GANADERÍAS DE ANDALUCÍA
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Corrida 4ª
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del 9 de abril de 1997
 
Corrida de toros

Ganadería: Fermín Bohórquez 

Diestros

Picador que destacó

Banderillero que saludó: Gimeno Mora, de la cuadrilla de Vicente Bejarano.

Presidente: Fernando Carrasco

Incidencias:

Entrada: más de media 

Tiempo: nublado y lluvia


CRÍTICA DE LA PRENSA Crítica de ABC Crítica de El País

El País. Por Joaquín Vidal

Como sacos.. Sevilla. Los toros de Bohórquez (don Fermín) eran como sacos. Es decir, que les pegaban un estacazo y no decian ni mu. ¿Los sacos dicen mu? Pues eso.

De qué se suponía podrían estar llenos los sacos es cuestión que no quedó clara y hubo por ello controversia. Entre aficionados, unos decían que los toros parecían sacos de patatas, otros sacos de arroz y aún hubo quien aventuraba que parecían sacos de garbanzos. Los aficionados, ya es sabido, nunca se ponen de acuerdo.

Llovió, quienes ocupaban localidad al descubierto corrieron a salvaguardarse en la grada, o bajo los tapices que exornan las barandillas del coso, y ya tranquilos, a culo enjuto, seguían porfiando: que si las patatas, que si los garbanzos, que si el arroz.

Fue muy significativo que nadie cayera en la cuenta de que los sacos quizá estuvieran llenos de inservible papelote. Ocurre en Madrid, y lo dicen: parecen sacos de papel de periódico; o también sacos de chatarra, o sacos de cemento, o sacos de semejante tenor. Eso pasa porque Madrid no es zona agrícola; al contrario que Sevilla.

Sevilla es zona agrícola y ganadera, con especial incidencia en lo que llaman -sin propiedad alguna, por cierto- ganadería de bravo. Y sobre acordarse de las patatas, el arroz, los garbanzos e incluso las habas (vale también pronunciar jabas) los aficionados sevillanos se acordaban del ganadero.

Volvían sudorosos y acontecidos los toreros de matar los toros que parecían sacos y siempre había alguien del tendido aconsejándoles a voz en grito: «¡Dale recuerdos al ganadero!»

Al ganadero seguramente le estuvieron silbando los oídos; toda la tarde acordándose de él los matadores con sus cuadrillas, la afición conspicua, el público maestrante, un autobús de catalanes que desembarcó allí.

Hubo toros que uno no acababa de entender. Hubo toros a los que les prendían la banderilla y no reaccionaban, ni nada. No es normal, evidentemente. A un toro cualquiera, bravo o manso, le ponen una banderilla y va y le mienta la madre al insolente banderillero. Los toros de Bohórquez (don Fermín), en cambio, se quedaban tan frescos, la mirada perdida en el andamiaje del Giraldillo.

Quizá fue mejor que los toros no dijeran nada. La Maestranza es plaza muy pagada de sus respetuosos silencios y no habría sido oportuno ni conveniente que se oyeran allí barbaridades.

Momentos especialmente delicados fueron aquellos en que el individuo del castoreño le dio al primer toro para ir pasando. El individuo del castoreño, encaramado en el percherón empalizado, le metió sendos puyazos riñoneros al toro, giró en torno apalancando con saña carnicera la vara, y al terminar había dejado penando errático por el redondel un proyecto de cadáver.

No dijo ni mu el toro -se desplomaba, simplemente- mas si uno le echaba los prismáticos podía apreciar en su fosca faz que se le entendía todo. El árbol genealógico entero del individuo del castoreño salía a relucir allí, desde el sujeto presente hasta Adán y Eva.

Manolo Cortés hizo que hacía con ese toro clínicamente muerto, lo despachó pronto a petición del público y, en el cuarto, algo por el estilo. Sus compañeros de cartel mostraron mayores propósitos de lucimiento y lo lograron alguna vez: Cepeda, en las finas verónicas que instrumentó al segundo, en unos derechazos y naturales al quinto; Vicente Bejarano, en la porfía tesonera con que intentó sacar partido al tercero, al que llegó a pisar los terrenos y aguantar sus esporádicos topetazos. Al sexto le intentó repetir la faena Vicente Bejarano tras unas buenas dobladas de castigo, y el toro-saco -mulo vocacional, buey de carreta- lo volteó al alcanzarlo con la pala del cuerno.

A esto lo llaman fiesta, pero no es fiesta; es el almacén de una tienda de ultramarinos o, en el mejor de los casos, un supermercado. Nada deshonroso, desde luego. Ahora bien, pagar mil y dos mil duros por verlo, equivale a un atraco a mano armada. Pues a ese precio, ni el Taj Majal. 


ABC (por Vicente Zabala de la Serna)

La Fiesta Nacional: Los descastados toros de Fermín Bohórquez aburrieron hasta al Giraldillo . La Feria ha tenido un prólogo sangriento y de fortuna, porque, dentro de la desgracia, poca consecuencia supone una parálisis facial. La verdadera oportunidad de Franco Cardeño ha llegado ahora: seguir en el mundo de los vivos, aunque sea en prórroga concedida a última hora y de puro milagro. Suena muy duro, pero estas cosas realzan nuestra Fiesta Nacional, aun a costa de la sangre vertida por un pobre hombre.

Resulta que tras meses de hablar de fraude, de pantomima, de ver y leer publicado en periódicos extranjeros, y en otros que no lo son, que la Fiesta que conoció Hemingway murió, un toro corta cual afilada cuchilla la cara de un semejante.

Las crudas imágenes del infeliz Franco Cardeño revalorizan el mérito que supone ponerse delante de un toro. Parapetarse en que este torero no estaba preparado ni física ni psicológicamente, no le restan puntos a una verdad irrefutable: que el to-ro bravo hiere y, si puede, mata. No todo en la Fiesta es mentira. Le pese a quien le pese. Ocurre que el engaño hay que denunciarlo, pero no se puede caer en la demagogia de decir que como la mentira existe, nada alcanza la verdad. 

Verdad era que Manolo Cortés se despedía ayer de la afición sevillana y que en la Maestranza había algo más de la mitad de la afición, que pudo ver cómo de salida el primero de Bohórquez se vencía por los dos pitones en el capote del veterano torero de Gines sin dar opción al lucimiento. El astado del primer encuentro con el caballo salió grogui, por no decir k.o. Doblaba las manos de manera continuada hasta que al principio de la faena se desplomó. Anduvo breve y mató de dos pinchazos, yéndose de la suerte, y un descabello.

Bien, El Formidable

El Formidable hizo honor a su apodo al recoger al manso cuarto con una templada brega. Cortés apareció ya para ponerlo al caballo. Y rompió a llover. El cielo protestaba así aburrido de tan poca casta, de tan pobre espectáculo. Hasta el Giraldillo se había bajado de su localidad, allá en lo alto de la Giralda. No quería ver a semejante mulo con pitones, ni al torero de Gines decir adiós a la Maestranza de esta manera; pero todo llega antes o mucho después de lo que debería haber llegado. El veterano matador estuvo ahí, queriendo sacar agua de un pozo seco de bravura. Pero el agua estaba en el cielo y caía, y la bravura quién sabe. Cuando voy a comenzar a dictar, me dicen que el sistema informático se ha ido con el Giraldillo y doña Bravura de copitas. A perro flaco...

Fernando Cepeda rememoró con el capote ante el segundo tiempos no muy lejanos. Fue un saludo de casi diez verónicas y una media a pies juntos. Fue una estela de lance «in crescendo». Si el primero resultó bueno, el segundo lo mejoró sin alcanzar el temple del tercero, ni el ritmo del cuarto, por supuesto inferior al soberbio que antecedió a la media de remate. Poquita fuerza sacó el de Bohórquez, mimado en varas. Intentó el quite Cepeda y brilló una revolera.

Las verónicas de recibo de Fernando Cepeda al quinto encendieron una luz, de nuevo, en la plúmbea y plomiza tarde. El de Bohórquez, un tío, era todo fachada. Juan de Triana le echó un capote de oro a su compañero Silverio Sierra, que de un par salió apuradito. El torero de Gines brindó al personal, o a lo que quedaba de él. El toro por el pitón derecho medio embestía sin querer humillar, cosa que hacía a regañadientes. Por el otro, ídem. Fueron dos naturales y medio y un derechazo, todos de calidad, el resultado. Derrochó valentía el matador, que ejerció como tal, y además de verdad, para dejar una estocada arriba y casi entera.

Vicente Bejarano obvió las escasas facultades del burel y quiso lucirse con el percal sin conseguirlo. Sí lo logró Curro Molina con las banderillas. Al astado ni siquiera le quedaba media embestida cuando llegó al último tercio. El joven diestro de Gines –eran dos de allí en la tarde–, lo mejor que pudo hacer fue matar al flojo y noblote enemigo, aunque sí debió hacerlo de mejores maneras.

El genio que de salida desarrolló el tercero obligó a Vicente Bejarano a sacárselo a los medios, pero él por fuera y el toro por dentro, a modo de brega. Al áspero genio del de Bohórquez le plantó cara el torero ya con la muleta. Siempre con violencia acudía el burel a la llamada del de Puebla del Río. Por el pitón derecho le robó algunos muletazos, cosa que no logró por el imposible izquierdo. Faena la suya presidida por una primera serie por bajo de poder y dominio, que resultó lo mejor. Luego, voluntad y valor a raudales. Su esfuerzo quedó algo mermado por el mal manejo de la espada. Antes de salir el sexto, Ángel Botello, miembro del «Palco del Arte», comenta que para qué habrán molestado a los toros, con lo bien que estaban en la finca. Con éste, Bejarano volvió a derrochar valor, mucho valor. No se arredró tras la voltereta sufrida en el comienzo de su labor. Con las dobladas iniciales, le quitó a su enemigo las pocas embestidas que pudiera tener. Luego estuvo porfión. En el tintero se quedaba la actuación con los palos de Jimeno Mora. Vicente Bejarano cerró la plúmbea tarde con una estocada desprendida. Como premio, el respetable volvió a hacerle saludar desde el tercio.

A la salida nos encontramos paseando aburrido y solitario al Giraldillo. Sin embargo, doña Bravura no apareció. ¿Dónde estará? Desde luego, en la finca de Bohórquez, no.

 

 

 
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