El
renacentista del rejoneo
Por Luis
Nieto
En el trasiego de tantos
premios entregados en FIBES –merecidos todos ellos– dio la
impresión que el homenaje a Ángel Peralta se diluía. Porque
si existe alguien que merezca tributo hoy en día en el mundo
del toreo es este Centauro de la Puebla o mejor dicho de las
Marismas –así lo bautizó el ganadero salmantino Antonio Pérez-Tabernero–,
quien a sus 80 años cabalga en el último espectáculo de Távora,
en el ruedo del Palacio de Exposiciones y Congresos, con la
misma firmeza e ilusión que lo hizo en su debut en la
desparecida plaza de La Pañoleta cuando contaba 17 años o bien
cuando se convirtió en el primer rejoneador en cortar un rabo
en la Maestranza.
Si trazamos a grandes rasgos la legendaria figura de don Ángel
como rejoneador escribiríamos un libro. Pero Ángel Peralta ha
sido y es mucho más que un rejoneador. Es un renacentista del
rejoneo; el renacentista del toreo a caballo por antonomasia. Y
esto daría hasta para una enciclopedia. Dicho así parece
pretencioso. Pero a vuelapluma quiero entresacar esas facetas en
las que ha brillado más allá del círculo mágico del ruedo.
Como escritor, sus asertos filosóficos,
a los que llama cabriolas, son reflexiones con ese calado
profundo de hombre de campo. En sus poemas, la naturaleza
estalla con sencillez, pero en todo su esplendor. En sus
cantares aflora la comunión con el pueblo. Y hasta con un piafé
alegre se ha marcado sevillanas que son cantadas y bailadas en
el mundo entero. Quien quiera conocer al Peralta escritor se
puede asomar a varios tendidos, a varios cosos: Cabriolas
(Sevilla, 1960), Caballo torero (Colonia, Alemania, 1971), en
collera con el pintor Capuletti, Cucharero, traducido al francés,
Mi sueño con el Pájaro y el Toro (1995) y El Centauro de las
Marismas.
Su alma, curtida como sus zahones,
está impregnada de rocío campero. Su corazón todavía, a sus
80 años, tiene el brío de un potro salvaje. Y su cabeza es una
de las más lúcidas de la tauromaquia. En sus pilares, junto al
caballo... el toro. Y qué mejor para conocerlo que meterse a
ganadero. Desde hace varias décadas ha jugado a buscar la
alquimia de la bravura en la recuperación del encaste
Contreras.
Rastreemos más sus huellas
escritas. En sus escritos hay marisma, toro y caballo.
Embestidas y galopes. Y espuelas y zahones. Luna y sol. En sus
poemas, pájaros, brisas y miradas. Silencio y soledades. Noche
y amaneceres. Bosque y mar. Y torrentes, ríos, manantiales...La
naturaleza, en sus poemas, se vive más que como la descripción
de su hábitat, como el oxígeno que respira. Y así, como un
estallido, también resuenan sus versos de amor.
Pero este escritor y filósofo
también saltó al celuloide como actor. Y cabalgó en el cine
en La Novia de Juan Lucero (1959), junto a Juanita Reina, y en
Cabriola (1965), con Marisol. Con ese caballo vivió uno de los
tragos más amargos de su vida. Murió en el ruedo de Alicante
el 5 de septiembre de 1965, después de recibir una cornada en
el pecho, como los grandes toreros y el caballero escribió
aquello de "'Adiós, Cabriola, adiós!/ A mí me toca
esperar,/ lo que queda nada vale,/ que lo que vale se
va...". Y en el apartado biográfico en el cine compartió
vivencias, en su finca, desde con Ava Gadner hasta con Bo Derek.
En estos apuntes de este
renacentista todavía sorprende más –cual si fuera un
Leonardo Da Vinci– la faceta creadora de Ángel Peralta como
inventor de artilugios destinados a mejorar la vida de sus
caballos. Ya en sus comienzos, cuando todavía no existían los
camiones repletos de comodidades para trasladar a los caballos,
al incipiente rejoneador, para no separarse de sus amigos se le
ocurrió instalar dos largas escaleras de pintor en la caja de
la carga del camión y colgar entre ambas una hamaca,
compartiendo espacio con sus fieles amigos. Más conocido y
propagado fue el cajón de curas que destinó a sus cabalgaduras
y más importante fue aquella mesa de operaciones que ideó tras
sufrir el revés de una cornada a uno de sus caballos toreros.
Aquel día fue ayudado por un cirujano en la cura. Pero con el
tiempo, con esa inquietud y decisión que siempre ha tenido,
aprendió a manejar con soltura el bisturí.
Así podríamos continuar añadiendo
facetas y facetas diferentes de Ángel Peralta. Y todas
sustentadas en el denominador común de dos pilares: el artístico
y el humanista. Por eso, hasta la invención de la suerte de la
rosa, como rejoneador, tiene lugar de una manera poética que me
contó cierto día: "En una corrida en Sevilla, una mujer
muy bella, que se asustó cuando el toro estuvo a punto de cogerme,
arrojó una flor para hacerme el quite. Era una rosa que cayó
en la arena, entre el toro y yo, una rosa que llevaba clavada en
el pecho. Entonces yo me tiré del caballo, até la flor a una
banderilla corta y le brindé la suerte: '–¡Para que no se
asusten/ en la plaza las hermosas,/ a los toros las heridas/ se
las cubriré de rosas!".
Diario de Sevilla,
3/02/2006
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