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Corrida 17ª
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del lunes, 21 de abril de 1997
Corrida de toros

Ganadería: toros de María Luisa Domínguez (Guardiola-"Pedraja"). Con trapío, bravos y nobles, algunos sin fijeza.

Diestros: 

  • José Ortega Cano (meteysaca, estocada en su sitio, un poco tendida, silencios; pinchazo y media estocada tras aviso, palmas al toro, pitos al torero).
  • Antonio Borreo "Chamaco" (tres en hueso, tres intentos de descabello, silencio; estoconazo en su sitio, oreja y vuelta, palmas al toro).
  • Javier Vázquez (cuatro pinchazos en hueso, ovación y saludos desde el tercio; media estocada y estocada caída, aplausos).

Picador que destacó

Banderilleros que saludaron: Manolo Osuna y José Castilla, ambos de la cuadrilla de Javier Vázquez.

Presidente: Juan Murillo

Incidencias: 

  • Dos propuestas de sanción para el matador José Ortega Cano, por situarse a la derecha del picador en la primera y segunda varas del primer toro, lo que podría contravenir lo dispuesto en el artículo 73.1 del Reglamento Taurino.
  • Propuesta de sanción para el matador José Ortega Cano por infracción a la Ley Taurina como desobediencia al presidente al ordenar la ejecución de una tercera vara en el cuarto toro, una vez efectuado el cambio de tercio.
  • Propuesta de sanción para el picador Rafael Muñoz, por administrar la mencionada vara, lo que podría contravenir lo dispuesto en el artículo 72.7 del Reglamento Taurino.

Con respecto a las dos anteriores propuestas, el parte veterinario dice (extracto): "A consecuencia del mencionado puyazo el cuarto toro presenta un orificio de entrada causado por la puya de picar, de aproximadamente 18 centímetros, localizado a unos 15 centímetros del raquis en su parte izquierda, que penetrando entre la 10ª y 11ª costilla por el espacio intercostal produce rotura de músculos intercostales y orificio de salida en la parte alta de la cavidad abdominal, provocando hemorragia interna, pudiendo haber provocado anomalía en el último tercio de la lidia"

Entrada: tres cuartos

Tiempo: nublado, con viento al principio


CRÍTICA DE LA PRENSA Crítica de ABC Crítica de El País  

EL PAÍS. Joaquín Vidal

El toro soñado. Salió el toro soñado y le correspondió a Ortega Cano. No me diga.

Hubo más toros soñados y les correspondieron a los otros espadas del cartel. Es lo que llaman justicia equitativa, que tomó cuerpo en la Maestranza. Porque hay Dios.

Porque hay Dios, Chamaco y el peón Manolo Osuna se libraron de sendas cornadas y ahora lo cuentan. Chamaco resultó indemne del volteretón que le pegó el primer toro en un capotazo, y luego, junto a la barrera, levantaba los brazos dando gracias al cielo. Osuna cayó en la briega y cuando el toro le iba a cornear, él mismo se hizo el quite revoloteando el capotón.

Estos extemporáneos incidentes estuvieron a punto de amargar una corrida que iba de guante blanco. Una corrida tan buena que casi ni se puede creer. Una corrida maravillosa. Una corrida noble y brava también. Ocurre, sin embargo, que entrando en liza la acorazada de picar, no hay bravura posible. Pedía el público que a los toros los pusieran de largo para las varas y así se hizo. Pero de qué valía si, al entrar el toro en jurisdicción, el individuo del castoreño lo acorralaba girando a su alrededor y le metía fierro con furia carnicera.

Y así todos. El que menos, Jack el Destripador.

En cuestión de colocar lejos los toros para la suerte de varas se llega a situaciones grotescas. Mientras Javier Vázquez dejaba al tercero por el centro del redondel un espectador le gritó: «¡Ponle más lejos!» Lo hizo. Y el toro se arrancó, sí, pero no al picador de turno sino al que hacía puerta, pues lo tenía más cerca.

Poner a los toros lejos parece como si constituyera el fundamento de la prueba de bravura y no es eso, no es eso. Es justo al revés: colocarlos cerca de la raya y si se recrecen al castigo, irlos distanciando en los siguientes encuentros.

Tres varas es el mínimo indispensable para calibrar la bravura del toro. De largo, con fijeza y metiendo los riñones había tomado dos el cuarto y Ortega Cano tuvo el acierto de solicitar permiso (respetuosamente) para ensayar la tercera que, efectivamente, el toro tomó con inequívoca bravura.

Gran toro: ¡el toro soñado! Y le correspondió a Ortega Cano, no se sabría decir si por suerte o por desgracia. Quizá lo segundo, pues se le fue de rositas. Ortega Cano le montó una faena que no tenía orden ni concierto. Alternando continuamente izquierdas y derechas no encontraba ni el sitio, ni el gusto para conducir aquella embestida sensacional.

El quinto poseyó parecidas virtudes y el presidente lo cambió sólo con dos varas, con lo cual arruinó el gran espectáculo de la bravura que se estaba produciendo en el ruedo maestrante. Los presidentes: qué aficionados más malos.

Encastado el toro, Chamaco le hizo una faena enrabietada en la que destacaron dos tandas de naturales. Dos tandas en las que toreó ceñido, templado y hondo. Sí señor: así se torean los toros de casta. Emocionado el diestro, salió corriendo de repente, pegó un contoneo, se alborotó el pelo, se desabrochó el chaleco. Evidentemente era un conato de strip-tease. Mató de un estoconazo y ganó una oreja.

El toro tercero ya constituía un sueño excesivo. El toro tercero se pasaba de pastueñez y abrazaba la santidad. Javier Vázquez lo toreó de filigrana, especialmente por naturales, y echó a perder la bonita faena matando de cualquier manera.

Los toros buenos resultaron demasiado buenos y cuantas creaciones artísticas intentó Javier Vázquez con el sexto cayeron en el vacío. El publico no se emocionaba lo que se dice nada, nada, nada.

Hubo un manso -no me diga-, que abrió plaza, y a la torería academicista de Ortega Cano correspondía buscando el retorno a los amorosos aromas del corral. Los mansos son muy suyos. El segundo estaba inválido y devino borrego... Es la ley de las siete y media: que te pasas o no llegas. Con esos dos, el ganadero se pasó. Con los otros cuatro rozó la gloria. Si en vez de la acorazada de picar hay en plaza toreros a caballo auténticos, la tradicional corrida de los Guardiola habría sido memorable. 


ABC. Vicente Zabala de la Serna

La brava corrida de Guardiola elevó el bajo tono ganadero de la Feria. La sensacional corrida de María Luisa Domínguez puso el punto y final a la Feria de Abril. Los «guardiolas» se han colocado en primera línea de salida para optar al trofeo de la mejor de la Feria. Tienen la ventaja sobre los «victorinos» de haber embestido bravos en el caballo, y la desventaja, a nuestro modo de ver, de su desigual presentación. De cualquier manera, ambas corridas son de las que hacen resurgir la ilusión en el aficionado.

El primero de Guardiola movía con dificultad sus 615 kilos. Demasiados kilos y pocos pitones, pues cornicorto era. No piensen ustedes mal. Dos veces lo puso Ortega Cano largo en el caballo, y en ambas acudió el burel para meter los riñones con bravura. Chamaco, antes de comenzar el segundo tercio, voló por los aires cuando el de María Luisa Domínguez hizo porÞél y le cogió en las nubes, adonde le mandó. El porrazo, durísimo, afortunadamente, no pasó de ahí. La bravura del animal se quedó en el peto del equino. El tercio de banderillas fue una capea. Luego, cuando cogió la muleta el cartagenero, el astado buscaba ya el refugio de las tablas y la querencia. Ortega no se lo sacó de la raya para afuera y, aprovechando la querencia de su enemigo, dio muchos muletazos hasta que acabó en la puerta de toriles. Quizá, el toro en los medios hubiera sido otra cosa. Con la duda nos quedamos. Liquidó la cuestión de un pinchazo, una estocada y un descabello.

El cuarto fue un toro de los que encumbran a un torero o lo hunden en la más absoluta de las miserias. Este último fue el caso de Ortega Cano. El «guardiola» era de bandera. Al caballo acudió en dos ocasiones desde una larga, larguísima, distancia. El presidente, absurdamente, sin que lo pidiera el matador, con un toro bravísimo en el ruedo, cambió el tercio. El diestro de Cartagena se empeñó en que su picador citara por tercera vez al de María Luisa Domínguez en un tercer envite. Y así fue. El animal, de nuevo se arrancó con alegría al jaco. Magnífico: la primera vez en toda la feria que lográbamos ver tres puyazos, y el presidente que lo quería impedir. Lo de después fue una lucha de Ortega Cano contra sí mismo. Tenía delante el enemigo ideal para que su cacareada recuperación o resurrección se terminara de consolidar. Pero resultó imposible. Desconfiadísimo, sin cruzarse una sola vez, sin dejarle la muleta en la cara nunca, a punto estuvo de sufrir en algún momento un percance precisamente por permanecer siempre al hilo del pitón. Qué lástima ver así a quien fue un figurón del toreo. A la muerte del burel, el público solicitó la vuelta al ruedo para el bravísimo ejemplar. El presidente no lo concedió. 

Chamaco lanceó a la verónica con holgura al segundo de la tarde, que lucía pobre y fea cara. Pasaron los dos primeros tercios sin pena ni gloria. El «guardiola», soso, noblote, «bizcochón» que diría un amigo, no sacó un ápice de casta. Tendía, además, a quedarse cortito. Chamaco, que ha abandonado la línea tremendista, aburrió al personal pegando pases. Después, falló con los aceros.

No nos gusta escribir de los presidentes, que están bien cuando pasan desapercibidos; mas el de ayer, el señor Juan Murillo, se empeñó en erigirse en protagonista. También cambió el primer tercio con dos puyazos, cuando el bravo quinto pedía un tercero, y la plaza, también. El mundo está lleno de incompetentes. Pues dicho esto, el «guardiola» llegó a la muleta con nobleza, y la perseguía con codicia. Chamaco templó por ambos pitones, y al natural alcanzó con fuerza los tendidos. El astado, serio, serio, mucho más que el cuarto, le daba importancia a lo que el onubense hacía. Chamaco anduvo bien y cortó una oreja; pero el que realmente nos gustó fue el toro, aplaudidísimo en el arrastre.

El tercero también se comportó bravo en el primer tercio y provocó el desorden en la cuadrilla de Javier Vázquez en el siguiente. Al madrileño, que se presentaba en Sevilla, le gustó por el pitón izquierdo, y por ahí inició su faena. Los naturales, templadísimos, surgieron largos en tres series. El noble astado seguía la muleta al paso, a cámara lenta. La armonía presidió su labor también por el pitón contrario. Despacio, muy despacio, toreó Vázquez. Había estado sembrado, y por eso no entendimos su absurdo empeño por instrumentar un circular invertido, que además concluyó deslucidísimo. Malogró una oreja segura con los aceros, al quedarse en la cara al realizar la suerte suprema. Lástima.

El sexto no poseía mucha fuerza, y con dos puyazos Javier Vázquez solicitó el cambio de tercio. Ahora sí estaba justificado que el usía asomara el pañuelo blanco. Al peón Manolo Osuna le salvó su propio capote de un serio percance cuando perdió pie ante la cara del toro. A éste le faltó casta, y embestía sosote con la cara a media altura. Javier Vázquez estuvo voluntarioso e intentó sacar partido de su enemigo por ambos pitones sin obtener resultados positivos. De nuevo, no mató bien.

Sensacional es uno de los muchos adjetivos, todos ellos positivos, que se pueden aplicar a la estupenda corrida de María Luisa Domínguez, que tuvo dos toros, cuarto y quinto, de bandera, de los que ponen a un torero en dinero. Desgraciadamente, a Ortega Cano sólo le va a servir para echar por tierra lo que parecía ser su nuevo resurgir o para confirmar que ya no está para estos trotes. Y a Chamaco, a lo mejor, para poder funcionar un poquito mejor esta temporada, pues el hombre dio todo lo que da de sí.

 

 

 
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