Con la plaza a rebosar a pesar de la presencia de TVE que siempre
resta espectadores, pudiera entenderse que las máximas figuras se iban
a ver las caras. No era así. Tres toreros recientemente alternativados,
desconocidos para el público que acude a los reclamos publicitarios. Lo
del lleno me lo expliquen. Para el festejo de la 'oportunidad' se escogió
un infame encierro, inválido. Ésta es la mejor forma de aprovechar la
presencia televisiva para potenciar la feria. Al contubernio se alistó
un presidente ciego, sordo e inepto. Indigno del cargo que ostenta,
defensor de la fiesta por excelencia. Sin personalidad, no veló por la
dignidad de la plaza, se dejó caer en brazos de los aplaudidores, unos
más agradecidos que otros. Esta es por desgracia la cruda realidad. La
vergüenza canallesca que se anuncia como inigualable corrida de toros.
Los jóvenes espadas demostraron no conocer el oficio. Inválidos de
la zocata abusaron de los vicios de los consagrados. Pintureros,
figuriteros, adornados y galeristas. Apegados a la pala del pitón de la
mano de moda, les faltó hondura y sabor. No preocuparse. El taurinismo
encontrará la explicación para seguir vendiendo la moto de la ruina.
La cuarta corrida santanderina fue generosa en orejas, pero eso no
quiere decir que dos de los jóvenes toreros ofrecieran estampas
interesantes, a lo largo del festejo, para ser tenidos en cuenta.
César Jiménez, con alternativa francesa de mayo, salía ya de
primer espada de la terna. Estuvo mejor en el que abrió plaza -del que
no consiguió trofeos- que en el cuarto, del que le concedieron dos
excesivas orejas que le abrieron la puerta grande. No hizo nada de
particular con el percal en su primero y empezó el trasteo muleteril
con las dos rodillas en tierra. Se sacó al animal al mismo centro del
anillo y, en ese lugar, toreó por derechazos de la manera más ortodoxa
y clásica: siempre adelantó la muleta y remató el muletazo lo más
atrás posible. Esas tres tandas con la diestra tuvieron verdadera
categoría. Después no se acopló del mismo modo y se fue al terreno de
las espectacularidades hasta el punto de ser cogido. La espada le privó
de un merecido galardón.
El cuarto fue bueno para el caballo. Jiménez volvió a torear en los
medios y realizó una faena intermitente, en la que el manejo de la mano
derecha fue la base de toda su labor. Unos naturales remediaron el bache
que existió en la mitad. Al final, el toro mostró muy poco recorrido y
sacó pases de un pozo seco. Al matar de una rápida estocada sobrevino
la doble petición. Ahí hemos dicho, reiteradamente, que un trofeo
sobraba. (Saludos y dos orejas).
Javier Valverde demostró que tiene mucho porvenir. Veroniqueó
francamente bien a su primero y remató con una torera serpentina. Con
la muleta anduvo con oficio y buen gusto. Toreó siempre muy en corto y
con su valentía peculiar. A medida que transcurría su labor ésta cogía
mayor tono, sobre todo en los naturales y pases de pecho. La espada cayó
baja y le discutieron la oreja que se había ganado con su toreo.
Valverde metió el apéndice auricular en la chaquetilla como recuerdo.
Era la primera oreja que conseguía como matador de toros. En el sexto
puso garbo y torería en toda su labor, que fue de más a menos.
Logrados los primeros compases y, cuando parecía que encauzaba la
embestida de su rival, éste se fue apagando poco a poco. Pinchó una
vez arriba y luego falló repetidamente en cuatro ocasiones. (Oreja y
palmas tras aviso).
Leandro Marcos se limitó a cumplir con el lote más grisáceo del
noble encierro de Charro de Llen -dos toros, el cuarto y el quinto,
derribaron con estrépito a los picadores-. (Silencio en ambos).