GANADERÍAS DE ANDALUCÍA
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Corrida 6ª
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del 11 de abril de 1997
 
Corrida de toros

Ganadería: Victorino Martín

Diestros: 

Picador que destacó:

Banderillero que saludó: 

Presidente: Francisco Teja

Incidencias:

  • El matador Pepín Liria resultó cogido en la pierna en el último de la tarde. Parte Médico: herida encastillada por asta de toro en cara interna de pantorrilla derecha, con una trayectoria hacia arriba de diez centímetros, que rompe el vientre interno del gemelo, la aponeurosis y la vena safena interna en dos puntos de su trayecto. Otra trayectoria hacia abajo de cinco centímetros que rompe plano muscular. Pronóstico: MENOS GRAVE. Salvo complicaciones, se espera que pueda afrontar su mano a mano con "El Tato", el próximo 19 de abril (reses de Sánchez Ybargüen).
  • Propuestas de sanción para el director de lidia, Jesulín de Ubrique, por no ordenar retirar la res del caballo en la primera vara del primer toro. Para el picador del primer toro, Diego Ortiz, por taparle la salida natural en la primera vara. Para el picador del segundo toro, Salvador Núñez, por tapar la salida natural a la res en la segunda vara, y otra por el mismo motivo al mismo picador en el quinto toro. Todo ello podría contravenir lo dispuesto en el artículo 72.4 del Reglamento de Espectáculos taurinos. También sanción al último picador mencionado por sobrepasar la correspondiente linea en la segunda vara del quinto toro. Ello podría contravenir lo dipuesto en el artículo 72.2 de la mencionada normativa.

Entrada: practicamente llena. 

Tiempo: nublado y sol


CRÍTICA DE LA PRENSA Crítica de ABC Crítica de El País

EL PAÍS. Joaquín Vidal

De antología. Los toros de Victorino Martín volvieron a poner la Maestranza boca abajo. Quizá más que el año anterior. El año anterior trajeron la emoción propia de la divisa y el público se hizo partidario de ella: toda la feria estuvo invocando su nombre, reclamando su presencia. Y este año va a ser clamor. Al tiempo. El trapío, la casta y la nobleza de los victorinos fueron en la ocasión presente de los que hacen época.

Maravilla de toros; toros antológicos, incansables en sus embestidas persiguiendo humillados los engaños hasta el infinito. Aquello de que con el hocico araban la arena fue verdad. Los hocicos iban barrosos de albero y si aparecían limpios alguna vez se debió a que destenplaba las embestidas el diestro y envolvía la cara del toro la torpeza de sus lances.

Los toros de Victorino Martín requerían una lidia distinta a la que habitualmente se ve y, quien supo, se la dio. La encastada nobleza de los toros de Victorino Martín exigia el toreo puro; el toreo de mando y ligazón, y quien no se sintió capacitado para dárselo, tuvo problemas.

Ésta es la fiesta que la afición quiere. Fiesta brava, con toros encastados y toreros valientes. La otra, la de los toros aborregados, la de los mil pases apretando a correr, la de la aflamencada fanfarronería y el cuento barato, para el gato.

Llegan a salir cada tarde toros así y revolucionan el escalfón. Con los toros serios de casta y presencia en el redondel, muchos de los que hoy son figuras acabarían en los gaches.

Por ejemplo, Jesulín no estaría ahí. Jesulín de Ubrique sufrió un fracaso mayúsculo. Jesulín largaba tela poniendo tierra por medio y un espectador le gritó: «¡Coge el capotón por las puntitas, hombre!». O sea que, encima, la guasa sevillana. A los toros serios de encastada nobleza Jesulín de Ubrique no los supo torear.

Quizá fuera que no se atrevió. Los toros serios de encastada nobleza seguían codiosos, fijos y humillados los engaños, lo cual no quiere decir que resultara fácil torearlos. Cuando un toro de casta embiste, hay que pararlo y templarlo cargando la suerte, rematarla donde manda Dios, ligar los pases dominando la situación. Demasiado para el cuerpo, si el cuerpo no es torero. El repertorio aquel de las gurripinas y las manguzás, del unipase y la carrerita, del parón y la tortilla a la francesa, un toro de casta, más si es de casta victorina, lo rechaza de un soberano testarazo.

Muchos apuros pasó Jesulín por no torear e hizo el ridícuilo. Sus colegas, en cambio, no se sabe los apuros que pasarían (a lo mejor la procesión iba por dentro), pero se fajaron con los toros y les cuajaron auténticos faenones. Sin demasiada templanza El Tato en su primero, desbordado casi continuamente Pepín Liria por la casta imponente del sexto, mas valentísimos ambos, pundonorosos, no desapovechando oportunidad alguna de ejercer el mando en plaza. Y, por si fuera poco, sus otras dos faenas les salieron de escándalo. Ceñido y hondo toreó Pepín Liria al tercero de la tarde. Y El Tato, al quinto, con un gemple y una largura que encendieron de júbilo la Maestranza. Para ese quinto toro el público pidió la vuelta al ruedo y no la merecía. El toro no demostró bravura en varas; estoqueado, trotó ruedo a través a morir en chiqueros.

Ocurrió, sin embargo, que ese Victorino quinto tomaba la muleta y la seguía como hipnotizado -e imantado- hasta donde el maestro le mandara. Llega a tener el Tato un brazo diez metros más largo, y allá se habría ido también.

No bastaba la noble codicia del toro para cuajar faena, evidentemente; había que saberlo llevar. Ese gran Victorino, toreado por otro torero, acaso no hubiera embestido ni hasta más allá de sus zapatillas. Cercano estaba el recuerdo de Jesulín con otro toro excepcional: que lo tenía siempre encima.

Lo tenía siempre encima pese a que se lo pasaba lejos. La tauromaquia a veces parece surrealista cuando, en realidad, es terca: un toro de casta-un torero valiente; no guarda mayores secretos. O dicho de distinta manera: el toro, el torero. Toro y torero -Victorino de clamor, El Tato recrecido en su inspirada torería-, se conjuntaron para componer una antología. Luego entró Pepín Liria: farol de rodillas, verónicas, dos medias verónicas, revolera, ayudados poderosos, entrega, pasión, hambre de triunfo, a costa de padecer un par de volteretas y aguantar una cornada. Esto también es de toreros.

«¡Queremos Victorinos!», gritaron en el tendido. Con el toro en el redondel, habría toreros, allá penas si vienen de relevo. Y la fiesta no sería ese circo degradado en que la quieren convertir. 


EL PAÍS. Antonio Lorca

Pepín Liria, herido menos grave. Pepín Liria pagó su triunfo con sangre. Tras continuas tentativas durante la faena de muleta, el sexto toro consiguió herirlo de pronóstico menos grave.

Según el parte médico emitido por el doctor Ramón Vila, jefe de la enfermería de la Maestranza, la herida no le impedirá torear el próximo día 19 en la Maestranza, donde está anunciado con El Tato, mano a mano.

El doctor Vila resaltó que, con toda seguridad, Liria no estará físicamente al 100%. «Pero son tantas las ganas de este torero«, bromeó, «que estoy seguro de que mañana se escapará de la clínica».

El parte médico dice que la cornada es en la pantorrilla derecha y presenta una trayectoria hacia arriba de 10 centímetros, que rompe el vientre interno del gemelo, la aponeurosis y la vena safena interna en dos puntos de su trayecto. Otra hacia abajo, de cinco centímetros, rompe plano muscular. Ligadura de los cabos de la safena a nivel de colaterales y sutura de planos musculares y dos drenajes. El torero fue trasladado a la clínica del Sagrado Corazón, aunque el doctor Vila informó que, si no hay complicaciones, podrá ser dado de alta en los próximos días.


ABC. Vicente Zabala de la Serna

El Tato y Liria volvieron a triunfar, un año después, con otra impresionante «victorinada».Victorino Martín, El Tato y Pepín Liria reeditaron en La Maestranza el éxito del año anterior. El ganadero, con una corrida impresionantemente seria, con movilidad y emoción; El Tato, con una faena plena de temple y desbordante de muletazos interminables, eternos, que le valieron dos preciadas orejas, y Liria, con dos faenas de valor, importantísimas, en una tarde en la que acabó cambiando su sangre por uno de los dos trofeos que obtuvo.

Cuando murió el cuarto, la corrida, aunque interesantísima, se saldaba, por el momento, con una valentísima faena de Pepín Liria, que le valió una oreja. Fue en el siguiente cuando aquello tomó tintes históricos, inolvidables.

El quinto de la tarde dejó el refrán pequeño y resultó extraordinario, aunque un poquito tardo. Pero ahí estuvo El Tato, que supo esperarlo y embarcarlo en su muleta en unos derechazos eternos, que empezaban a la vera del Guadalquivir y concluían en la ribera del Ebro, a los pies de la Basílica del Pilar. La plaza se volvió del revés, enloquecida con el recio y templado toreo de El Tato. Si los derechazos se los llevaba detrás de la cadera con una cadencia insuperable, los naturales le hicieron crujir no pocas veces la cintura, que ya no daba más de sí. Los dos pilares que son sus piernas se hundían en el albero enlazando pases interminables. Las series, compactas, carecían de principio, parecían no tener fin. Sensacional. El final, por bajo, con la rodilla genuflexa, pasándose los astifinos pitones a una distancia inverosímil de la taleguilla, resultó sublime. La Maestranza gozaba con el toreo de El Tato. Y el Giraldillo que se lo perdió y que no vio tampoco la estocada soberbia, con el corazón, como decía Villalta que había que matar los toros. El acero, arriba, y Zaragoza, un año después, en alza. Dos orejas de un «victorino» inolvidable para Raúl Gracia «El Tato», que salió por la puerta principal al finalizar la corrida.

Antes, El Tato había lanceado valiente a la verónica para recibir al segundo del festejo. Traspasó veroniqueando la raya del tercio y remató con una pinturera media. Al animal le faltaba fortaleza de remos, y tal vez por eso no debió, a nuestro entender, el maño doblarse con él por bajo en el principio de su faena con la muleta. El «victorino», listo como su amo, aprendía a medida que se tragaba los muletazos de una manera insulsa, pero con mucho peligro sordo. A la salida de los obligados de pecho rebañaba buscando el bulto. El Tato muleteó valiente, especialmente cuando cogió la zurda. Dejó media estocada caída y agradeció desde el tercio la ovación del respetable, premio a su meritoria faena.

Jesulín de Ubrique tuvo el gesto de apuntarse a la corrida de Victorino. Gesto que se quedó sólo en el hecho de hacer el paseíllo con estos toros. El primero de la tarde seguía con celo el capote del de Ubrique, que en el saludo se negó a abandonar las tablas. Dos veces fue con alegría el «victorino» al caballo. Llegó el animal al último tercio enamorado de los tobillos del matador. Los buscaba con ahínco a la salida de cada pase o a la mitad del mismo. Jesulín anduvo a medio gas. Para eso, mejor que no hubiera venido con esta corrida.

Con el cuarto, que lucía agresivas defensas al igual que toda la corrida, Jesulín no se acopló. Yo creo que lo que no entendía Jesulín era qué hacía él anunciado con esta corrida. Anduvo por debajo del toro en todo momento.

El tercero de la tarde sabía lo que había detrás del capote desde que se hizo presente en el ruedo. Liria, con cabeza, se lo sacó hacia afuera a modo de brega. Del caballo salió suelto el burel en dos ocasiones. El matador de Cehegín se dobló por bajo cuando cogió la franela. Las tarascadas le pasaron rozando la taleguilla. Liria, con la diestra, le enjaretó una primera serie de una importancia extraordinaria, a la que siguió otra de no menos mérito. Luego, le puso la izquierda y resultó que el burel también iba largo, mas siempre sabiendo lo que atrás se quedaba. El de Victorino fue a más y a mejor a lo largo de la lidia por la decisión con que Pepín le planteó la pelea. A la hora de matar, se puso demasiado lejos y pinchó en un primer encuentro. A continuación dejó una estocada arriba y cortó una oreja de esas que valen su peso en oro.

Pepín Liria dio una lección de hombría y de valor con el peligrosísimo sexto, que a la salida de cada muletazo lanzaba terroríficos derrotes en busca del torero. El murciano expuso una barbaridad. La cornada se mascaba en el aire, se veía venir. Pero Liria no quería quedarse atrás, aun a costa de verter su sangre. En uno de los tornillazos el «victorino» alcanzó su objetivo y prendió al torero por la pantorrilla. El agresivo animal se revolvió como una alimaña que no quiere que su presa se le escape. Y las guadañas pasaron rozando la vida del valiente matador. Se levantó sin mirarse, con la herida abierta manando sangre, y regresó a la cara del toro, como un hombre, como un torero. Si la primera de sus orejas se la ganó a ley, ésta la arrancó a sangre y fuego, tras despachar a la fiera con una estocada delantera. Mientras el animal agonizaba, un banderillero le hacía con el corbatín un torniquete a Liria. El valiente matador aguantó hasta recoger el preciado trofeo. Después, se fue por su propio pie a la enfermería. 

Victorino dio con su corrida una lección a unos cuantos ganaderos a los que se les va la fuerza por la boca. La corrida, seria, muy seria, con mucha movilidad, aunque mansita en el caballo, trajo a La Maestranza la emoción de la que se nutre la Fiesta, aunque algunos anden empeñados en quitársela.

 

 

 
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