PARTES DE UNA PLAZA DE
TOROS

A lo largo de la Edad Media y Edad Moderna los festejos se celebraron en las plazas mayores de las ciudades. A partir del siglo XVIII es cuando se empiezan a construir lugares destinados únicamente a la lidia de toros.

LAS PLAZAS MÁS ANTIGUAS

 

PLAZA DE REQUENA

 
 
Se comenzó su contrucción en 1877, pero esta tuvo que ser paralizada dos veces por motivos de la guerra carlista y una epidemia de cólera. La junta de accionistas que se hizo cargo de la construcción del inmueble tuvo que afrontar unos gastos totales de 43.267,53 pesetas.
 
Su aforo es de 6.614 localidades y tiene un diámetro de ruedo de 38.5 metros.
Tiene una preciosa fachada neomudejar y fue inaugurada el 17 de septiembre de 1.901. Emilio Torres "Bombita" y José García "Algabeño" fueron los contratados aquel día para dar cuenta de un encierro de José M Cámara.

El primer toro lidiado tenía por nombre "Flor de Jara" y estaba marcado con el número 57 y era de pelo colorado y lucero. La primera vara la colocó Emilio Alabau y el primer capotazo lo dio Cándido Muñoz "Pulguita".
Fue presidida la corrida por el entonces alcalde Guillermo Solaz.
Al día siguiente se lidiaron toros de Joaquín Pérez de la Concha alternando junto a los anteriores Ricardo Torres "Bombita Chico". Algabeño cortó la 1ª oreja que se concedía en la plaza.

Reacondicionada en 1.945 y mejorados sus servicios; se reinaugura el 19 de septiembre de 1.945 actuando en aquella ocasión Armillita, Pepe Luis Vázquez y Luis Miguel Dominguín con un encierro de Bernaldo de Quirós.
En esta plaza sufrió un grave percance el espada madrileño Agustín Parra "Parrita", la tarde del 1 de septiembre de 1.949.
Propiedad municipal.
 
Antiguamente, las corridas se celebraban en la plaza mayor, donde todavía subsiste el callejón de los Toriles, paralelo al Horno de Piñuelo; sin embargo, en el siglo XVIII, coincidiendo con el auge de la producción sedera, los actos taurinos se trasladaron a la plaza del Arrabal.
El concejo poseía allí una casona que vendió al tintorero francés Alejandro Simons, imponiéndole la condición de que en el nuevo edificio reservase un balcón a las autoridades municipales, para contemplar desde allí los espectáculos.
A mediados del siglo XIX, el coso se instaló en la plaza de Armas de la Fortaleza; y entre los famosos lidiadores que consiguieron brillantes tardes, se recuerdan al Tato, Torquito y Bocanegra.
 

 

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