|
|
|
Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE PAMPLONA
NAVARRA
Tarde del jueves, 13 de julio del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Hermanos Gutiérrez Lorenzo,
cuatro con discreta presencia, sospechosos de pitones, flojos y aborregados. Dos
(exactamente el lote del diestro Francisco Marcos), grandes, cornalones: 3º
flojo manejable; 6º de aparatosa presencia, hondo y badanudo, fuerte,
desarrollando mansedumbre y moruchez en todos los tercios.
Diestros:
-
Enrique
Ponce, estocada corta (oreja); tres pinchazos bajos, estocada corta trasera
-aviso - y dobla el toro (aplausos y salida al tercio).
-
Julián López Juli,
estocada (minoritaria petición, aplausos y salida al tercio); pinchazo y
bajonazo infamante (silencio).
-
Francisco Marcos, dos pinchazos y estocada baja (oreja);
pinchazo, estocada corta escandalosamente baja, rueda de peones y descabello
(palmas).
Entrada: cerca del lleno
Tiempo: calor
Crónicas de la prensa:
ABC, El Mundo, El País,
Diario de Navarra
El País.
JOAQUÍN VIDAL, Madrid. El torero Francisco Marcos
La gran sorpresa fue el torero Francisco Marcos. El calificativo
se emplea con absoluta propiedad y a conciencia: torero.
Metido en el cartel como a presión, entre dos figuras, sin otra categoría
aparente que la de convidado de piedra, desconocido para el público y prácticamente
también para la afición conspicua, Francisco Marcos hizo la única
interpretación verdadera del arte de torear que se vio en la tarde y les dio a
sus compañeros figuras una completa lección de auténtica torería.
Se ha dicho compañeros y no es cierto: conocidos de la guerra y gracias. Las
dos figuras del atípico cartel -Enrique Ponce y El Juli nada menos- no se
comportaron como compañeros en ningún momento. Antes al contrario, Enrique
Ponce y El Juli abusaron de su posición de dominio y le dejaron a Francisco
Marcos lo peor de la moruchada que envió el ganadero a la pomposamente llamada
Feria del Toro.
Cuatro torillos sin fuste, sospechosos de pitones, flojos y aborregados les
correspondieron a Enrique Ponce y El Juli, a partes iguales, mientras los dos
torazos de la corrida, cornalones y de imponente envergadura le tocaron en el
sorteo a Francisco Marcos.
Pero ¿qué sorteo? ¿Puede creer alguien que por azar se haga un lote con
los toros de mayor respeto y le vaya a corresponder, justamente, al torero más
modesto del cartel? Y si nadie lo cree ni parece posible tanta casualidad, lo
que se deduce de aquí es un pucherazo, un fraude, una corrupción generalizada;
pues para amañar los lotes y el sorteo han de estar de acuerdo los toreros y
sus representantes, el ganadero, la empresa, el presidente de la corrida, la
autoridad gubernativa, Cristo que los fundó.
El día que los tribunales de Justicia entren a fondo en los entrebastidores
y muevan el tinglado de la fiesta de los toros, buena parte de los taurinos van
a disfrutar de unas largas vacaciones en la sombra.
No había dónde elegir, claro: estas son lentejas. O sea, que se conforma
usted con esos toros o sigue en el paro. Y Francisco Marcos -que vendrá a
torear media docena de corridas al año, si llegan- se hubo de conformar.
Entraba en la feria de San Fermín casi por conmiseración, tras muchas súplicas,
y teniendo en cuenta que es navarro, hijo del matador de toros asimismo navarro
que se anunciaba Marquitos.
Y, llegada la hora de la verdad, dio la sorpresa. En cuanto se abrió de capa
la dio, lanceando embraguetado a la verónica. Y siguió mostrando una excelente
técnica en la brega y en los lances con que ponía a los toros en suerte. Y
muleteando valeroso para dominarlos con utilización estricta de las reglas del
arte.
Los muletazos iniciales de su primera faena se salían de lo común por la
pureza con que los instrumentó y entusiasmaron al público. Igualmente las dos
tandas de redondos y otras dos de naturales en el transcurso de una faena
impecablemente construída, progresiva e intensa, que remató mediante una teoría
de ayudados y kikirikíes muy difíciles de ver en estos tiempos de aburridos
pegapases. De ahí que le concedieran la oreja pese a que mató mal.
El sexto toro fue uno de los más grandes de la feria. Alto y largo,
aparatoso cornalón, musculoso y hondo, enmorrillado y badanudo, desarrolló en
todos los tercios la mansedumbre característica de los moruchos con mal estilo.
A Francisco Marcos no le arredró el regalo envenenado que le dejaron para que
supiera lo que vale un peine y lo lidió personalmente con el capote, lo trasteó
con valor sereno apurando las muy remotas posibilidades de lucimiento.
Menuda lección les dio Francisco Marcos a las figuras. Dos figuras pelmazas,
ventajistas, en la agotadora consumación de su furor pegapasista. Ya se sabe de
Ponce, corretón toreador de muchas posturas con las que pretende disimular su
toreo fuera-cacho, distante, desligado, provechoso pues le suele valer orejas -una
le dieron de su primer toro-, interminable pues le suelen mandar avisos -uno oyó
en su segundo-, y acaba aburriendo al lucero del alba.
Lo de El Juli aun resultó peor porque los mozos de las peñas le trasloarían
con sus ovaciones y sus ¡julijuli!, que ya han convertido en coro triunfalista
para gloriar al torero, pero se le apreció un serio descenso artístico y anímico
respecto a la anterior temporada. Lanceó con torpeza, banderilleó sin acierto,
muleteó superficial, mató de infamante manera. Este no es El Juli que inflamó
la fiesta de variedad, espontaneidad, valor y alegría. Este no es aquel Juli
sino su caricatura.
Ni Juli ni Ponce. Francisco Marcos: un torero.
El Mundo.
JAVIER VILLAN, Madrid. Juli o el principio de Peter
Por lo visto, en Pamplona El Juli es una evidencia incontestable del
Principio de Peter: capacidad que tienen los mecanismos operativos de una
sociedad para elevar a alguien hasta la cumbre de su incompetencia; y, una vez
allí, mantenerlo. Pocas veces será elevado un pedestal tan alto como al que
han subido a El Juli. Y, sin embargo, ese pedestal se resquebrajó ayer en
Pamplona dejando al descubierto una verdad desnuda: que El Juli es uno más. Que
puede vivir holgadamente de esto, pero de mito nada; de genio de la tauromaquia
del siglo XXI, menos. O sea que, ni siquiera con el Principio de Peter, las
cosas pueden dejar de ser lo que son.
Quien estuvo a punto ayer de alzarse con un triunfo memorable fue Francisco
Marco. Mas cuando la fortuna favorece a los pobres, éstos se resisten a creérselo.
Como si la gloria no fuera con ellos, como si fuera un paraíso reservado sólo
a los elegidos. Francisco Marco había toreado como los ángeles: despacio y con
naturalidad de torero cuajado; había puesto la feria en un nivel de calidad y
belleza que hasta ese momento no habíamos disfrutado. Y entró a matar sin
convicción, como si no se creyera los templadísimos redondos que había
dibujado, los naturales largos y completos, y los pases de pecho de pitón a
rabo. Todo eso había hecho Francisco Marco y, al matar, no se lo creyó del
todo. No se dio cuenta de que podía tocar la gloria con la punta de su espada;
detrás de los pinchazos, se le marchó el éxito rotundo de dos orejas. Y le
quedó una de consolación. Hasta las 19.30 horas, fuegos de artificio,
pirotecnia, facilidad displicente. O sea, las figuras. Y tuvo que venir un
modesto, marcado además por el paisanaje, como si viniera a una corrida de
favor. Y dibujó unas verónicas templadísimas, jugando muy bien los brazos,
aunque en una de ellas echara el paso atrás. Fue el prólogo a lo narrado
anteriormente. Después, apenas nada hay que contar. El momento de Marco había
pasado y el sexto era un torazo que tenía tantas arrobas de mansedumbre como de
carne.
La prontitud con que el palco soltó la primera oreja hacía temer una
hemorragia orejil. Ponce se llevó un apéndice fácil y sin agobios: por no
dejarse tocar la muleta, por el perfil de una figura que nunca se descompone. No
hubo profundidad, sólo buen gusto. Y limpieza. Y una excelente tanda de
redondos en el cuarto que fue, acaso, lo mejor de su trabajo. Ponce ha pasado
por San Fermín, convaleciente de un percance, sin pisar el acelerador y bajo mínimos.
La tarde de El Juli tuvo un signo decepcionante. Decepcionante, se entiende,
para la julimanía. Chicuelinas a trallazo limpio y verónicas desangeladas. En
banderillas, un par ladeado, par y medio en la arena, dos pares arriba y otros a
donde cayeran. El Juli lleva en la cuadrilla a Angel Majano, a Sevillita y a Bélmez
que son buenos banderilleros. No digo que el maestro sea peor; digo que no los
mejora. Multitud de derechazos a la carrera y sin pararse nunca; enganchones y
tropezones; naturales muy poco naturales y algún que otro molinete y quites por
faroles para alegrar un ambiente progresivamente deprimido. Nunca se encontró cómodo
Julián López, pese a que tenía la plaza rendida. Nunca halló recursos para
fijar su personalidad. Aburrió. Y se apagaron los himnos de guerra; y los
juligans guardaron las pancartas. Lo mejor, el estoconazo al segundo. En el
quinto perpetró el bajonazo más infame de la feria y puede que de muchas
ferias.
ABC. Vicente
Zabala de la Serna. Madrid. La revelación de Marcos
y un gran toro de Capea
Por fin, una tarde de gran interés. O cuando menos muy entretenida. Ya era
hora. Hubo toros, un factor básico e imprescindible para que la Fiesta, la
Fiesta de los toros, que no de los toreros, se mantenga viva. Parte del éxito
se lo debe apuntar Pedro Moya «El Niño de la Capea», que ha mantenido su
cartel en Pamplona —ya el año pasado dejó alto el pabellón— con una
corrida muy válida y, especialmente, por el tercer toro, el mejor de la Feria.
La otra parte de la gloria que se la anote Francisco Marco, natural de Estella,
donde el putrefacto pacto nazionalista, un chaval muy poco placeado que se reveló
ayer a través de una cadena de apuntes para enmarcar. Marco salió triunfante y
feliz del ruedo; Ponce, tranquilo y recuperado, con una oreja; y El Juli,
contrariado al apechugar con el lote más deslucido.
Marco lanceó ya a la verónica con unas formas soberbias y exquisitas, sobre
todo por el pitón izquierdo, siempre ganando terreno y con la suerte cargada.
Un quite por navarras y tafalleras (muy propio) puso el toque de variedad. El
astado de Capea pareció dar muestras de flojedad, pero a continuación se vino
arriba en el tercio de banderillas, para seguir en la misma tónica ascendente
en la muleta.
El arranque de faena parió un pase de la firma y un cambio de mano para que
los hubiera plasmado Llopis en sendos carteles de toros.
Desprendieron aquellos muletazos un toque añejo, de toreo caro y sepia.
El novel diestro navarro evidenció, a la hora de correr la mano, que
necesita corridas para hacerse, normal, y aun así cumplió y resolvió con más
que decoro. El toro marcaba el ritmo, necesitaba que lo sometieran, que
embarcaran su embestida, algo que no se daba de manera permanente. Al natural,
una sola serie no permitió demostrar el mejor lado del sensacional bruto, como
había marcado desde su aparición con el capote. El cierre a dos manos completó
la faena, por su belleza, por su elegancia, por su cadencia. Si digo que éstos
y los pases premiliminares han sido los momentos de mayor y más intensa calidad
de la feria, no exagero un ápice. Que le den corridas a Francisco Marco, que se
haga, que le dejen paso entre tanto manta. Igual sale o igual no, pero ayer lo
suyo fue una grata revelación y una reivindicación. Si lo caza a la primera,
quizá estuvieramos hablando de dos orejas en lugar de una. Para «Narciso»,
nombre del bravo ejemplar murubeño, también hubo una ovación de gala, con
toda justicia.
Impotente presencia
No se arredró Marco con la imponente presencia del sexto, un tío de verdad,
armado con dos dagas. Sus arrancadas imponían tanto respeto como su trapío.
Manseó en el caballo y Juan Carlos Casanova destacó con los rehiletes. El
matador estuvo firme y valiente, con las lógicas carencias de quien ha toreado
muy poco desde que se doctoró, hará cosa de un año. No devolvió nada.
Volvía a los ruedos Enrique Ponce tras su percance de Soria. Lidió con
suavidad al toro que abrió plaza, que necesitaba del temple del valenciano y un
medido castigo en varas. Las mismas caricias aterciopeladas le ofreció el
maestro de Chiva en el prólogo de faena, genuflexo y con una estética
portentosa. La faena se desarrolló básicamente sobre la derecha, con reposo y
temple. Sobre la izquierda, poco surgió en una solitaria tanda. El toreó en
redondo prevaleció antes de un epílogo muy torero, andándole al animal hacia
las tablas.
Cobró media estocada lagartijera, suficiente para que la oreja cayera en sus
manos.
Tal vez por la reciente convalencia, Ponce dio la impresión de no pisar el
acelerador a tope con el cuarto, que se empleó con bravura en el caballo. No se
enfadó nunca y, aunque por el pitón izquierdo no había una claridad excesiva,
por el derecho debió sacar mayor partido.
A medio gas pasó, y regresó a la tónica irregular que mantiene esta
temporada con la espada.
El previsible escándalo que traía El Juli consigo se quedó en nada.
Los «juligans» de las peñas —así se anunciaban en una pancarta—
deseaban su éxito con fervor. Julián vio como el toro inaugural de su lote era
devuelto tras arrastrar los cuartos traseros con descaro. El sobrero, del mismo
hierro, careció de clase, aunque no de nobleza. Iba y venía sin más, sin
emplearse. El torero de Velilla de San Antonio banderilleó con desigualdad y
muleteó con evidente voluntad. El volapié final resultó lo mejor por su
contundencia. Brotó una petición que no logró la oreja.
A la verónica en el saludo al quinto brilló El Juli. Más entonado con los
palos, obtuvo unos cuantos naturales largos y de mano baja. Ahí se acabó el
murube, que nunca se entregó ni rompió, completando el lote más triste de los
tres. Mató feamente por los bajos.
A falta de un día, San Fermín se va sin una sola salida a hombros (a
excepción de la de Hermoso de Mendoza). Vaya tela cómo estamos.
Diario de
Navarra. EFE, Juan
Miguel Núñez.
Enrique Ponce y Francisco Marcos, premiados con sendas
orejas en la penúltima corrida de los Sanfermines
Una buena corrida de los hijos de «Niño de la Capea», fue
definitiva para dar hoy un empujón a la feria de Pamplona, en la que por fin se
vieron faenas importantes, a cargo de Enrique Ponce y de Francisco Marco,
premiados ambos con sendas orejas.
Cosas muy notables
Curiosa prueba de arrepentimiento colectivo: ayer le dieron una oreja al «Juli»
por la petición mayoritaria del tendido, y un día después nadie reconocía
haber sacado el pañuelo. Pero no es el caso de volver a erigirle en
protagonista también de este festejo, aunque de nuevo ha provocado
manifestaciones solidarias de mucho contento.
Hoy prácticamente no existió el torero de moda porque hubo cosas muy
notables, como la elegancia, la técnica y el pundonor de Ponce, la sorprendente
revelación del local y modesto Francisco Marco, que hizo un toreo muy sentido,
templado, artístico y expresivo, y, sobre todo, el excelente juego de los toros
de los Hermanos Gutiérrez Lorenzo, estos, sin duda y a pesar de algunos
matices, la piedra de toque de todo lo bueno que tuvo la tarde.
El toro que abrió plaza, con mucho temple y buen tranco, noble además por
encima de otras virtudes, fue lo mejor que podía encontrarse Ponce en su
reaparición después de la lesión que sufrió en Soria y que le ha tenido un
par de semanas inactivo. Toro para torear con mucha tranquilidad, con el que el
valenciano hizo la faena justa, de dominio y belleza. Muletazos por ambos
pitones continuados, limpios y de gran estética. Fue la primera faena sin
lagunas de lo que va de feria, algo realmente bueno que la plaza entera apreció
con alborozo, premiándole con una de las orejas también más justas del ciclo.
El cuarto hizo concebir muchas esperanzas al principio, pero enseguida fue a
menos, parándose y con escasa «transmisión». Ponce, que buscó denodadamente
redondear su tarde, tuvo que conformarse con una faena correcta, aunque fría,
sin la profundidad deseada.
El otro protagonista feliz de la tarde, Francisco Marco, compitió en todo lo
bueno con las figuras que tuvo a su lado. Muy sereno y con cabeza, seguro y
firme, y con un especial regusto en la interpretación, sorprendió y convenció
a propios y extraños. Venía de modesto, pero se va con proyección de futuro
muy esperanzador. Todo lo hizo perfecto, si acaso queda la duda de haberle visto
la faena más en los medios, aunque el toro desarrolló mucho y bien entre las
rayas, donde Marco toreó muy crecido, dueño de la situación y con exquisitas
formas.
Los lances a la verónica del saludo y un quite por navarras y tafalleras, más
que suficientes para catalogarlo como buen capoteador. Y la elegancia y buena
compostura con la muleta, el sentido de la distancia, casi siempre muy en corto,
las series largas, inmaculadas e hilvanadas. Toreo en semicírculo y atrás.
Enormes también los pases de pecho, casi siempre obligados, los cambios por
delante, y unas «alegrías» finales muy a modo. El borrón grande fue la
espada, pues si llega a matar a la primera le dan las dos orejas por aclamación.
Aun así paseó un apéndice.
Marco, que también se hizo presente en los quites que le correspondieron en
los toros segundo y quinto, tuvo que superar todavía la difícil prueba del
sexto, un animal manso y encastado con el que más de un figurón hubiera tirado
las tres cartas. Pero para corroborar que no había sido casualidad lo del
tercero, el bravo y artista torero navarro se puso muy de verdad con la muleta,
resuelto y muy capaz. Sólo la espada otra vez desdijo algo lo bueno que hizo.
«El Juli» poco pudo hacer con el primero de su lote, el toro menos apto del
buen conjunto de los hijos del «Niño de la Capea». El joven madrileño se
apoyó en mil recursos y efectos, como la variedad de su capote, las banderillas
y su innegable valor, aunque sin pasar de la vulgaridad.
En el quinto volvió con todo su arrojo y extensa gama de suertes. La faena
de menos a más a veces fue seguida con cierta indiferencia, aunque tuvo
momentos muy importantes, como en el toreo al natural.
|
|