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Corrida 16ª
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del domingo, 20 de abril de 1997 
Corrida de toros

Ganadería: toros de Eduardo Miura

Diestros: 

  • J.P. Prados "El Fundi" (puso muy bien las banderillas, estocada un poco caída, pitos al toro, aplausos y saludo desde el tercio; puso muy bien las banderillas, estoconazo en su sitio, pitos al toro, ovación, saludo desde el tercio).
  • Domingo Valderrama (media estocada un poco tendida y contraria, palmas al toro, oreja y vuelta; bajonazo atravesado, pitos al toro, aplausos).
  • Óscar Higares (estoconazo un poco delantero, perpendicular y contrario, palmas al toro, aplausos y saludo desde el tercio; pinchazo y estoconazo en su sitio, plamas al toro, ovación).

Picador que destacó

Banderilleros que saludaron: Curro Molina, de la cuadrilla de Domingo Valderrama, y José Antonio Carretero, de la de Óscar Higares.

Presidente: Fernando Carrasco

Incidencias: 

Entrada: casi lleno

Tiempo: viento, sol y fresco


CRÍTICA DE LA PRENSA Crítica de ABC Crítica de El País

ABC. Vicente Zabala de la Serna

Valderrama le cortó al natural una oreja a la miurada, que hasta tuvo un toro bueno. Y después de la tempestad llegó la calma, y el sol, tímido, arropado por las nubes volvió a brillar. El albero relucía nuevo. Por la mañana los areneros trabajaron a destajo para recomponer el devastado ruedo. Pese a lo que diga la empresa, y las versiones que circulan, el pasado sábado allí no se podía torear. Alabo desde aquí la coherencia del presidente, que tomó la cuerda decisión de suspender. Y elogio la racional inteligencia de Pepín Liria.

El murciano vino a decir en referencia a su cudarilla: «Yo soy yo y los míos». El humano gesto le honra. Lo demás era atropellar la razón con el único móvil del dinero. No hubo consideración alguna para el público –ni un aviso, ni un comunicado durante una hora de espera bajo el agua– ni por parte de la empresa ni de la autoridad. Todavía algunos se preguntan ahora por qué el usía impidió la celebración del espectáculo. Y a esos, como un frontón, les devuelvo la cuestión: ¿Qué dirían hoy si hubiera ocurrido una desgracia? En el aire queda la incógnita.

Los que sí tienen claro que al cliente hay que darle gloria bendita son mis amigos del restaurante «Casablanca», que han acabado la Feria saliendo por la Puerta del Príncipe. Da pena regresar a Madrid para añorar sus tapas.

Como pena producía ver blandear al primero de Miura. Largo y alto, tenía un trote descolgado, sin brío. El Fundi lanceó a la verónica sin mayores confianzas, quizá con excesiva desconfianza. Dos puyazos de trámite, y listo. El diestro de Fuenlabrada clavó tres pares con facilidad, pues anda sobrado de facultades. El miureño llegó a la muleta con un incómodo calamocheo. Buscaba las zapatillas a la salida de cada muletazo, y con más frecuencia a medida que avanzaba la faena. Le faltó poderío para haber desarrollado con mayor peligro sus intenciones. Como estuvo El Fundi no es fácil de definir. Aquello resultó la persecución de un minusválido a un atleta. El matador le ofreció la muleta por ambos pitones, entre rachas de viento, medias embestidas, cabezazos. Puso volundad por estar el ratito justo en cada pase y quitarse raudo. Mató de una estocada al encuentro.

Fenomenal volapié

El Fundi sí que hizo el esfuerzo con el cuarto, que era un auténtico marrajo. Se arrimó valentísimo, aunque con los palos pasó sin pena ni gloria. Dejó una estocada hasta la bola ejecutando el volapié a la perfección. Recogió una fuerte y merecida ovación desde el tercio.

Domingo Valderrama saludó a la verónica, con decisión y buenas maneras, al segundo del festejo, que acudió dos veces al caballo. En el peto echó la cara arriba, queriéndose quitar la vara. Más pies que el primero tenía, y apretó a Curro Molina en dos pares traseros y a toro pasado. Como el animal había llegado con velocidad y Molina le había ganado la cara por facultades aquello pareció lo que no fue. Y así el público aplaudió hasta que el peón se desmonteró. Al recoger la ovación también se apuntó el tercero. Importancia de verdad, sin pamplinas, emanó el toreo de Valderrama al natural. Semidefrente, de uno en uno, instrumentó unos cuantos naturales –que ante un «miura» son muchos– con valor, largura y temple. Antes con la diestra le había tomado también bien el pulso a su enemigo en una serie. Entre ésta y los naturales hubo un momento de bajón, que acabó al alza. Estoqueó al de Zahariche en el momento justo, tras dos pinceladas sevillanas, plenas de torería. La estocada, algo tendida y contraria, le impulsó a alcanzar la oreja.

Qunientos setenta y dos kilos tenía el quinto y parecía vareado. Dos astifinos pitones coronaban su agalgada anatomía. Valderrama se lo sacó a los medios de salida manejando el percal a modo de brega. El ánimo se nos encogió a todos cuando El Formidable hijo agarró los palos. Clavó con serios apuros. El de Miura embestía para llevarse por medio todo lo que se le pusiera por delante. Tarascadas y gañafones obtenía el sevillano cuando le ofreció la muleta por ambos pitones. El principio de la faena, pudiéndole por bajo a su peligroso enemigo, fue lo mejor. Y así tenía que haber seguido. El resto era jugarse la vida inútilmente. Despachó al de Zahariche de un horrible bajonazo.

La salida que hizo el tercero resultó de manso absoluto. Se frenó en el capote de Higares, y, cuando éste le obligó, tiró una coz. Un puyazo en la querencia y otro a contraquerencia recibió en su larga anatomía, que acogía 605 kilos. Carretero se desmonteró con los mismos argumentos que Molina en el segundo: ninguno. El «miura» por el pitón derecho buscaba con aviesas intenciones al matador al principio de la faena. Pero Higares demostró tener una diestra poderosa, y terminó sometiendo al morucho. A la tercera tanda la música debió romper a tocar; mas, como el de la batuta lleva haciendo lo que quiere durante toda la Feria, los primeros compases del pasodoble coincidieron con el final de la labor del diestro de Usera. A la hora de matar, el burel perdió las manos y provocó con ello que Higares pinchara en hueso. Al segundo encuentro, encontró la muerte de una estocada contraria.

Frialdad 

El que cerraba plaza metía tan bien la cara por el pitón derecho, con nobleza, fijeza en los engaños y recorrido, que no parecía de Miura. Óscar Higares empezó la faena por bajo, pero sin doblarse, de una manera muy torera. Estos muletazos iniciales calentaron el ambiente. Parecía que la cosa iba a tomar tintes de importancia. A ésta le siguió otra serie de largos muletazos por el mismo lado, que fue muy ovacionada. Ahora sí, la banda rompió a tocar. El diestro de Usera cambió de mano, pero por el izquierdo el «miura» no desarrollaba la misma calidad que por el pitón contrario. Así lo entendió el matador, que de nuevo cogió los trastos con la diestra. Continuó toreando con largura. Sin embargo, no obtenía la respuesta esperada de los tendidos, que poco a poco se enfriaron. De buenas a primeras la música cesó. El miureño miraba, de vez en cuando, distraído, como añorante, como si se quisiera ir, la puerta de toriles. Higares decidió ir tirando de su enemigo hacia las tablas, no se le fuera a ir. En esos momentos, la frialdad de la plaza era ya total. No me pregunten por qué, pero aquello parecía no conectar con el público. O que el público no conectaba con lo que el torero hacía, que también puede ser. Total, que el ambiente acabó helador. Murió el noble animal, de un pinchazo y una estocada, tras la cual el madrileño recogió una fuerte ovación desde el tercio, mientras se debía de preguntar qué era de lo que había carecido su labor.

La corrida de Miura resultó interesante, como casi siempre. Y, además, salió un toro que metió bien la cara. Cosa rara. 


EL PAÍS. Joaquín Vidal

Una interesante miurada. Llegó la tradicional miurada y resultó que no había despertado tanta expectación como cabía esperar. En realidad no había expectación ninguna. La plaza ni siquiera se llenó, ¡en plena feria! Mucho hablar de la legendaria divisa, de la histórica Maestranza, de su sensible afición, pero obras son amores. Luego la tarde transcurrió amena, pues los miuras ofrecían un juego interesante. Aunque según y cómo.

Quiere decirse: según para quién. Estamos en la época del toro que se dejó. Los taurinos y sus corifeos tienen por toro bueno el que se deja. Lo cual repugna a la esencia e incluso a la grandeza de la casta brava del toro de lidia.

El toro bravo es, precisamente, el que no-se-deja. Que el toro bravo desarrolle nobleza no significa que haya de tener buen conformar. El toro docilón que se deja dar pases no es ni siquiera toro: es la borrega.

Los toros de Miura salieron pidiendo pelea. Algunos mansearon mas al sentir el castigo se recrecían, en banderillas se arrancaban prontos, las muletas querían comérselas. A veces se querían comer a los toreros, de paso. Hubo miuras broncos, hubo miuras peligrosos, y hubo miuras con rasgos de sorprendente boyantía. Es curioso: con frecuencia dependía del torero y de su toreo. Torero que aguantaba la embestida y la templaba con mando, consumaba completa la suerte, parecía mejorar la condición del toro y, naturalmente, provocaba olés encendidos.

Estos felices momentos no se prodigaron y es lógico: a ver quién tenía suficientes arrestos para jugarse el tipo al albur de aquellas embestidas que venían cabeceantes y violentas. Pero lo hubo en la plaza. Domingo Valderrama lo hizo así en su primera faena; Óscar Higares, en su segunda.

Fundi bulló, si es que al trasteo afanoso, al muletazo por la cara, al vocear ¡je! y al desplante crispado lo llamamos bullir. Banderilleó con más facilidad que brillantez y muleteó movido librando tarascadas, que menudearon a medida que avanzaban sus faenas.

Todo lo contrario le ocurrió a Domingo Valderrama, que tomó con precauciones a su primer toro y en cuanto serenó el ánimo recreó el toreo en unos naturales de alta escuela. Tomaba al toro de frente, lo embarcaba largo volcando en la suerte el sentimiento de su templado corazón y se producía allí el prodigio del arte.

Óscar Higares también alcanzó estas cimas. Las trincheras y los pases de la firma con que sometió al sexto toro ganándole terreno hacia los medios poseyeron maestría y belleza. Los redondos que instrumentó a continuación seguían la misma línea y al emplear la izquierda, ya sin tanta templanza ni aguante, la faena se vino abajo. Es cierto que el toro empezó a distraerse ahí, pero sería interesante saber qué fue primero.

¿El toro o el huevo? ¿Qué fue primero? ¿Sacó peligro el otro toro de Valderrama o lo descompuso él mismo por no aplicarle la técnica adecuada a su bronquedad? ¿Cómo se explica que el tercero pareciera avisado y faena adelante -en cuanto se encontró una muleta templada- Higares le sacara dos estupendas tandas de redondos?

Durante esa faena, a unos espectadores de sombra les dio por no ser de Madrid. Fue cuando la banda de música celebró los derechazos de Higares tocando el pasodoble. Un espectador protestó por ello y otros le hicieron callar diciendo que «esto no es Madrid». Algunos en la Maestranza tienen fijación con Madrid y no pierden oportunidad de marcar las diferencias. Las hay: una corrida de Miura, en Madrid, habría llenado Las Ventas. Por ejemplo.

 

 

 
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