GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE PAMPLONA
NAVARRA

Tarde del viernes, 14 de julio del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de hijos de don Eduardo Miura, aparatosos de presencia y con mucha romana, moruchos impresentables; cuatro de ellos, broncos; 3º y 5º, manejables; 6º, tirando a buey de carreta.

Diestros:

  • Eulalio López Zotoluco, estocada corta, ruedas de peones -aviso- y tres descabellos (ovación y salida al tercio); pinchazo, estocada, rueda de peones, descabello -aviso- y descabello (silencio).

  • Oscar Higares, pinchazo, estocada perpendicular delantera, ruedas de peones -aviso-, dos descabellos y se echa el toro (silencio); estocada atravesada delantera que asoma, provocando enorme hemorragia por el agujero de salida, rueda insistente de peones -primer aviso-, estocada atravesadísima trasera que asoma por el costillar, cuatro descabellos -segundo aviso- y descabello (algunos pitos).

  • Juan José Padilla, pinchazo, bajonazo -aviso- y rueda de peones (oreja con minoritaria petición); estocada caída (petición minoritaria y dos vueltas).

Entrada: lleno.

Crónicas de la prensa: ABC, El Mundo, El País, Diario de Navarra


El País. JOAQUÍN VIDAL, Madrid. Y de remate, una moruchada infame

Y para terminar, los hados tenían dispuesta una de las más infames moruchadas que pudiera concebir su mente divina, adecuado remate a la miseria ganadera y artística que ha sido esta feria de San Fermín.

Una moruchada marca de la casa Miura; una muestra de la peor estirpe que haya podido pastar por los predios de la taurina Iberia. Como si nadie hubiese hecho nunca selección alguna de la casta brava; como si la bravura no hubiese existido jamás.

Si uno se pusiera a barruntar los comportamientos de aquel bos taurus primigenium, naturalmente virgen, que campaba por los bosques de la Península ramoneando encinas y pegándoles cornadas en la ingle a los homo erectus que se le acercaran a disputarle el yantar, nunca lo habría imaginado tan descastado, tan morucho, tan burro, tan buey.

Los toros de Miura que saltaron a la arena del coso pamplonés no remedaban al género asilvestrado previo a la creación de la lidia, ajeno a sus artes y a sus cánones, sino que eran fruto de la decadencia de la fiesta, de la descomposición de cualquier arte y de todo canon.

Daba la sensación de que el ganado de Miura lo hubiese echado a criar a la buena de Dios un tratante sin escrúpulos, sin otro propósito que darle la apariencia conforme a su leyenda, pues eso es lo que vende, y si luego se lo echaban a tres toreros modestos, ese sería su problema. Y así ocurrió. Tres toreros modestos (más o menos) se vieron obligados a lidiar un ganado que no tenía lidia.

Hubo, de todos modos, quien se salvó de alguna manera y ese fue Juan José Padilla. Y lo hizo recurriendo a todos los tremendismos que se le pasaban por la cabeza. Desde luego recibió a sus dos miuras a porta gayola, faltaría más. Los banderilleó pegando unos carrerones impresionantes y clavando donde dios le diera a entender. Y los muleteó afanoso, truculento, de pie o de rodillas, dejando claro que estaba dispuesto a entregarse en holocausto, si era menester.

Con tan alocada disposición se le fue sin torear uno de los escasos toros manejables, el tercero, y si le dieron la oreja se debió únicamente al pundonor demostrado y a la sudada que se pegó. En cambio el sexto, nacido buey, era intolerable, rehuía los engaños, buscaba tablas y le anduvo por delante intentando cuanto se le pudiese ocurrir: porfías, péndulos, circulares, rodillazos, bravatas... De ese toro no le dieron la oreja, que pidió una minoría y Juan José Padilla se puso nerviosísimo, convulso tal vez. Parecía que le iba a dar algo; por ejemplo, un patatús.

A Óscar Higares le correspondió un segundo toro mulo absoluto, y uno que hizo quinto tonto de baba que desaprovechó también al recetarle una faena interminable hecha de pases malísimos. Y, para colmo, le dio muerte carnicera que provocó una repulsiva escena, con el diestro blandiendo artero la espada, las cuadrillas azacanando capotazos por allí, el toro agonizante soltando sangre a caño y derramándola por la arena... Qué horror.

Para Zotoluco quedó el peor lote: sendos ejemplares sin embestida alguna pues sólo sabían topar, el primero de ellos pegando brincos y tirando hachazos a cada viaje. Con mucho valor, vista y vergüenza torera (llámanlo también dignidad) resolvió Zotoluco la difícil papeleta..

Con razón sostenían los sabios de la antigua Grecia (y los modernos exégetas del arca táurico) que los hados no llegan a la buena ventura sino que encadenan causas y traen los efectos lógicos. Y así debió ser. Pues habida cuenta del ruinoso curso de la temporada, del desabor de la feria sanferminera, de lo manso que salió, de lo mal que se toreó, todo ello por junto sólo podía producir el desastre. Y así sucedió. Para despedirse, Villanueva allegó una fastuosa merienda con merluza de Artajona, Masito y Elu estuvieron en el corazón de quienes les queremos. La plaza cantó el Vals de Astráin, y hubo un trémolo de tristeza cuando empezaban a sonar los ecos del Pobre de mí... Pero ni aquella fiesta ni tantas emociones pueden negar la evidencia de que esto -señores- se va al garete.


El Mundo. JAVIER VILLAN, Madrid. Un presidente con dos pares

Don Ignacio Polo, sí señor. Nuevo en esta plaza y con dos pares. Pareció blandear en la oreja del tercero a Padilla, pero se vino arriba con poder y negó el apéndice del sexto resistiendo gritos furibundos, aspavientos de los subalternos, gesticulaciones del matador y la parsimonia cómplice de los mulilleros. El señor Polo aguantó el cerco y gracias a él no se consumó algo que hubiese sido incomprensible: una oreja por nada. O por casi nada, con todos mis respetos al matador que triunfó el año pasado. Alguien tenía que poner orden en el maravilloso desbarajuste final, para que esto no se convierta en la casa de tócame Roque. Y conste que estar delante de esos miuras tuvo mérito e incluso pudo ser heroico. Que conste que Padilla estuvo animoso, aunque rozara el histrionismo selvático. De ahí, a creer que tiene derecho de pernada sobre la puerta del Encierro, va un abismo. La actitud, para algunos erética, del presidente, tiene una explicación, aparte de su criterio de aficionado: las orejas se piden con pañuelos y no con gritos. Y a mi entender, igual que otras muchas tardes, ayer hubo más vocerío que pañolada.

La tarde venía plúmbea, inverniza y con resaca. Tarde melancólica de adioses, no te vayas de Navarra, pobre de mí ya se acabaron las fiestas etc., etc., etc. Los miuras podían ser un relámpago y en verdad, lo fueron. Los miuras, en el encierro de la mañana, de uno en uno no cabían por la calle de la Estafeta. De uno en uno también llenaban la plaza, iban fuertes y poderosos, y mansos sin duda, a los caballos. No doblaron las manos y despedían un aroma de toro antiguo. Los toros eran antiguos y los toreros modernos. Los toros pedían un toreo de dominio, de lidia esencial y se hallaron tremendismos de distinta escuela. Y mediada la corrida, parecía que la presidencia iba a estar más a tono con los toreros que con los toros. A Padilla le dieron una oreja, por malograr un toro que bien pudiera ser uno de los de la feria. Y lo malogró no por el bajonazo, a la segunda, sino porque no se dio cuenta de la nobleza de miras que el miura tenía por el pitón izquierdo. Padilla lo toreó a tortazos, a saltos, a rodillazos que alteraron los tendidos. En puridad fue el toro quien debiera haberle cortado la oreja al torero o a alguno de los que las piden. Así aprenderían a no frivolizar con esto de las orejas. Menos mal que el usía se enmendó en el sexto. Padilla no se enmendó: estuvo igual o peor que en el anterior, aunque mató a la primera. Y ahí sobrevino la escandalera ya reseñada y los agravios que parecía estar sufriendo parte del llamado respetable y el torero jerezano, que no supo aceptar una decisión, cuando menos, equilibrada.

El cuarto era más proceloso que el tercero, aunque no demasiado: playero en plan carretón desmesurado, no acongojó a Zotoluco. El mexicano lidió sobre los pies un poco a la antigua usanza y un mucho a la defensiva. Zotoluco estuvo mejor en el primero. Fajador y aguerrido. Si el miura era más alto que el torero de pie, cuando éste se arrodillaba parecía un pigmeo. Valor a espuertas.

El quinto era un pendenciero que dejó la arena llena de cadáveres, metafóricos naturalmente; allí yacían los picadores sanguinarios y sus habilidades, incapaces de cerrar el paso a un manso huidizo; allí yacían las bajezas de los banderilleros que huían con pavor y se tiraban de cabeza al callejón. A la muleta, sin embargo, llegó mucho más suave y claro. Pero Oscar Higares, tal como había demostrado en su primero, no estaba por la labor. Y cuando elmadrileño le dudó al miura un par de veces, éste le pegó la carrera y el arreón. Higares lo atravesó dos veces de forma innoble y lo acribilló a golpes de descabello.

Como final de fiesta, el frenesí en los tendidos y en el ruedo, con el show de Padilla, el orfeón multitudinario alcanzó sus mejores notas. La juerga se superaba a sí misma, danzad, cantad, malditos. Ciegos los tímpanos y el cuerpo en bandolera, seguiremos amándoos de año en año. Hasta el próximo San Fermín.


ABC. Vicente Zabala de la Serna. Madrid. Padilla, un histrión ante los miuras

Ni el último día ha acompañado el tiempo, inestable durante toda la feria. La verdad es que pocas cosas han acompañado. Los miuras, en conjunto, tampoco. Su impresionante lámina, su presencia y su trapío fueron fieles a la línea de la casa, excepto el más estrecho cuarto, pero su juego resultó en líneas generales manso de solemnidad, noblote en la muleta y sin clase alguna. El tercero destacó sobre el resto.

Ante los pupilos de Zahariche, Juan José Padilla casi se lleva el gato al agua. No es que Padilla lidiara como un maestro, ni que el manejo de las banderillas recordara a los grandes rehileteros, ni que su uso de la pañosa evidenciara dotes aún no vistas en el Arte de Cúchares, qué va. Su «arte» se basa en el histrionismo, en la hipérbole de los gestos, en las carreras olímpicas, nada que ver con la torería, ni con el conocimiento de la lidia ni de los terrenos de los toros. Lo suyo es una amalgama de secuencias estrambóticas. Ora enseña los tirantes al público, o el chaleco, ora levanta los puños y salta como Sotomayor o busca las palmas y las orejas a base de jalear a los tendidos con los brazos en cruz. Todo menos hacer el toreo como mandan los cánones.

Porque el toreo no es coger los palos y emprenderla a correr como un pollo sin cabeza ni que los toros le ganen la acción ni tomar el olivo una vez sí y otra también. Hay que tener algo más que unas facultades portentosas: un poquito de conocimiento. Es cierto que valor no le falta, pero no estaría de menos ser más honrado y ganarse a los públicos haciéndoles cosas a los toros en lugar de camelarlos con otras historias.

A portagayola se fue a recibir a su primer miura, que le robó el capote y salió suelto del caballo. Clavó un par de banderillas casi en la paletilla; en el siguiente pasó en falso; en el tercero atinó con mayor lucimiento. No embestía mal, ni mucho menos, el bruto por el pitón izquierdo, por donde se sucedieron las series sin nada reseñable.

Luego vinieron los rodillazos y antes una cadena de pases de pecho. Un pinchazo antecedió a un bajonazo infame. La oreja fue una coña. Claro que por esa regla de tres también el presidente le podía haber entregado la del sexto. No es que sucediera nada del otro mundo con un astado rajado y huidizo, salvo desplantes de hinojos, nuevas muestras de los tirantes, cabezazos al aire, brincos.... La estocada de una vez, aunque delantera, provocó la locura del matador, que corría a sujetar a los peones, pletórico de alegría, sobreactuado una vez más. La pañolada y la tunantería no hicieron mella en el presidente. Menuda puerta grande hubiera sido.

Valiente y decidido

El mexicano El Zotoluco anduvo digno, valiente y decidido con el «tren» que abrió plaza. No humilló, mas iba y venía sin maldad con la cara por las nubes. Se tiró a matar a ley, aunque la espada no fue lo suficientemente eficaz y tuvo que descabellar varias veces. El cuarto, de menor presencia, cárdeno y muy vareado a pesar de los kilos que marcaba la tablilla, más que manso era moruchón. No hubo nada que hacer.

Higares apechó con un impresionante ejemplar de 690 kilos —-sí, no es ninguna errata, 690—, al que recibió en la puerta de toriles con una larga cambiada. Empujó con fijeza en el caballo y llegó a la muleta al paso, gazapón y sin ánimos adversos. El diestro madrileño se justificó.

Lástima que con el quinto se mostrara tan denso y desgarbado, escasamente lidiador y desastrado con la muleta. Escuchó dos avisos y mató de fea manera.


Diario de Navarra. EFE. Padilla corta una oreja sin mérito en la última corrida de los sanfermines

Una corrida de Miura con mucha fachada y ningún contenido cerró hoy la feria de Pamplona, un festejo que dejó otro triunfador sin méritos del ciclo, Juan José Padilla, por una faena que sólo tuvo alardes para la galería.

Sólo fachada

Por fuera fue la típica corrida de Miura, de toros grandes, largos y altos, de cuellos agalgados, y con desarrolladas y astifinas defensas. Por supuesto con muchos kilos, con un promedio por encima de los 600. Por dentro, bastante menos, y aunque ninguno se dejó torear, según la concepción actual del toreo, no fueron toros imposibles, en todo caso, complicados más que peligrosos. Fue la fachada lo que más se tuvo en cuenta, sobre todo de parte del tendido.

Los tres toreros fueron de valientes, y si no resolvieron mejores faenas fue sencillamente porque ninguno de los seis la tuvo.

Otra cosa muy llamativa, antes de analizar a los toreros, fue las capas de los «miuras», un pelaje variadísimo, del castaño bragado y corrido al negro mulato, pasando por otros entrepelados y cárdenos.

El mexicano «Zotoluco» se encontró con un primer toro que se venia de largo a los engaños, pero que al llegar a la altura del torero tiraba un hachazo seco queriendo desarmarle. En constante actitud de ataque, «Zotoluco» consiguió pegarle pases por los dos pitones, aunque para interesar al tendido tuvo que ponerse de rodillas y descararse con el «miura» en dos desplantes muy expresivos, el último, sin muleta ni espada y abriéndose la chaquetilla.

Hubiera sido definitivo el gesto para cortar la oreja, pero los tres golpes de descabello disiparon el triunfo. El cuarto llegó muy reservón al último tercio, y aunque el mexicano se metió mucho con él, fue imposible estructurar faena.

El primer toro de Higares embestida con todo, con el cuello, con las manos..., menos con los riñones. En la faena de muleta, para colmo, se puso gazapón, viniéndose al paso y sin decir absolutamente nada. Toro al final sin maldad y sin pasar.

El quinto fue un manso sin disimulo, que para tomar un puyazo hubo que llevarlo hasta ocho veces al caballo, yéndose suelto en todas. Higares estuvo muy dispuesto con él en la muleta, pero el toro siempre con la cara alta, no acompañó.

Padilla cortó una oreja a su primero, un trofeo de esos que nadie sabe en base a qué méritos. El hombre estuvo valentón, esforzado, pero poco inspirado, en el más puro estilo de gladiador, yéndose a chiqueros, como anteriormente había hecho Higares también en su primero, con una larga cambiada en la que perdió el capote, y otra más en el tercio.

Galleo por chicuelinas para llevar el toro al caballo y un tercio de banderillas en el que sólo destacó un par de mucho aguante. La faena de muleta, plagada de alardes vulgares e innecesarios, sólo tuvo un par de sobresaltos, los que en definitiva y con la ayuda de unos rodillazos finales sirvieron para que cortara la oreja.

Padilla repitió los mismos gestos y ademanes en el sexto. Otra vez la larga en chiqueros y las banderillas, la apertura de faena de rodillas, y todos los muletazos trompicados. Con el toro huido a tablas se marcó un esperpéntico alarde de valor, desplante de rodillas, mientras el animal se marchaba por otro lado. Fue increíble que el tendido «tragara» tanta mediocridad. Menos mal que el presidente dejó las cosas en su sitio y no sacó el pañuelo.

 

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