy lejos al caballo con alegre tranco, para, a continuación, huir del castigo como
almas que el diablo lleva. Así todos. Desde el primero al último. Porque uno no cree en
la domesticación del toro bravo, mas cualquier malpensado podría pensar que los entrenan
a embestir al caballo en campo abierto.
El peor de los seis resultó el cuarto, al que hubo que apuntillar cuando se echó en
mitad de la faena de Martín Pareja Obregón. Ni siquiera el hecho de que el matador
brindara a Curro Romero motivó al animal a embestir.
El primero había aparecido en el ruedo al paso, muy parado, descastado ya. Al capote de
Martín embestía a oleadas. Del primer puyazo salió suelto, y en el siguiente empujó
con fijeza, hasta derribar. Con el equino se cebó contra las tablas, corneándole en el
cuello. Ni siquiera cuando le colearon reaccionó. Finalmente, hastiado de tirar derrotes,
dejó a la presa herida. No desarrolló recorrido en el último tercio. Tampoco humillaba.
O sea, que no valía nada. El diestro sevillano anduvo breve, sin posibilidad de
lucimiento. A la hora de matar se marchó de la suerte y colocó un infame bajonazo.
Un bronco y áspero manso saltó en segundo lugar al albero. Huyó también del castigo,
cómo no. La lidia resultó desastrosa. El pobre Vicente Bejarano se tragó en los medios
varios arreones por uno y otro pitón durante el último tercio. Vaya papeleta para un
chaval con tan pocos contratos en su haber. Resolvió mal con la espada.
Espeluznante voltereta
Demostró Bejarano que no le falta valor para ser torero, y buenas maneras tampoco. Claro
que con el descastado y áspero quinto, que nunca humilló, era difícil de comprobar. Le
echó redaños al asunto, e incluso obtuvo pases de buen sello. En un momento del trasteo,
visto y no visto, el «guardiola» le prendió de muy mala manera. El percance,
espeluznante y terrible, eterno por el tiempo que tardaron las cuadrillas en hacer el
quite, no acabó en tragedia porque verdaderamente existe un Ángel de la Guarda de los
toreros. No cabe otra explicación para que el joven de Puebla del Río se levantara
indemne y sin mirarse. Le faltó tiempo para acudir de nuevo a la cara del toro. Cobró
una sensacional estocada, que bien le pudo haber valido la oreja que el respetable pidió.
La cosa quedó en una vuelta al ruedo. Merecería Vicente Bejarano una oportunidad con
toros de mayores garantías. A mí, desde luego, no me importaría en absoluto volver a
verle.
A Luis Mariscal le faltan muchas condiciones para ser un buen torero. Para empezar,
torería. Y de ahí hacia adelante. ¡Cómo se puede tirar la montera a un picador para
que levante la vara! En mi vida había visto en el ruedo una falta de educación y respeto
de semejante calibre. Meta usted el capote y tire del toro, si quiere que no le castiguen
en exceso, en lugar de pegar esas horribles voces descompuestas e inútiles. Luego,
intentó enmendar la plana y brindó al maltratado torero la faena valiente y vulgar. La
música iba y venía. El toro también, muy templado y noble, de calidad. Toda la calidad
de la que careció su labor, brillante por momentos, embarullada casi siempre. Para
terminar pinchó hasta en cinco ocasiones y escuchó un aviso antes de utilizar dos veces
el verduguillo.
El sexto se paró enseguida en la muleta, después de que el picador de tanda ejerciera
francamente mal su papel. Esta vez no hubo monterazo. Menos mal. Luis Mariscal anduvo
porfión y valentón. A mitad de faena, el «guardiola» le encunó, sin que hubiera que
lamentar mayores y graves consecuencias que el susto. Como en el anterior de su lote,
manejó mal los aceros. Se va de vacío de la Feria tras dos actuaciones.
Esperemos que en la edición del próximo año se abran más los carteles, tanto a otras
ganaderías como a otros toreros. El balance de esta Feria no ha podido ser más pobre
ganadera y artísticamente.
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