GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

TOROS EN PAMPLONA
Sanfermines 1998. Crónicas de la Prensa

5 de julio  6 de julio  7 de julio  8 de julio  9 de julio
La ganadería Marqués de Domecq,  ganadora del I premio "Alpargata de Honor"´98

Tarde del domingo, 5 de julio 1998
Corrida de rejones

Crónicas de la prensa: El País, El Mundo.

El País. JOAQUÍN  VIDAL Pamplona . El arte de descordar toros

Pablo Hermoso de Mendoza descordó a su toro en el primer rejonazo llamado de castigo. Los rejoneadores estaban muy descordadores en la primera función de los sanfermines : cuatro toros llegaron a descordar (herir al toro en la médula espinal sin matarlo, pero causándole parálisis que lo dejara inútil para la lidia). Se ve que les ha dado por este arte singular.

Los descordamientos venían por mor de los rejonazos traseros. Es lo que se lleva en el toreo actual. Tanto si se perpetra a pie como a caballo, cuanto haya que clavar se clava trasero. Lo hacen los banderilleros con sus banderillas, los picadores con sus puyas, los rejoneadores con su arsenal toricida.

No es que hayan variado ni las técnicas ni los gustos. Normalmente, si se banderillea, si se pica e incluso si se estoquea trasero, es porque los autores han renunciado a ejecutar de frente las suertes y las practican de costado. Esto tiene su lógica: por delante, los toros presentan temibles cuernos; pero por los lados, mullidos lomos.

Probablemente, los toreros de cualquier época hubiesen preferido liberarse de las confrontaciones con las cornamentas (aquello que antaño llamaban "asomarse al balcón", por ejemplo) y hacer las suertes al abrigo de los lomos, pero los públicos no les dejaban hacerlo. Hasta aquellos que eran legos en la tauromaquia ecuestre, la gozaban con las cabalgadas y los sombrerazos, les exigían a los rejoneadores un mínimo decoro en la acción de clavar. Sin embargo, a los públicos actuales, dónde puedan caer los rejones de castigo y los de muerte, las banderillas largas o las cortas, la rosa y el clavel, son cosas que le traen absolutamente sin cuidado.

Al público pamplonés (por cierto, uno de los más santos de la Tierra) le daba por completo igual la puntería de los rejoneadores y lo mismo ovacionaba a las escasas clavazones en todo lo alto que las abundantes en lo bajo, y si el rejoneador se ponía a lucir su caballo, obligándole a que hiciera monadas, las ovaciones ya alcanzaban proporciones delirantes.

Antonio Domecq procuró que su caballo luciera todas las gracias que haya podido aprender, y el obediente cuadrúpedo bailaba, o se cimbreaba a dos pistas, o saludaba con la manita, o se ponía de rodillas, todo ello lejos del toro, naturalmente. Cerca del toro, en cambio, el caballista hincaba los hierros sin reparo de paletillas ni de riñonadas y si se trataba de esgrimir el rejón de muerte, iba y descordaba al toro. De modo que las dos veces que lo blandió, dos veces lo descordó.

Con estas veleidades de los rejoneadores y de los públicos se acaban produciendo situaciones injustas, pues después de uno, sale otro rejoneador que intenta practicar un toreo sobrio y a lo mejor resulta que le hacen poco caso. Le ocurrió a Luis Domecq, que reunía al estribo en el centro del redondel sin antes haber pegado caballazo alguno y lo tildaban de soso.

Descordó hasta João Moura, que tuvo una actuación anodina. Se descordó no sólo en la suerte final de matar sino también en la inicial de castigar. El primer rejón de castigo lo tiró Pablo Hermoso de Mendoza sobre el espinazo trasero y dejó al toro medio paralítico. Devuelto antirreglamentariamente al corral, allá se fue el animalito, sin requerimiento de cabestros ni nada, dando tumbos.

El sobrero, con hierro de Peñajara, poseía presencia, casta y una codicia que recreció el propio Pablo Hermoso de Mendoza, encelándolo con maestría, jinete de su famoso caballo Cagancho. Se produjo entonces, una vez más, la espléndida interpretación del arte de Marialba, que es la negación del arte de descordar toros. El arte de Marialba es toreo en sí mismo, meritorio y creativo, cargado de emotividad.

El toreo a caballo trayéndose al toro fijo y templado para ponerlo en suerte y entrar de frente a prender reuniendo al estribo, aúna la técnica y la destreza, la belleza y la emoción; es tauromaquia pura, en cuya interpretación Pablo Hermoso de Mendoza alcanza la categoría de sobresaliente cum laude.


El Mundo. JAVIER VILLÁN, Pamplona. Pablo Hermoso de Mendoza, matarife y torero

Declaración de parte y de ignorancia: no sé cuándo la mutilación del toro de rejones se hizo ley que hoy nadie discute. Conchita Cintrón me aseguraba hace poco que ella rejoneó en puntas. Y la diosa rubia, perturbadora y amazona, es una referencia de ayer casi al alcance de la mano.

Me hago esta reflexión mientras Joao Moura hace filigranas de cite y de galope ante el toro de Benítez Cubero. Y me las sigo haciendo mientras Luis Domecq clava muy bien banderillas, de una en una y de dos en dos. Y reflexiono sobre ello no sólo por pasar el tiempo, sino porque temo que un camino similar puede estar preparándose al toreo de a pie.

Luis Domecq cita de frente y clava al estribo; mas no basta para romper el hilo de mi pensamiento. Supongo que el desmoche para rejones fue una cosa gradual e imperceptible al principio. Más tarde la obviedad se convirtió en costumbre y la costumbre en reglamento. Pienso todo esto porque no tardaremos en ver consumado ese latrocinio con los toros de lidia ordinaria.

No creo que fuera una manipulación por decreto ni que un día se reunieran en cónclave los pocos caballeros que había entonces y dijeran: «Despuntemos». Debió de ser algo más sencillo y sutil; hoy un poco mañana otro poco. Y así.

A LA RIÑONADA.- Cuento todo esto por no contar el terrible asesinato que Hermoso de Mendoza perpetró de salida y con el primer rejón: lanzazo a la riñonada que dejó parapléjico de los cuartos traseros al pobre animal. La presidencia, magnánima o incompetente, sacó el pañuelo verde y le regaló a Pablo otro toro.

Pero el navarro no tenía espíritu de enmienda y al segundo rejonazo que asestó al de Peñajara por poco le deja, como al otro, para los restos. Salvada esta circunstancia, Hermoso de Mendoza hizo virguerías con Cagancho. Dando un recorte ceñidísimo en el nueve, se llevó el toro prendido y de costado a la grupa del cuatralvo. De aquel templado alarde, Cagancho no salió del todo limpio, pues recibió un rasponazo en el anca derecha que lo dejó marcado. Ayer, pues, debió haber dos apoteosis: la apoteosis de la gloria y la apoteosis del desastre; el infierno del rejón asesino y el cielo del toreo con Cagancho, las piruetas con el tordo que salió después y la heroica muerte del de Peñajara; mas ésta es cosa de la bravura del toro, no méritos del rejoneador. Al fin, Pablo Hermoso de Mendoza halló el triunfo clamoroso que muchas veces le había sido esquivo en su tierra. Y aplaudió la muerte resistida del bravo animal en demasía castigado por el serrucho reglamentario. Y toreado, todo hay que decirlo, por Hermoso de Mendoza con inigualable destreza.

Pero los malos ejemplos cunden y son fuente de perdición y costumbres depravadas. Antonio Domecq se apercibió de que el rejón trasero y mortal de Hermoso no sólo no había sido censurado, sino premiado con un sobrero, y se fue al mismo sitio. Y despenó al bicho de forma infame. Y consiguió una oreja, no sé si por este traidor rejón de muerte o por lo bien que había banderilleado.

Después vinieron las siniestras colleras, en las que se burla al toro con traición, alevosía y nocturnidad. Dicen que el toreo a caballo en colleras desaparecerá cuando se rejoneen toros en puntas. Muy largo me lo fiáis.  Alcancé, en tiempos, a ver a Moreno Pidal, que sí rejoneaba en puntas, y acabó expulsado a las tinieblas exteriores. A decir verdad, todo esto me preocupa poco. La verdadera preocupación es la vía parecida que puede estar tomando el toreo de a pie. Yo no sé si es posible rejonear con los pitones intactos o no. Quizá sea esa ventaja lo que da al rejoneo carácter de tauromaquia menor y de número circense: lo que la afición llama, en suma, el número del caballito.

Luego, viene gente como Joao Moura y Hermoso de Mendoza, y eso es otra cosa, claro. Aunque, lo que de verdad es otra cosa respecto a la tauromaquia de a pie, es el arte del rejoneo. Otra cosa menor, naturalmente. Pero es bonito, que conste. Y, en ocasiones, en vez de galopadas, se ven finuras de muletazo.


Tarde del lunes, 6 de julio 1998
Novillada

Crónicas de la prensa: El País, El Mundo.

El País. JOAQUÍN  VIDAL Pamplona . Quebrar con las cortas

Preguntó el vecino de localidad: "¿Hace mucho que no ve banderillear con las cortas?". "Muchísimo". Siguió: "¿Y banderillear al quiebro?" Parecía un concurso de televisión. Pero he aquí que se hizo presente Álvaro Ortega ¡y llevaba banderillas cortas! No sólo eso sino que quebró el par.  El vecino ponía cara de iluminado, de augur, de Cossío parlante, y la verdad es que no había quien le aguantara. Pidió tabaco y le fue denegado. El vecino probablemente traía el recado de que Álvaro Ortega iba a quebrar con las cortas y se marcó el farol.

Quebró con las cortas Álvaro Ortega a sus dos novillos. Primero citaba de rodillas, antes del embroque ya estaba de pie y el quiebro le salía limpio. Ahí empezó a ganar un triunfo que acabaría perdiendo por sus demoras en la suerte de matar. Y no se limitó a quebrar: se tiró frecuentemente de rodillas, que son triunfos; y en lo que concierte a las suertes fundamentales del toreo procuraba ejecutarlas con ortodoxia. Muy al contrario que sus compañeros de terna, quienes deben de profesar una fidelidad absoluta al toreo moderno y lo practicaron con tenaz insistencia.

El Juli tomó banderillas en el quinto novillo, por si acaso. No fueron las cortas, mas para competir con el compañero quebrador servían y tras un cuarteo prendió dos pares por los terrenos de dentro.

El público aplaudió mucho estas novedosas intervenciones banderilleras y como ya estará corriendo la voz por los mentideros taurinos todo el escalafón se va a dedicar a banderillear por los adentros y a quebrar con las cortas. Es el signo de los tiempos: se imitan tanto los coletudos que en cuanto uno rescata cualquier suerte en desuso, la pone de moda.  Las largas cambiadas a porta gayola están de moda. Lo de porta gayola es un decir, pues define al diestro situado "frente a la puerta oscura de la cueva", y lo que hacen los toreros modernos es colocarse en los medios, bien lejos, para evitar desagradables sorpresas. De estas largas dio una el meritado Álvaro Ortega, que venía pegando.

Los triunfos conseguidos por Eugenio de Mora y José Tomás durante feria de San Isidro han puesto también de moda sendas suertes de su especialidad que influyeron decisivamente en sus respectivas ganancias de trofeos. Los derechazos que instrumentó Mora de rodillas causaron sensación, y muchos toreros -el incontenible Álvaro Ortega entre ellos- los repiten con aleatoria fortuna.

Las manoletinas de José Tomás han recuperado ésta suerte con tanta intensidad que ahora las da todo el mundo. La manoletina es un caso curioso. La manoletina, pase vulgar de limitados valores, hartó a los públicos y llegaron a abroncar al diestro manoletinador. Obviamente a nadie se le ocurría instrumentarla y estuvo prácticamente desaparecida del catálogo durante muchos años. Hasta que vino José Tomás, la dio, y el nuevo público de toros se quedó impresionadísimo. Torear ya es distinta cuestión. Torear reunido y ligado, hondo y puro, eso no está de moda. Francisco Marco muleteó muy compuesto al novillo enormemente pastueño que abrió plaza y estuvo valiente y voluntarioso con el cuarto, que se quedaba corto. El Juli ligó poco y templó menos a los dos de su lote, ambos de encastada nobleza, en el transcurso de unas faenas interminables que arregló con remates pintureros, desplantes para la galería, rodillazos, cosas así, y se llevó una oreja. Álvaro Ortega se arrodilló más que nadie, intentó el toreo bueno, tiró de repertorio, recuperó el quiebro con las cortas para satisfacción del vecino de localidad y pasmo de la afición, y dejó en el público pamplonés el estupendo recuerdo de su pundonor y su valentía.

El Mundo. JAVIER VILLÁN,   Pamplona. El Juli no fue ni profeta ni mesías en su debut en Pamplona

Dicen que El Juli es el mesías que va a poner en orden esta postrada Fiesta. Que así sea. Y ojalá, por siempre jamás, amén. Pero, en Pamplona, ese mesías niño apodado El Juli, que debutaba en esta plaza, ni siquiera llegó a profeta. Líbreme Dios de prejuzgar la condición redentora de El Juli que unánimemente se le atribuye. Ayer este muchacho no pasó de ser un vulgar pegapases que, cuando mejor se puso, cayó en el poncismo monótono y repelente. A lo mejor, mañana o pasado o el siglo que viene -que está muy cerca- no sólo es el profeta de la nueva tauromaquia, sino el dios benéfico y sacrosanto. 

En su primero, El Juli corrió como cualquier fenómeno, tratando de recuperar la frontalidad del novillo, que había perdido por torear hacia afuera y pajarear más que una bailarina. Para colmo, perdió dos veces la muleta al matar. La brava muerte del de Núñez en el centro del ruedo descubrió aún más las insuficiencias de este, dicen, fenómeno precoz.  Tan mal le iba la tarde a El Juli que tuvo que ponerse a banderillear en el quinto. Hizo la suerte bien de planteamiento y mal de ejecución en los dos primeros pares; y, en el tercero, mal del todo, pues clavó en la paletilla tras cuadrar a destiempo y fuera de cacho. Pese a lo cual salió a saludar al tercio como si hubiera banderilleado Pepe Dominguín en sus mejores tiempos.

El genio inválido del novillo desbordó a El Juli, pues ya se sabe que no hay cojo bueno. Y el novillo de Núñez, asperote y cojitranco, hizo pasar a El Juli las de Caín; hasta el extremo de que el cojo parecía él. Sería arriesgado, e injusto, hacer juicios definitivos sobre este muchacho al que las buenas lenguas que ven a diario en México han puesto ya en la cumbre. Por eso, hay que tomar la tarde de Pamplona como una incógnita o, si se quiere, un paréntesis. Convendría, por el bien de El Juli, no meterle demasiados pájaros en la cabeza. Por si acaso.

Consciente la inteligencia del muchacho de que la tarde se le había ido, se tiró a matar como un kamikaze. El señor presidente de la novillada, impresionado quizá por el estoconazo, o creyendo que las camisas blancas eran pañuelos, le dio la oreja. Todos tan contentos. Y El Juli más.

UN BURDO REMATE.- Pudo ser muy buena la media verónica, rodilla en tierra, y las dos largas con que remató la tanda Francisco Marco; pero no dio una verónica a derechas. Ni a izquierdas: pinturería de pata atrás. Mucho mejor fue el son de muleta con que se llevó el novillo a los medios. A partir de aquí Francisco Marco lo hizo todo bien, menos el burdo remate por manoletinas, una peste que se ha puesto de moda; y matar, que casi no mata y le tocaron un aviso. Especialmente bellas dos series de redondos pausados, ligados y de mano baja y cuerpo erguido, arremataos. En el cuarto, no arremató nada, salvo la rabia novillera de intentar salvar una tarde ante la imposible embestida de un novillo parado, sin clase y claudicante.

Pese a todo, el toreo en redondo de Marco en el primero y su temeraria voluntad en el cuarto, fueron lo mejor de la tarde. El par de banderillas cortas al quiebro, sorteando con sobriedad y dejándolas arriba, embraveció la plaza en favor de Alvaro Ortega. Fue lo más notable de una labor eminentemente novilleril y torpona. Y penitencial.

Ortega corrió tanto de rodillas como El Juli de pie. Y eso, claro, tiene su mérito. No tanto como para dar la vuelta al ruedo; mas mérito al fin y al cabo. Volvió a trabajarse tenazmente la tarde Alvaro Ortega en el que cerraba plaza, sobre todo en banderillas. Esta vez, para el quiebro citó de rodillas, lo que enardeció a la gente. En realidad, estos enardecimientos no deben ser censurables, sobre todo en una novillada. Alvaro Ortega hizo lo que pudo, que no es mucho. Y eso siempre se agradece. A fin de cuentas, El Juli dio bastante menos de lo que se esperaba de él y también se le agradeció con creces. Con el paisano, Francisco Marco, no hubo trato de favor. Ya se ha dicho, y no está de más repetirlo, que hizo lo poco torero de la tarde.


Tarde del martes, 7 de julio 1998
Crónicas de la prensa: El País, El Mundo.

El País. JOAQUÍN  VIDAL Pamplona . Al grito de ¡Pepín!

Pepín Liria estuvo a punto de armar un alboroto de proporciones inconmensurables. Y si no armó un alboroto de proporciones inconmensurables Pepín Liria fue porque se puso a pinchar y pinchar. No puede uno comportarse como torero recio provocando que toda una plaza le aclame "Pepín" para acabar oyendo las voces mucho menos lisonjeras de "Pinchauvas" . Los que se comportan así merecerían un capón. 

Al grito de "¡Pepín, Pepín!" se desarrolló toda la faena que le hizo Pepín Liria al sexto toro. Faena de valentía. Faena dramática en la que el diestro iba a por todas, a ganarse un triunfo legítimo. La empezó en la boca de riego que llaman con relativa propiedad platillo, instrumentando unos pases por alto juntas las zapatillas y la continuó por derechazos y por naturales, acaso no tocados exactamente con la varita del arte pero si ceñidos, hondos, algunos de acabada ejecución.

Y si el toro se revolvía y achuchaba con peligro, reaccionaba recrecido, instrumentando una suerte aún más valerosa o aliviando la bronca embestida al aire de los molinetes. Incluso se tiraba de rodillas el arrojado matador, y así acabó la faena, convirtiendo el grito de "¡Pepín, Pepín" en un delirio. Después cuadró, montó la espada, se puso a pincha... En fin: lo del capón.

No se crea que el alarde de valor lo redujo Pepín Liria a esta faena. La que le cuajó al tercer toro, que punteaba, tuvo momentos sencillamente impresionantes. Apenas doblarse ya se había echado la muleta a la izquierda y en uno de los naturales el toro tiró un gañafón que le alcanzó la taleguilla.

Tela y alamares quedaron desgarrados mas el torero continuó toreando al natural impávido, de tal manera que el percance ni siquiera trascendió al tendido. Por la derecha también tiraba viajes sin previo aviso el toro y tras eludirlos, Pepín Liria volvía a cruzarse ante las astas sin merma de coraje ni teatralidad alguna.

Toreros recios son los que necesita la fiesta pues de pegapases ya anda saturada. Entre los pegapases los hay toscos y los hay finos. Un pegapases tosco es, por ejemplo, Litri en sus horas altas, mientras en las bajas -que vivió ayer- parece un torerillo malo de gaches y plazas de talanqueras. Desconfiado hasta durante las tareas de brega, desbordado por los toros en todos los frentes, desastroso al trastear y varias veces desarmado, en una de ellas hubo de poner pies en polvorosa con el toro persiguiéndolo ruedo a través.

Un pegapases fino es, en cambio, Enrique Ponce.

Enrique Ponce toreó en Pamplona con su reconocida -y opíparamente recompensada- habilidad para producir pases con la profusión seriada propia de una factoría, y si sustituía la ligazón por un frenético zapatilleo para quitarse de en medio, o la superficialidad de las suertes suscitaba escasas satisfacciones estéticas, se le agradecía la buena voluntad.

La concepción utilitaria de la tauromaquia, el toreo de usar y tirar, ni prenden ni conmueven. El "¡Pepín!", que aclamaban los mozos de las peñas, recuerda aquel coro emocionado de "El Viti es cojonudo, como El Viti no hay ninguno", que acompañó triunfos sensacionales del maestro salmantino en los sanfermines, y no se han olvidado pese a que hace de aquello lo menos 20 años. Incluso los de Morenito de Maracay, por la misma época, cuando quebraba banderillas en elcentro del redondel, y los mozos pamploneses manifestaban su entusiasmo cantándole "Ay mamá Inés, ay mamá Inés, todos los negros tomamos café". Eran otros toreros, otra afición, otros tiempos.

El Mundo. JAVIER VILLÁN,   Pamplona. Pinchó Pepín y perdió las orejas

No había andado fino Pepín Liria en el tercero, excepto esos gramos de arrojo y responsabilidad profesional que hacen al murciano tan simpático. Pero salió el sexto, un sobrero también de Jandilla, que era una máquina de embestir. Y Pepín Liria fue también una máquina de torear. Acelerado, pero vibrante; mecánico, pero transmitiendo. Sufrió desarmes y atropellos, mas poniendo siempre el corazón en cada muletazo: pases cambiados, molinetes, rodillazos, desplantes. E incluso empujones al toro para recuperar la muleta que yacía en el suelo.

En la plaza, sólo había dos invocaciones enloquecidas: ¡Torero, torero! y ¡Pepín, Pepín! Las peñas enmudecieron de consternación cuando Pepín pinchó. Y al pinchar por quinta vez, empezaron a reprochárselo. Finalmente, el bajonazo a la sexta, sólo le reportó unas leves muestras de benevolencia mezcladas con el silencio.

Una muleta es una muleta y una espada es una espada. Eso parece una verdad meridiana e inobjetable. La primera, la muleta, es un instrumento de creación; sirve para dominar al toro a la vez que para definir una sutil realidad llamada arte. La segunda, la espada, sirve para matar. Pues algo tan evidente no siempre parece tenerlo claro Litri, que usa el estoque para torear y la muleta para matar. Eso parecía deducirse ayer del descontrol y los desarmes a que le sometió el jandilla: el estaquillador andaba por un lado, la espada de madera por otro y la tela por allá.

Luego, cuando Litri volvía a recomponer el andamiaje, los trapazos eran de tan feroz contundencia que parecía imposible que el toro saliera indemne de tamaño palizón. El cuarto tenía el pitón derecho reventado y Litri anduvo tan a la deriva, o más, que en el anterior. Pero no importaba. Era ese momento sagrado de confraternización gastronómica en los tendidos, y todo daba igual. El jandilla se cabreó en un momento y le pegó a Litri una carrera vertiginosa que acabó en el burladero del 9 con el torero jadeante, sudoroso y despeinado. La Constitución ampara a todos los españoles para que se ganen la vida como puedan y no seré yo quien le niegue a Litri tan sacrosanto derecho. Además tiene pinta de buen hijo, y eso siempre cae bien. Así que, por mí, Litri puede seguir toreando tanto como quiera y pueda. 

Tiene Ponce un don incuestionable: vender como arte exquisito la superficialidad. Eso es lo que llaman facilidad suprema. Tan fácil hace Ponce lo difícil, dicen sus exégetas, que él mismo se quita importancia. Yo creo que no es así, pero allá cada cual con sus martingadas y sus filosofías. Enrique Ponce, creo yo, es capaz de dar importancia hasta a ese toreo despegado y periférico que han dado en llamar técnica de la ligazón. Y eso es un don, no cabe duda. En cuanto a facilidad, ése es ya otro cantar. Ayer Ponce no estuvo fácil en ninguno de sus dos toros, antes bien, se exigió un esfuerzo que le honra.

De esa condición laboral nada, o casi nada, salió en limpio: ni un redondo, ni un natural, ni siquiera un cambio de manos por delante. Queda en el recuerdo la interminable sarta de pinchazos con que acribilló a su primero. Ni tirándose con fe y conocimiento a los blandos, acertaba. La faena al sexto fue eterna, pero no gloriosa. La eternidad no siempre es garantía de calidad.


Tarde del miércoles, 8 de julio 1998
Crónicas de la prensa: El País, El Mundo.

El País. JOAQUÍN  VIDAL Pamplona . Arrebatador Victor Puerto

Víctor Puerto obtuvo un triunfo arrebatador. El hombre, que al parecer había venido a luchar contra los elementos, les plantó cara al sino y al destino, se lió la manta a la cabeza, atropelló la razón y le cortó las dos orejas a un toro condeso que era un burro. El público pamplonés ni se lo podía creer. El público pamplonés, se entusiasmó con los desbordantes arrebatos, los alardes temerarios le pusieron al borde del delirio y cuando el heroico matador cobraba el estoconazo fulminante, entró en éxtasis.

Muchas veces se ha dicho que con toreros buenos no hay toros malos. Los toros podrán sacar cuantas dificultades les de la gana pero si delante tienen un torero verdadero y está en vena, acabarán dominados, humillados y estoqueados por el hoyo de las agujas.

Los toros del Conde de la Corte, eran de aquellos. Toros grandotes y cornalones; toros sin rasgo alguno de su noble estirpe y en cambio exhibiendo groseramente los vicios propios del ganado moruchón. Antes que de los predios condesos parecían venidos del corral del Tío Picardías.

A Ortega Cano le sacaron en primer lugar un torazo de enorme cornamenta, por añadidura resabiado y duro, al que el veterano diestro macheteó con prudencia no exenta de torería. O quizá debería decirse al revés. Sin embargo el público debió tomar por burla las lógicas precauciones de Ortega Cano y defendió sus derechos gritándole toda clase de improperios.  Minutos más tarde pudo tomar conciencia de la injusticia. Porque los dos espadas, se veían obligados a adoptar medidas similares a las que empleó el director de lidia. Los toros del Conde de la Corte salían ya pegando arrancadas inciertas, manifestaban descaradamente su mansedumbre en la prueba de varas, esperaban reservones a los banderilleros, en la muleta primero probaban, luego amagaban y se negaban a embestir.

Manuel Caballero intentó el derechazo y el natural y ante el negro panorama, macheteó presto. Víctor Puerto saludó a su manso con verónicas de rodillas, lo que también son ganas, y de pie se vio obligado a resolver mediante regates los capotazos, las chicuelinas y la revolera, para acabar desarmado y perseguido hasta el catre. El toro ya no embistió más. A cada muletazo que pretendió darle Víctor Puerto, correspondía parándose y pegando una cabezada.

A partir del cuarto toro cambió el panorama. No es que mejorara el comportamiento de la moruchada sino que los diestros sacaron lo más granado de su ciencia y su vergüenza torera, dijeron aquí estoy yo, y dominaron a los moruchos respectivos, cada cual según su personalidad y su concepción del arte de torear.

Empezó Ortega Cano y dio una lección magistral. ¿Que el toro no embestía? Pues se dedicó a encelarlo y lo hizo por el procedimiento de darle la distancia precisa, consentir y mandar con templanza, ligar los pases. Y cada vez que los ligaba recrecía en el toro su celo embestidor. Derechazos y naturales instrumentó Ortega con esta técnica, y si no se le llegó a entregar la plaza debió de ser porque muchos aún no le habían perdonado su actuación anterior.

Manuel Caballero también estuvo hecho un maestro. Citando de lejos provocaba las arrancadas y, al recibirlas, embebía con mando la topona acometida, obligando a humillar. Magnífico corte poseyeron los derechazos, los pases de pecho, naturales y trincherillas. El error de Manuel Caballero fue prolongar la faena, seguir pegando pases hasta agotar la paciencia del público y del propio cunero al que acababa de dominar.

Y vino la estruendosa irrupción de Víctor Puerto, el espectáculo y el desmadre, la valentía pura y el dislocado tremendismo. Un cambio por la espalda en el platillo y, con las mismas, derechazos de rodillas, luego de pie, molinetes, vuelta a los rodillazos, pases mirando al tendido, aguante, desplantes... Y el estoconazo. Y el triunfo, con la plaza arrebatada y los mozos de las peñas entonando el "Oé, oé, oé", que vale lo mismo para el fútbol que para los toros; para un roto que para un descosido.

El Mundo. JAVIER VILLÁN, Pamplona. Un toro móvil y celérico para un torero eléctrico

Dicen que todo pecado -si es que hay pecado- lleva su penitencia y que la virtud -si es que hay virtud- conlleva un premio. Cuestión dudosa, aunque así ocurrió ayer en la plaza de Pamplona. Víctor Puerto anduvo toda la tarde persiguiendo el triunfo a caraperro y como fuera, sin reparar en medios ni demagogias. Y, al final, tanta tenacidad halló su recompensa.

Fue en el sexto, un toro eléctrico de embestida que hizo pasar un calvario a los banderilleros y al que Puerto respondió también con un toreo eléctrico. Fueron las dos caras de la moneda de un mismo torero que, en el tercero, inició el trasteo en el sol y lo acabó en la sombra. Tan sabia medida en la plaza de Pamplona como es el gesto populista de buscarse la complicidad de las peñas, no valió de nada en éste, aunque valió en el sexto. No fue capricho de Puerto concluir en el 2, sino necesidad e impotencia impuestas por el insufrible gazapeo del animal. Tuvo en el sexto el manchego-sevillano el mérito incuestionable de acallar las notas orfeónicas del vals de Astrain que es aquí melodía emocionante y buque insignia de  la música sanferminera. Sobre todo, cuando sale el sexto toro.

Pase cambiado por detrás en la boca de riego; derechazos de rodillas, pases altos mirando al tendido y desafiando la procelosa embestida del ejemplar del Conde la Corte. Y, cuando tras una tanda de derechazos igualmente procelosos y eléctricos, Víctor Puerto encadenó dos pases seguidos de pecho, allí no valió ni vals de Astrain, ni himno nacional, ni la novena sinfonía de Beethoven. Pasodobles toreros y olés que llegaban hasta el otro lado del Arga.

Sólo faltaba la estocada y ésta llegó. A toma y daca, en el centro del ruedo, un poco caída pero fulminante. Cuestión de la presidencia calibrar si la labor global y esa estocada defectuosa, aunque letal, merecían la segunda oreja. Pero no lo calibró. O lo   calibró positivamente. Allá los presidentes.

CORNALON IMPRESIONANTE.- El primer condeso tenía dos kilómetros de pitón a pitón, y no era playero, no. Era un cornalón astifino e impresionante. Así que irse al pitón contrario suponía ir al otro lado del planeta. Con peligro, además, de que aquel tren descarrilase y a Ortega se lo llevara el descarrilamiento. Así que el veterano cartagenero tomó precauciones y se quedó en el andén.

Aquella cornamenta impresionaba, la verdad. Pero el toro, salvedad hecha de su arrogante estampa, no tenía especiales  problemas. Empujó en un puyazo y se durmió en el otro. Y luego no supimos qué virtudes o vicios podía tener, pues las precauciones de Ortega lo taparon todo.

Menos cuernos tenía el mansote cuarto y, sin embargo, muchas más dificultades. Tantas que en un descuido se echó a Ortega a los lomos, que cayó tembloroso ante el hocico del animal. Este le buscaba codiciosamente, pero era abierto de cuerna, lo cual facilitó que Ortega se llevara, solamente, algunas morradas. Salió del trance crecido y encrespado; desafió al toro y se ofreció al público. Y como templó muy bien la embestida, con oficio y sabiduría, tanto por la izquierda como por la derecha, el público se quedó con él. Desertó, sin embargo, y prematuramente cuando Ortega pinchó.

La incertidumbre del segundo, que esperaba y desparramaba la vista, se transfirió en seguida a Manuel Caballero. Caballero no desparramaba nada, pero sí anduvo dubitativo y cauteloso. Quizá procedía a calibrar las verdaderas condiciones del condeso cruzándose (con perdón). Y obligándole. Mas parece que eso es terreno vedado en estos tiempos. Terrenos vedados, en el toro, ha habido siempre; sólo que hay que decidirse a invadirlos, a conquistarlos.

Huidizo en los primeros tercios y corto de embestida al final, el quinto no desanimó a Caballero, que porfió y porfió con buena  técnica y sin aspavientos. Un toro basto, desentendido y pasota al que Caballero sobó sin más objeto que cumplir con el deber de lidiador capaz y matador contundente.


Tarde del jueves, 9 de julio 1998
Crónicas de la prensa:
El País, El Mundo.

El País. JOAQUÍN  VIDAL Pamplona . Estos insaciables pegapases

Se ponían a pegar pases y no acababan nunca. Los tres espadas eran unos insaciables e incombustibles pegapases. Quizá no tuvieran conciencia de ello pero se ponían insoportables. Que al final alguno se llevara una oreja nada tiene que ver. La fiesta está del revés, como cuando le dan vuelta al calcetín. Si se precisa que el calcetín es sudado, la figura retórica habrá alcanzado su cabal intencionalidad.

La mutación de la fiesta se nota mucho en la concesión de trofeos. Desde sus orígenes hasta hace algunos años los trofeos se concedían en correspondencia con la emoción y el disfrute que hubiesen proporcionado las faenas de los toreros. Llegada la modernidad, en cambio, como las faenas suelen ser aburridísimas, la única oportunidad que tiene el público de disfrutar y emocionarse es pidiendo la oreja. Lo normal es que pida dos, y si se tercia, también el rabo. Y luego que saque a los toreros por la puerta grande. El titular habitual de las noticias de agencia suele decir: "Los tres espadas abrieron la puerta grande de Perujina del Formoso".

Y de semejante tenor fueron las dos orejas que hubo en la tarde, una para Javier Vázquez, otra para Manuel Caballero, por el orden que se acaba de decir. Claro que apenas habían empezado a mostrarlas en sus nada triunfales vueltas al ruedo, la mayoría del público ya se había olvidado de los pases que dieron y hasta de las razones por las que había hecho la petición.

En el caso de Manuel Caballero ni siquiera hubo esa petición -unas docenas de pañuelos mal contados-, lo que no impidió al presidente concederla. El presidente, por lo que pudo apreciarse, ni tenía afición, ni conocía el reglamento, y además la chistera -en Pamplona los presidentes llevan chistera- le caía fatal. La chistera, encima de la cabeza del presidente, parecía una chimenea. Le sentaba como a un Cristo dos pistolas.

Vinicos y meriendas

La verdad es que, en Pamplona, las orejas importan poco. Eso era antes, cuando había aficionados y los mozos de las peñas se lo pasaban igual de bien que ahora con sus vinicos, sus meriendicas y sus canciones pero prestaban atención al toro y al toreo. Ahora los mozos están a cantar y bailar, lo mismo balancean el Vals de Astrain que entonan convertidos en inmensa masa coral La chica ye-ye, y la fiesta de los toros únicamente les sirve de excusa para estar allí.

Afortunadamente la gran sanferminada conserva su carácter de Feria del Toro, gracias al empeño de la Comisión Taurina de la Casa de Misericordia -que la organiza- y el toro que sale posee trapío, apenas se cae , tiene el comportamiento propio de su raza, que es muy difícil de ver en otras plazas.

Los Guardiolas, sin ir más lejos, constituyeron un auténtico lujo, para lo que se lleva; embestían encastados, desarrollaron bravura, y ninguno se cayó. El dato es muy elocuente . Según ciertos taurinos (y los que se creen sus historias para no dormir), los toros se caen por exceso de romana, y resultó que de los lidiados en Pamplona, aun pesando cerca de 700 kilos -una barbaridad- no se cayó ninguno.

La encastada nobleza fue otra de las características de esta magnífica corrida de Guardiola, con un tercer toro que tomó con prontitud, bravura y fijeza tres puyazos, galopó recrecido durante el tercio de banderillas y embistió pastueño a la muleta. Lo toreó Javier Vázquez. Es un decir, porque Javier Vázquez, indudablemente animoso, no se ajustó en ninguna suerte de las que se consideran fundamentales -derechazos y naturales incluidos- y para cortar la oreja recurrió a los rodillazos, los circulares, los pases de espaldas, las manoletinas en su versión bernardina.

Manuel Caballero, que había hecho un toreo monótono y vulgar al primero, cortó la oreja del cuarto después de una faena ventajista, interminable, plúmbea, en la que no ejecutó con fundamento suerte alguna. Javier Vázquez intentó repetir en el sexto las superficialidades de su premiada faena y si no se aburrió el personal fue gracias a los mozos de las peñas que se pusieron a cantar Paquito el Chocolatero.

El Tato no tenía su tarde.

El Tato no daba una. Pretendía torear tumbado, aliviándose con el pico de la muleta, y le salía un churro. Pegapases vocacional y torpón, le endilgó una manta de derechazos y naturales malos al boyante Guardiola que hizo segundo, y al manejable quinto le aplicó un trasteo desastroso. Se metía en el costillar y el toro lo sacó de allí pegándole un volteretón. Incapaz de templar, sufrió desarmes y manejó con tanto desacierto la espada que de poco le mandan los tres avisos.

Los pegapases: esa plaga.

El Mundo. JAVIER VILLÁN,   Pamplona. La fecunda y serena madurez de Vázquez

Unos cogen el aire a esta plaza y otros no, unos cogen el aire a los toros y otros no. Esa es la cuestión. Andaban desairados Caballero y El Tato, y vino Javier Vázquez y le cogió el aire a un encastado y temperamental guardiola. Y toreó con inusitado aplomo y le cortó una oreja.

De tal manera iba la tarde, tras lo de El Tato y Caballero, que andábamos ya por libre, tratando de cogerle a la plaza y al vino el aire que El Tato y Caballero no les cogían a los toros. Así que, el que más y el que menos, íbamos de nuestra soledad a nuestros asuntos, cuando apareció Javier Vázquez y toreó con la propiedad y la hondura que más tarde se dirá.

Conmueve este hombre que no vuelve la cara a la vida ni a los toros -incluidos morlacos tan astifinos y tremendos como los de ayer- tras el percance que le arrancó un ojo. No se tome a mal, ni siquiera como un gesto de humor negro, si afirmo que Javier Vázquez con un sólo ojo ve mejor el toreo que muchos con dos.

Andábamos ya todos un poco abantos seleccionando vinos en los tendidos por ver si le cogíamos el aire a la tarde. Y llegó Javier Vázquez y nos amoló la selección y el entusiasmo vinícola a cambio del entusiasmo torero. No se lo reprocho. En determinadas circunstancias, prefiero una faena como la del madrileño a un reserva como el que se me ofrecía.  Aprovechando que los trapazos de Tato y las dubitaciones de Caballero no inducían sino al suicidio preventivo y a la alcoholemia perniciosa, habíamos empezado de menos a más: un exquisito cosechero, ligero y frágil, al principio. Ni siquiera tal exquisitez nos hizo ver cruzados (con perdón) a Caballero y Tato; mucha carrera, mucho pico a destiempo, mucha tela sin ton ni son y mucho fueracacho.

TORERO BUENO.- Como ya se ha dicho, Javier Vázquez me dejó con el reserva en los labios. Y no lo siento, porque la reserva de torero bueno la puso él. El vino tenía cuerpo y color, y sólo olerlo se ponían en franquicia todos los movimientos fecundos del alma. Así fue la faena de Javier Vázquez: compacta, aromática, bien construida de principio a fin por los dos pitones; al toque cuando convenía, y dibujando el clasicismo en los quites y en los remates casi siempre.

Abrochó con unas manoletinas de frente, se llaman bernardinas, hondas y de alto riesgo. Mató a la primera con la misma precisión y la misma elegancia con que había toreado.

Todo marchaba bien y la tarde se había puesto en su sitio, en su razón equilibrada de juerga y ceremonia, de gastronomía y de toreo bueno. Y Caballero pudo enmendar su anterior actuación, aunque no tanto como para que el señor presidente le regalara la oreja que le regaló, y que pidió una mínima minoría.

Si esa oreja que recibió la hubiéramos dado cualquiera de los que andábamos por allí seleccionando vinos, sin quitar ojo del ruedo, por supuesto, dirían que los caldos de La Rioja se nos habían subido a la cabeza. Así, por un aire benéfico y samaritano que le dio al palco, el torero de Albacete cogió el aire de la tarde que se le había ido.

Quien no cogió nada, salvo una voltereta espeluznante, fue El Tato. Dramático todo, incluida, naturalmente, la cogida. Dramática y patética la impotencia de Raúl Gracia con un toro listísimo y duro, eso sí, que a punto estuvo de marcharse vivo a los corrales.

Tras el regalo a Caballero y el drama de El Tato, se anunciaba la apoteosis de Javier Vázquez. No llegó a tanto. El impresionante guardiola de 700 kilos fue bien picado por Rivas y bien banderilleado por Jimeno Mora y por Cáceres. No hubo apoteosis de Vázquez pero persistió la tentación de verdad y torería.


La ganadería Marqués de Domecq ha sido la ganadora del I premio "Alpargata de Honor"

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Premio a la mejor ganadería de los encierros de los Sanfermines 98, organizado por la institución Nuevo Casino Principal. El premio, una escultura del artista Carlos Ciriza, será entregada al propio Fernando Domecq, responsable de la ganadería, el 6 de julio´99 a las 12:00 del mediodía. Los miembros del jurado de este premio de reciente creación destacaron que a la hora de elegir la mejor ganadería tuvieron en cuenta la nobleza de los astados de Domecq, así como la emoción que se vivió en el encierro que les tocó protagonizar. Junto al ganador del premio, los miembros de Nuevo Casino Principal presentaron el ciclo de conferencias taurinas que se desarrollará todos los viernes y hasta el próximo 2 de julio´99.

 

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