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Corrida 9ª
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del lunes, 14 de abril de 1997
Corrida de toros
Ganadería: González-Sánchez
Dalp
Diestros:
- Joselito, nazareno y
oro (oreja y vuelta, estoconazo con dos orejas y vuelta. Salió por la Puerta del
Príncipe)
- Julio Aparicio, azul
obispo y oro (meteysaca, pinchazo y pinchazo hondo, silencio y 3 puntazos, meteysaca,
puntazo, media estocada, avisos, pitos y abucheo)
- Rivera Ordóñez,
celeste y oro (oreja y vuelta, oreja y vuelta tras recibir a portagayola).
Picador que destacó:
Banderillero que saludó: Paco Alcalde, a quién le tocó la
música.
Presidente: Juan Murillo Pedrote
Incidencias: el cuarto de la tarde tuvo que ser devuelto por
inutilidad
Entrada: hasta la bandera
Tiempo: con sol y calor
CRÍTICA DE LA PRENSA Crítica de ABC Crítica
de El País
EL PAÍS. Joaquín
Vidal
Joselito, por la puerta del Príncipe. Joselito
salió a hombros por la puerta del Príncipe: quedan ustedes informados.
Rivera Ordóñez estuvo a punto de salir también a hombros por la
puerta del Príncipe, pero esto es sólo una impresión barruntativa.
Dice la impresión barruntativa que si Rivera Ordóñez llega a hacer lo
que no hizo -matar sus toros a la primera- sale por la puerta del Príncipe abriendo el
cortejo, en loor de multitud y la afición detrás, pegando saltos mortales.
La afición veía lancear de capa y pasar de muleta a Rivera Ordóñez,
y no se lo podía creer. No por nada, no porque el autor les sea malquisto, sino porque
esa forma de torear, de dominar y de arrimarse, ya no se llevan. La forma de torear, de
dominar y de arrimarse Rivera Ordóñez pertenecen a otra época. Valga la de Lagartijo y
Frascuelo, dicho sea a manera de orientación.
Joselito le instrumentó al primer toro unos ayudados excelsos que
también emergían de la noche de los tiempos. ¿Diríamos Domingo Ortega -el maestro de
Borox- en la posguerra? Quizá. De ahí y aún antes.
Los ayudados de Joselito, arqueando la pierna contraria no por estudiada
composición sino por cargar a fondo la suerte, los dio a dos manos, y ésa ya era la
quintaesencia del arte de torear. A dos manos y luego a una -la izquierda-, con la que
remató la tanda echándose todo el toro por delante en el pase de pecho.
La faena que siguió fue musicada, oleada y aclamada, según solían
expresar los viejos revisteros. Se musicó, se oleó y se aclamó todo: desde los
naturales sin reunión a los circulares con ella. La culminación se produjo cuando
Joselito trazó el molinete que llaman pase de las flores para empalmarlo con el circular,
el toro no obedeció, repitió tras parsimonioso preparativo, ahora sí obedeció el toro
y lo metió en un circular de vuelta y media que pareció no iba a tener fin. Y estalló
de entusiasmo la Maestranza.
Otros circulares se aclamaron igualmente. Los naturales, menos.
Seguramente no era cuestión de embestida. Arrojó Joselito la espada, toreó al natural
con la derecha, y lo que resultó tampoco era como para tirar cohetes. Cobró un espadazo
delantero perdiendo la muleta y le concedieron las dos orejas.
Al sobrero cuarto, un aborregado animal de escaso trapío, lo mató
mejor Joselito después de una faena premiosa, larguísima, escasamente reunida. Y obtuvo
otra oreja que, siendo la tercera, alcanzaba la suma mínima exigida para franquear en
triunfo la puerta del Príncipe.
Rivera Ordóñez también quería abrir la puerta del Príncipe y los
toros no le dejaban. El primero de su lote, manso declarado, huía al galope, pero no
sabía con quién se estaba jugando los cuartos. Rivera Ordóñez, decidido y sereno,
avanzaba inexorable hacia el platillo sometiendo cada descompuesto arreón con su muleta
poderosa, ganando terreno al toro. Y acabó embarcándolo por redondos, luego por
naturales, templados, ligados y ceñidos. Si hubo derrotes, los libró sin inmutarse; si
peligro, lo despreció.
Al sexto lo esperó a porta gayola y tras la emocionante larga cambiada
le cuajó una serie de verónicas en un palmito de albero que volvieron a convertir la
plaza en un manicomio: música, ovaciones, pañuelos al viento, gritos del ¡torero! Las
repitió en el quite, y en éstas que entró Joselito al suyo y -¡un momento, que la
están peinando!- cuajó unas gaoneras perfectas.
El toro bronco, valiente Rivera Ordóñez hasta la temeridad, dominador
otra vez, construyó una faena de menos a más, escalofriante en el menudeo de las
tarascadas, poderosa cuando consiguió encelar a la mala bestia y ligarla pases como quien
lava. Llega a matar bien Rivera Ordóñez y no sólo lo sacan por la puerta del Príncipe
sino que lo llevan a la catedral bajo palio. Pero mató mal. La vida es así.
La vida admite todos los colores. La vida admite incluso a Julio
Aparicio, demudado, vacilante, incapaz de acercarse a sus toros si no era para quitarles
las moscas, ni de matarlos, salvo en la modalidad paso-banderillas, que es suerte
tabernaria de refriega y navajeo.
La puerta del Príncipe estaba allí para todos; mas sólo uno la
abrió, naturalmente entre aplausos, vítores y felicitaciones efusivas. Lo que se
comunica para general conocimiento.
ABC. Vicente Zabala de
la Serna
La Puerta del Príncipe se abrió para Joselito, y la gloria, para
Rivera Ordóñez. Rafael «El Gallo» se arreglaba en la céntrica
peluquería «Berro», que hace esquina con las calles General Polavieja y Almirante
Bonifaz, casi frente por frente al mítico bar «Los Corales». Enrique, maestro de la
tijera y la navaja, me lo cuenta mientras el joven Fernando pone los cinco sentidos en el
afeitado, y no como hacen otros ahora. Enrique trató personalmente a El Gallo y le
atendió profesionalmente.
«Una vez me dice, en el año 59, creo, el de la
presentación de Curro Romero como matador en Sevilla, el Divino Calvo, en este mismo
sillón, me dijo: Hasta tiene nombre de torero». Desde luego acertó.
En la barbería se respira un claro y dramático ambiente sevillista.
«A ver si el mes que viene tenemos veinte puntos más», se despide un cliente. «Como no
sea en la frente», contesta Fernando, que hace un alto en su tarea. Los pésames sentidos
se suceden: «¿Cómo está la familia? Lo digo por no preguntar por el Sevilla». Lo
bético, en alza, aumenta el dolor de los sevillistas que por allí asoman. Y lo peor del
equipo blanco no es que ande mal, sino que no se le ve posibilidad de estar bien, lo mismo
que les ocurre a algunos toreros. Olor a «Floïd» y sabor a antiguo en «Berro», a
vieja amistad y entrañables recuerdos.
En la Maestranza se respiraba ambientazo de Feria, que alumbró sus
farolillos anoche. La plaza registró un lleno casi hasta la bandera.
Generosidad
Joselito recogió con valentía más allá del tercio al serio ejemplar
de Manolo González. A la verónica se lo llevó hasta la misma boca de riego, donde
remató con media y escuchó la ovación del personal. Un puyazo, y blandeó el animal.
Intentó el de Madrid un quite por delantales que el respetable volvió a aplaudir, aunque
el toro pasó a su aire. Perdió de nuevo las manos el burel tras la segunda vara, pero
luego se recuperó. Hasta tal punto que Joselito inició muy torero su faena por bajo, y
su enemigo le respondió con bravura y firmeza en sus extremidades. Por los dos pitones
iba el de Manolo González largo y con nobleza. Pasó tiempo varias series con ambas
manos de irregular acoplamiento, porque despedía los viajes antes de tiempo hasta
que el diestro se propuso explotar todo el largo recorrido que su enemigo llevaba dentro
al natural y con la derecha. Dos momentos cumbres tuvo su labor: cuando engarzó un pase
por la espalda con un larguísimo derechazo en dos tiempos, que, a su vez, unió a uno
eterno de pecho, y cuando, en las postrimerías, se puso de frente con la franela en la
diestra y la espada sin montar. Dejó una estocada arriba, pero algo delantera. El
público, absolutamente entregado, enardecido, solicitó con fuerza las dos orejas, que el
presidente concedió. A nuestro entender, el premio resultó desproporcionado. Bien, el
torero y excelente, el toro.
El sobrero de Manolo González que sustituyó al inválido cuarto
manseó en el último tercio. Joselito, que había iniciado la faena sentado en el
estribo, se sacó desde la querencia a los medios a su descastado enemigo de anovillada
cara. El animal, gazapón, era de lo más deslucido. No hubo sitio en el ruedo donde no
toreara el madrileño. No se centró en ningún terreno. Entre muchos enganchones
surgieron algunos muletazos más o menos largos. Derrochó voluntad y valor, y punto. Y
entonces, con estas cartas credenciales, le dieron una oreja. Sí, la que necesitaba para
abrir la puerta del Príncipe. Sería por el buen espadazo o porque más tarde se
encendían en el ferial los farolillos y había que repartir alegría y generosidad.
Julio Aparicio, como el Sevilla, ni está bien ni se le ve la
posibilidad de que pueda estarlo. Dejó asesinar a su toro en varas después de inhibirse
con el capote. Con la muleta le quitó las moscas al de Manolo González, que ya había
muerto en el caballo antes de que lo liquidara de dos infames pinchazos y media estocada.
Petardo.
El quinto manseó también lo suyo, como el tercero y el cuarto.
Además, tenía cierta aspereza y embestía con la cara a media altura, «cualidades»
suficientes para que Julio Aparicio anduviera peor que mal. Ha perdido el sitio, el valor
y, lo que es más importante, la afición. Con la franela en la diestra, sin adelantarla
nunca, estuvo un buen rato por la cara en falsos intentos de querer torear. Da pena verlo.
Lo mejor que podía hacer es irse, retirarse, aunque sea por unas temporadas. Así no se
puede estar, y menos a su edad. Tras varios intentos de apuñalar a su enemigo, dejó una
estocada corta y desprendida. Horrible.
Rivera Ordóñez no se acopló con el capote con el mansísimo toro de
González Sánchez-Dalp, que embestía a oleadas. Del caballo huyó como alma que el
diablo lleva cuando probó la puya. Hubo que picarlo en la misma puerta de toriles. Y ni
por esas. Rivera, que se hizo con los mandos de la lidia, pidió el cambio. El burel
apretó en el segundo tercio, y Paco Alcalde se desmonteró tras parear valiente. Como
valiente estuvo el matador, que consiguió encelar a su manso enemigo a base de dejarle la
muleta puesta en la cara. Y lo llevó largo, muy largo. Al natural, al segundo muletazo en
el que le obligó, el toro se defendió y le puso los pitones en el pecho. Importante de
verdad, Rivera Ordóñez. Luego, ejecutó bien la suerte, aunque la espada cayó algo
desprendida. Obtuvo una meritoria oreja, que paseó por el anillo con sólo dos de sus
banderilleros. El tercero, que había fallado con la puntilla, se quedó en el callejón.
¿Por qué?
El corazón parado
Enloqueció la Maestranza cuando Rivera Ordóñez recibió al sexto a
portagayola. El toro se frenó. Le midió. Se paró. Y todos los corazones se pararon con
el toro. El torero no dudó, y desbordó la plaza de valor, de emoción, cuando le dio,
por fin, la larga cambiada. Aquello crujió. En pie, en los mismos terrenos de la hazaña,
a pies juntos, enlazó tres, quizá cuatro, no sé cuántas verónicas, con una media de
brazos mustios, desmayados. Sonó la música, y el torero, torero con mayúsculas, saludó
montera en mano. En un quite posterior a la verónica volvió a brillar su buen toreo de
capa. Joselito le dio réplica con el capote a la espalda. Réplica que el respetable
agradeció con una ovación. Después, Rivera, franela en mano, tiró del astifino
ejemplar de Manolo González en muletazos largos, mandones, de los que el toro salía
buscando los muslos del matador. Aguantó lo que no está en los Escritos: tarascadas,
tornillazos, derrotes. A la hora de matar, se fue detrás de la espada, que se hundió
tendida y caída. Volvió a realizar la suerte, y el toro le prendió de fea manera, pero
no le caló. El acero había entrado y salido del animal. Necesitó del verduguillo para
finiquitar su impresionante actuación. El público, absolutamente volcado, pidió con
fuerza la oreja, olvidándose de la colocación de sendos espadazos. Y el presidente la
concedió. Por muy bien que se esté, como estuvo Rivera Ordóñez, en una plaza como la
Maestranza de Sevilla no se pueden dejar de lado ciertas cosas.
Joselito abrió, por primera vez en su carrera, la Puerta del Príncipe
gracias a la generosidad de los sevillanos. Para él fue el triunfo, y la gloria, para
Rivera.
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