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HISTORIA
DE LAS FERIAS
TAURINAS EN PERÚ
Ricardo Palma en un lugar de su
obra “Tradiciones Peruanas” dice que la primera corrida lidiada en
Lima fue en 1538 en celebridad de la derrota de los Almagristas, de lo
cual no hay una fuente de datos fidedigna, y la otra en cambio es que la
primera corrida se dio el lunes 29 de marzo de 1540 por la consagración
de óleos, de la cual también se da cuenta en libros narrativos e históricos
del clero.
Los conquistadores españoles
Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Hernando de Luque pisaron por
primera vez tierra del vastísimo imperio, desembarcando efectuado en el
norte del Perú a principios de 1532. Aprovechó Francisco Pizarro para
sus fines de conquista, la lucha que sostenían los dos soberanos Huáscar
y Atahualpa, hijos y herederos ambos del fallecido Inca Huayna Cápac.
Muertos los dos reyes Incas avanzó Pizarro hacia la capital del Imperio
Incaico en el Cuzco, consolidando poco después la conquista española.
Desde el primer momento surgieron
desavenencias entre los capitanes españoles Pizarro, Almagro, Hernando,
Juan y Gonzalo Pizarro, y Francisco de Carvajal. Duró este sombrío período
de conquista hasta que poco a poco, y por unas causas u otras fueron
muriendo los protagonistas del drama. En circunstancias tan adversas, era
natural que la fiesta española no enraizara, ya que todo lo hicieron por
el avasallamiento. Existieron corridas de toros y de eso da fe el Inca
Gracilazo de la Vega en sus crónicas de la obra “Los Comentarios
Reales”. Las corridas debieron ser muy pocas en los primeros años, es
de suponer por el escaso ganado vacuno que había no permitía grandes
temporadas, como hoy en día.
La lucha que los conquistadores
sostenían entre sí concluyeron en 1556, con la llegada del tercer
Virrey, don Andrés Hurtado de Mendoza, hombre prudente y enérgico, que
pronto consigue pacificar el virreinato condenando a unos, enviando a España
a otros o embarcando en la dudosa aventura a “El Dorado” a los más
ambiciosos. “El Dorado” era el nombre que se le daba a una región del
Amazonas, la que cautivaba a aquellos anhelantes de riqueza, o a los
revoltosos e inquietos españoles que restaban unidad a la corona.
Consignó estos hechos y esta
fecha por fundamentales para el establecimiento definitivo de las fiestas
de los toros en Nueva Castilla y por haber reconocido el citado Virrey
Hurtado de Mendoza lo siguiente: “los derechos que el Alguacil Mayor de
esta ciudad había de llevar por la ocupación y trabajo que tenía cuando
se corran toros ..... y suplicamos ahora a Su Excelencia que de los toros
que en esta ciudad corriere en las fiestas ........ que el primer toro que
se corriere de cada una de las dichas fiestas, sea y se dé al Alguacil
Mayor de esta ciudad, atento a que él y sus alguaciles se ocupen mucho en
el hacer y deshacer y guardar las talanqueras ......”, según expresa
José Emilio Calmell en su libro “Historia Taurina del Perú”,
publicado a mediados del siglo pasado.

El Convictorio de San Carlos y la
Facultad de San Fernando (hoy Universidad Nacional Mayor de San Marcos)
obligaba por aquellos días a sus alumnos que se doctoraban, a costear una
corrida de toros como agradecimiento. Así se expresaba en su constitución:
“Y más ha de ser obligado el que se doctorase a dar toros que se corran
aquel día del grado en la plaza pública de esta ciudad”.
El 27 de julio de 1622 se dio una
corrida en la Plaza Mayor de Lima para agasajar a un nuevo Virrey, don
Diego Fernández de Córdoba, Marqués de Guadalcázar. Y en septiembre
del mencionado año volvieron a correrse toros: “Se hicieron fiestas
reales de toros y cañas, y se convidó al Virrey, Audiencia y Universidad
para que las viesen en las casas de Cabildo, cuyas galerías estuvieron
ricamente colgadas y se dio colación a todos sus concurrentes y sus
mujeres. Salieron a caballo muchos caballeros ricamente vestidos a lo
cortesano, con rejones en mano y llevando pajes de librea ... En las
ventanas, balcones, terrados y tablados de la plaza había gran concurso
de gente y se jugaron veinte toros; los caballeros hicieron algunos lances
y mostraron su bizarría”.
En la época del mandato del
Virrey Marqués de Guadalcázar se celebraban las fiestas más suntuosas
que acaso se celebraron en Lima hasta entonces. Fue el motivo el regocijo
por el nacimiento del príncipe Baltasar Carlos. La organización corrió
a cargo de los gremios de la ciudad (confiteros, pulperos, sastres,
zapateros, orfebres, herreros y comerciantes), que procuraron excederse en
el rumbo y el acierto, pues a cada uno se le asignó un día de los siete
que duraron las corridas. Comenzaron los confiteros y siguieron los
pulperos, los sastres, los zapateros, los plateros, los herreros y los
mercaderes. Por cierto, que en ellas tomó parte, y muy brillante, el
tratadista taurino don Juan de Valencia que a la sazón se encontraba en
el Perú, dejó bien sentado la cátedra de tauromaquia que practicaba con
destreza, lo mismo que escribía en sus preceptos y ordenanzas. Su mayor
éxito lo obtuvo en la última corrida, es decir, la de los mercaderes, en
la que se hartó de hacer buenas suertes con los toros.
Se ha citado el nombre de Juan de
Valencia por su notoriedad en la historia de la preceptiva taurina, porque
además, debemos considerarle como el primer diestro famoso que envía el
Perú a España, pues en las fiestas taurinas de la corte acreditó su
competencia, siendo de los más famosos rejoneadores entre los nacidos
entonces. Había nacido en Lima en 1605 y pertenecía a una ilustre
familia zamorana que presumía de linaje real, como descendientes del
famoso infante don Juan Manuel, y don Juan de Valencia el del infante se
hizo llamar nuestro limeño rejoneador.
Don Juan de Valencia el del
Infante nació el mismo año que Felipe IV que es autor de las “Reglas
para torear y para poderlo errar”, pues don Juan como tantos autores de
reglas de torear, unía la preceptiva a la práctica del rejoneo, que toreó
en la ‘Puerta del Sol’ en Madrid el miércoles 2 de octubre de 1641
con motivo de la traslación de la imagen de Nuestra Señora del Buen
Suceso. Confiesa en su citada obra firmada en Madrid el 26 de octubre de
1639, habitar en la Villa y Corte a partir de los catorce años de edad,
esto era, unos veinte años.
Es imposible hablar de cuantas
fiestas de toros se verificaron en Lima durante el virreinato. Sólo nos
referiremos a las más importantes o a las que, desde el punto de vista
taurómaco, hayan tenido alguna significación.
En 1659 y 1660 hubieron diez
“Corridas Reales” de toros por el nacimiento del príncipe Felipe,
hijo de Felipe IV. Como en España estas fiestas resultaban animadas y
variadísimas, el Virrey, Conde de Alba de Liste, jugaba cañas;
intervienen caballeros rejoneadores; hay alcancía, fuegos, luminarias,
pila de vino, toro con artificio de fuego por la noche; lucha de moros y
cristianos; lanzada, volatín en una maroma; moharra, toro ensillado, máscara
ridícula y figuras alusivas a diversos temas. En la última fiesta por el
alumbramiento real, se echó un toro para los indios, montaron éstos en
la plaza un castillo, al que rindieron tras un simulacro de lucha, y
“salieron dos indios a garrochar a los toros”.
En años posteriores se verifican
también fiestas de toros: el 15 de noviembre de 1667, con ocasión de la
llegada del Virrey Conde de Lemos al puerto del Callao, se celebra una
corrida en esta ciudad, el 24 de julio de 1668. Otra en Lima por el
nacimiento de un hijo de este Virrey en la que se corrieron toros
ensogados.
El mismo Virrey Conde de Lemos
escribió la relación de las fiestas celebradas en la Ciudad de los Reyes
con ocasión de haber sido beatificada Rosa de Lima. Esta fue una de las
siete corridas de toros que se dieron por aquel entonces.
No todos los virreyes fueron
amantes de las corridas. Tal fue el caso del Conde de Chinchón que en
determinado momento trató de impedir la celebración de las corridas de
toros, lo que dio lugar a que durante el virreinato del Marqués de
Mancera, Su Majestad el Rey Felipe IV dictara una Real Cédula a favor de
la celebración de las corridas de toros.
Durante muchos años las fiestas
de toros se verificaron en la Plaza Mayor de Lima, cerrándose con
talanqueras, tablados y barreras, en todo el contorno interior de dicha
plaza, con lo que quedaban tapadas las ocho calles que de ella partían.
Durante el gobierno del cuarto Virrey (1561-1564), don Diego López de Zúñiga,
Conde de Nieva, se construyeron los arcos de esta plaza y se determinó
que fueran anualmente cuatro las principales fiestas de toros, autorizando
un gasto en colación de ciento cincuenta pesos para cada una de ellas.
Habían de darse las corridas en: Pascua de Reyes, San Juan, Apóstol
Santiago y Nuestra Señora de la Ascensión. Además, solían celebrarse
corridas a la llegada de nuevo virrey, juramentación u conmemoración de
monarcas, canonizaciones y con otros pretextos. Para las corridas de menos
importancia o menos suntuosas, se habilitaban plazas o plazuelas que no
eran la Mayor (o llamada la de Armas), entre las que figuraban: plazoleta
de Santa Ana, plaza de la Inquisición, plazoleta del Cercado, plaza de
Cocharcas, plazoleta de Santo Domingo, etc.
Las fiestas de toros no
entusiasmaban solamente en el Perú a los españoles, si no que al
parecer, también los esclavos negros e indios dominados, gustaban de esta
corridas, inicialmente como pasivos espectadores, y luego también como
activos toreadores. En un concilio provincial, los prelados pidieron
“que no se corran toros entre indios, ni por semejante ocasión les
hagan poner las talanqueras sin pagarles, y haciéndoles perder la misa en
día de fiesta ...”, según se describe en uno de los libros del cabildo
de esa época que se guarda celosamente en la biblioteca de la
Municipalidad de Lima.
En todo el siglo XVII son numerosísimas
las fiestas de toros, pues la pasión no había disminuido, abundando
mucho más los datos históricos.
En 1602 los dominicos organizan
en la plazoleta de Santo Domingo una suntuosa corrida como término de los
festejos con motivo de la canonización de San Raimundo de Peñafort. En
ella tomaron parte muchos caballeros de la aristocracia limeña.
Se cita que el 8 de enero de 1670
hubo toros y cañas en Lima, el día 27 del mismo mes cuatro caballeros
clavaron rejones: don Luis de Sandoval dio un rejonazo, sacando malherido
el caballo; don Manuel de Andrade puso dos rejones, despedazando al toro;
don Diego Manrique atravesó el cuello del toro con un rejón, y don Cristóbal
de Llanos mató tres astados, por lo que fue vitoreados. El 13 de febrero
de 1672 se corren toros ensogados; el 11 y 13 de agosto de 1674 se
celebraron corridas en el puerto del Callao a la llegada del Virrey don
Baltasar de la Cueva; el 6 de noviembre del mismo año, en celebración
del cumpleaños de Carlos II, se organiza una corrida de toros en la Plaza
Mayor de Lima.
En 1682 el Virrey Duque de la
Palata prohíbe “llevar toros a las cercas y plazuelas de los conventos
de religiosas para correrlos”. El día 8 de diciembre de 1963 don
Melchor Portocarrero, Conde de la Monclova y vigésimo tercer virrey del
Perú, organiza una gran corrida en la Plaza Mayor de Lima para celebrar
la reedificación del Cabildo, del Palacio y de los Portales de dicha
Plaza Mayor, destruidos por el terremoto de 1687.
Con el nuevo siglo la fiesta de
toros en el Perú comienza a tener un aspecto que, a lo largo de la
centuria, evoluciona hacia el predominio del torero de a pie, pues actúan
con mayo regularidad toreros profesionales, da comienzo a la edición de
listas de los toros que saldrán en cada corrida, y los capeadores de a
caballo, un modo de torear peculiar de este reino, trabajan en casi todas
las funciones, sin olvidar los rejoneadores profesionales, que también
figuran.
En octubre de 1701 se verifican
en Lima fastuosas fiestas de toros para celebrar la proclamación de
Felipe V. En ellas es donde aparece el primer listín o lista de los
toros, antecedente del cartel, en que se consignan los nombres de los
astados, las pintas de éstos y las ganaderías de que proceden, como
ejemplo: “El Gallardete, overo, de Huando; El Invencible, retinto, de
Bujama, y otros ...”.
Con motivo del nacimiento del Príncipe
de Asturias Luis Felipe, después Luis I, hubo en Lima fiestas reales de
toros. Con motivo de sus bodas también se celebraron varias corridas:
“la primera el 12 de abril, la segunda el 13, la tercera el 17, la
cuarta el 19, la quinta el 21 de igual mes del año de gracia de 1723”.
Y aún cuando en la relación titulada “Júbilos de Lima”, de Peralta
y Barnuevo, no aclara demasiado, pareciera ser que hubieron más corridas
de toros que esas cinco a las que se han aludido. Y al año siguiente
también se corrieron toros por haber sido jurado don Luis como heredero
de la Corona de España.
Por aquellos años se festejaron
con corridas dos canonizaciones: la de Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo
el 10 de diciembre de 1726 y la de San Francisco Solano el 27 de diciembre
de 1726.
El 29 de julio de 1737 se jugaron
veintidós toros en el pueblo de Surco (actualmente distrito de Lima
Metropolitana). Al concluir el primer tercio del siglo XVIII eran
abundantes los toreros que ejercían en el Perú esta profesión, actuando
principalmente en corridas ordinarias y hasta en los pueblos más pequeños,
aún cuando en las listas de toros, donde ya figuraban por esa época las
divisas de las ganaderías, no aparecen, sin embargo los nombres de
aquellos lidiadores empiezan a parecer en los listines taurinos.
En el año de 1756 se levanta en
Lima la primera plaza de toros, pero de madera, los productos de las
corridas en ella verificadas, estaban destinados a la reconstrucción del
Hospital de San Lázaro, destruido por el terremoto de 1746, plaza que había
de ser también la primera en América hecha ex profesamente.
En la Plaza Mayor de Lima, y en
1760, se celebra una real fiesta de toros para festejar la elevación al
trono de Carlos III. Dos años después en igual escenario, se organizan
cuatro corridas como agasajo al nuevo Virrey don Manuel de Amat y Juniet
amante de la famosa Miquita Villegas “La Perricholi”.
Durante el mandato de este virrey
se construyó la plaza firme de Lima, estrenada aún sin concluir el 30 de
enero de 1766. No por ello dejaron de jugarse toros en la Plaza Mayor,
especialmente cuando se trataba de fiestas reales, y en diversas
plazuelas, hasta en el teatro. Los limeños se sentaban en la plaza a las
diez de la mañana para presenciar el encierro y no se levantaban hasta
verlos lidiados, por la tarde, los veinte toros de que solía constar las
corridas de aquella época, como en Sevilla, Valencia, Madrid o en
cualquier ciudad española.
En la temporada de 1780 ya
figuraban en la Plaza de Toros de Lima o “Plaza de Acho” los nombres
de los lidiadores siguientes:
Matadores: Manuel Romero, El
Jerezano, y Antonio López, de Medina Sidonia.
Picadores y Rejoneadores: José Padilla, Faustino Estacio, José Ramón y
Prudencio Rosales.
Capeadores de a caballo: José Lagos, Toribio Mújica, Alejo Pacheco y
Bernardino Landaburu.
Tres suertes al menos eran
privativas del toreo peruano del siglo XVIII, éstas eran: la suerte del
puñal, la monta de toros al pelo y/o ensillados; y el capeo desde el
caballo.
Por la exaltación al trono de
Carlos IV se celebraron corridas de toros en la Plaza Mayor del Virreinato
del Perú, y durante el año de 1790, varias corridas reales. En ellas
intervinieron rejoneadores profesionales, capeadores, doce toreros de a
pie (cuyos nombres no se consignan en el listín), dos desjarretadores ...
Las últimas corridas del siglo
XVIII fueron: cinco fiestas reales en 1791 para agasajar al Virrey Fray
Francisco Gil de Taboada, en la Plaza Mayor de Lima, con rejoneadores,
capeadores y doce toreadores divididos en dos cuadrillas: una de las
cuadrillas fue la de Miguel Utrilla y la otra la del peruano José Pizi.
Las temporadas de 1792 a 1795 se
desarrollaron normalmente en la Plaza de Acho. Al siguiente año de 1796
hubo cinco corridas reales en la Plaza Mayor de Lima para recibir al nuevo
Virrey Marqués de Osorno, en las que intervinieron capeadores de a
caballo, rejoneadores y matadores, banderilleros y picadores europeos, y
doce toreadores del país, cuyos nombres no figuran en el cartel.
Tres corridas extraordinarias más
presenciaron los limeños en su Plaza Mayor (o también llamada Plaza de
Armas) el año de 1797, organizadas para reunir recursos con que terminar
las torres de la catedral. Ese mismo año la temporada continuó
normalmente en la Plaza de Acho, donde desde algunos años atrás se
acostumbraba echar un toro para ser lidiado por aficionados bisoños,
algunos de los cuales se harían toreros profesionales.
El siglo XIX comenzó en la Plaza
de Acho con la consabida temporada de diciembre a enero (1800 - 1801).
Figuraron como actores cuatro capeadores de a caballo, dos rejoneadores,
dos banderilleros europeos, tres matadores con espada, cinco matadores con
puñal y banderilleros, dos capeadores de a pie y dos desjarretadores,
innominados. Siguen figurando en los programas la lanzada, parlampanes
(individuos mojigangeros), perros; además el nombre, procedencia, pinta y
divisa de los toros, más un astado para muchachos noveles.
Las sucesivas temporadas en la
Plaza de Acho se desarrollaron normalmente a lo largo de diciembre de 1806
y organizadas por el ayuntamiento limeño, efectuándose cinco corridas de
toros en la Plaza Mayor de Lima para festejar el recibimiento del Virrey
don José Fernando de Abascal.
Cuatro corridas más, todas ellas
extraordinarias, se verificaron en enero de 1807, y dos corridas
extraordinarias también, los días 3 y 9 de febrero siendo estas las últimas
que se efectuarían en la Plaza Mayor de Lima. En adelante se celebraron
únicamente en la plaza firme de Lima (Plaza de Acho), por cierto con muy
buenos rendimientos para sufragar a las necesidades económicas que las
luchas por la emancipación exigían.
Proclamada la Independencia del
Perú el 28 de julio de 1821 continuaron las corridas, aunque con toreros
del país y algunos toreros mexicanos, haciéndose una sola excepción con
el diestro gaditano Vicente Tirado, que durante el virreinato ya contaba
con muchas simpatías, y que siguió actuando hasta 1836 en que fallece.
Con la Independencia del Perú no
quedó torero español alguno en el país, excepto Vicente Tirado. Como
consecuencia de tal acontecimiento, las suertes de pica y banderillas
desaparecieron temporalmente, quedando para quebrantar a los toros el
capeo a caballo, tradicional modo del toreo nacional, ejecutándose la
llamada ‘Suerte Nacional’.
El 7 de enero de 1849 se presentó
en Lima la primera cuadrilla de toreros españoles. Con esta cuadrilla
resucitó en el Perú las suertes de pica y banderillas. Y a partir de ese
año ya se hace más frecuente la visita de toreros hispanos. El primer
matador de cierto relieve que pisa el albero de la Plaza de Toros de Acho
es Gaspar Díaz “Lavi”, diestro español. Se presentó el 16 de
noviembre de 1851. Y en 1856 se estrenó en Lima José Lara “Chicorro”
quien actúo hasta el año de 1885.
Como matador efectúo su
presentación en Lima en 1859, el nacional Ángel Valdez “El Maestro”.
Este valeroso diestro ejercía la profesión con el aplauso y la admiración
de todos hasta el 19 de septiembre de 1909.
En 1869 se presentaron en Lima
los diestros españoles Vicente García “Villaverde” y Francisco Sánchez
“Frascuelo”; en 1870, Manuel Hermosilla y Francisco Díaz “Paco de
Oro”. Ese mismo año se hizo empresario de la Plaza de Acho el
acaudalado limeño don Manuel Miranda. llevando a cabo en ella una
profunda reforma. Mientras las obras se efectuaban, viajó a España para
contratar toreros y adquirir toros. En efecto compró seis toros y doce
vacas de Veragua, seis astados de Miura, seis de Colmenar, doce de Mazpule
y seis de Navarra. Como tenía el propósito de fundar una ganadería
brava, adquiere la finca de Cieneguilla, en el valle de Pachacámac.
Traslada a ella un semental y más de cien vacas compradas a la acreditada
ganadería del país “Rinconada de Mala” y otras hembras de diferentes
ganaderos peruanos. Este ganado desapareció años después en la guerra
sostenida entre Perú y Chile.
En el transcurso del siglo XIX
las corridas sufrían una seria transformación hasta ejecutarse
totalmente como en España, pues desaparecen los “capeadores de a
caballo”, imponiéndose los picadores. Decir que casi todos los toreros
españoles han toreado en Lima parece una exageración; sin embargo, no lo
es.
Desde 1871 torean en la Plaza de
Acho entre otros, Julián Casas “El Salamanquino”, Gonzalo Mora, Cúchares
de Córdoba, Gerardo Caballero, Ángel Fernández “Valdemoro”, José
Ponce, Ángel Pastor, Cacheta, Rebujina, José Machío, Cayetano Leal
“Pepe-Hillo”; en 1891 torearon “Cuatro Dedos”, que gusta muchísimo
por la maestría con que ejecuta las suertes. Al año siguiente regresó
“Cuatro Dedos” al Perú llevando consigo cuatro sementales de Miura,
dos de los cuales consiguió vender a los ganaderos don Vasco Fernández y
a don Federico Calmet. Hasta la conclusión del siglo pisan todavía el
ruedo de la Plaza de Acho algunos banderilleros y espadas españoles.
Entre estos últimos: Manuel Nieto “Gorete”, José Villegas
“Potoco”, José Pascual “Valenciano”, Juan Antonio Cervera,
Francisco González “Faíco” y Antonio Escobar “El Boto”.
En 1901 se presentaron en Lima
los diestros Francisco Bonal “Bonarillo” y “Capita”, ese mismo año
llega nuevamente de España el picador “Faíco” con cuatro sementales
españoles, que adquieren ganaderos peruanos.
El 22 de febrero de 1902 torea Ángel
Valdez “El Maestro” su penúltima corrida, pues por enfermedad no
vuelve a lidiar hasta 1909, en que se retira.
En la cuadrilla de Manuel Molina
“Algabeño Chico” hizo su presentación en Lima un 13 de abril de 1902
el famoso piquero madrileño Manuel Martínez “Agujetas”, a quien se
debe definitivamente la implantación en el Perú de la suerte de varas.
Más presentaciones como las de
Antonio Olmedo “Valentín” y Ángel García “Padilla”. En el año
de 1903 se presentó Juan Sal “Saleri”, en 1904 “Guerrerito”, en
1905 Vicente Pastor, en 1906 “Lagartijillo”, José Machío Trigo,
“Lagartijillo Chico”, en 1907 “Cocherito de Bilbao”, y en 1909
“Platerito”.
Es necesario destacar que el
domingo 19 de septiembre de 1909 se despidió en Lima, el matador peruano
Ángel Valdez “El Maestro” matando de una magnífica estocada un toro
de seis años que no había sido picado. Contaba a la sazón setenta años
de edad, no andaba muy bien de salud y cumplía cincuenta años como
lidiador. Falleció el 24 de diciembre de 1911.
Los diestros que por sus
actuaciones destacaron en los años siguientes fueron: Agustín García
“Malla”, Rodolfo Gaona, José Ignacio Sánchez, José Gárate “Limeño”,
José Gómez Ortega “Gallito” o “Joselito” y Juan Belmonte.
En 1918 se jugaron por primera
vez toros del cruce español de Veragua con vacas de “El Olivar”, de
propiedad de don Manuel Celso Vásquez. En la temporada de 1919 –1920
toreó el diestro de Gelvés José Gómez Ortega “Joselito” en varias
tardes. También actúo en Acho “Chicuelo” en la temporada de 1921 –
1922. Sin embargo Rafael Gómez “El Gallo”, obtuvo éxitos de clamor.
Marcial Lalanda (1927 – 1928) demostró cuanto valía; Antonio Cañero
quedó muy bien a caballo y a pie (1929 – 1930); el venezolano Julio
Mendoza toreó entre grandes aplausos en el año de 1934, el rondeño El
Niño de la Palma también gustó allá por la temporada de 1934 – 1935.
En el año de 1944 un grupo de
aficionados limeños entre los que destacan Fernando Graña Elizalde,
Alejandro Graña Garland, José Antonio Roca Rey deciden tomar en arriendo
la Plaza de Acho a través de la Sociedad Explotadora de Acho por 20 años,
con la condición puntual de remodelar la Plaza de Toros de Lima (Plaza de
Acho) aumentando su capacidad de 6,700 a 13,300. Se hicieron excavaciones
para ahondar el ruedo y elevar la plaza con la finalidad de dotarla de
mayor capacidad.
En 1946 gracias a la primigenia
idea del crítico del diario “El Comercio” don Fausto Gastañeta
“Que se vaya” y la gestión de su sucesor, el no menos afamado crítico
taurino Manuel Solari Swayne “Zeñó Manué”, se crea la importante
Feria del Señor de los Milagros, que hasta la fecha existe, y que desde
entonces han pasado por Lima, las principales figuras de la coleteria
mundial, así como también las más prestigiosas ganaderías del planeta
taurino. Dando por descontado el éxito de los torero peruanos y del
ganado nacional.
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