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Toros en Navarra

TEMPORADA 1999
Temporada
1998
FERIA DE SAN FERMÍN
Las ganaderías de José Cebada Gago y Eduardo Miura han sido
declaradas triunfadoras de la Feria por el jurado instituido por la Casa de Misericordia,
gestora de la plaza de Pamplona. Cebada Gago ha sido proclamada
mejor ganadería por la corrida del día 9. Miura ha obtenido el
trofeo Carriquiri al toro más bravo por el que se lidió en segundo lugar el día 11. El año 98 fue la del marqués de Domecq
CARTEL COMPLETO
Resultados y crónicas
Lunes, 5 de julio. Novillada
con reses de Miranda de Pericalvo (bien
presentados, flojos -varios inválidos-, encastados y nobles; 2º, con poder; 6º,
incierto). Para Francisco Marco, Marquitos (pinchazo,
bajonazo descarado y rueda de peones -oreja-; estocada corta, rueda de peones y descabello
-ovación y salida al tercio-); Juan
Bautista (metisaca bajo, bajonazo y rueda de peones -oreja-; estocada recibiendo
-aviso- y dobla el novillo tras tres minutos de agonía -aplausos y salida al tercio-) y
para El Fandi (estocada corta
perpendicular trasera y rueda de peones (dos orejas); estocada (silencio); salió a
hombros por la puerta grande). Dos tercios de entrada. Novillada prevista para el domingo,
4 de julio y suspendida por lluvia. Crónicas de El País, ABC.
Martes, 6 de julio. Corrida de rejones. Toros
despuntados para rejoneo de Murube
(varios inválidos aunque en general dieron juego); para Joao Moura (seis
pinchazos y rejón caído -silencio-; rejón en lo alto, rueda insistente de peones y, pie
a tierra, cinco descabellos -ovación y salida al tercio-); Pablo Hermoso de Mendoza
(rejón muy atravesado traserísimo y rueda de peones -oreja-; rejón en lo alto -dos
orejas-; salió a hombros por la puerta grande). Paco Ojeda (rejón
caído y rueda de peones -ovación y salida al tercio-; rejón muy trasero caído,
pinchazo y rejón bajo -vuelta-). Lleno. Crónica de El
Pais.
Miércoles, 7 de julio. Reses del marqués de Domecq (bien presentados en
general, flojos -varios inválidos-, manejables y algunos pastueños), para
Emilio Muñoz (pinchazo, media
estocada baja y metisaca -silencio-; bajonazo -aplausos y salida al tercio-);
Morante de la Puebla (pinchazo
bajo, media estocada caída y se echa el toro; se le perdonó un aviso -silencio-;
pinchazo y estocada caída -silencio-); y Miguel Abellán (tres pinchazos
y bajonazo; se le perdonó un aviso -silencio-; estocada corta atravesada, pinchazo,
estocada corta tendida atravesada y descabello; se le perdonó un aviso -silencio-). Lleno. Crónica
de ABC
Jueves, 8 de julio. Reses
de Guardiola Fantoni. Mansos,
bajos de casta y con muy pocas fuerzas. (3º, sobrero). Pepín Liria:
estocada corta (silencio); bajonazo -aviso- y descabello (silencio); pinchazo, media
estocada caída y dos descabellos (aplausos). Vicente Bejarano:
estocada corta saliendo volteado y herido ( fue operado de cornada en la ingle, que llega
al abdomen. Pronóstico grave. Más información sobre la
cornada)(ovación que recoge la cuadrilla). Eugenio de Mora:
tres pinchazos -aviso-, pinchazo y descabello (silencio); pinchazo y bajonazo (silencio).
Lleno. Crónicas de El País, El Mundo.
Viernes, 9 de julio.
Reses de Cebada Gago (con trapío,
casta y nobleza. Bien presentados), paraManuel Caballero (estocada corta
atravesada, resultando desarmado - silencio-; estocada corta ladeada -bronca-); Pepín Liria (estocada
-aviso- y dobla el toro -oreja-; estocada corta trasera y caída -ovación y salida al
tercio-); y para Eduardo
Dávila Miura (estocada corta y rueda de peones -silencio-; pinchazo y estocada
, que lo desarma -silencio-). Crónica de
ABC
Sábado, 10 de julio. Reses de Adolfo Martín (bien presentados,
algunos con casta) Tomás Campuzano
(pinchazo, cinco ruedas de peones y descabello -silencio-; pinchazo y estocada trasera
-ovación y salida al tercio-). Miguel
Rodríguez (estocada y rueda de peones -oreja-; pinchazo y estocada -vuelta-). Y Javier Vázquez (estocada trasera ladeada
-silencio-; pinchazo y estocada baja -aplausos-). El peón Pedro Mariscal sufrió una
cornada cerca del recto al banderillear al primer toro. Pronóstico menos grave. Lleno. Crónica de El
País.
Domingo, 11 de julio.
Reses de Miura (gran trapío,
cornalones, romos y escobillados. Nobles y manejables en general. Bravos y encastados
segundo y quinto. Mansearon con complicaciones cuarto y sexto. Blando el primero). Para Sergio Sánchez (silencio
y silencio con aviso), Juan
José Padilla (oreja y dos orejas) y Antonio Ferrera (palmas y
silencio con aviso). Crónica
de El Mundo.
Lunes, 12 de julio. Reses de Jandilla (desiguales de presencia; 3º y 6º,
con casta). Para Enrique
Ponce (pinchazo, bajonazo -aviso- y dobla el toro -silencio-; pinchazo, media
ladeada -aviso- y dobla el toro -silencio-); Francisco Rivera Ordóñez (seis
pinchazos -aviso-, tres pinchazos más y estocada ladeada -silencio-; siete pinchazos,
rueda de peones -aviso- y descabello -pitos-); y para Morante de la Puebla
(dos pinchazos y estocada -silencio-; pinchazo y estocada -oreja-). Lleno. Crónica de El
País.
Martes, 13 de julio. Reses de Guadalest (sin casta ni trapío, sospechosos
de afeitado). Para Espartaco
(pinchazo bajo, otro hondo, rueda de peones y descabello -silencio-; bajonazo descarado
-aplausos y saludos-). Francisco
Rivera Ordóñez (estocada trasera ladeada, rueda de peones, dos descabellos
-aviso- y descabello -ovación y salida al tercio-; pinchazo, otro perdiendo la muleta,
rueda de peones, dos pinchazos, nueva rueda de peones, dos descabellos -aviso- y
descabello -silencio-). José
Tomás (dos pinchazos, estocada corta trasera y rueda de peones -saludos desde
el tercio-; tres pinchazos y estocada corta -ovación-). Lleno. Crónica de Diario
de Navarra.
Miércoles, 14 de julio. Cinco toros de Pedro y
Verónica Gutiérrez Lorenzo (discretos de presencia, flojos, la mayoría inválidos, de
media casta, aborregados; 6º, incierto, sacó genio. 5º de Carmen Lorenzo, de escaso
trapío, pastueño total). Para César
Rincón (estocada corta muy baja -silencio-; en la suerte de recibir, estocada caída
perdiendo la muleta -aviso- y cae el toro -oreja-). Enrique Ponce (estocada corta, rueda
insistente de peones y descabello -silencio-; estocada baja -dos orejas-); salió a
hombros por la puerta grande. Pepín Liria
(estocada corta, rueda insistente de peones y descabello -oreja-; media atravesada trasera
baja -silencio-). Crónica de El
País.

FERIA DE SAN FERMÍN 1999
Crónicas de la Prensa
El País. JOAQUÍN VIDAL,
Pamplona. Edición del 15 de julio´99. Gaudeamus por todo
lo alto
Hubo un festín que para sí hubiera querido Baltasar, el príncipe babilonio que
cuenta La Ciropedia. Las bodas de Caná, a su lado, un guateque con gaseosa. El
gaudeamus fue por todo lo alto: desde el tinto a la merluza del pincho, lo que se quisiera
pedir; desde el toreo bronco al natural exquisito, toda la gama. De propina, un chaparrón
de orejas: cuatro cayeron. Y si llega a estar Pepín Liria más fino con la espada va y
suma la media docena.
Lo que no hubo fue toros -toros en sentido estricto se quiere decir- pero eso ya poco
importa y no lo reclama nadie, ni siquiera en la famosa Feria del Toro. La Feria del Toro
se ha hecho virtual, como la fiesta misma. La apariencia prima sobre lo autentico; se
prefiere la superficialidad al fundamento. Contarlo es lo que importa. Ponerse exigente
dentro, pedir el toro, medir los ajustes del torero, calibrar los premios, corre el riesgo
de que acabe la función sin oreja alguna y los amigos le llamen a uno tonto por haber ido
a una corrida de toros tan mala.
César Rincón y Enrique Ponce anduvieron en sus primeros inválidos como quien no
quiere la cosa y da igual. Lo importante vino después: cuando mediada la faena al
borreguito cuarto fue César Rincón y ante la general sorpresa volvió por sus fueros.
Resulta que tomó al animalillo de frente, la muleta en la izquierda y le dibujó una
tanda de naturales con la enjundia y los aromas que solía. Después el toreo bueno lo
cuajó por redondos. Y vinieron nuevos naturales; nuevos, frescos, impolutos, de esos que
ya no se ven. Y para culminar su inesperada resurrección para el arte citó a recibir. La
verdad es que le salió un churro -el estoque bajo, la muleta a tomar por saco- pero a
quién le podía importar.
No se quedó atrás Enrique Ponce. Dio cara al muñeco que sacaron en quinto lugar -con
su cuerpecito tierno y dentro un bondadoso corazón-, lo dobló por bajo cual si se
tratara de un ciclópeo funo y se hartó de pegarle derechazos y naturales corriendo
impecablemente la mano. Bien es cierto que, tras correr la mano corría él -Ponce- y se
marchaba a tomar vientos para engendrar el siguiente pase; mas la ardorosa continuidad de
las suertes, el academicismo de sus formas, la facilidad con que torea al toro fácil (un
prodigio, al parecer, que tiene asombrado al poncismo militante) le valieron un clamoroso
éxito.
La sensación fue, sin embargo, Pepín Liria. Ya lo decían las peñas en estruendoso
coro: "¡Pepín, Pepín!": o bien: "¡Pe-pín!, plas, plas, ¡Pe-pín!,
plas, plas", con acompañamiento de palmas y rítmico percutir de bombo.
Venía Pepín-Pepín sustituyendo a José Tomás que se puso malo. El apoderado habló
de una inflamación de muñeca, en tanto el parte facultativo se refería a fisura del
primer metacarpiano del dedo gordo de la mano derecha. Qué tendrá que ver el culo con
las témporas. Eso ocurrió la noche anterior, tras la corrida en la que Tomás no había
cortado oreja, y su gabinete de crisis comunicó que no podía participar en la última
corrida de la feria de Pamplona.
Se perdió Tomás el festín, en el que sin duda habría mojado a su sabor, la afición
quedó privada de verle ejecutar el toreo al natural, la ciencia taurómaca comparada no
pudo contrastar los naturales de Tomás con los de Rincón, puntuarlos y sacar
consecuencias respecto a las respectivas concepciones, y el propio José Tomás perdió la
oportunidad de competir con Enrique Ponce, de quien tiene dicho que no quiere verlo ni en
pintura.
Una pena. Pero la evidente realidad era que Enrique Ponce estuvo a su hora en la puerta
de cuadrillas, y dio guerra en la candente, y salió a hombros por la puerta grande; y
Tomás, no. Compareció en su lugar Pepín Liria que, en cuanto pudo, se tiró de
rodillas, y ya de pie se fajó bravío, y enardeció a los pamploneses, e hizo olvidar al
titular del cartel, y convirtió la plaza en un clamor: "¡Pe-pín!, plas, plas,
¡Pe-pín!, plas, plas".
No todo el alboroto se debía a Pepín, Pepín. Baco, dios del regocijo y de los caldos
espiritosos que lo provocan, había traído el clarete, el champañico y hasta ese vino
que está elaborando en plan experimental la Estación de Viticultura y Enología del
Gobierno de Navarra, que es néctar. Y para consumar el gaudeamus abrían ollas donde
humeaban melosas manos de cerdo (con perdón), o ajoarrieros, o pochas de múltiples
aderezos. Y Elu esmeró unas magras con tomate que colmaban de sabrosuras los paladares. Y
Villanueva elaboró unos fastuosos bocadillos de merluza de Artajona que quitaban el
sentido. Y el matrimonio Guibert remató con una media verónica belmontina pasando
trufas, hojaldres y empiñonados de Iruña, cuyo pastelero tiene ganada indulgencia
plenaria, y de los ojos nos caían lágrimas.
Y el graderío de sol pasaba de La chica ye-ye a Paquito el chocolatero
con la facilidad que Ponce repetía los derechazos. Y tras llevarse a hombros al torero,
el gentío siguió en la plaza dando los últimos trompetazos, cantando las últimas
canciones, marcándose los últimos bailes de estos sanfermines fin de siglo. Y ya se
oían los ecos del " Pobre de mí" que pone fin a las fiestas; todo el
mundo con un nudo en la garganta...
Diario de Navarra.
Diario de Navarra. BARQUERITO.
Edición del 14 de julio´99. Una de José Tomás, la mejor
faena
En vísperas del pobre de mí apareció por Pamplona el torero más esperado de la feria:
José Tomás. El reencuentro con Espartaco, ausente de los Sanfermines desde 1994, atrajo
también a muchos fieles clientes y el torero de Espartinas, héroe aquí tantas y tantas
veces, volvió a sentir de verdad el cariño de la gente. Aunque no hubiera esta vez
ocasión de provocar en las peñas aquel inolvidable coro del 'Es-par-ta-co,
chunda-ta-chunda' de las grandes ocasiones, que fueron muchas y durante muchas
temporadas. Rivera Ordóñez trajo a su gente, mucho más cálida con él que en la
corrida de 'jandillas' del lunes, y se entregó sin reservas con un toro de muchísima
cara.
De partida, pues, muchos alicientes. Y la curiosidad de ver en San Fermín el debut del
histórico hierro de Hidalgo Barquero, de la ganadería de Guadalest. No había gustado la
carrera de los toros en el encierro y quienes tras ver la carrera perdieron las esperanzas
no anduvieron espesos. Corrida ni brava ni mansa, ni buena ni mala. Sino todo lo
contrario.
Pero dentro de esa corrida saltó un tercero que por bien toreado acabó pareciendo
hasta bueno. Con ese toro José Tomás dibujó los mejores muletazos de cuanto va de feria
y cuajó la faena más pura, atrevida, bella y densa de todo el serial. Todas las
expectativas satisfechas. Aunque a ese toro no lo matara José Tomás hasta el tercer
viaje y de media demasiado baja. Todo lo que no sea matar pronto y por arriba arruina en
Pamplona cualquier otra cosa y la faena, preciosa, fluida y hasta pródiga, se quedó sin
orejas.
Todo lo que José Tomás hizo antes de montar la espada tuvo el sello particular y la
verdad conmovedora de su sentido del toreo, que se basa en el riesgo, el ajuste y la
cadencia. La primera salida del torero de Galapagar fue en su turno de quites y en el
primer toro de Rivera Ordóñez, un toro descarado de envergadura, de los que no caben en
los engaños. José Tomás, en los medios, se echó el capote a la espalda y trazó tres
gaoneras excepcionales. El remate con una larga muy mecida a pies juntos fue un prodigio.
Hasta las peñas, en pleno concierto por entonces, se pusieron en pie para aclamar ese
quite de auténtica antología.
Cuando salió su toro, José Tomás, vertical y quieto, toreó a la verónica con gran
limpieza y sentido del compás. Después de un primer puyazo trasero, del que el toro
salió suelto, José Tomás volvió calmadamente a la carga para quitar esta vez por
chicuelinas. En todas ellas le cambió al toro el viaje por delante. El ajuste fue de
escalofrío y todos los lances surgieron con una limpieza formidable. Con esos
precedentes, la faena, brindada al público, vino a vivirse desde el principio con el
corazón encogido. José Tomás abrió en los medios con un templado banderazo a pies
juntos y dejándose venir de largo al toro. Y en seguida, sueltos los brazos, como si se
le fueran a caer despegados, José Tomás, ligeramente cruzado, la muleta por delante,
tirando del toro con una suavidad inexplicable, los pies enterrados en la arena como si se
hubiera posado en ella. La faena fue primero de mano izquierda y siempre por abajo. Pero
incluso ya sometido, el toro pegó bastantes cabezazos. Impávido el torero, que no se
sintió ni avisado. Los pitones le rozaron literalmente la taleguilla una y otra vez.
Viajes al fin del toro en madeja. Y el público, de pie en algunos trances, entregado como
no lo había estado en toda la feria. El remate de esta faena larga y de cámara lenta
fueron unas manoletinas muy bien dibujadas. Y luego, con el toro desigualado, dos ataques
sin convicción con la espada para pinchar las dos veces y esa media caída que tiró sin
puntilla al toro de Guadalest, pero que hizo a la gente guardarse los pañuelos. La
ovación tras el arrastre fue formidable, pero José Tomás renunció a dar la vuelta al
ruedo. Debió haberla dado.
Esa faena primera de José Tomás no fue la única de la corrida, pero hizo palidecer
las demás. La de Rivera Ordóñez al segundo toro de la corrida, que no sin sus problemas
fue el mejor de los seis, tuvo su garra y su ángel. Faena de aguante, a ratos redonda por
el pitón izquierdo, que fue el bueno, y valerosa por el derecho, el pitón por el que
protestó tirando derrotes y cornaditas el toro. No le tembló el pulso a Rivera, que
remató adornándose de rodillas con temeridad y torería. La estocada, de impecable
ejecución, cayó algo tendida y trasera, el toro tardó mucho en echarse y Rivera sólo
acertó con el tercer golpe de descabello. En el momento en que el toro rodaba sonó un
aviso. Y este alarde, que lo fue, se quedó sin premio.
Espartaco sorteó por delante un toro de feo estilo, manso, con mucha alzada, que tuvo
genio en el caballo y tardeó sin emplearse en la muleta. Toro, además, incierto. Muy
tesonero, Espartaco le sacó a base de paciencia dos tandas con la diestra, despegadas
pero muy meritorias. Por la izquierda, frenado y con la cara arriba el toro, no hubo
manera. Se agradeció el esfuerzo. Lo hubo también con un cuarto de pinta melocotón y
muy astifino que manseó mucho en el primer tercio pero que metió la cara cada vez que
tomó los engaños. Aquí tiró Espartaco de recursos. Puesto fuera de las rayas y tapando
al toro en los remates de cada muletazo, llegó a ligarle hasta dos tandas de difícil
sencillez. Ya metido en la muleta, sin embargo, renunció el toro, que no quiso por el
pitón izquierdo. Un feo bajonazo concluyó con toda esa historia.
El quinto, saludado por Rivera con una larga de rodillas en el tercio y unos bonitos
lances a pies juntos, fue, después del primero, el toro más deslucido de la corrida.
Rebrincado, a la defensiva, medios viajes, muchas protestas, la cara arriba siempre. Y una
faena honrada y porfiona de Rivera, muy dueño de la situación, valiente sin alharacas,
firme. Pero esta faena tuvo por remate cuatro pinchazos, arriba los cuatro, que se
sumarán a su amargo récord con la espada de esta feria.
La nueva salida de José Tomás se vivió con especial interés. Los lances de recibo a
la verónica con el compás semiabierto fueron una delicia. El toro se empleó mucho y
bien en el caballo y acabó sobrando un segundo puyazo que el toro acusó en la muleta.
Como este toro fue más apagado y bastante más dócil que el del otro turno, la faena de
José Tomás, calmosa, sin aparente esfuerzo, nuevamente devanada a base de ritmo en los
brazos y agilidad de muñecas, no tuvo la fuerza de la anterior. Sí sus dosis de belleza.
Hasta que se paró el toro. Y con la espada, deslucido final: tres pinchazos y una
estocada, por cierto, excelente. Y la desilusión de que una tarde de tanto tronío se
quedara sin más recompensa que la de un rendido reconocimiento. Ni la menor duda: José
Tomás está en un momento extraordinario.
El País.
JOAQUÍN VIDAL, Pamplona. Edición del 13 de
julio´99.
Pusieron un cartel enorme en la barrera, junto a la puerta de chiqueros. Decía
"Zorionak Juan Mari" que, como todo el mundo sabe, era un asunto referido a Juan
Mari. No hay como saber idiomas.
A lo mejor el cartel y Morante de la Puebla -el toreo que hizo, se quiere decir-
constituyeron lo único destacable de la corrida. Destacó asimismo la tormenta pero ésa
tenía poco que ver con la corrida: venía de fuera. La verdad es que toda la tarde se
estuvieron cerniendo sobre el coso nubarrones de mal agüero, adelantaron la noche, el
meteoro rugió al fin y fue cuando Morante de la Puebla se llevó el Jandilla al platillo
y lo toreó como sólo saben hacerlo los toreros buenos.
Todo lo anterior debería quedar relegado al olvido. De lo que llaman toros hubo poco,
de lo que se tiene por toreo aún menos. Sí, Morante de la Puebla se echó presto la
muleta a la izquierda para torear por naturales al tercer Jandilla pero como si se
operaba. De un lado, el toro embestía con áspera incertidumbre; de otro el gran público
-o sea, la mayoría- aún creía en las figuras.
Lo importante en el planeta de los toros -y en el universo mundo- es tener nombre y
novela. Lo de "Créate buena fama y échate a dormir", que era impresión
barruntativa en tiempo de nuestros abuelos, es ahora ley, más axiomática que la de
Boylle-Mariotte.
Enrique Ponce, por ejemplo, figura paradigmática del toreo, no daba las verónicas y
le coreaban olés; no profundizaba, ni reunía, ni ligaba la manta de derechazos que pegó
y se los oleaban también. Luego entró en fase supersónica: dio tres naturales a toda
velocidad al gordinflón, cornicorto sospechoso y pastueño toro, tapó raudo su
insustancialidad mediante un molinete vertiginoso, siguió por derechazos hecho una moto,
y sin duda para calentar el ambiente metió tres pases de rodillas, arrojó lejos los
trastos, hizo un desplante abriéndose la chaquetilla y mostrando el chaleco al estilo
Juan José Padilla el día anterior...
No se sabría explicar muy bien lo que sucedió entonces. Porque el jubiloso estruendo
de las peñas, al ver aquello, bajó el diapasón. A los mozos de las peñas hay que
entenderlos. A los mozos de las peñas no se les engaña con una caña. Un alarde
temerario les arrebata pero si sospechan que el torero se está poniendo tremendista para
quedarse con ellos, le pueden decir cuatro cosas. No consta que se las dijeran a Ponce, es
cierto. Pero después de que matara al toro olvidaron su existencia y se pusieron a cantar
La chica ye-ye.
Al cuarto toro, de condición borrego, le aplicó Ponce otra faena larguísima a base
de los derechazos y una tanda testimonial de izquierdazos, mientras la gente merendaba con
fruición y apenas le hacía caso. Oyó un aviso, que ya eran dos en la tarde. Y suma y
sigue. Acaso no haya conocido la fiesta torero alguno que haya recibido tantos avisos como
Enrique Ponce.
Rivera Ordóñez le igualó en avisos y ya eran cuatro. La marca de Rivera, cuya
vulgaridad muleteril estuvo a punto de poner de los nervios a la concurrencia, no se cifra
en los avisos sino en los pinchazos. Dieciséis, más un espadazo y un descabello
necesitó para matar a sus dos toros. Y le pitaron.
La verdad es que Rivera Ordóñez se encontró con la antipatía de algún sector,
quién sabe por qué pasados desencuentros. Incluso le sacaron una pancarta intolerable en
la que le llamaban Kondesito. Hubo, pues, dos carteles que parecían surrealistas: uno
para Juan Mari, otro para el Kondesito. Ninguno de los dos -menos mal- se metía en
política, a diferencia de los que colgaron de la andanada en días anteriores, uno con la
escueta palabra "Carceleros" -dedicada al PP y al PSOE-, otro con la leyenda
"A mayor oreja, mayor sordera". Se ve que tiraban a dar.
Lo de Juan Mari tomó realce en el momento de la merienda, pues las comparsas le
tocaron el cumpleaños feliz -felicidades: zorionak- y corrió por el tendido de sol una
tarta que degustaron los colegas de su peña.
Y, de súbito, un relámpago culebreó fulgurante a la altura de la torre de los
Escolapios, que emerge tras los tejadillos. Y rugió el trueno. Y Morante de la Puebla se
puso a torear en el centro del redondel. Y ahora era Morante el oleado y musicado -según
decían los revisteros clásicos-, y los ayudados y la trincherilla rubricaron su
torería. Y sin ser figura ni tener novela ni nada, se ganó a ley una oreja, le aclamaron
¡torero! y le dijeron ¡zoroniak! No por mucho tiempo pues la borrasca empezó a soltar
gotas como txapelas y la afición se apresuró a recoger las bolsas de bocadillos, las
ollas, las neveras, la cajica de empiñonados y tomó las de Villadiego.
El Mundo.
El Mundo. JAVIER
VILLAN. Edición del 12 de julio´99. Padilla desorejó la
miurada
El segundo toro vio salir al primer caballo y se fue a por él como un rayo; lo
sangraron, lo rajaron, lo colearon y lo echaron capotes a la cara y ni por ésas. Se
cosió al peto este bravísimo miura y de allí no había quien lo sacara. Se durmió. Le
pegaba duro el picador y ni matadores, monosabios, subalternos o militares de distinta
graduación lo arrancaban de él. Casi 10 minutos duró este puyazo y todavía, cuando lo
sacaron del caballo en un despiste, el miura se iba contra sus agresores.
No dio tiempo a que saliese el otro caballo. La presidencia cambió el tercio con un
solo equino en el redondel y el toro, recrecido, se fue alegre a las banderillas.
Banderillearon los tres matadores. Y el toro seguía arrogante, tras el mediocre tercio,
buscando el caballo perdido en los burladeros donde se refugiaban empavorecidos los
toreros. El toro también buscaba en la muleta de Juan José Padilla un torero. Pero,
aparte del trabajo y la buena voluntad, esto de torear es un don: un don, con todos los
respetos a los que se visten de luces, que no todos tienen. Padilla no hizo exquisiteces,
pero estuvo donde tenía que estar. Es decir, posiblemente lo suyo no sea una cuestión de
dones divinos, aunque sí de vergüenza torera. Lo mató Padilla y lo mató a la primera.
Y hubo fiesta grande porque, cuando hay toro, la emoción cala en los tendidos ya de por
sí emocionables. Enhorabuena a Padilla, que ya guardaba en sus vitrinas una oreja de
miura pensando que nunca más volvería a salirle uno igual. Pero le salió otro mejor
aún.
No hay quinto malo
Tuvo la suerte de cara y también le salió un quinto que hizo honor al viejo dicho
de que no hay quinto malo. Estos dos miuras tenían nobleza de Jandilla que es lo que se
va a lidiar esta tarde. A lo peor ha habido un trasvase de ganadería. Juan José Padilla
se hartó de dar pases, hizo desplantes, unas veces sin muleta, de rodillas y de espaldas;
otras agarrado a los pitones como si fueran el volante de un coche. Inconmensurables
miuras, valiente Juan José Padilla, que empezó a cimentar su triunfo en este quinto con
un soberbio tercio de banderillas, espectacular y de poder a poder. Un poco más calmado,
a las 20.22 horas abaniqueaba al toro antes de entrar a matar. En esos momentos, la plaza
era un volcán que gritaba ¡torero, torero, torero! Padilla estaba en la gloria y entraba
a matar como un kamikaze, saliendo rebotado hasta el centro del ruedo.
Un estoconazo que fulminó al toro, un estoconazo al encuentro del que salió muerto el
miura y tocado el torero. La oreja estaba ganada, saltaba el estruendo y Juan José
Padilla, con un ligero puntazo en la rodilla derecha, se encaminaba al burladero en espera
de los trofeos. Triunfo y Puerta Grande con dos miuras de ensueño, noblotes y
complacientes.
No era tan bonancible el tercero, aunque tampoco era una fiera corrupia. Ferrera ni
toreó ni dejó de torear. Bullicioso, voluntarioso, alegre y dicharachero. Toda esa buena
disposición no se tradujo en toreo, pero tampoco disgustó al ruidoso respetable
pamplonés. Algo parecido le ocurrió en el último, en el que brilló en banderillas.
Se despedía de Pamplona, y quizá del traje de luces, un esforzado torero llamado
Sergio Sánchez; larga vida a este cirbonero honrado que ha tenido que tragar todo lo
tragable en este complicado y cruel mundo de los toros. Ojalá en la vida de ciudadano
normal, colgado ya el vestido de torear, no tenga que tragar las duras corridas que mató
en los ruedos.
No siempre le acompañó a Sergio Sánchez la gloria o el triunfo, mas nunca volvió la
cara ni dejóde hacer honor al traje de luces. Buen banderillero, es preferible buscar,
como ha buscado, una solución en la vida civil antes que irse a los palos. Suerte, vista
y al toro. Que el aparatoso e incierto toro de la vida le dé a Sergio Sánchez más
facilidades de las que le han dado en los ruedos.
El País.
JOAQUÍN VIDAL, Pamplona. Edición del 11 de julio´99
El primer toro, que le pegó una cornada al banderillero Pedro Mariscal, estaba encastado
y lucía trapío; el tercero era más feo que pegar a un padre. Fueron los dos polos
(norte y sur) de la corrida. Por medio quedó todo lo demás y habría que analizar ahora
a dónde se acercaron más, si al polo norte o al polo sur.
Uno diría que al polo sur. No tanto por belleza como por bravura. Los toros de Adolfo
Martín tuvieron casta algunos, bravura ninguno, mansedumbre en distinto grado la
mayoría.
Los toros de Adolfo Martín la verdad es que defraudaron ampliamente. Una pena pues en
esta divisa había depositado la afición todas sus complacencias.
Muchos aficionados vinieron de Madrid e incluso de remotos pagos para ver el juego de
los pupilos de Adolfo Martín, ganadería con encaste puro Albaserrada -asegura el amo-,
que era gala en los carteles de la pomposamente llamada Feria del Toro. Y se llevaron una
gran decepción.
No están los tiempos ganaderos -ni la fiesta- para llevarse decepciones de semejante
calibre. Qué les podía suceder a los albaserradas de Adolfo Martín, sobrino del mítico
Victorino Martín, no se puede saber. Pero su comportamiento puso en evidencia que no
tenían ni fuerza ni bravura.
No es que se cayeran (eso sólo le ocurrió a alguno), mas tampoco eran capaces de
romanear; ni siquiera de mover dos palmos sobre la ardiente a la acorazada de picar. No es
que huyeran de la mencionada banda (eso sólo lo hizo el toro más feo que pegarle a un
padre), mas tampoco se recrecían al castigo. Los hubo que se dejaron pegar sin rebelarse
por ello, los hubo que se soltaban pronto de la reunión varilarguera con el deliberado
propósito de librarse de la quema.
Y para la gente de a pie presentaron problemas. El problema del toro que abrió plaza
era precisamente la casta. Ya de salida remató repetidas veces en tablas, tomó codicioso
el capote que le presentaba inseguro Tomás Campuzano, se recreció en el tercio de
banderillas. Pedro Mariscal le prendió al indómito toro el primer par y al salir de la
suerte resultó perseguido y empitonado por detrás. El toro no llegó ni a voltearle ni a
encunarle: le bastó con tirar los derrotes a estilo navajero y uno de ellos caló hondo
el glúteo del torero.
Tomás Campuzano muleteó con muchas precauciones a ese fiero toro e igual al manejable
que hacía cuarto. Siempre muy fuera de cacho, presentando la pañosa cuanto le permitía
distanciarla el brazo, metiendo descaradamente el pico, el toreo -quiere decirse el toreo
reunido de parar, templar ya mandar- resultaba imposible. Y eso sucedió aunque dilatara
sus faenas intentando reiteradamente el consabido derechazo.
Al último toro lo quitó Campuzano por navarras. Se trataba no tanto del quite del
perdón como del adiós pues toreaba por última vez en Pamplona. Le despidieron con
cariño y hasta le regalaron de recuerdo un bonito San Fermincico. No en vano ha sido
triunfador de los sanfermines, donde toreó mucho con el pundonor que ha caracterizado su
larga carrera.
Torito boyante (y chico) de Adolfo Martín fue el que hizo segundo y Miguel Rodríguez
le cortó la oreja gracias a una tarea bullidora en todos los tercios. Primero lo recibió
de rodillas a porta gayola. Luego le prendió dos pares y medio de banderillas que
merecieron ovaciones cerradas y los mozos de las peñas festejaron gritando a coro dos
palabras suficientemente expresivas: "¡Im presionante!". Algo mágico debió
suceder, sin embargo, porque terminado el tercio había en el suelo cuatro banderillas, en
el toro una.
La faena de muleta, abundante en derechazos bien tirados aunque en ningún caso
rematados, se coreó con olés, recurrió a las manoletinas y cobró un estoconazo que le
valió la oreja. En el quinto, ya toro de seriedad y arboladura, repitió el alarde de la
larga cambiada a porta gayola, volvió a banderillear -ahora con mejor ajuste-, y a torear
por derechazos, que terminaban reducidos a medios pases pues el toro, de poca casta, se
quedaba corto.
El mal lote le correspondió a Javier Vázquez y, sin embargo, estuvo muy voluntarioso;
tanto en el sexto, un torazo de media arrancada, como en el feo con ganas. Éste era
abierto de cuerna, bizco y cornipaso, de tipo no muy templado y con un semblante
avinagrado que recordaba a Picio. Huyó de las plazas montadas, hubieron de picarlo por
los adentros echándole el caballo encima, y acabó con una embestida morucha de difícil
acomodo para el lucimiento, pese a los muchos esfuerzos y la buena carga de torería que
empleó Javier Vázquez para sacarle partido.
Hasta en las mejores familias puede nacer un garbanzo negro. Pero que sea más feo que
pegar a un padre con un calcetín sudao y sacarlo en una feria de postín, no es de
recibo, francamente.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA . Edición del 10 de julio´99.
De la importancia de Pepín Liria al seco valor de Dávila Miura
En el fragor de la cornada de Vicente Bejarano, aquella primera
impresión reflejada en la crónica abecedaria de que el pitón hiriente fue el izquierdo
quedó descartada en las fotografías del percance: el asta derecha alcanzó de lleno el
muslo izquierdo y exterior del torero, que ya es difícil. «Ha tenido mucha suerte.» Nos
lo dice el doctor Héctor Ortiz, cirujano jefe de la plaza. ¿Daños? «Apenas -contesta
con ironía-. Sólo entre lo que le hizo el toro y lo que le he hecho yo la
costura recorre desde la rodilla hasta el abdomen.» Por cierto, la instantánea del
diario navarro «Noticias» bien merecería un premio: es sencillamente sensacional.
Ningún premio mereció el comportamiento defensivo del primer cebada en el caballo, ni
tampoco el picador, que tapaba la salida, y menos, Caballero, que anduvo de puro trámite.
No humillaba el toro, más claro por el lado izquierdo. Pero el albaceteño nunca se
esforzó por someterlo ni por engancharlo adelante ni por guiarlo con largura. Resolvió
con media estocada yéndose de la suerte.
Fibroso, musculado y más serio que Calvo- Sotelo, con todos los respetos, fue el
cuarto, además de reservón e incierto. Caballero, que parece acusar un ligero bache
desde la cornada de Sevilla, tomó el camino de enmedio, y fue abroncado.
La lidia del manso y cárdeno segundo fue muy desordenada: mientras Liria se colocaba a
la derecha del caballo, Caballero oteaba el horizonte de las peñas situado muy lejos de
donde se realizaba la suerte. Y eso que era el director de ¿lidia? Luego el toro fue a
más. Si Pepín Liria le dejaba la muleta en la cara, repetía con codicia y largura. Si
le permitía ver las tablas, hacia allí se escapaba. Decidió el murciano abandonar la
posibilidad de torearlo en los medios para hacerlo en la querencia que marcaba el burel.
Por uno y otro pitón se desplazaba humillado el cebadagago, en franca persecución de la
templada muleta de Liria, que construyó una faena limpia e inteligente, rematada por
arriba con una estocada ligeramente atravesada. Todo su planteamiento y su quehacer le
valieron una oreja, la primera de estas corridas sanfermineras.
Manifiesto peligro
Durante las dos tardes que ha actuado Liria en Pamplona se ha olvidado de cuál es el
sitio que debe ocupar durante el tercio de varas. El quinto, que manseó su cuota en el
caballo, lucía un velamen de impresión. Resultó complicado y algo gazapón en la
muleta, con patente y manifiesto peligro por el pitón izquierdo, por donde quiso
rebañarle la vida al torero. Tragó mucho Pepín sobre la diestra, con un valor de acero
a prueba de bombas, para bajarle la mano a su enemigo. Muy importante estuvo con este
segundo de su lote, ante el que se jugó la vida con seriedad y sin aspavientos. Acertó a
la primera con el estoque, y escuchó una ovación desde el tercio, escasa recompensa para
el esfuerzo realizado.
Al astifino tercero le dieron estopa bajo el peto. Se lo pensó dos veces antes de
repetir, escarbó y finalmente acudió a las sanguinarias manos de aquel hombre del
castoreño que volvió a ensañarse, rectificando el puyazo cuantas veces quiso. A pesar
del duro castigo, no le faltó entereza y movilidad al animal en el ultimo tercio. Basó
Dávila Miura su faena en la firmeza y en la sobria mano derecha, manejada con
reciedumbre. El toro tuvo su aquel, aunque obedecía a la muleta. No dio opción el
sevillano al toreo al natural. No lo vería claro. Mató con media estocada en su sitio.
Muchas reservas ofreció el sexto, que no le quitaba ojo a Dávila Miura. Volvió a
derrochar valentía el joven diestro para tirar del bicorne en derechazos de mando. Hizo
un notable esfuerzo hasta para matar con una estocada delantera, posterior a un pinchazo.
El público valoró su entrega con una ovación.
Tuvo la corrida mucho que torear. Los cebadas vendieron caras sus vidas, y murieron con
toda su seriedad, toda su entereza y toda su aspereza a cuestas. No dieron pie al
aburrimiento.
El
Mundo.
El
Mundo. JAVIER VILLAN . Pamplona. Edición del 9 de julio´99. Vicente Bejarano, herido de gravedad
Tarde negra porque, cuando hay cornada, negros pájaros oscurecen los resplandores de
sol, vino y rosas. Tarde negra, y de nada vale reflexionar que la Fiesta es así; y que la
posibilidad de la cornada entra en el sueldo: como la explosión de grisú en una mina o
un alud en las altas cumbres de los alpinistas.
Tarde negra para el torero herido, Vicente Bejarano. Y oscura para los matadores que
quedaron indemnes. Cuatro toros hubo de matar Pepín Liria que, para el caso, fueron tres,
pues el de la cogida no cuenta por haber entrado ya Bejarano a matar. Tres toros y sólo
en el sexto, con rodillazos, miradas al tendido y arrimones en la solanera, arrancó la
segunda ovación de la tarde. La primera fue para Bejarano camino de la enfermería.
El segundo toro de Guardiola empezó fijo y encastado y acabó manso e incierto
mandando al hule a Bejarano. Infame lidia la que le dieron al encastado segundo. Los
banderilleros, de juzgado de guardia; y los capoteros, igual. ¿De qué le valió a
Vicente Bejarano templar por delantales, ajustarse por chicuelinas y jugar solemnemente
los brazos en algunas verónicas? La presidencia, no de juzgado de guardia, pero casi: no
cambió el tercio hasta ver al toro cubierto de banderillas. Y como los chapuzas de los
banderilleros las ponían de una en una, o pasaban en falso sin ponerlas, aquello era el
cuento de nunca acabar. Resultado: un toro que llegó pervertido a la muleta de Bejarano.
Amenaza
Le amenazó de cornada varias veces y se la pegó cuando el sevillano entró a
matar colgándose de los pitones. Bien pudo decir Vicente Bejarano, y más cuando se vio
herido, aquello del Tenorio: «Imposible lo hais dejado para vos y para mí».
Mejor criterio usó la presidencia al devolver al renqueante tercero. Pero el sobrero
de Guardiola Domínguez salió difuso, profuso, sin alma y meditabundo. Frente a aquella
descastada sombra de toro, poco pudieron los estilismos de Eugenio de Mora, la elegancia
de algunos muletazos y otras insistencias. Y algo parecido le sucedió en el sexto, que
corrió a quinto por el ya narrado percance de Bejarano. En el último momento, Eugenio de
Mora se postró de hinojos tratando de salvar lo insalvable. Eso, a la desesperada, hay
que hacerlo en la solanera y a favor de peñas. Como lo hizo Liria.
Pepín Liria, un aguerrido matador, tenía la tarde oscura y las células grises del
pensamiento en estado cataléptico. Sólo se despabiló, y no del todo, en el sexto. Hasta
entonces, Liria había andado liado a mantazos y a carreras de acá para allá; incluso
consiguió que la natural bondad del primer guardiola acabara resabiada y cabeceante.
Liria quiere ser fiel a sí mismo siempre. Y eso es imposible. El torero es él y sus
circunstancias; la circunstancia del torero es el toro. A Pepín, el toro proceloso lo
encumbra y el toro pacífico lo aplana. El cuarto era también de raza ovejuna, de
bíblica mansedumbre, y de nada le valió ser justo y benéfico, pues Liria lo acuchilló
como si fuese un bandolero. El aviso no fue por el acuchillamiento mafioso, sino por
pesado. Tarde negra: encima del aburrimiento, la sangre.
El PaísEl País.
El País.
JOAQUÍN VIDAL, Pamplona. Edición del 9 de
julio´99. Cogida grave de Vicente Bejarano
Justo en el momento de hacer la cruz en plena suerte suprema el segundo toro le pegó la
cornada a Vicente Bejarano. Fue una y pudieron ser muchas porque el toro zarandeó al
torero de mala manera. Prendido en el asta, lo llevaba en lo alto de un lado a otro y
cuando lo tiró a la arena ya le había calado la ingle. Se incorporó rápido Bejarano
pero no podía continuar allí. Las asistencias lo trasladaron presto a la enfermería y
pudo apreciarse cómo el diestro iba con un intenso retorcimiento de dolor.
Como la cornada de Manolete, se comentaba. Puede que la cornada de Manolete aún fuera
menos espectacular. Según testigos presenciales, giró sobre el pitón de Islero,
que se lo había clavado en la ingle y le estaba arrancando la femoral. El asta del
Guardiola también fue a la ingle y pudo llegar hasta las entrañas. Afortunadamente se
quedó corto. La providencia es un factor determinante en el siempre arriesgado ejecicio
del toreo.
Vicente Bejarano había estado muy torero con el toro agresor, cuyo áspero instinto
pudo apreciarse desde el principio de la faena. Lo planteó Bejarano en la boca de riego.
Se arrancó veloz el toro desde las tablas y aunque alcanzó el embroque violento y
echando las manos por delante, aguantó firme el torero, asentadas las zapatillas en la
arena, para vaciar el estatuario.
Tal cual dio el estatuario, levantando de súbito la muleta a estilo telón, parecía
el llamado pase de la muerte que ponía los pelos de punta a los públicos de la primera
mitad de siglo y tantas cornadas costó a sus esforzados artífices. El Papa Negro, que
solía ejecutarlo con enorme riesgo y emoción, uno de ellos.
Siguieron más estatuarios en el centro del redondel. Y luego los naturales. Y los
redondos. Mas no había toro boyante para cuajarlos con el debido lucimiento. El Guardiola
se mostraba incierto. Incierto y aleatorio -valga la paya expresión- pues unas veces
tomaba humillado el engaño, otras derrotaba bronco, o se quedaba distraído mirando al
tendido. No había manera de entender cuál sería su reacción. Cuadrado el toro en
terrenos de sol, Vicente Bejarano montó la espada, entró recto y en el instante de hacer
la cruz y hundir el acero recibía de lleno el derrote y la cornada. ¿Toma y daca se
llama esa figura? Podría ser.
Fuera de combate Vicente Bejarano, la corrida debió quedar convertida en un mano a
mano Pepín Liria-Eugenio de Mora. Pero nada de eso. En los tiempos que corren cada quien
va a lo suyo. Y eso es lo que sucedió. No obstante "lo suyo" guardaba poca
relación con el arte de torear, y de esta forma la corrida, sin toreo bueno y sin
competencia, transcurrió vacía de contenido. Ciertamente los toros no sacaron esa
pastueña sumisión que permite galas y exquisiteces, incluso algunos se mostraron
dificultosos por inciertos, o por reservones, o por su escasa fijeza; mas esos
inconvenientes nunca deben ser insuperables para los toreros de alternativa ni nadie ha
dicho que impidan la cabal realización del arte de torear.
Ninguno de los dos diestros se ajustó con el capote y el toreo a la verónica se lo
tomaron de trámite. Las lidias parecían capeas y la acorazada de picar atacó poseída
de furor carnicero sin que nadie pusiera coto a sus tropelías. Las faenas de Eugenio de
Mora no pasaron de voluntariosas y, aún así, hacía ese toreo desligado y harto de pico,
que ni emociona ni divierte.
Pepín Liria, por el contrario, se mostró fragoroso con la muleta, en diversos pasajes
de sus tres faenas se la jugó de veras, y toreó por naturales cargando la suerte o de
frente, sobre todo con el sexto de la tarde, que resultó ser el de mayor cuidado. Su
pundonorosa entrega enardeció a los mozos de las peñas que le aclamaron "¡Pepín,
Pepín!" con fenomenal estruendo.
El triunfo que tenía cantado (a coro) Pepín Liria lo perdió, sin embargo, por matar
mal. Manejando la espada estuvo horrible Pepín-Pepín, culpable de un tabernario
bajonazo, y Eugenio de Mora también. A lo mejor la cornada que había sufrido Vicente
Bejarano al ejecutar en corto y por derecho la suerte suprema había servido de aviso a
los navegantes. Podría ser. Ahora bien, con precauciones y reservas, no se llega a figura
del toreo. Se llega a figura del toreo perfilándose en corto y por derecho; entre otras
cosas. Lo dijo un maestro en tauromaquia: las cornadas son medallas; y si resultan graves,
la Laureada de San Fernando.
Cornada de 25 centímetros que perfora el
abdomen. L. M, Pamplona
Vicente Bejarano sufrió ayer una cornada de 25 centímetros en la cara interna del muslo
izquierdo que le perforó el abdomen. El pronóstico es grave. El doctor Héctor Ortiz
ofreció esta información tras intervenir al diestro durante una hora y media. Durante
este tiempo, todo fueron informaciones cruzadas.
La cogida se produjo al entrar a matar al segundo de la tarde. Bejarano sufría una
"cornada limpia y fuerte", según afirmó en la puerta de la enfermería el
apoderado del diestro, Pepe Luis Segura. Poco después, el consejero de Salud, Santiago
Cervera, dijo: "Un puntazo en la ingle izquierda". Algo más tarde se habló de
dos trayectorias, y, finalmente, de tres.
Acabada la intervención, era el doctor el que ofrecía una explicación a tanta
zozobra. "En un principio", afirmó el médico, "se localizó una cornada
de cuatro centímetros en la cara interna del muslo izquierdo". Tras una primera
exploración "se pudo apreciar que la herida tenía una longitud aproximada de 25
centímetros, cuyo extremo perfora el abdomen. Por ahí sale el intestino", concluyó
Ortiz, tras señalar que la herida no afecta a ningún órgano vital.
ABCABC.
ZABALA DE LA SERNA . Edición del 8 de julio´99. ZABALA DE LA SERNA
. Edición del 8 de julio´99. Emilio Muñoz apuntó y no disparó con el mejor toro
Como cada 7 de julio, las peñas ocuparon sus tendidos de
sol, con su estruendosa presencia, y como cada 7 de julio, ¡San Fermín!, el jurado
taurino de la Casa de Misericordia se reunió en Rodero, templo de la gastronomía
pamplonesa, oráculo de la belleza y de la amistad. Y Miguel Criado, el popular «Potra»,
que se incorporó a la comida con su vitalidad octogenaria a tope, el humor a flor de piel
y el libro de las anécdotas del toreo abierto. Irrepetible personaje del planeta de los
toros, como denominó Cañabate a este peculiar mundo.
Fue hermoso el primer toro del Marqués de Domecq, tan hermoso como blando de remos. No
se le hicieron las cosas bien en la brega: sobraron capotazos. Aquellas notas positivas
que apuntaba se diluyeron en la muleta de un inseguro Muñoz, porque las carencias
físicas se tradujeron en derrotes decisivos al pecho del torero, aún más intensos por
el pitón izquierdo, intocable. El veterano matador, continuamente incomodado por el
viento, manejó la espada a sartenazos hasta despachar la cuestión con un terrible
metisaca.
Afarolado belmontino
Muy justas las fuerzas y sobrado de bondad, el cuarto prometía ser el toro
necesario para que brotara el arte de Emilio Muñoz. La chispa saltó en unos naturales a
pies juntos que se transformaron en muletazos más hondos, de formas quebradas, hasta
acabar en un afarolado belmontino. Pero vino la intermitencia, y la siguiente tanda por el
mismo lado no mantuvo el ritmo, que regresó sobre la diestra, erguida la figura, natural
en la pose. Y volvió a decaer su labor, que transcurrió como dientes de sierra, por
debajo, en líneas generales, de las virtudes del franco burel. La estocada en los bajos
echó más tierra al asunto.
Dolióse el castaño y noble segundo en banderillas. Toda la faena de Morante de la
Puebla estuvo presidida por la torería, desde el inicio a media altura, que era como
embestía el toro. Pronto le cogió el aire en unos naturales sentidos. Rematada la serie,
cambió de mano en lugar de seguir por el pitón izquierdo. El tono sobre la diestra fue
inferior, el recorrido era cada vez menor, y la capacidad de humillar del bicorne,
también. Cuando quiso regresar a la siniestra había poco o nada que hacer. Brillaron los
adornos, materializados en cambios de mano, trincherillas o un plástico kikirikí. Un
pinchazo y media estocada dieron paso al descabello y a un «silencio» desolador.
Cornidelantero, escurrido y flojo hasta la práctica invalidez fue el quinto, impropio
representante en una feria que se denomina torista. Pareció recuperar el resuello en los
primeros compases de la faena de un Morante muy entonado en los derechazos inaugurales.
Sin embargo, todo cayó en picado en cuanto el animal se desfondó, algo que no tardó en
ocurrir. En la memoria colectiva quedaron los detalles del sevillano, como algunos
primorosos lances a la verónica, detalles y sólo detalles.
Dos largas cambiadas de rodillas saludaron al tercero de la mano de Miguel Abellán,
que, una vez recuperada la total verticalidad, no se acopló a pies juntos, así que
recurrió a la vistosidad de las chicuelinas, como ya había participado en un quite
anterior, cerrado igualmente con una serpentina y una revolera. Manseó el domecq en el
tercio de varas, y Luis Carlos Aranda anduvo fácil y seguro con los palos en el
siguiente. Arrancó el joven madrileño la faena con valor, con un pase cambiado por la
espalda y otros por alto sin rectificar las zapatillas, atornilladas en el mismo platillo
del ruedo. No encontró el entendimiento por el pitón derecho, por donde surgieron
repetidos enganchones, producto de que el toro echaba la cara arriba. Una tanda muy
meritoria al natural destacó del largo resto, fundamentado en la derecha, rígida
derecha. Una pérdida de equilibrio en las postrimerías de su labor a punto estuvo de
desembocar en tragedia si el muy atento Aranda no llega presto al quite, como ya ocurrió
en la Beneficencia de Madrid. No acertó Abellán con los aceros hasta el cuarto intento.
Pezuñas de plastelina tenía el alto y estrecho sexto, como casi toda la corrida. Qué
diferencia con la que el pasado año arrasó con todos los premios sanfermineros. A este
último, para colmo, se le escobilló feamente el pitón derecho. Aguantó con mayor
entereza el tramo final. Firme se mostró Miguel Abellán sobre la diestra, tomándoles
bien la velocidad a los molestos cabezazos que le enviaba su enemigo durante las tres
primeras series. Tras un desarme, las esperanzas de éxito se difuminaron entre la
charanga y el atardecer navarro. Sufrió apuros con la espada, pues el domecq le esperaba
con la cara arriba. Pasó con discreción.
Al final resultó que aquellos naturales de Emilio Muñoz ante el buen cuarto y las
toreras pinceladas de Morante se convirtieron en el único consuelo de la tarde.
El
País, Joaquín Vidal. Pamplona. Edición del 7 de julio´99. Llevamos
camino de perfección...
No nosotros, pueblo llano, pobres pecadores, sino ese rejoneador egregio que se llama
Pablo Hermoso de Mendoza era quien iba camino de la perfección. Egregio y navarro, se
debe decir para mejor precisar. En cambio si fuera bilbaíno -egregio y bilbaíno-
constituiría redundancia.
Lleva camino de perfección con su toreo espectacular y puro que están llamados a
conformar el rejoneo total. Difícil es armonizar ambas características, no se crea. La
espectacularidad a veces es alarde aparente, superficial y frívolo; la pureza corre el
riesgo de no tener acogida en determinados pensamientos, de angostas entendederas.
Claro que lo puro suele ser espectacular en sí mismo (como bilbaíno y egregio) y
prende en el alma aunque el observador no alcance a calibrar los fundamentos técnicos y
las razones esotéricas de su belleza. Y eso ocurría con Pablo Hermoso de Mendoza, su
camino de perfección, sus caballos toreros, el público pamplonés, el cuitado señor
presidente.
Pablo Hermoso de Mendoza templaba cabalgando a dos pistas, daba unos giros
inverosímiles junto a los pitones a la salida de las suertes, citaba y reunía en corto y
por derecho. Esto último es importante. En corto y por derecho es frase hecha de la
tauromaquia -regla axiomática principalmente- y casi nadie la cumple ni a pie ni a
caballo.
El arte de torear se rige por unas reglas que no son exigibles por dogma sino por su
valor específico. Se trata de normas muy estudiadas con el propósito de armonizar la
calidad del toreo y la mínima ventaja que se le debe reservar al toro para que la lidia
no se convierta en un abuso. Y muy experimentadas también de manera que su valía está
suficientemente garantizada.
Claro que torear según los cánones comporta un riesgo muy superior al alarde
aparente, superficial y frívolo, que es el sucedáneo del arte de torear. Por eso la
mayoría de los lidiadores, tanto los de a pie como los de a caballo, practican la segunda
opción.
Estamos ahora a caballo, evidentemente. Y desde la perspectiva de la silla vaquera
(podrá ser portuguesa) se advierten notables diferencias. No era lo mismo el rejoneo de
Pablo Hermoso de Mendoza en corto y por derecho que el de Paco Ojeda a galope tendido. Y,
terciando, tampoco tenía que ver el de Joâo Moura, maestro indiscutible del oficio
aunque en tarde aciaga. Quiere decirse que habida cuenta la veteranía y la ciencia, Moura
daba pocas en el clavo.
Al toro escurrido, tronado y manso que abrió plaza lo enceló Moura corriéndole a dos
pistas, con lo cual, sobre la intención de eliminarle las querencias -plenamente
conseguida, por cierto- suprimía la sorpresa que podría traer después Pablo Hermoso de
Mendoza con la misma técnica, de la que es consumado especialista. Los maestros veteranos
se las saben todas. No obstante, el resto de su actuación transcurrió con escasa
brillantez, ambos toros le alcanzaron los caballos, al primero lo mató de mala manera,
estuvo desacertado en el cuarto con el descabello...
Paco Ojeda se trajo un rejoneo y unas maneras ecuestres que no imitaban a nadie. Él a
lo suyo -y hacía bien-. Pegó tremendas galopadas de salida, al primero de su lote lo
desbarató de un rejonazo y aún otro lo dejó prácticamente para el arrastre. No se
sabría decir si el toro venía inválido del chiquero o lo lisió Ojeda. Los eruditos en
la materia aún están reunidos debatiendo la cuestión y no obtienen conclusiones
terminantes.
Los hierros no quedaron clavados en tan mal lugar que pudieran ocasionar lesiones
irreparables. Debe de ser que Paco Ojeda pega duro. Paco Ojeda es una fuerza de la
naturaleza; mueve al caballo como quien conduce un tractor; pica espuelas y el animal se
acuerda de la familia; clava y hace temer que deje al toro ensartado en la arena.
Uno de los rejonazos que pegó Ojeda se perdió en el vacío pues el toro se desplomó
justo al ejecutar la suerte; o a lo mejor fue que se tiró en plancha para esquivar la
agresión. Los maestros se las sabrán todas pero los toros tampoco son tontos.
Pundonor y destreza campera no se le podrían negar a Paco Ojeda. Mas el arte del
rejoneo que desgranó Pablo Hermoso de Mendoza había colmado de tal manera la
sensibilidad del público que no admitía remedo ni resistía comparación. El toreo a
caballo interpretado en pureza -con el riesgo, el dominio, la templanza y la suavidad que
conlleva-, se había enseñoreado del coso pamplonés. Un toreo que iba para perfecto. Y
sólo faltó para ser perfecto que los toros lo fueran de verdad; que no les hubiesen
aserrado los cuernos; que estuvieran en puntas. Sutil detalle...
El
PaísEl
País, Joaquín Vidal. Pamplona. Edición del 6 de julio´99. Lances
de todas las marcas
Los tres novilleros estuvieron a punto de ofrecer la antología del toreo de capa. Poco
les faltó, pues iban desgranando lances de todas las marcas y además en reñida
competencia.
Esta resurrección del toreo de capa, que andaba mustio y relegado al olvido, se les
debe a El Juli y a Miguel Abellán, las cosas como son. Dos novilleros -entonces eran
novilleros-, lo que habrá de merecer un tomo del Cossío y suscitará, al leerlo, el
asombro de las generaciones del tercer milenio.
Salieron, novilleros, Miguel Abellán y El Juli, y maravillaban con sus variados lances
de capa, algunos rescatados de la noche de los tiempos, otros de ignoto origen y difícil
clasificación. El éxito de ambos, en especial de El Juli -que, ya matador, sigue
arrebatando multitudes-, prendió en las nuevas promociones y ahí está el resultado.
Ciertos aficionados de la nueva ola, los taurinos en su mayoría -un colectivo de
indocumentados con muchas ínfulas y pocas luces-, entendían el inesperado fenómeno
capoteril como el cuento de la buena pipa; un circo concebido para la galería. Lo suyo
son los derechazos, evidentemente. Sin embargo, la verdad manda, y ésta es una verdad
histórica: el toreo de capa, la creatividad que en él volcaron los artistas de todos los
tiempos, la técnica que le imprimieron los maestros en tauromaquia, constituyeron uno de
los fundamentos del engrandecimiento de la fiesta, elevada a la categoría de arte.
El único problema estriba en que el meollo de lo fundamental, que en el repertorio
capotero es el lance a la verónica, estamos donde estábamos. Se arrancan estas jóvenes
promociones por chicuelinas, por burjasotinas, por tafalleras, por gaoneras, por faroles,
por tijerillas y sus derivados y, en cambio, les falta hondura -les falta autenticidad,
así de sencillo- para el toreo a la verónica.
Acaso sea porque prima otra corriente que es la verónica corrida que determinada
figura tiene convertida en verónica galopante. Va la figura aludida, se pone de un bonito
subido para marcar la verónica y apenas ha esbozado al remate ya está corriendo hacia el
lado opuesto al de la salida del toro. Y vuelta a empezar.
La influencia de las figuras es total, en su espejo se miran los toreros que empiezan,
y si advierten que esas verónicas a todo correr son aplaudidas, hasta elogiadas, se dan a
la imitación. Y así nos va... Así queda relegado a la teoría, que muchos creen sueño
utópico, el toreo a la verónica verdadero en el que también hay que parar, templar y
mandar; adelantar el capotillo y traerse al toro toreado mientras se carga la suerte,
vaciar y ligar el siguiente lance con ganancia de terrenos... El toreo, en suma; cuya
esencia es igual para el capote que para la muleta y, en definitiva, para el arte de
lidiar reses bravas. Decía un antiguo tratadista que hasta para picar es necesario parar,
templar... y cargar la suerte.
El Fandi fue el triunfador. Hechos cantan: apoteosis en banderillas, emoción en
diversos pasajes de su primera faena, dos orejas, salida a hombros por la puerta grande.
No obstante, tuvo mayor consistencia la actuación de Francisco Marcos, exuberante, a
veces desagradara, empleándose en los lances de todas las marcas pero también manejando
el capote con eficacia bregadora que no desdecía el gusto interpretativo. Y por
contrarrestar el alarde de El Fandi, que había recibido al tercer novillo a porta
gayola con dos largas cambiadas, hizo lo propio en el segundo de su lote. Y, de
rodillas, la emprendió a largas cambiadas también, luego convertidas en faroles, y
quizá se ganó un registro en el Guinness, pues dio media docena.
Bajó algo la profundidad muletera de Marcos -les pasa a casi todos los novilleros-, si
bien pudo apreciarse en sus faenas, principalmente la primera, que mientras en el
derechazo era un vulgar pegapases, al natural era gente e instrumentó varias tandas de
esta suerte básica con empaque y acabada ligazón.
Juan Bautista demostró su bien aprendido oficio en el segundo novillo, que salió
hecho un vendaval; romaneó y derribó estrepitosamente, tomaba recrecido los engaños;
hasta que, ahormado, desarrolló una pastueña embestida que Juan Bautista embarcó
derrochando torería y templanza. En cambio, no pudo con la casta del quinto novillo y le
salió una faena deslavazada, interminable y plúmbea.
Como un terremoto irrumpió El Fandi, banderilleó seguro, y cuando prendió un par en
la modalidad del violín se armó en el sobresaltado público un verdadero alboroto. Su
muleteo estuvo falto de calidad, pero lo suplió ciñendo los muletazos, más aún los
pases de pecho, solos o empalmados, y los molinetes girando entre los pitones. Y el éxito
-clamoroso, sin reservas- fue suyo. El sexto novillo, de casta agresiva, necesitaba mano
maestra que no pareció tener El Fandi. Pues el animal, ya avisado, acometía incierto; el
torero, achucheado repetidas veces, optó por aliñar y abreviar.
No pasó nada. Sólo que le sacaron a hombros por la puerta grande, mientras el
público abandonaba el coso contento e impresionado porque había visto torear; torear de
capa, nada menos.
ABC,
ZABALA DE LA SERNA. Edición del 6 de julio´99ZABALA DE LA SERNA. Edición del 6 de julio´99. El Fandi, todo un espectáculo
Eran las ocho y media de la tarde, hora nada lorquiana y menos
taurina, y el frío arreciaba después de dos o tal vez tres horas de constante lluvia. El
agua caída hizo temer de nuevo por la celebración del festejo aplazado, pero finalmente
el sol disolvió aquella manifestación de nubes bastante antes de que sonaran los
clarines. No fue necesario ayer que se usaran las prehistóricas megaespóntex del día
anterior, evidente muestra de que en esta Fiesta nuestra del siglo XXI todavía andamos en
muchas cosas más allá del período cuaternario.
Grata soltura
Francisco Marco es hombre y torero, por edad, del próximo milenio, a punto de
abandonar ya la novillería. Ante el noble primero de Miranda de Pericalvo demostró grata
soltura con el capote en el saludo a la verónica, en los toreros recortes para poner al
bicorne en suerte en el caballo, en un quite de chicuelinas y tafalleras y en otro más
embarullado por gaoneras. Sin duda, lo más difícil que consiguió fue que en el brindis
al público la montera cayera de canto, y así se quedó. Lo nunca visto, que diría un
presentador circense. No hubo acoplamiento en el inicio de faena sobre la mano diestra,
aunque luego lo encontraría en una primera serie al natural que no tendría continuidad
en la siguiente. Vuelta a la derecha no tomó el asunto nuevos bríos. El santo novillo se
fue apagando como la luz del sol, hasta morir de una estocada caída. Nada entonces hacía
sospechar la posterior consecución de la oreja.
Apenas se recuperó el cuarto de su invalidez, y prácticamente careció de recorrido y
fuelle en el tercio de muleta. Antes, hubo, como toda la tarde/noche, tercio de quites,
esta vez con Bautista en lid, y todavía antes, largas cambiadas, a portagayola y en el
tercio, y afaroladas, con la firma de Francisco Marco, que, por cierto, estuvo demasiado
insistente y denso en su última labor.
Atemperó en su muleta Juan Bautista el geniecillo manso del segundo, aunque, bien es
verdad que Montoliú desde el caballo ya le había rebajado aquella violencia inicial,
incluso a costa de un estrepitoso derribo. Bautista, a base de temple y decisión, hizo
romper a más y a mejor en el último tercio al hasta entonces rebelde utrero. El empeño
por dejarle siempre la muleta en la cara también contribuyó al éxito de la faena. El
ejemplar de Miranda acabó entregado por ambos pitones, y fue arrastrado sin uno de sus
apéndices.
Variedad
Por navarras quitó el novillero francés al quinto, y le respondió con unos faroles
invertidos El Fandi. De variedad demostraron estar muy puestos, pero también hay que
saber que el sitio correcto durante la suerte de varas no está a la derecha del caballo.
Rebrincado y sin la claridad del resto de la novillada alcanzó el animal la muleta de
Bautista, que anduvo desconfiado y dubitativo. Consumió todo el tiempo reglamentario y
mató con acierto en la suerte de recibir.
A portagayola recibió El Fandi al tercero, al que saludó también con una larga
afarolada y unas verónicas firmes e hilvanadas, rematadas con las dos rodillas por tierra
y la consiguiente media. Montó un auténtico alboroto este atlético granadino
dicen que ha sido campeón nacional de esquí con las banderillas y su
heterodoxo manejo. La preparación más que la ejecución, las facultades desplegadas y el
par al violín convirtieron este segundo tercio en todo un espectáculo. Arrancó también
de hinojos el tramo postrero, inaugurado con una trebolina. De noble que era su enemigo le
podían haber dado título, aunque anduvo justo de fuerzas. El Fandi estuvo peleón ahora,
en la misma línea bullidora, sin entablar relaciones con el arte, pero conectando con los
tendidos. Por todo el conjunto de su labor se le entregaron las dos orejas.
En la noche cerrada, El Fandi alumbró con un farol de rodillas la salida del astifino
sexto, el novillo más complicado y con más cara de la tarde. Sumó nuevos puntos con los
palos, esta vez con el par de la moviola y otro por los adentros, que gustaron al
personal. Desarrolló sentido el utrero, que no tuvo un pase.
La gente se divirtió, sobre todo en la primera parte de la novillada y especialmente
con El Fandi, todo un espectáculo.
Hemingway, rostro del correo pamplonés durante San Fermín
Del 21 de junio al 20 de julio´99 se
matasellará con su imagen
Información e imagen de
agence.arenas@wanadoo.fr Información e imagen de agence.arenas@wanadoo.fr
A partir del día 21 y hasta el 20 de julio,
todas las cartas que se envíen desde la central de correos de Pamplona, en el Paseo
Sarasate, llevarán el matasellos con la imagen de Ernest Hemingway. La puesta en marcha
de esta iniciativa, nacida en el seno de la Asociación de Filatelia Castillo de
Olite, ha
sido posible gracias al apoyo económico del Ayuntamiento.
La idea nació en los meses de enero y febrero. Javier Sanz Irigoyen,
presidente de dicha asociación filatélica, pensó que la celebración del primer
centenario del nacimiento de Hemingway era una 'excusa' suficiente para sacar un rodillo
conmemorativo que aunara ese aniversario con las fiestas de San Fermín. Hay que destacar
que sellos con la efigie de Hemingway existen en otros países como Cuba y EE UU. En
Pamplona, tal y como explicó Sanz, existieron sellos y matasellos exclusivos para las
fiestas de San Fermín. 'Esto duró unos diez años, y en 1986, no se por qué se
cortó'.
Según explicó este pamplonés que lleva 42 coleccionando sellos, las asociaciones
filatélicas pueden proponer motivos para nuevos matasellos y decidir cuántos días se
ponen en circulación. Sin embargo, en la mayoría de los casos, estos útiles se suelen
usar durante uno o dos días, pero nunca más de una semana. Ese fue el caso de los
matasellos creados en Pamplona y Sangüesa con motivo del Xacobeo 99.
La Asociación de Filatelia Castillo de Olite presentó el proyecto a Valentín Redín,
director del Area de Servicios Culturales del Ayuntamiento de Pamplona. 'Al igual que
cuando propusimos hacer los matasellos del Camino de Santiago, la respuesta fue muy
positiva, no hubo ningún problema', aseguró Javier Sanz. Valentín Redín comentó
que el desembolso municipal es pequeño, unas 70.000, y en cualquier caso, compensa
porque, según él, 'es bonito que Hemingway esté presente en el correo que sale de
Pamplona durante San Fermín'.
Sellos de San Fermín
El presidente de la asociación filatélica fue el encargado de elaborar una escueta
biografía sobre la vida y obra de Hemingway, para lo cual tuvo que documentarse y leer
dos libros referidos a dicho escritor. Estos datos junto con una fotografía fueron
enviados por el consistorio al servicio de correos de Madrid. Allí elaboraron un boceto
con la misma imagen que se utiliza en el matasellos de EE UU, lo cual, a juicio de Sanz, 'ha
sido lo más acertado'.
Javier Sanz comenzó su afición a los ocho años, pero en un principio coleccionaba
cromos. 'Si me faltaba uno, hacía lo que fuera para conseguirlo. Los filatélicos
somos muy maniáticos', aseguró. Después, por influencia principalmente de su
familia, empezó a reunir sellos, hasta hoy. En 1985 él y otras personas fundaron la
Asociación de Filatelia Castillo de Olite, con sede en Pamplona, a la que pertenecen unos
50 socios.
Desde que se puso en marcha la asociación, el colectivo ha impulsado la creación de
sellos y matasellos con diferentes motivos y personas. El padre Moret, las fiestas de San
Fermín, Pablo Iglesias, Estella, Arguedas, Manolete y Burlada han sido algunos de ellos.
El último proyecto fue el lanzamiento de sellos y matasellos con motivo del Xacobeo 99 en
Pamplona y Sangüesa. Sin embargo, no se acabarán aquí todas sus actividades, ya que
para los meses de octubre y noviembre tienen previsto hacer una exposición de sellos
sobre el Camino de Santiago en el colegio Hilarión Eslava de Burlada.
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