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Fallece
el maestro Rafael Ortega, uno de los mejores estoqueadores de la historia |
Información de ABC Artículo de Joaquín Vidal-El País
ABC. José Luis Suárez-Guanes. (Edición
del Viernes, 19 de diciembre de 1997)
El matador de toros Rafael
Ortega Domíguez murió a las tres y veinte de la madrugada del jueves, 18 de
diciembre´97, en su domicilio de Cádiz como consecuencia del cáncer hepático que
sufría. Ortega, de setenta y seis años y padre de siete hijos, estuvo ingresado en el
Hospital Universitario de Puerto Real (Cádiz) durante varias semanas y fue trasladado
unas horas antes a su domicilio después de haber expresado su deseo de morir en su casa,
en la que vivió los últimos treinta años.
El viernes, a las doce de la mañana, tras una misa en la Iglesia de San
Francisco, de San Fernando, será enterrado en el Cementerio de esta población gaditana.
El torero, conocido al principio de su carrerera como «El Tesoro de la
Isla», fue director de la Escuela de Tauromaquia de Cádiz y se le considera el maestro
de diestros como Francisco Ruiz Miguel. Rafael Ortega consiguió, entre otros galardones y
premios importantes, la «Placa de Plata de la provincia», concedida por la Diputación.
Ortega era el decano de los toreros gaditanos.
Larga enfermedad
El torero Rafael Ortega ha muerto, tras una larga enfermedad que le hizo
estar cerca de un mes en coma. Nacido en la isla de San Fernando gaditana hace 76 años,
llegó a la alternativa ya en edad algo tardía el 2 de octubre de 1949, en el
mismo Madrid que le descubrió como novillero el 14 de agosto anterior, haciéndole uno de
sus toreros preferidos, después de cuatro novilladas posteriores más.
La tarde de su doctorado salió a hombros en unión de su padrino
Manolo González, convirtiéndose en una de las grandes esperanzas de la Fiesta por
la pureza de su toreo y por su excepcional manejo de la espada.
En 1950 desoreja por partida doble, en San Isidro, a un toro de
Buendía. Sendas cornadas en Granada y Pamplona ésta última el 8 de julio, de
carácter gravísimo, le impiden continuar su lanzamiento. 1951 es de toma de
posiciones y, en 1952, logra dos éxitos importantísimos en Madrid, en el mes de abril,
que le sirven para reforzar el gran cartel que siempre tuvo en Las Ventas. Ese mismo año
sale por la puerta del Príncipe sevillana, a hombros, en unión de Luis Miguel
Domínguín y Antonio Ordóñez. Era el 12 de octubre.
Madrid y Sevilla, plazas clave
Se instala entre las 30 y 35 corridas hasta 1959 y son Madrid y Sevilla
sus dos puntos fuertes, plazas donde goza de un ambiente insuperable.
Su fama de extraordinario estoqueador mata estupendamente al
volapié y recibe a muchos toros ocultan su extraordinario sentido del toreo y su
porte clásico, en el que se conjugan las normas belmontinas de adelantar los engaños con
la ligazón que aportó el toreo manoletista. Solamente una mala administración y,
quizá, que le falló la suerte en algunas corridas claves, con matadores importantes, le
impidió llegar al puesto que merecía de primera figura, tal como le pasó a Manolo
Vázquez y a Antoñete, otros dos grandes toreros de su tiempo.
Su nombre fue ornato de ferias importantes. En el recuerdo están el
rabo a un Miura en Sevilla en 1954 y la gran faena al toro «Mariscal», de Clemente
Tassara, el 17 de mayo de 1959, que inspiró al cronista de este periódico, Antonio
Díaz-Cañabate, una de sus mejores crónicas.
Reaparición
Retirado en 1960, reapareció en 1966, con casi 45 años de edad, y
logró que la nueva crítica le diera el sitio que no le otorgaron la mayoría de los
cronistas de los años 50. En San Isidro de 1967 cuaja una de las faenas imborrables que
han tenido lugar en la Monumental de Las Ventas, que realiza a un toro de Higuero, y en
Barcelona, donde es cogido de suma gravedad el 1 de octubre por el toro «Capuchino», de
la ganadería de Hoyo de la Gitana, tuvo en el verano unas actuaciones sensacionales. Este
percance, una cornada que le atraviesa el muslo izquierdo, precipita su retirada en 1968.
Con el tiempo se le puso en su verdadero lugar: entre los grandes del toreo.
El toreo puro
JOAQUÍN VIDAL. El País. (Edición del Viernes, 19 de
diciembre de 1997)
Rafael Ortega fue director de la Escuela Taurina de Cádiz, que tenía
su sede en la plaza de toros de El Puerto de Santa María. Quizá no se hubiera podido
concebir institución más adecuada para que impartiera sus lecciones el maestro por
excelencia. «Toros En el Puerto», anunciaban los carteles de pasado siglos, y no hacía
falta decir más.
La historia del toreo revivía en aquel inmenso ruedo gaditano y, con
ella, las más caras esencias del toreo puro, del que Rafael Ortega había hecho
paradigma. Pero los torerillos aprendices parecían olvidarlo. «Maestro», le avisamos,
con intenciones de chivato: «Esos no torean; pegan pases». «Es que lo hacen al estilo
de Enzunlín», respondió. Y se fue a ellos, y con esa voz pausada y esa paciencia
inagotable y esa humildad que eran características de la personalidad del maestro, los
convocó en el centro del redondel, les exhortó «Vamos a torear según es», y cambiaron
todos las formas.
El propio Rafael Ortega, a nuestro requerimiento, tomó la muleta. No
fue así exactamente. Le dijimos: «Rafé, aquí le cedo los trastos y que Dios reparta
suerte». Se los dimos igual que en la ceremonia de la alternativa, él nos entregó el
capote siguiendo el rito y nos dimos la mano». Luego se puso a atoreá.
Atoreó como los propios ángeles. Rafael Ortega tenía una concepción
del toreo sin parigual, con una pureza interpretativa difícil de superar. La desaplegaba
lo mismo con capote que con muleta, aunque en estas suertes era donde calaba mayor
hondura.
Hubo faenas de Rafael Ortega que los aficionados no han podido olvidar.
Entre las mejores cabría situar la que cuajó a un toro de Miguel Higuero el día del
Corpus en la plaza de Las Ventas. Ortega, que tenía ya 46 años y se le había acentuado
la propensión a la obesidad, en cuanto se puso a torear parecía el mismísimo Apolo. A
los pocos pases ya se había echado la muleta a la izquierda, la adelantaba ofreciendo el
medio-pecho, se traía al toro embebido en sus vuelos, cargaba la suerte, ligaba los
pases. A cada muletazo restallaban los olés como el rugido del volcán y, al rematarlos,
el tendido era un manicomio.
El triunfo de Rafael Ortega aquella tarde fue memorable. Sólo que el
destino hizo una grotesca pirueta y Curro Romero colaboró en ella. El torero de Camas,
que intervenía a continuación, se negó a torear al toro y provocó un gran escándalo.
Los periódicos dieron amplia cobertura a esta noticia, se lucieron con ella los
reporteros, y las crónicas de la corrida quedaron casi reducidas a una gacetilla.
Infortunio
No importó a los aficionados, que siguieron considerando paradigma del
arte de torear la faena de Rafael Ortega, pero en su cotización y sus contratas no tuvo
el reflejo debido. En realidad toda la trayectoria profesional de Rafael Ortega estuvo
marcada por la fortuna esquiva, por la arbitrariedad y por el infortunio. Sufrió cornadas
tremendas pero no tanto a causa de la mala suerte sino precisamente por la pureza de su
toreo.
El maestro explica muy cabalmente su concepción del arte de torear en
un libro titulado, precisamente, El toreo puro, del que es autor Ángel-Fernando Mayo, uno
de los aficionados que mejor han sabido entender la personalidad y el genio torero de
Rafael Ortega.
Aquella jornada en El Puerto -corría el año 1991- almorzamos con el
maestro en uno de los restaurantes de la zona portuaria, y cada comensal que entraba se
acercaba a la mesa a saludarlo. «¡El mejor matador de todos los tiempos!», le
piropeaban. Y si, por raro acaso, había alguno que no lo conocía, los demás ponderaban
la indiscutible destreza de Rafael Ortega manejando la espada. En cambio, de su toreo,
nadie acertó a comentar nada.
Ha sido Rafael Ortega el mejor matador desde la posguerra acá -¡más
de medio siglo!- y este merecido título, que le valía para sentirse orgulloso,
paradójicamente le perjudicó, pues restaba importancia a la calidad de su toreo. A veces
los criterios son así de limitados y planos, y se convierten en tópicos.
«También los pinchaba, ¿verdad, maestro?», le comentamos -solo por
enredar-, y se reía, y reconocía que «naturalmente». Sin embargo es justo añadir que
cada uno de aquellos pinchazos de Rafael Ortega se coreaba con ovaciones. Pinchando o
cobrando la estocada, la ejecución del volapié o de la suerte de recibir tenían en
Rafael Ortega la misma pureza que cuando toreaba al natural. Entre las estocadas, le
recordamos el sensacional volapié que cobró a un Pablo Romero en Madrid el año 1954, y
él destacó otro en la Maestranza, en el que según salía de la suerte por el costillar,
el toro rendía la vida en las propias bambas de la muleta.
El diestro más completo del último medio siglo. Un auténtico torero
de época: eso fue Rafael Ortega.
As de espadas
Nacido en San Fernando (Cádiz) el 4 de junio de 1921, Rafael Ortega
llegó tarde a la fiesta, aunque destacó pronto la hondura de su toreo y su destreza como
matador, hasta el punto de que se le consideró el as de espadas.
Sobrino del banderillero Cuco de Cádiz, tenía ya 28 años cuando tomó
la alternativa, después de una serie de triunfos en Madrid. Se la dio el 2 de octubre de
1949 en esta plaza Manolo González, en presencia de Manolo dos Santos, con toros de
Felipe Bartolomé. Muy castigado por los toros, el 8 de julio del año siguiente sufrió
una cornada gravísima en Pamplona, en la que se llegó a temer por su vida.
No faltaron otros severos percances en la vida profesional de Ortega, lo
que no le impidió mantener la calidad de su toreo, con el reconocimiento unánime de los
buenos aficionados. Se retiró en 1960 y reapareció en 1966 con un toreo aún más
asolerado. Se retiró definitivamente en la temporada de 1968.
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