Canal 4TV
Programa taurino Sol y sombra
Emisión: Jueves a las 00.30 horas. Redifusión: sábados a las 17 horas y domingos a las11.30 horas
Programación de esta semana
Dirige: Carlos Martín Santoyo

GANADERÍAS DE
España

PLAZAS TAURINAS CASTILLA-LEÓN

 

TOROS EN SEGOVIA

Cantalejo  Cantimpalos  Cuellar  El Espinar  Sepúlveda

Cuellar: destacó el madrileño Jarocho en la novillada que cerraba el ciclo de agosto
Sepúlveda:
triunfo del novillero Paco Ramos en 25 de agosto

PLAZA DE SEGOVIA
Datos del coso

Temporada 1999  Temporada 2000  Temporada 2001

TEMPORADA 2002

Sábado, 29 de junio. Toros de Javier Pérez tabernero y El Pilar (buenos), para David Luguillano (oreja y ovación), Finito de Córdoba (ovación y oreja) y El Juli (oreja y ovación). tres cuartos de entrada.


TEMPORADA 2001

Domingo, 24 de junio. Toros de Ignacio Pérez Tabernero (flojos), para Víctor Puerto (pitos en ambos), El Califa (oreja en ambos, sale a hombros) y El Cordobés (silencio y ovación).

Viernes, 29 de junio. Toros de  Garcigrande y Domingo Hernández (de presentación desigual), para Joselito (palmas y oreja), José Tomás (ovación y oreja) y Miguel Abellán (ovación y oreja). Tres cuartos de plaza cubiertos.

TEMPORADA 2000

Domingo, 10 de septiembre. Novillos de Castillejo de Huebra (buenos), para Chapurra (oreja y ovación), Antonio Saavedra (ovación y ovación) y Javier Valverde (dos orejas y dos orejas). Poco público.

Domingo, 9 de julio. Novillos de Sánchez y Sánchez (desiguales de juego), para Javier Castaño (dos orejas, oreja, vuelta tras petición, vuelta, oreja y ovación). Media entrada.

Sábado, 24 de junio. Toros de El Torero (juego desigual), para Finito de Córdoba (pitos y ovación), Morante de la Puebla (división y ovación), y para El Juli (oreja en ambos). Media entrada.

Jueves, 29 de junio. Novillos de Carmen Borrero (desiguales de presentación y juego), para Emilio de Frutos (oreja y oreja; salió a hombros), Rafael Matutes (oreja y vuelta al ruedo), y para Alberto Román (vuelta y oreja). Entrada floja. Tarde calurosa.

Sábado, 1 de julio. Toros de Manuel San Román (desiguales de presentación y juego), Curro Vázquez (palmas y una oreja), José Miguel Arroyo Joselito (silencio y división de opiniones) y Uceda Leal (una oreja y una oreja). La plaza registró media entrada.


TEMPORADA 1999

Domingo, 27 de junio: Toros de Las Ramblas (2º devuelto por inválido), y un sobrero de Gavira , impresentables, tres primeros diminutos, todos sospechosos de afeitado, inválidos y ficticios. Antonio Chenel Antoñete: estocada corta atravesada y descabello (silencio); media atravesada contraria, pinchazo saliendo achuchado y dos descabellos (ovación y salida al tercio) Enrique Ponce: tres pinchazos - aviso -, pinchazo, otro hondo, rueda de peones y descabello (silencio); aviso antes de matar, dos pinchazos y estocada caída (palmas y pitos). Julián López El Juli: estocada atravesada caída -aviso - y descabello (oreja); estocada ladeada (oreja); salió a hombros. El Rey presenció la corrida desde una barrera, acompañado por los Duques de Lugo. Los tres espadas le brindaron sus primeros toros. Lleno. Crónicas El País

Martes, 29 de junio: Toros de Aldeanueva (impresentables, anovillados o tipo eral, inválidos -el 4º moribundo-; 5º con alguna viveza; dóciles), para Curro Romero ( pinchazo, metisaca, pinchazo en el cuello, pinchazo y descabello -silencio-; pinchazo, estocada corta perdiendo la muleta y saliendo perseguido, y descabello -silencio-), Espartaco ( estocada -dos orejas-; bajonazo descarado y rueda de peones -oreja-; salió a hombros); y para  Eugenio de Mora (bajonazo -aplausos y salida al tercio-; estocada corta y rueda de peones -oreja-). Crónicas de ABC, El Mundo, El País

Sábado, 3 de julio: novillada picada de Virginia Marín, para Alberto Román, Leandro Marcos y Luis Vital "Procuna".

empresarios


ABC. José Luis SUÁREZ-GUANES . Edición del 30 de junio´99 Espartaco volvió por sus fueros 

Día de San Pedro. Tradicional día de toros en Segovia desde tiempo inmemorial. Antes del festejo, y a la vera del acueducto romano, me hablan de los ecos dejados, del último domingo, por la torería de Antoñete y la fábrica de éxitos que es El Juli.

Curro Romero encabezaba un cartel en el que se juntaban tres épocas diferentes del toreo: la del Faraón, la del reaparecido Espartaco –que mandó en la Fiesta siete años con poder absoluto– y el futuro, personificado en Eugenio de Mora. El primero de los toros de Aldeanueva fue corretón de salida. Romero logró pararlo con decisión, pero sin lograr lucimiento, pues su rival llevaba la cara arriba y no consiguió fijarlo. Alcalareño hijo puso un buen par. El astado llegó a la muleta quedándose corto y sin muchas fuerzas. Curro se estiró en un par de derechazos en momentos diferentes. Incluso hizo derroche de voluntad al intentar enderezar una senda que no era factible, al no perder nunca las ganas de probar todas las posibilidades. Pero con la espada fue otro cantar: entró a matar por dos veces alargando el brazo, una tercera sin pasar y una cuarta barrenando, para acertar al primer golpe de descabello.

Muletazos con sello

El cuarto era un inválido. Se cayó cuan largo era y estuvo un rato tumbado durante el tercio de banderillas. Siguió flojeando en la muleta y era imposible el mínimo lucimiento. Aun así, Romero le hurtó algunos muletazos sueltos con su sello y categoría, pero, como no había enemigo delante, era imposible que se buscara una continuidad. Se desprendió de él con brevedad y, aunque el público se dividió en su parecer, no se le puede negar la voluntad derrochada.

Espartaco recibió a su primero con unas verónicas a pies juntos, rematadas con su tradicional revolera. Después del primer encuentro con los montados, el burel empezó a flojear. En el principio de la faena de muleta se caía en cuanto el torero de Espartinas se empleaba un poquito. A base de temple y técnica, consiguió Espartaco que no volviera a renquear. Se lució en dos series sucesivas con la izquierda, en las que alargó el muletazo lo más que pudo. Todo lo hizo Juan Antonio Ruiz, que, al final, toreó al natural a pies juntos, se adornó con gusto y acabó su labor con redondísimos y rodillazos. Un Espartaco bastante aproximado al de sus tiempos pretéritos. Mató en los mismos rubios y el doble trofeo no se pudo discutir.

Peleón

Volvió a ser ovacionado Juan Antonio al lancear al quinto. La faena de muleta empezó en un tono más vulgar que la anterior. Su antagonista se coló una vez por el lado izquierdo. A continuación, se mostró peleón, pero toreando siempre para afuera, cosa que no hizo en el segundo. Hay que reconocer que su oponente, poco picado, se fue para arriba, aunque a veces se parara a mitad del viaje, por lo que su labor resultó meritoria. Se le fue la mano a la hora de matar y llegó por esta circunstancia una oreja que podemos considerar benévola, aunque con la franela se la había trabajado.

No poseía mucha fortaleza el tercero de la tarde. Eugenio de Mora pasó totalmente opaco con el percal. El toledano puso temple y torería para llevar a su rival con tiento con las dos manos. Éste no transmitía demasiado. Destacó con la izquierda, con la que se mostró tranquilo, estático y hierático. Junto a las tablas, remató su labor con un toreo de cercanías en el que destacaron los pases de pecho por ambos lados. Metió la espada hasta la gamuza, aunque quedó un pelín caída, razón por la cual la gente se desinfló en una leve petición que quedó en nada.

Eugenio de Mora se lució con el capote en el sexto, especialmente en un quite mixto de farol, gaonera y remate. Brindó al presidente del Real Madrid, Lorenzo Sanz. Realizó una faena larga, templada y de buen gusto, aunque un punto fría y académica. Acabó de una estocada y se llevó una oreja. De todos modos, continúa abriendo una puerta a la esperanza.

Y así terminó una corrida en la que Curro Romero tuvo un lote imposible y no se pudo justificar en esta tierra castellana. 


El Mundo. JAVIER VILLAN. Edición del 30 de junio´99. Esto es otra Fiesta

No digo yo que la Fiesta sea sólo Las Ventas, La Maestranza o Pamplona; pero esto es otra Fiesta.

Al presidente todos los toros le parecían impecables. Eso es criterio generoso; y no como los jurados de Los lunes del teatro, cicateros que sólo han premiado a un tercio de los elegidos. Yo propuse anteayer algo muy taurino para estos Premios de la Crítica, pero no se me hizo caso: orejas y galardones a mogollón; pero Chatono Contreras y Manolo Gómez, presidentes de estos premios, me miraron como mayorales ofendidos y el resto del jurado me quería descabellar. Esos no son modales, y sí lo son los del presidente de Segovia respetando a todos los toros y concediendo orejas.

El jurado de la crítica sólo premió a Juan Diego,a Amparo Baró, a García Sánchez, a Amestoy, a Yolanda Pallín, a José Ramón Fernández... Con esta cicatería vamos a acabar con la afición. Yo propongo que los premios los fallemos el próximo año en Segovia y que incorporemos al jurado al presidente. El cartel nos lo hará el pintor Jesús de la Torre, más paulista que currista; y las estatuillas, Pablo Lozano Perea, antes escultor que apoderado. Por cierto, su torero, Eugenio de Mora, hizo seguramente lo mejor de la tarde y cortó una oreja.

Pero el triunfador fue Espartaco. Y la desilusión fue don Francisco López Romero. Doliente como un paso de Semana Santa, Romero, no sé si por el dolor de no haber consumado un pase o por la desazón que le producían las torpes gracias de los espectadores: el público feriante tiene un humor un poco municipal y espeso. Aunque para doliente, la cara del segundo. Nunca he visto una cara tan triste. Y la del tercero, y acaso la del cuarto... Alguna tragedia tenía que haberles ocurrido a estos toros, algún contratiempo.

Los toros tenían una nobleza conmovedora. Yo creo que era la bondad obligada de los seres preagónicos. Espartaco fue igualmente noble y piadoso con su primero y lo toreó sin abusar. Hasta dio el campero pase de la tortilla que resucitó no hace mucho Jesulín. Un poco menos considerado anduvo con el quinto: tras tundirlo a mantazos, lo ejecutó de un bajonazo.

Muy torero De Mora en algunas tandas de redondos y otras de naturales. Lo que fue muy poco torero es el bajonazo que atizó al tercero, aunque se redimió con una media lagartijera. Como he dicho, hizo lo más torero de la tarde, pero anduvo como un poco ausente, sepultado por el coraje espartaquista y la desolación currista.

No digo que no haya que salir de Las Ventas. Pero, ¡qué bien se está en casa! Manuel Lozano, imaginativo, ha hecho en Segovia unos carteles atractivos: senectud y adolescencia. Los toros han puesto las caídas y cierto sopor para la afición.


El País, JOAQUÍN VIDAL, Segovia. Edición del 30 de junio´99.   Un esperpento

La corrida fue un esperpento y sin embargo se cortaron cuatro orejas, Espartaco salió a hombros por la puerta grande, a Curro Romero no le tiraron almohadillas ni nada, ningún toro fue devuelto al corral... ¿Cómo se explica eso?

Ya se sabe que todo es según el color del cristal con que se mira. Si el color del cristal lo eligieron los taurinos -el presidente era uno de ellos- la corrida se vio de color de rosa y fue una maravilla de la creación. Si lo eligieron incoloro y traslúcido los aficionados, lo que se vio a su través daba ganas de vomitar.

A lo mejor había que poner el espejo cóncavo que decía don Ramón María del Valle Inclán y entonces todos contentos. A la vida tal cual es se le pone delante un espejo cóncavo y sale distorsionada, grotesca, esperpéntica; luego si a una corrida esperpéntica, grotesca, distorsionada, vomitiva y todo eso, se la pone delante el espejo cóncavo, sale la corrida de toros tal cual es o debería ser. Muy agudo, ¿verdad?

El problema es que la afición no acudió a la plaza con espejo cóncavo, ni siquiera el convexo; con un puro, a lo mejor. Y según iban saltando a la arena los supuestos toros no daba crédito a lo que estaba viendo. Los llegan a anunciar erales y también hubiese sido una exageración. Pero no era eso lo peor, sino que los desnutridos animales deambulaban desnortados, rodaban por la arena.

Con los toros desnutridos, azarosos e inválidos, salía Curro Romero y daba la figura del legionario. Salía Espartaco, se ponía a pegar pases y aquello parecía la Ford. Salía Eugenio de Mora, ensayaba las suertes fundamentales, y era como si se operaba, pues no producía la más mínima emoción.

Se duda que le importara a nadie lo que pudiera acaecer en el ruedo, pues estaba claro que en el ruedo no podía pasar nada digno de mención. Eliminados los sobresaltos, excluido el riesgo, impensable cualquier percance de los toreros -salvo que a alguno le diera la tos-, quedaba la posibilidad del arte. Mas, ¿quién traía el arte?

Espartaco no iba a ser, salvo prodigio, y se dedicó a la tarea de pegar pases. Como si hubiese hecho una promesa a la Virgen, se puso a pegarlos con inagotable fruición y voluntariosa entrega. Y allá que se fue, con su primero, por derechazos, por naturales, ahora el circular de frente, a renglón seguido de espaldas, y cuando ya parecía concluida la faena, hizo así y empezó la segunda parte. De manera que tiró del mustio eralito hasta el centro del redondel y volvieron los derechazos, uno de rodillas, pases de pecho empalmados... Mató de estocada, el público pidió una oreja y el presidente concedió dos. Así, de golpe, por el expeditivo procedimiento de sacar dos pañuelos a la vez. Y se quedó tan ancho.

La segunda faena de Espartaco se produjo a toda velocidad. Debió de ser a causa del toro, que embestía. Semejante rareza hubo de sorprender al diestro, que la emprendió a derechazos y naturales, tan corajudo como crispado, y se pegó la gran sudada. Finalmente perpetró un feo bajonazo y el taurino del palco le regaló otra oreja para la que no hubo suficiente petición.

A lo mejor el espejo cóncavo lo tenía el presidente y estaba viendo allí la corrida. Si se miró también él mismo, comprobaría que salía bien guapo, y que parecía un presidente de verdad.

Los presidentes taurinos y triunfalistas suelen justificarse diciendo que si conceden orejas es porque lo pide el público. Pero esto sólo cuenta para las orejas. Pues si lo que pide el público es el toro íntegro, se ponen a hacer el Don Tancredo y ahí se las den todas.

Los toros de Curro Romero fueron ruidosamente protestados por su invalidez y los mantuvo en la arena. Con todo el tupé. Al primero de ellos Curro Romero le dio unos muletazos resueltos con horrendos enganchones, y al otro se los porfió bravamente, tenazmente, dando la estampa de Lagartijo y Frascuelo constituidos en comando suicida.

Digamos, no obstante, que ese otro toro, cuarto de la tarde, estaba muerto. Perneaba, mas muerto debía estar, pues caía exánime. Al recibir un picotazo rodó patas arriba. Al sentir la punción de un par de banderillas, se desplomó y hubieron de incorporarlo tirándole del rabo. Al ver a Curro Romero trasmutado en Lagartijo y Frascuelo perdía el conocimiento.

Eugenio de Mora se esforzó en los derechazos y los naturales con similar género y la verdad es que apenas nadie le hacía caso. Aún no tiene leyenda, ni siquiera novela y la gente no encontraba fundamento para decirle olé. Una estocada en la yema le valió la oreja del sexto toro, que tampoco pidió el público con demasiado calor. Y fin.

Mora y la oreja regalada, Espartaco escenificando una apoteosis que no se había producido, Curro manteniendo vivo el mito con su grotesca actuación, los tullidos toros hechos carne sospechosa para el consumo humano eran el resto de la corrida esperpéntica, acaso una tomadura de pelo, testimonio surrealista del toreo del absurdo.


El País, JOAQUÍN VIDAL, Segovia. Edición del lunes, 28 de junio´99. Aquel aroma torero

Olía a torero, las cosas como son. Olía a torero y uno sentía que le embriagaba pues, sobre el perfume inconfundible, le traía al recuerdo aquellos aromas de pasadas épocas. Fue Antoñete quien lo trajo -que diría don Miguel-. Antoñete, de rosa y oro vestido; la taleguilla que no se le ceñía al cuerpo, un ahogo, una edad. Y, con todo, era el más joven de la reunión. El más joven de espíritu, la ilusión concentrada en un solo propósito, el de torear.

Triunfar es distinta cosa. Triunfar seguramente estaría en los sueños de Antoñete. Pero uno barrunta que le guiaba más y mejor el orgullo de sentirse torero, de demostrarle al mundo y demostrarse a sí mismo que eso tan raro de parar, templar y mandar, lo puede hacer un hombre nada menos que a los 67 años, entre toses y resoplidos, si se siente torero.

No hubo lugar en el primer toro o lo que fuera aquella menudencia. La menudencia no le había entrado a Antoñete por el ojo derecho. Seguramente al toro tampoco le había entrado por el ojo derecho Antoñete. Los amores y los odios ya se sabe que suelen ser mutuos. De manera que Antoñete medía al toro con la mirada, pero a pasárselo no se decidía, el toro aguardaba reservón, pues tampoco se acababa de fiar, hubo algún que otro muletazo suelto, hubo también algún que otro pito venido de la impaciente solanera, y la lid se quedó en tablas. La próxima habría de ser.

Llegó la próxima, con un toro más gordo (y también más despitorrado) y Antoñete meció la verónica. Éste ya era distinto asunto. Habíamos visto a la figura correr para veroniquear, con lo cual aquellas verónicas de Antoñete y la media ceñida al aire belmontino parecían venidas del cielo. Seguro que venían del cielo, ¿de dónde si no?

Después se produjo una faena de muleta hecha de retazos, pletórica en detalles. El toro, bondadoso de suyo, no valía un duro. Quiere decirse que se deslomaba. A poco que lo embarcara y le diera salida Antoñete, ya se estaba pegando el batacazo. Mas, entre tumbos, pudieron verse unos redondos ligados, un cambio de mano precioso rematado a la izquierda con el pase de la firma, unos naturales cargando la suerte, el pase de pecho clásico. Gallardía y naturalidad. Las suertes precisas y los pases justos, sin ninguna concesión a la galería. Claro que no se esperaba distinto proceder de Antoñete. Vuelve Antoñete a sus 67 años para ponerse populachero y pegapasista y hubiera sido como para tirarse por el Viaducto (por el Acueducto, queremos decir).

No faltaron patéticas situaciones; también es cierto. A las intemperancias bovinas respondía mal Antoñete. Las facultades -los reflejos escasos, entiéndase- no perdonan. Los agobios físicos y el malhumor que le producían las limitaciones, causaban un penoso efecto. Si bien todo eso se olvidaba en cuanto volvía a sacar la casta torera y se ponía a parar, templar y mandar.

El resto de la corrida fue lo de siempre: el bochorno de los toros inútiles, de los toros ficticios, del sucedáneo de toro que se han inventado para cortar orejas por doquier y llevarse la pasta sin excesivos sobresaltos. Y les pegaron pases: ¡qué heroicidad!

De entre los héroes destacó Enrique Ponce que lejos de asimilar la lección de Antoñete, seguramente alérgico a sus aromas, estuvo más pegapasista que nunca. Pegapasista y corretón. Derechazos a manta constituyeron el armazón de sus faenas. Derechazos sin reunir ni ligar. Impecable en la apostura cuando embarcaba, al rematar ya estaba corriendo. Cerca de cinco minutos llevaba pegando derechazos en su primera faena cuando se echó la muleta a la izquierda y aunque dio entonces los mejores muletazos, concluída la tanda volvió al otro pitón. Cinco minutos largos llevaba pegando derechazos en su segunda faena cuando se echó la muleta a la izquierda e hizo bien en rectificar, porque los naturales le resultaron un dolor. En realidad toda esta faena transcurrió acelerada, destemplada, violenta quizá porque a la ficción de toro le dio por sacar cierta viveza.

El Juli, en cambio, no defraudó a nadie. El Juli capoteó a la verónica, quitó por burjasotinas, banderilleó a su primera menudencia clavando desde los lados si bien entró por los comprometidos terrenos de dentro, y lo muleteó tesonero. Mediado el trasteo se acobardó el inválido, huyó a tablas y allí consiguió sacarle muletazos meritísimos. La emoción de este toreo, retador y muy auténtico, se repitió en el sexto, que era un mulo, y le obligó a tomar naturales, redondos, de pecho, empalmados o no. Y pues mató rápido, cortó orejas y salió por la puerta grande.

La juventud viene pegando. La juventud pega siempre en el toreo; pero tampoco conviene exagerar. La juventud es un tesoro que se va perdiendo cada día y llega un momento en que se acaba y ya sólo es ruina. La torería, sin embargo, no se pierde nunca. Antes al contrario, se asolera. Ahí estuvo Antoñete, para demostrarlo, derramando sus fragancias. Claro que también daban un tufillo a tabaco. La verdad es que si le hubieran dejado fumar, vuelve a poner el toreo en la cumbre.

 

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