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Corrida 11ª
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del miércoles, 16 de abril de 1997
Corrida de toros
Ganadería: María del
Carmen Camacho
Diestros:
- Ortega Cano, de teja y
oro (aplauso, pinchazo sin soltar, pinchazo hondo, 3 intentos de descabello, silencio)
- Manuel Díaz "El
Cordobés", de grana y oro (trasera caída y silencio, trasera caída y palmas)
- Víctor Puerto, de
verde oscuro y oro (estocada caída y oreja, recibió a portagayola y fue cogido,
aplausos)
Picador que destacó: Paco Luna
Banderilleros que saludaron:
Presidente: Gabriel Fernández Rey
Incidencias:
- El matador Víctor puerto resultó cogido en el sexto de la tarde. Parte
médico: herida contusa por asta de res en tercio medio de muslo derecho que, con una
trayectoria hacia arriba de 20 centímetros, rompe las fibra del vasto interno así como
el nervio fémuro cutáneo, y otra trayectoria de 5 centímetros hacia abajo que rompe
aponeurosis y tejido celular subcutáneo. Pronóstico menos grave.
- El matador José Ortega Cano, propuesto para sanción por llegar a la
plaza 5 minutos antes del comienzo de la corrida, lo que podría contravenir lo dispuesto
en el artículo
68.2 del Reglamento Taurino, que establece un tiempo mínimo de 15 minutos.
Entrada: prácticamente lleno
Tiempo: nublado y calor
CRÍTICA DE LA PRENSA Crítica de ABC Crítica
de El País
EL PAÍS. Joaquín
Vida
Víctor Puerto, herido menos grave. El sexto toro
cogió a Víctor Puerto al entrar a matar. Lo cogió de mala manera. En el momento del
embroque tiró el toro el derrote y lanzó al torero a considerable altura. Lo dejó
herido pero quizá fue peor el batacazo. Se echó el toro después, lo levantó el
puntillerro, Víctor Puerto quiso descabellar, salió perseguido... El hombre ya no estaba
para el zafarrancho de la brega. La cuadrilla lo empujó a la enfermería y Ortega Cano
descabelló.
Víctor Puerto buscó desesperadamente el triunfo toda la tarde. Y casi
era imposible, con aquel ganado que soltaron. Un ganado al estilo que ahora se lleva:
flojo y moruchón. Un ganado que topa en lugar de embestir. Un ganado que hasta ha perdido
la estampa natural del toro de lidia, y va cargando unas gorduras más propias de la
producción cárnica.
A uno de esos Víctor Puerto le cortó la oreja. No es que su faena
desgranara creaciones artísticas ni la construyera enjundiosa, pero su pundonor y su
valentía merecían el trofeo.
Si bien se mira, pundonor y valentía es lo único que cabía allí.
Para los toros mansos hay un toreo de recurso, hondo y bonito además; para los toros
descastados, lo único que vale es jugarse el tipo, aunque mejor sería que los mandaran
al matadero.
El toro descastado es el antitoro; nada que ver con el toro. El toro
descastado es la manifestación clamorosa del fracaso ganadero, y llevarlo a la plaza
constituye un engaño donde el sucedáneo entra de matute.
El toro descastado aburre de muerte. El toro descastado que estuvo
saliendo por los chiqueros del coso maestrante adulteraba la esencia de la lidia y la
convertía en un espectáculo denigrante y tedioso.
Dos horas y media duró la función. Dos horas y media que se pasaron
los toreros intentando ejecutar con algún fundamento las suertes básicas del arte de
torear.
Hubo toro que se dejó. En el lenguaje de los revisteros áulicos, se
dejó es término común. Se han traído un vocabulario, seguramente sacado de los
banderilleros malos, plagado de vulgaridades, entre las que se encuentran el toro que se
dejó -o no se dejó- , el toro que sirvió -o no sirvió-, el torero que tocó pelo
-Víctor Puerto, evidentemente, tocó pelo- y, de ahí en adelante, el zamacuco, el
tócale y el pónsela , el arrimón, el torero que estuvo importante y otras perlas.
Si la palabra es la idea, de esos términos se deriva que, el toreo, mal
asunto. Tener un concepto utilitario de la lidia es desconocerla. Tener un concepto
utilitario del toro es despreciar su casta y su bravura. Y quizá se encuentre ahí cierta
explicación a las razones por las que han convertido en bucólico morucho al toro bravo.
Los toros ni sirven ni dejan de servir: son bravos o mansos, en sus
múltiples gamas. Y los toreros han de darles la lidia que convenga en cada caso. Y si se
complica, existe un amplio repertorio de suertes aplicables a su cambiante condición.
Ahora bien, si no son ni bravos ni mansos, porque les falta la casta que caracteriza al
toro de lidia, el toreo es pura entelequia.
Y eso les sucedió a los diestros de la terna. Ortega Cano aún pudo
sacar unos redondos de buen corte a su primero y en cambio al cuarto, que desarrolló
cierta embestida en el último tercio, no se atrevió a consentirlo y embarcarlo. El
Cordobés lució con el capote y desarrolló dos interminables faenas de escaso
fundamento.
También fue larga la de Víctor Puerto al tercero, en alternancia
naturales y derechazos, con un circular que levantó clamores porque -se ha descubierto
esta feria- al moderno público de la Maestranza lo que le priva son los circulares. Mató
bien y le dieron la oreja.
Al sexto lo recibió con una emocionante larga cambiada a porta gayola ,
le ciñó chicuelinas, intentó muletearlo en diversos terrenos. El descastado animal
reculaba, se marchó a chiqueros; acobardado, huyó de allí escarbando, y Víctor Puerto
estuvo siempre presente, empeñado en sacarle pases a costa de lo que fuera. Llegada la
suerte suprema echó el resto: entró como un león y resultó cogido de forma
impresionante. En aquel último arranque de coraje quedó patente la raza de torero que
Víctor Puerto lleva dentro. Pero el toro no merecía morir a volapié. El toro era carne
de matadero.
ABC. Vicente Zabala de
la Serna
Víctor Puerto cortó una oreja y dio su sangre en su afán de triunfar.
Quisiera que esta crónica fuera homenaje a Paco Buyo. Quisiera
haber visto cómo el Bernabéu, anoche, coreó su nombre cuando recibió la medalla al
mérito en el trabajo. Como no pude estar allí, que estas líneas sirvan de humilde
homenaje a uno de los porteros más importantes de la historia, sólo marginado por
motivos ajenos a lo meramente deportivo. Va por el «Gato de Betanzos», con permiso de la
sabia voz de Enrique Ortego y del señor Clemente, cosa aparte.
Hay casos en la historia de cualquier materia que son dignos de
rememorar. Así ocurre con la anécdota que me cuenta Antonio Escobar, el que fuera
apoderado de Pepe Luis Vargas, a propósito del gesto que el otro día tuvo Rivera
Ordóñez con su tercero por fallar con la puntilla no le dejó dar la vuelta al
ruedo con él: «En una ocasión el puntillero de Jaime Ostos marró al dar el
cachetazo. El apoderado de Jaime le riñó con no muy buenas formas y ordenó que fuera
otro quien realizara su labor en el siguiente toro. Cuando Ostos lo cuadró cerca del
burladero donde el tercer peón se encontraba le dijo: No se preocupe usted que el
matador soy yo. Y lo tiró sin puntilla...».
Con señorío rompió a tocar la banda del maestro Tejera la Marcha Real
cuando la Condesa de Barcelona apareció en el palco regio.
Extremadamente gordo era el primero de Mari Carmen Camacho. Ortega Cano
no consiguió brillar con el percal en el saludo por la cortedad de la embestida de su
enemigo, que del primer puyazo salió suelto. En el segundo el picador le tapó la salida
para evitar la fuga. Al último tercio llegó muy aplomado. El diestro de Cartagena tiró
del noble zambombo en varias series con la diestra. Impuso ligazón a una faena que no
transmitió emoción a los tendidos por la insulsa condición del toro. El veterano
matador se mostró firme, infinitamente más que como le habíamos visto la pasada
temporada con astados similares a este de ayer. Hubo derechazos que tuvieron su aquel, y
más cuando logró en algunos momentos hilvanarlos. Al natural no se acopló. Por encima
anduvo el torero del burel. Mató de una hábil estocada, un pelín desprendida. Saludó
desde el tercio.
Nada tenía que ver el cuarto de la tarde con los anteriores en cuanto a
kilos. De salida se movió mucho más que sus hermanos. Ortega Cano lanceó a la verónica
con holgura. Su enemigo flojeó de los cuartos traseros durante el primer tercio. El
cartagenero brindó la muerte del de Mari Carmen Camacho al personal. Luego, se mostró
desconfiado y sin reposo. El animal embestía un tanto rebrincado; pero sin mala
intención. El matador lo mejor que pudo hacer fue ejercer como tal en vista de que la
decisión se le había quedado en el brindis. Con los aceros no estuvo fino.
No manejó mal Manuel Díaz «El Cordobés» el capote. Arrancó las
palmas en un quite de ceñidas chicuelinas después de que el hermano de Espartaco picara
arriba. A este segundo de Camacho también le sobraban medio centenar de kilos. La faena
de muleta fue en sí un puro enganchón. No le cogió el torero la velocidad al
anquilosado animal, que metía mejor la cara por el pitón derecho que por el contrario.
Demasiados kilos y demasiados pases. Aquello resultó vulgar y plomizo. Con muchísima
decisión lanceó a la verónica El Cordobés al astifino quinto. Intercaló una
chicuelina y remató con media, tras lo cual escuchó una ovación. Al de Camacho le
faltó fuerza, mas no nobleza. A Manuel Díaz no le ha explicado nadie que torear es algo
muy distinto a trabajar. Que no es una cuestión de cantidad. Acabó encimista su labor
ante un enemigo que era «la tonta del bote», sin quitarle importancia a los puñales que
lucía.
Al tercero lo recibió Víctor Puerto a la verónica. Alguna que otra
tuvo prestancia. Mayor alegría sacó el de Camacho a la hora de ir al caballo en dos
puyazos. En este tercio, el manchego se lució con el capote en un quite por chicuelinas y
al poner por galleos a su enemigo en suerte. Después, con la franela, tardó en meterse
en la faena, y hasta la tercera serie no le cogió el sitio al toro. En las anteriores
sobraron enganchones. El animal se desplazaba largo y con nobleza, como lo demostró por
el pitón derecho en la cuarta tanda. Entonces Puerto ligó y templó con valentía.
Demasiado tarde, a nuestro juicio. No así para el público, que solicitó la oreja tras
un volapié de perfecta ejecución y colocación. El presidente concedió el solicitado
trofeo.
Víctor Puerto protagonizó el momento más emotivo de la tarde al
saludar a portagayola al que cerraba plaza. El toro se paró nada más pisar el albero. El
momento del pasado lunes parecía repetirse, pero con diferente torero. Lo que pasó ayer,
después, es que, tras el tremendo alarde de valor del manchego, el de Mari Carmen Camacho
lo desarmó. Recuperado el percal, surgieron de sus muñecas y de su cintura acompasadas
verónicas, pinceladas de luz. Paco Luna picó superior en dos varas. Víctor Puerto
expuso con la muleta una enormidad. Su toro se rajó pronto. Tras una inicial porfía en
los mismos medios, huyó hasta la puerta de toriles. Allí Puerto continuó su valiente
labor. A la hora de matar, se fue detrás de la espada como un león. El toro le prendió
y le lanzó a una altura espeluznante. La voltereta resultó terrible. Además, le caló
en el muslo derecho. A pesar de la cornada, el diestro derrochó hombría y quiso
descabellar a su enemigo, cosa que no logró. Contra su voluntad se lo llevaron para la
enfermería, ya semiinconsciente. Ortega Cano pasaportó al astado con el verduguillo.
Víctor Puerto se justificó con creces y dio su sangre en su afán de
triunfar. Ahí quedó el esfuerzo.
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