Canal 4TV
Programa taurino Sol y sombra
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Programación de esta semana
Dirige: Carlos Martín Santoyo

GANADERÍAS DE
España

PLAZAS TAURINAS CASTILLA-LEÓN

 

Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE SALAMANCA
Tarde del lunes, 18 de septiembre del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de Carmen Lorenzo, mal presentados y muy justos de fuerza. 

Diestros:

Entrada: cerca del lleno.

Crónicas de la prensa: El País, El Mundo, ABC


El País. PERELÉTEGUI. José Tomás oye los tres avisos

El lío fue en el segundo. Lo de los tres avisos a José Tomás, digo. Tres avisos absolutamente inexplicables y que pudieron evitarse con sólo que el torero lo intentase. En otros tiempos un torero que hace eso pasa la noche en la prevención como dos y dos son cuatro. La faena había sido ni fu ni fa. El toro no valía un duro, paradillo y blando, y aquello, además de soso, se ponía pesado. Se apretó el torero en unas manoletinas (último grito del toreo) y luego se lió a pinchar. Sonó un aviso. Entonces dejó una estocada y acto seguido, sin moverse del sitio, acompañado por sus peones, se puso a ver cómo el toro se iba al abrigo de las tablas. "Doblará seguramente", pudo pensar; pero no doblaba. No obstante, quieto parao, como si la cosa no fuera con él. Protestas fuertes y justificadas. Apabullante muestra de falta de profesionalidad. Los toreros, que tanto dicen que "un respeto para los que se ponen delante", más vale que, en casos como éste, recordasen en qué consiste el respeto y a quién hay que respetar. Sonó el segundo aviso y José Tomás, impávido, esperando que el toro se muriera de viejo. Sonó el tercero y el broncazo fue contundente. Salieron los bueyes pero el toro no estaba para irse tras ellos. Desde el callejón, el puntillero puso fin a aquel bochorno.

Y encima, por esa gracia del torero, casi salimos de noche de la plaza. En el quinto (¡buena tenía la plaza, que apenas aparecía le abroncaba!), pareció querer congraciarse con la gente pero no hubo tu tía porque se puso pelma, reiterativo y monótono, escuchando otro aviso antes de haber ido a por la espada. Hoy vuelve y lo tiene crudo.

Hablando de plomos, qué decir de Ponce. Otro que tal baila. Eso de ponerse pesado va pasando ya de castaño oscuro. Venga derechazos, algún natural que otro, venga de esconder la pierna por donde va a salir el toro, venga a mandarlo a Pernambuco, venga de correr entre pase y pase, venga de meter pico... Un panorama que desespera. Y una tarde y otra y la siguiente. Las faenas de Ponce se saben de memoria. Esto de andar dando la vara todas las tardes debería tener alguna consecuencia de más fuste que los avisos, que según se vio en José Tomás, por un oído les entra y por el otro les sale.

Juan Diego está este año mucho más centrado, con mucha más seguridad y además, de momento, no parece contagiado de los pelmazos. En su primero pudo haber cortado las orejas, que le hubieran venido como anillo al dedo, pero la vuelta al ruedo, con torería, llevando el capote a la rastra, fue una vuelta al ruedo con fuerza y con regusto. El salmantino había estado muy entonado con la muleta, echándole gusto a la embestida de un toro más soso que el agua aunque, eso sí, sin molestar (que es lo que priva a la torería). Un kikirikí torerísimo rubricó la faena y luego la espada lo echó todo a perder. En el sexto, un poco como compensación, cortó una cuando tiró patas arriba al marmolillo que le tocó en suerte. 


ABC. SUAREZ GUANES. José Tomás se deja un toro vivo por su propia voluntad 

A José Tomás le tocaron los tres avisos en el segundo toro de la tarde, con el que había pasado inadvertido en el primer tercio, y al que luego toreó con la izquierda quieto, pero nervioso, ya que estuvo a punto de ser cogido en dos ocasiones. Ahogó a la res con la derecha y, con esta misma mano, dio una serie lograda, volvió al barullo en unas manoletinas y anduvo desacertado con la espada. De manera inexplicable, tras el cuarto intento, desistió de volver a entrar a matar, y observó absurdamente desde el otro extremo del ruedo a donde estaba emplazado el toro si éste terminaba de caer. Ni se le pasó por la cabeza intervenir y así llegó el tercer recado presidencial. Al fallar los cabestros, un puntillero cumplió su función. La bronca invadió los tendidos.

Toda su labor en el quinto estuvo presidida por la división de opiniones. El de Galapagar echó valor y coraje a unas verónicas y a un quite por gaoneras, pero sin que hubiera ningún reposo. En la faena de muleta continuó la división del público: unos pedían la música y otros se acordaban de su «petardo». José Tomás toreó con suavidad, pero se excedió en tiempo y en enganchones. Le concedieron una discutida oreja: la verdad es que estuvo muy pesado.

Enrique Ponce toreó con corrección y suavidad en la primera parte de la faena de muleta al flojo primero. Fueron tres tandas continuadas con la derecha y en la última de ellas encontró su mejor punto. Intercaló momentos grises con otros más lucidos, pero todo se deslucía por la flojedad del astado. Tardó en acoplarse con el buen cuarto. Un arranque con oficio y corrección paso a un toreo calmoso con ambas manos, en el que hubo torería y empaque. Se excedió en metraje y llegó un aviso antes de entrar a matar, pero no se puede negar que estuvo en maestro, aunque quizá sobrara la segunda oreja.

Juan Diego malogró una gran faena por culpa de la espada. En el tercero construyó, poco a poco, una faena de gran calidad y temple en la que destacaron, además de los pases fundamentales, los perfectos de pecho y un muletazo del tres en uno. En el sexto realizó un hacer corajudo, no exento de brillantez, y al rematar bien con la tizona consiguió la oreja que no pudo lograr por partida doble en el otro.


El Mundo. JUAN MIGUEL NÚÑEZ. José Tomás se niega  a matar un toro

Algo sorprendente: un toro al corral a José Tomás. Ni el mismo torero podría explicárselo. Mucho menos el tendido. La actitud de José Tomás fue, desde luego, de lo más sorprendente.

El toro no valía gran cosa, quedándose corto y con un molesto calamocheo, y aun así el hombre se puso muy encima, muy quieto y muy valiente. No tiene lógica que después de esto y porque la espada tardó en entrar, cuando el animal estaba ya agonizante y sólo para el descabello, José Tomás lo dejó ir a la querencia de tablas, desentendiéndose de él.

Fue cuando sonó el segundo aviso. Y de ahí al tercero ya no intervino el diestro, ni siquiera dejó actuar a los hombres de su cuadrilla. Muerte poco digna del toro de parte de quien se ha hecho famoso y rico con los toros. Ni que decir que el enfado del tendido duró hasta cuando José Tomás se cruzaba con el toro de algún compañero, reproduciéndose constantemente las broncas.

Hasta que salió el quinto, al que Tomás toreó de maravilla con el capote. Y aquellos pitos se hicieron olés y hubo más, mucho más, en un quite por gaoneras. Muleta en mano se puso muy ceremonioso y, sobre todo, muy puro, muy de verdad. Por un momento, el toro, noble pero tardo, parecía que iba a restar interés, pues hubo tantas pausas como pases en el toreo al natural. Pero el aguante del torero, impávido, y su facilidad para resolver, lo inundaron todo. Sonó un aviso antes de montar la espada, y aun con los eternos discrepantes, le dieron una oreja. Sin duda fue el comentario de la tarde, aun con el doble trofeo que se llevó Ponce. Y es que, posiblemente, la oreja segunda a éste era una especie de revancha de parte del tendido contra José Tomás. Porque Ponce, que dio muchos pases y dejó poco poso en su primero, en el cuarto hizo faena nada más que elegante y, desde luego, sin entrar en profundidades. Faena templada y a más, en la que destacó sobre todo el toreo final en redondo. El aviso le sonó antes de entrar a matar.

El local y modesto Juan Diego lo tuvo en bandeja, alzándose al final con un triunfo que ya se vislumbró con claridad en su primero, al que toreó con mucho relajo y mejor compostura. Y eso que el toro, con las fuerzas muy justas, prestó poca emoción. Fue faena en la que el torero lo puso todo y con exquisito gusto. La pena fue que no mató como Dios manda. Ya en el sexto, con el festejo embalado y con un toro también tardo y noble al cincuenta por ciento, se empleó a fondo, exprimiendo muletazos inverosímiles.

Muy suficiente, muy capaz y resuelto, Juan Diego fue mucho más allá de lo que el astado daba de sí. Y aunque la espada cayó baja, esta vez hubo trofeo, incluso pañuelos para una segunda oreja que el presidente no concedió.

 

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