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Corrida 7ª
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del 12 de abril de 1997
Corrida de toros
Crítica de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Núñez del Cuvillo
Diestros:
- Curro Romero, de
verde manzana y oro (pitos al toro en los dos, silencio y silencio)
- Enrique Ponce, de
vino burdeos y oro (pinchazo y descabello, silencio, pitos al toro y silencio)
- Rivera Ordóñez,
de nazareno y oro (ovación, pitos al 2º toro, pinchazo y estocada con ovación).
Picador que destacó: Antonio Saavedra, de la cuadrilla de Ponce
Banderillero que saludó: José Sáncjez Hipólito, de la
cuadrilla de Rivera Ordóñez
Presidente: Gabriel Fernández Rey
Incidencias:
- Las Autoridad toma muestras de todas las astas para su correspondiente
análisis biométrico, por dudosa integridad.
- El cuarto de la tarde, segundo de Curro Romero, tuvo que ser devuelto a
corrales por inutilidad total
Entrada: hasta la bandera
Tiempo: con sol
Prensa: Crítica de ABC Crítica
de El País
EL PAÍS. Joaquín
Vidal
«¡Victorino, vuelve!». El triunfador fue
Victorino.
El ganadero Victorino Martín fue el triunfador de la corrida, no por
presencia -pues no lidió- sino por esencia y potencia. «¡Vuelve, Victorino!»,
imploraban desde el tendido cada vez que los toros que sí lidiaron se pegaban un batacazo
o perpetraban una grosera borregada.
Los toros, hierro Joaquín Núñez, estaban lisiados y eran de una
ordinariez supina.
Los toreros, se salva Rivera Ordóñez, no mejoraron la situación.
Ciertos apuntes de Curro Romero en un quite
a la verónica -es el único que toma
las embestidas de largo, carga la suerte, reúne el lance- no hicieron toreo.
Los derechazos de Enrique Ponce por
Internet, menos aún.
Enrique Ponce se puso a pegar derechazos muchos y naturales pocos al segundo sin ligar
ninguno y como si se operaba: no le hicieron ni caso. Se metía en los costillares del
quinto en un remedo de temerario ceñimiento, y lo rechazó la afición gritando
«¡fuera!». A otro can con ese hueso, quería decir.
Curro apenas pudo dar una tanda de derechazos al primer toro, que
padecía invalidez severa. El quinto se desplomaba con sólo mirarlo, y se puso a
porfiarle muletazos. Lo que faltaba: Curro convertido en un voluntarioso pegapases.
Sacrilegio semejante no lo vuelva a permitir Dios.
Rivera Ordóñez ensayó derechazos al morucho que hizo tercero y
resolvió empalmarle muletazos por alto dándole la querencia a las tablas que pedía. No
resultó muy airoso, la verdad. Con el sexto se fajó y de poco le cuesta un disgusto. El
sexto exhibió un descastamiento de mala uva y a punto estuvo de pegarle la cornada. Se la
pegó a la taleguilla, que tampoco es
ninguna tontería. Rajada de abajo arriba, no valía ni para el tinte, según observó un
atento espectador. Los gañafones no arredraban a Rivera Ordóñez, que porfió derechazos
y naturales, demostrando su valentía y su vergüenza torera. Qué menos.
Qué menos, ya que los tres de la terna y cuantos van por la vida de figuras se pelean por torear la tonta del
bote. Sin ir más lejos, lo de Joaquín Núñez en la presente ocasión. Es una muestra,
porque de semejante laya hay un par de docenas de ganaderías, que mejor estarían en el
matadero, los campos sembrados de arroz. Y, sin embargo, como en el mundillo taurino prima
sobre la calidad la influencia, y las figuritas no se atreven a torear género de mayor
fuste, venden entera la morralla de sus cercados a precio de oro.
Estos ganaderos hasta son capaces de confederarse, montar huelga, sumir
la fiesta en la peor crisis de su historia, invertir en campañas de imagen, contratar
lobbys, agenciarse cantamañanas, pretender de la Administración que contravenga los
mandatos de las Cámaras y la legislación vigente, y todo para tapar la ruindad de sus
intolerables moruchadas.
Cualquier cosa, menos criar el toro con su casta y en su salsa.
El toro, si saliera, pondría en alza a los auténticos ganaderos de
bravo; y a muchos de quienes dominan el escalafón, firmes y en fila de a uno. Toros al
estilo de los victorinos del día anterior, que dieron gran espectáculo, emoción a la
lidia, mérito a los toreros; y si alguno no se atrevió, ese quedó con el culo al aire.
Los aficionados sevillanos, que saben lo que se pesca, lo tenían presente. Y esta vez no
se callaron. Que una cosa son los tradicionales silencios de la Maestranza y otra bien
distinta dejarse tomar el pelo.
ABC. Vicente Zabala de la Serna
La blanda y desbravada corrida de Joaquín Núñez supuso la vuelta a
la cruda realidad. La charla sobre la corrida de Victorino fue
el aperitivo de la verdadera corrida de la que dio cuenta «El Palco del Arte». Los
ejemplares cigaleños del hierro de don Ernesto González no envidiaban en nada, en cuanto
a defensas, a los «victorinos» del día anterior. Los cabales Fernando Ortega, Vicente y
Luis García Cavieres, Ramón Pineda, Ángel Botello, el propio ganadero y el menda se
arrimaron como leones a la cuestión.
Aderezado todo de conversaciones taurinas, de cosas de amigos, de gracia
del sur, tres horas y media de buen manducar se marcharon en un suspiro. Hubo apuestas.
Que si Curro, que si Ponce o Rivera. Sólo después se dirimió la historia. La grandeza
de hablar de toros ahí quedó. Grandeza que reside en que cada cual, cada uno, mantiene
su criterio. Todos amigos, aficionados, dialogando, sabiendo escuchar dentro del respeto.
Estupendo.
Sólo surgió un disgusto que conocimos de boca del ganadero: que
langostinos venezolanos importados para criar en piscifactorías se han escapado de sus
corrales al campo que es el mar, y se están devorando a los humildes bigotudos onubenses,
que son los fetén. Algo así como ocurrió con los cangrejos de río. O parecido a lo que
ha vuelto a ocurrir en Sevilla con los toros de Victorino y los de los criadores de bravo
de boquilla. El paleto de Galapagar, a pesar de que lo suyo manseó, ha regresado al coso
del Baratillo para marcar la pauta y poner las cosas en su sitio.
De un festejo, del de la buena mesa, pasamos al de la Maestranza. La
plaza registró un lleno hasta la bandera. Y es que Romero es mucho Romero. Hasta los
Duques de Lugo ocuparon una barrera para ver al Faraón, digo.
Con buen galope recorrió el albero el primero de Joaquín Núñez, que desarmó a Curro en el primer encuentro.
Luego, el decano del escalafón se estiró a la verónica entre respinguitos, sin que
surgiera el esperado embrujo. El de Núñez blandeaba
de remos y se quedaba corto, asfixiado en su falta de bravura y en 507 kilos de carne
fofa. No valía nada el astado. El camero puso voluntad y nos dejó alguna pincelada con
la diestra. Cerró su labor con un horrible espadazo
pescuecero.
Oportuno quite
El cuarto volvió a los corrales por inválido. El sobrero, de la misma ganadería, podía
haber seguido el mismo camino de su hermano; sin embargo, permaneció en el ruedo por
imperativo presidencial. A estas alturas de la corrida, el recuerdo de los toros de
Victorino Martín se acrecentaba en el aire. De este moribundo cuarto, destacamos la
rapidez con la que Rivera Ordóñez le hizo un oportuno quite a Romero, que había quedado
desarmado de su capote y con el toro de
salida. El inválido murió de una estocada
caída y delantera. Volvíamos poco a poco, según avanzaba la corrida, al toro actual.
Enrique Ponce intentó brillar con el percal en los lances de saludo a
la verónica, y por poco lo consigue. Hubo un inoportuno enganchón y después, un tanto de
frialdad. El segundo de Núñez, de justita cabeza, escarbó en repetidas ocasiones. Una de
ellas frente al caballo, que Antonio Saavedra movió con arte. Y no sólo eso, sino que
además picó arriba y echando la vara adelante. Rivera Ordóñez arrancó la ovación del
respetable en un quite de dos verónicas y media a pies juntos, con sabor añejo. Luego,
faltó toro y emoción. Ponce se esforzó sin resultado para prolongar por ambos pitones
la embestida del amuermado animal. Ni
un ole se escuchó. Despachó de un pinchazo hondo y un descabello.
Así no puede ser
Vidal, mi compañero de localidad, y yo nos quedamos asombrados cuando
sólo unos cuantos protestaron al quinto toro, que no podía con la penca del rabo ni con
sus blandas carnes. Dirá Enrique Ponce que no tuvo material, que en Sevilla tiene mala
suerte y esas cosas; pero ¿qué necesidad tiene un torero técnico y poderoso como él de
anunciarse con esta corrida? Simple comodidad, creemos. Lástima, porque de lo que
verdaderamente tiene necesidad el diestro de Chiva es de entrar ya, de una vez por todas,
en Sevilla y dejarse de tanta excusa. No ocurrió nada digno de mención con este segundo
de su lote que podamos narrarles.
Media de empaque
Tampoco destacaba el tercero por su cara, ni por su fuerza. Rivera
Ordóñez lució con el percal a la verónica, especialmente en media a pies juntos. Tras
dos puyazos sin emplearse ni picador ni toro, Romero cinceló a cámara lenta un monumento
a la media verónica. Cosa aparte.
Rivera se encontró con que su enemigo no quería ser tal. Con valentía
tiró de él en el platillo en una serie por el pitón derecho. El animal seguía con
nobleza al principio el rojo trapo hasta que su falta de casta le llevó a defenderse y,
más tarde, a huir hacia las tablas. El torero, valiente, aguantó las dudas y tarascadas
del burel, que terminó donde quería: en las tablas. Por el camino instrumentó el nieto
de Ordóñez muletazos largos con ambas manos, antes de acabar metido con el toro en su
querencia. Mató de una estocada trasera. Algunos quisieron darle la oreja, mas fueron los
menos. La verdad es que el chaval estuvo por encima, aunque mejor que la cosa quedara
así.
El que cerraba plaza con sus indignas hechuras indignas para un
toro remató la tarde. Para colmo, resultó igual de descastado que el resto de la
corrida. Con él, Rivera Ordóñez se jugó la vida con auténtica hambre de ser figura
del toreo. En dos ocasiones, el animal, que se defendía, le alcanzó en la taleguilla,
aunque sin llegarle a voltear. El chaval lo intentó por ambos pitones, y algún muletazo
que otro sacó largo. Cuando acabó su labor, parecía como si volviera de la guerra. El
público le agradeció el esfuerzo con una cerrada ovación después de que matara de un
pinchazo y una estocada algo desprendida.
Que Rivera tiene un valor seco es lo único que nos quedó en el balance
positivo de la tarde. Y media verónica de Curro.
Los toros de Joaquín Núñez nos descabalgaron de un seco golpe del
sueño que supuso la corrida de Victorino. Vuelta a la realidad.
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