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Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE PAMPLONA
NAVARRA
Tarde del martes, 11de julio del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Joaquín
Núñez del Cuvillo, faltos de presencia para una feria del toro, varios sin
trapío -3º, impresentable e inválido-, flojos, de poca casta y bastante
mansedumbre y borreguez, excepto 2º, bravo.
Diestros:
-
Manuel
Caballero, estocada tendida trasera, rueda de peones y cuatro descabellos
(silencio); pinchazo y estocada trasera (silencio).
-
Eduardo
Dávila Miura, espadazo que se pierde en el vacío al hacer un extraño el
toro y se cae al suelo el torero, y estocada caída (ovación y salida al
tercio); estocada corta traserísima caída -aviso- y descabello (saluda por
su cuenta y provoca aplausos).
-
Julián
López Juli, cinco pinchazos -aviso-, dos pinchazos más y descabello (ovación
y salida al tercio); estocada caída perdiendo la muleta -aviso- y dobla el
toro (oreja con minoritaria petición).
Entrada: lleno.
Incidencias: el banderillero
Juan Pedro Alcantud, cogido por el 1º, asistido de cornada grave en un pierna y
dos puntazos.
Crónicas de la prensa:
ABC, El Mundo, El
País, Diario de Navarra.
Diario de Navarra.
EFE. JUAN MIGUEL NÚÑEZ. "El Juli" obtuvo hoy
la oreja más barata de los Sanfermines
La oreja más barata de la feria la cortó hoy «El Juli», un trofeo que
cualquier otro torero hubiera sido incapaz de conseguir por la vía de los
efectos especiales, algo que pone en duda la seriedad y el prestigio de la plaza
de Pamplona.
La primera vez
La «julimanía» hace su efecto, por la enorme expectación que hay en torno
al «Juli», sobre todo cuando todavía no se le conoce. Por eso, debutante hoy
en Pamplona, también ha caído de pie en esta plaza. Innegable su valor y
entrega, pero de ahí a valorarsele muy por encima de los compañeros, si se
tiene en cuenta que en la balanza de méritos no hay tanta o ninguna diferencia,
no deja de ser sorprendente. Claro que eso suele ocurrir siempre la primera vez.
Las modas, ya se sabe, después de estrenadas, pierden mucho.
Por eso, se celebró tanto la primera faena del joven «Juli», su vistosa
intervención con el capote, en lances y quites, las banderillas, aunque atacara
siempre por el mismo pitón, la apertura de faena de rodillas, a pesar también
de torear aliviándose por alto, y, finalmente, la actitud firme y decidida de
ponerse frente al toro, exhausto, en terrenos de cercanías.
Un proyecto de arrimón, con el toro acobardado, sin más muletazos que los
de pecho, pero el tendido entregado sin reservas. Fue la clásica «faena de sol»
que tanto se lleva en Pamplona, y que hubiera dado resultado si llega a matar a
la primera.
La gente estaba por la labor y él se dio cuenta enseguida de cómo había
que «torear» también al tendido (una de las virtudes del «Juli» es también
su claridad de ideas: ágil para pensar y rápido y contundente para actuar). En
el sexto repitió toda la coreografía anterior, pero esta vez con el
inconveniente de lucir menos todavía con la muleta.
Faena deslavazada, de pases sueltos y entre enganchones, además de recorrer
mucha plaza. El valor, otra vez, lo presidió todo. Pero ni mucho menos se
esperaba la reacción tan favorable y apasionada del tendido: una oreja que
desacreta al torero y a la plaza.
Caballero, con un primer toro sacudido de carnes y muy bajo de raza, no pudo
pasar de los medios y muy espaciados muletazos. El hombre hizo como que quiso,
en realidad, mareando mucho la perdiz. Total, nada.
El cuarto tuvo más movilidad y mejor son, lo que Caballero aprovechó para
pasarlo de muleta con temple y elegancia, aunque también sin resolver faena.
Dávila Miura, como el más joven de la terna, fue todo arrestos, pero sin el
carisma del compañero. En su primero, larga en el tercio y lances con arrojo y
talento, y un quite por chicuelinas, réplica a otro del «Juli», ganándole en
calidad. El toro en la muleta tuvo siempre un molesto cabeceo y cada vez más
peligro. Dávila no se arrugó, al contrario, puso muchas agallas, y el
resultado fue un par de tropiezos. El empeño del torero se ovacionó
largamente.
Algo parecido en el quinto, otro toro que se las traía, y con el que Dávila
Miura estuvo siempre en actitud de ataque. Incluso con el animal huido a tablas,
«rajado», llegó a interesar el torero en unos rodillazos muy emotivos, pues
corrió la mano como Dios manda, sin ventajas, como si estuviera de pie. La mala
colocación de la espada le quitó una posible oreja.
El Mundo.
JAVIER VILLAN. El Juli o la absoluta
mediocridad
El Juli se llevó una oreja. Sin mayores méritos y sin petición
mayoritaria, a no ser que interpretemos como tal el ruido y el estruendo. Don
Evaristo Ruiz debiera quedar incapacitado para presidir más corridas. El señor
Ruiz no sólo es un mal aficionado, sino que ignora el reglamento. Esta oreja no
maquilla una tarde desastrosa de todos en general y de El Juli en particular.
La tarde se puso hosca y siniestra cuando el primer nuñezdelcuvillo prendió
a Juan Alcantud, le tiró un derrote asesino y le pegó una tunda que lo mandó
a la enfermería. El segundo momento indeseable de la tarde ocurrió cuando Dávila
Miura dudó al rematar un pase y el toro le pegó un puntazo en el glúteo que
le descosió el vestido. Luego, Dávila Miura tropezó y cayó y, a partir de ahí,
ni un pase; resbaló el estoque en una banderilla y Dávila, sin apoyo, volvió
a quedar indefenso. La estocada, arriba y definitiva, supuso un alivio a tanta
incertidumbre. Toreó muy despegado al temperamental quinto, continuamente en
franca huida. Dávila Miura se echó de rodillas y cuajó unos muletazos
corajudos que, de cuajarlos El Juli, se hubiera incendiado la plaza. La
estocada, asesina y en la panza. No fue la tarde de Dávila ni fue la tarde de
Caballero, como ausente e inhibido, si bien es cierto que le tocó un lote
infumable.
La tarde, naturalmente, fue la tarde de El Juli, que se halló con un
ambiente histéricamente favorable sin que nada se le cuestionase. Y como lo
primero es la información y luego la opinión, me reservo ésta y paso a
describir, notarialmente, lo que fue muestra de una absoluta vulgaridad. Abanto
de salida, el tercer nuñezdelcuvillo dio tres vueltas al ruedo. Y cuando empezó
a fijarse en el capote de El Juli, perdió escandalosamente las manos. El Juli
no lo forzó y le cuidó en varas. Antes del segundo picotazo ya estaba el
inteligente chaval pidiendo el cambio. Quite combinando faroles con gaoneras y
el toro por los suelos. Subió la temperatura en banderillas tras la estrategia
habitual de todas las tardes: hacerse de rogar y, en el último momento, mandar
taparse a los peones. De las banderillas, lo mejor las carreras frenéticas y
los regates. Dos derechazos de rodillas y un pase de pecho. Muletazos de pie,
rectificando terrenos y a la carrera. Parado el toro y claudicante, El Juli se
metió entre los pitones. Esta vez la estrategia del encimismo funcionó a
medias. El Juli se arrimó como un perro a un toro muerto en pie. Me detengo más
en este trabajo que en el del sexto, porque representa más fielmente la esencia
del julismo. Fue desarmado Julián López y consiguió la ovación de la tarde
haciendo un desplante de rodillas y a pecho descubierto.
El público estaba con Julián López, incluso cuando el chaval pinchaba y
pinchaba, saliéndose descaradamente de la suerte. Tirándose en marcha, que se
dice en la jerga taurómaca. Hasta siete veces pinchó Julián López de mala
manera antes de un certero descabello. Si después de siete pinchazos, un torero
es capaz de salir al tercio a recoger los aplausos, una de dos: o ha hecho la
faena del siglo o carece de vergüenza torera y tiene mucho morro. El Juli, créanme,
no hizo la faena del siglo.
Y tampoco fue la faena del siglo la del sexto. La presión de El Juli, que se
sabía seguro y a favor de corriente, fue perdiendo intensidad. No importó, el
público seguía coreando su nombre, viniera o no viniera a cuento. Ante el
manso fugitivo y sin clase de Núñez del Cuvillo, mostró El Juli su casta
bullanguera, sus afanes corretones y su vocación de triunfo que nadie le puede
quitar, ni siquiera en los momentos másadversos. Absoluta vulgaridad, total
mediocridad. Miles de mantazos y carreras sin que ninguno, en estos momentos,
sea digno de recuerdo. Que conste, que lo intentó todo. Y que conste que el
sablazo tendido y trasero hubiera bastado para enfriar los ánimos. El toro se
echó. Para entonces, parte de la plaza estaba incandescente. Que parte del público
pierda la cordura no es necesariamente malo. Lo peor es que la pierda un
presidente. Hoy, más de lo mismo. A poco que haga Julián López la va a armar.
El que avisa no es traidor.
ABC.
Vicente
Zabala de la Serna.
El Juli desperdició con la espada un triunfo
cantado
En esta fecha triste, por el aniversario del vil
asesinato de Miguel Ángel Blanco —¡cómo pasa el tiempo!-, se esperaba la
presentación de El Juli en Pamplona como un acontecimiento. Sus posibilidades
de enloquecer el coso pamplonés eran muchas, como así fue. Si no pincha siete
veces en el lomo del tercero igual le corta dos o tres orejas, que todo es
posible, pues si una se llevó del sexto por nada, a poco que le hubiera
funcionado la espada, le regalan el trío (ya se arreglarían para buscar la
tercera). Cuando una plaza se extasía así, todo puede ocurrir.
Julián López se ganó al público sanferminero desde un
principio.Alegró el cotarro con un quite por caleserinas y luego con los
palos.Tres pares por el pitón derecho, dos de ellos bastantes caídos, subieron
los grados de la temperatura ambiente. Muy escasas lucía las fuerzas este
primero de su lote. El Juli supo buscarle las vueltas, se metió entre los
pitones, tiró de recursos, se arrimó como un perro entre la cortedad de los
viajes, peleón y ambicioso de trofeos. Embistió más que el propio toro. El afán
por triunfar le condujo a una absurda precipitación a la hora de matar. Cogía
hueso una y otra vez.Todavía no había salido de un fracaso y ya se perfilaba
para el siguiente encuentro. Quizá veía que se le escapaba la conquista. Hasta
siete veces marró con el acero, que ya está dicho, algo inusual en él.
Al sexto de Núñez del Cuvillo, manso y rajado, lo recibió
con tres largas cambiadas de hinojos en el tercio. Volvió a manejar los
garapullos con atléticas facultades y facilidad, de nuevo siempre por el lado
derecho. A continuación, se puso a pegar pases como si le fuera la vida en
ello, sin orden ni concierto, al por mayor. Por uno y otro pitón, venga
muletazos, sin unidad de terrenos ni reunión. Al final, junto a las tablas, la
joven figura seguía como si le hubieran dado cuerda. El toro no valía nada; la
faena, tampoco. Un espadazo defectuoso y, sorprendentemente, los tendidos se
plagaron de pañuelos.El resultado, una oreja de chichinabo. A tenor de la
reacción del personal, hoy se prevé la de Dios. En cuanto los toros ayuden
algo más, se va a montar el delirio. Mientras sea con más serios argumentos,
pues vale.
Dávila Miura anduvo valiente y firme. No fue fácil el
segundo. Es más, desarrolló genio y peligro con sus constantes cabeceos. Sobre
la diestra, citó en los medios de primeras. Dos series buscaron meter al bruto
en la muleta. En la tercera, bajó mucho la mano, con poder. El nuñezdelcuvillo
se revolvió en el remate de la tanda como un rayo y alcanzó al torero donde la
espalda pierde su nombre. Afortunadamente, sólo hubo que lamentar la rotura de
la taleguilla y la pérdida de equilibrio del sevillano. Al natural, todavía lo
pasó peor, aunque sin arredrarse. Al menos, la emoción no faltaba. En la
suerte suprema, el bicorne claudicó inoportunamente, y Dávila le pegó una
estocada al aire y rodó por la arena. En el siguiente volapié, el estoque
encontró su sitio con eficacia. Una ovación recompensó su esfuerzo.
La sobriedad del nieto del inolvidable Eduardo Miura valió de
poco con el quinto, que resultó el mejor del conjunto hasta que se rajó con
descaro. Sobre la derecha toreó largo y anodino, correcto pero sin chispa ni
calidad. Acabó buscando las palmas de rodillas.
A Manuel Caballero le correspondieron unos enemigos sosos,
simples y aburridos. Los despachó sin despeinarse, con breves faenas, sosas,
simples y aburridas, sin aparentar gesto de contrariedad alguno, como quien oye
llover o es dueño de tres cortijos. El que abrió plaza, con más sentido, mandó
a la enfermería a Juan Pedro Alcantud, tras esperarle en banderillas.
El País. Joaquín
Vidal.
Julijuli
Julijuli: ¿Había tenido antes alguien semejante ocurrencia?
Pues esa nueva voz que va a enriquecer la jerga taurómaca se les vino a la
mente a los mozos de las peñas pamplonesas para corear las apoteósicas
intervenciones de El Juli.
Julijuli, plas-plas; julijuli, plas-plas, tronaban los
tendidos de sol proclamando al orbe (o por lo menos a todo el orbe que hay de
aquí a Tafalla) que El Juli es un tío legal, un fenómeno de la naturaleza.
Cuando lo dicen por algo será, claro. No vamos a discutir.
Sin embargo, viendo lo que le hacía El Juli al toro minusválido, impresentable
y amorfo que le sacaron en primer lugar, uno no le encontraba ni el mérito, ni
la gracia, ni el busilis para que se armara tanto jaleo. Incluso añadiría que
calladitos todos y marcándose una de disimulo le habrían prestado mejor
servicio a la causa julista.
Porque las intervenciones de El Juli eran de pueblo, dicho sin
ánimo de ofender a los pueblos. Y cuando un torero torea de pueblo, lo mejor
que puede hacer la facción partidaria es mirar para otro lado silbando El sitio
de Zaragoza.
Pegó El Juli unas verónicas de parón, quitó mediante un
fregado de faroles y gaoneras, cuarteó tres pares de banderillas de horrenda
factura y pésima colocación, y para el faenar muleteril se puso tremendista.
Uno no reprocharía a El Juli el tremendismo con aquel toro
inválido e indigente porque la verdad es que se lo pusieron como a Felipe II.
Los mozos de las peñas y el público en general, le estaban dejando claro con
aquellas desaforadas manifestaciones de júbilo que valía todo y todo se lo iba
a aclamar. Había un pacto tácito entre El Juli y sus partidarios: tú finges
que te vas a suicidar, nosotros hacemos que nos lo creemos y te cantamos el
julijuli, acompañado del plas-plas, que son palmas.
Y eso sucedió. Poniéndose encimista y pendulando la pañosa
El Juli mientras el toro exhalaba sus últimos estertores, la plaza entera se
proclamaba juligan, las mujeres pegaban gritos de terror, los hombres también sólo
que arronqueciendo la voz al modo macho, y aquella barahúnda habría
desembocado en sobrenatural delirio si no fuera porque falló El Juli, tiene
bemoles el asunto. Y fue El Juli y se puso a pinchar, y mató a la última. Y el
público ya no pudo hacer que se creía que se iba a suicidar. Y -ahora sí- se
puso a mirar para otro lado silbando El sitio de Zaragoza, y a rebuscar en el
bolsón las cazuelicas de ajoarriero y de magras con tomate, cuyo saboreo es un
eficaz liberador de frustraciones; el mejor.
La tarde venía juliana, estaba escrito. Manuel Caballero y Dávila
Miura habrían podido torcer el curso de la historia con sólo ponerse a torear
pero no fueron capaces. Manuel Caballero convertido en vulgar pegapases y Dávila
Miura un tanto torpón, no podían con ese julijuli que parece atravesar horas
bajas.
Manuel Caballero muleteó sin temple ni hondura a dos
mansurrones de corto recorrido. El primero de ellos cogió a Juan Pedro Alcantud
al reunir un par de banderillas y pareció que el hombre no tenía nada pero
llevaba una cornada seria. Si influyó el percance en el ánimo de Caballero eso
sólo lo sabrá el propio Caballero. Aunque podría ser, dadas las precauciones
que se tomó para trastear los paupérrimos ejemplares de su lote.
El segundo de la tarde, en cambio, sacó bravura, achuchó a Dávila
Miura durante su faenar y se recreció al verlo desvalido de recursos
lidiadores. Ya lo advertían los viejos maestros en tauromaquia: "Si no
mandas tú, manda el toro". Al quinto, que se comportó manejable, le sacó
Dávila dos tandas de redondos y una de naturales con cierta ligazón y pues el
público le hacía poco caso, intentó conmoverlo -sin éxito- con una ración
de rodillazos.
Y con estas se llegó de nuevo a El Juli, al toreo de pueblo
de El Juli, al horripilante tercio de banderillas, al tremendista muletear, en
tanto el toro manseaba al estilo asnal buscando su querencia a chiqueros y los
mozos intentaban descubrir cualquier motivo que les diese oportunidad de entonar
el julijuli, plas-plas. Finalmente El Juli mató a la primera, consiguieron que
le regalaran una oreja, y dio la vuelta al ruedo con aires de triunfador. Pero
no es verdad. Lo del Juli y el julijuli fue un artificio, un enredo grotesco,
una farsa, la clásica historia para no dormir.
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