GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE PAMPLONA
NAVARRA

Tarde del martes, 11de julio del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Jandilla, de aceptable presentación, los más justos en hechuras lidiados en lo que va de feria, y que dieron poco juego, a excepción del sexto.

Diestros:

  • Emilio Muñoz, estocada trasera y baja con degüello (bronca); y mestisaca (bronca).

  • Finito de Córdoba, estocada fulminante (una oreja); y pinchazo y estocada casi entera (silencio).

  • Morante de la Puebla, pinchazo, media y descabello (silencio tras un aviso); y estocada (una oreja con petición de la segunda).

Entrada: lleno de «no hay billetes» en tarde nubosa y fresca.

Crónicas de la prensa: ABC, El Mundo, El País, Diario de Navarra.


Diario de Navarra. EFE. Finito y Morante consiguen una oreja cada uno en la quinta corrida de la Feria del Toro 

El primero fue galardonado por el efecto de la estocada, en tanto que el otro toreó con mucha enjundia y verdad  

Una oreja cada uno cortaron hoy en Pamplona «Finito de Córdoba» y «Morante de la Puebla», trofeos de muy distinto valor si se tiene en cuenta que el primero fue galardonado más bien por el efecto de la estocada, en tanto que el otro toreó con mucha enjundia y verdad.

«Morante» marcó la diferencia

Era más que previsible, con la sequía de orejas que lleva la feria, llegaron las rebajas. La gran masa que acude a la plaza con la sana y exclusiva idea de divertirse, no encontraba otra alternativa que no fuera bajar el listón. Y así, una faena de escaso relieve y pocas exigencias, de «Finito de Córdoba», se premió con una oreja, la primera de la tarde. Después vendría una faena mucho más vistosa y auténtica de parte de «Morante» en el sexto, que marcó notablemente la diferencia, y a este, sin embargo, le dieron igual premio.

Aunque hay que advertir que la estocada de «Finito» en el toro de su triunfo, por ejecución y colocación, magnífica en los dos aspectos, valía por sí sola el trofeo. Por lo demás, resulta difícil entrar en detalles de la faena del cordobés, entre otras razones porque prácticamente no los tuvo. Un trasteo «aseado», que diría un revistero antiguo. «Finito» aplicó buena técnica, eligió bien terrenos y distancias, corrió la mano con suavidad y la mayoría de los pases les salieron limpios.

Pero le faltó estrecharse más, pues toreó con el mando a distancia, y hubiera sido necesario sobre todo más sentimiento. También el toro restó lo suyo, ya que casi nunca pasó de las medias arrancadas. Dicho está que la ejecución de la estocada y su rápido efecto letal, fue decisiva para la concesión del trofeo.

El quinto llegó a la muleta defendiéndose mucho, empujando más con el cuello que con los riñones, lo que descompuso a «Finito», quien, no obstante, se deshizo de él sin agobios.

«Morante» nada hizo en su primero, porque nada cabía, pero al menos tuvo la habilidad de pasar desapercibido. El toro, que al primer intento de bajarle la mano fue al suelo, no hizo más que escarbar y ponerse remiso a los cites, sin terminar de pasar ni una sola vez. «Morante» lo mató, y punto.

El sexto, la gran excepción de la tarde, se llevó la faena correspondiente de parte de un «Morante» inspirado y muy dispuesto. Tandas de derechazos de mucho asiento y excelente compostura, a veces con el sello también del sabor sobre todo cuando el toro hizo amago de pararse a mitad de los muletazos. El torero «tragó» todo lo necesario y más, y sin que se le notara, que ese es el verdadero valor. Sin la mínima arruga, al contrario, crecido y sintiéndose mucho, «Morante» dibujó el toreo fundamental con mucha verdad. Tanto que, tras la estocada, y en comparación con el baremo establecido anteriormente, le pidieron el doble trofeo, aunque el presidente concedió sólo uno.

En el lado opuesto de los afectos que dispensó hoy el público de Pamplona, Emilio Muñoz, que no terminó de encontrarse a gusto, vencido por el desánimo y la desconfianza. Quizás el contratiempo del viento que sopló en su primero, quizás que él entendió que el toro se había quedado crudo en el caballo, el caso es que no hizo ni faena de aliño.

La bronca fue de órdago, la más fuerte en lo que va de feria, con gritos y abucheo también de la siempre prudente «sombra» de esta plaza. A continuación aplaudieron al toro para molestar todavía más al torero.

Con el cuarto pudo ocurrir todo lo contrario, excesivamente castigado en varas. El toro llegó a la muleta para el arrastre, limitándose Muñoz a justificar su muerte con un metisaca. Ni que decir tiene que volvió a sonar la música de viento y tantos improperios como en el primero.


El Mundo. Morante, a media luz

Tarde de locos, que no de sublimes locuras. Tarde a medio gas, a media luz los dos, como dice el tango; de medias tintas, del quiero y no puedo. Mas tarde, al fin y al cabo, con toros de casta y alguno de pezuña dura y con muchos pies. Los jandillas se merendaron a los toreros; se los comieron crudos, menos a Morante de la Puebla que, en el umbral del fracaso, emergió y se salvó del desguace por los pelos. A Morante de la Puebla los jandillas se lo comieron sólo medio crudo: vuelta y vuelta. Cosa buena es que el sevillano no cayera del todo en las brasas y no saliera abrasado y en ascuas.

Cada torero, un mundo y una psicología. Cada jandilla, otro mundo. Y casi todos esos mundos bien encornados se fueron sin torear o toreados a medias. La corrida sacó casta y pitones. Y una dosis de bravura que acojonó a los matadores; a unos más que a otros, por supuesto. Emilio Muñoz fue el acojone total; o, sencillamente, los demonios interiores que no le dejan a uno vivir en paz. Y si uno no puede vivir en paz, difícil es que toree en paz y con reposo. Lo de Finito no fue acojone, sino impotencia, que es peor. Porque el acojone se supera haciendo de tripas corazón, como hizo Morante, y la impotencia es cuestión de técnica. Lo de Morante de la Puebla fue la heroicidad del desahuciado al que van a echar a los leones de un momento a otro. Morante salía de San Fermín para meterse en una cartuja y empezar a meditar. No es que salga en plan irresistible, pero algo es algo y menos da una piedra. Emilio Muñoz fue el misterio incomprensible y sombrío. Vayamos por partes.

Primero, Morante de la Puebla que, a mi modesto y leal saber y entender, fue quien dibujó apuntes que dan vida y razón de ser al arte de torear. Se desfondó demasiado pronto tras la promesa de faena en el tercero, se vino abajo, se marchó al limbo, que es de donde nunca se sale. En esos momentos ¿cómo apostar por un ser tan desvalido, indefenso y sin perfiles? El trazo leve, los apuntes de torería en momentos tales son peor: un sarcasmo. Y llegó el sexto y apareció un Morante no en plenitud, aunque responsable y, acaso, un poco a la desesperada. Los ayudados por alto, los redondos y algún natural, recompusieron una figura en ruinas. Y le devolvieron al sevillano la confianza. Varios muletazos fueron del más puro morantismo: gracia, seriedad y hondura. Y los bajonazos también fueron marca de la casa. Sale Morante de la Puebla justificado en el ultimísimo momento sanferminero; que sea para bien. Si lo de Finito de Córdoba mereció una oreja, lo de Morante merecía el rabo.

Finito pareció que había agotado su inspiración y su maestría en el celebrado indulto reciente de Barcelona. Pegaba un trapazo después de una carrera, se ponía fueracacho, el toro le tropezaba la muleta, y el cordobés se daba más aires que el Guerra. La estocada sí fue de ley y eso desató los pañuelos y las pasiones que ya venían más o menos desatadas. Más que la faena de Finito, pesó en la plaza su triunfo de Barcelona y el indulto citado; los éxitos tienen un efecto de dominó. Sólo que ese efecto se derrumbó como un castillo de naipes ante la casta dura y la movilidad del quinto; el jandilla devoró a Finito. Pesadillas va a tener el cordobés de Sabadell de lo que pudo ser un sueño de gloria.

Camarón que se duerme, la corriente se lo lleva. Se durmió el cuarto bajo el peto y, con la complacencia del matador, el piquero lo mató.

Emilio Muñoz consumó ayer en Pamplona dos asesinatos: uno por propia mano y otro por delegación. A su primero lo ejecutó de infame bajonazo; a su segundo, lo mataron en varas. El vil bajonazo, en la modalidad del metisaca, fue como el tiro de gracia, como rematar vilmente a un muerto. Emilio Muñoz anduvo toda la tarde entre broncas y rechiflas. Castigo mínimo para una actuación merecedora de juzgado de guardia. Aquí no hubo media luz, como en Morante, o impotencia como en Finito; hubo una deserción. Y eso, en el frente, se dilucida en un juicio sumarísimo.


ABC. Vicente Zabala de la Serna. El corazón de Morante parece que late

El sol se había puesto en Pamplona. La luz de la torería había desaparecido por el horizonte de verdes montañas. El frío invadía el alma del aficionado, una destemplanza interior desazonadora. El amante de la Fiesta suele ser hombre de extremos, que pasa del desastre a lanzar las campanas al vuelo. Ayer, cuando menos, campanillas hubo, un repique destellante, intermitente. Un vaso de agua en el desierto, un obsequio para la vista. ¡Qué poquito necesita la afición para ser feliz! Tanto es así, que sólo con la oreja cortada por Finito de Córdoba ya salía medio contenta. Finito, hasta el sexto, era el tuerto en el reino de los ciegos, en la capital de Navarra, en la universal Feria de Pamplona. Pero ahí apareció Morante de la Puebla para decirle al doctor en Tauromaquia, a la crítica en general y al público sanferminero, que su corazón parece que late otra vez, que su electrocardiograma vuelve a cobrar pulso, quizá premonitorio de una recuperación cercana. Habrá que esperar a que el enfermo dé muestras continuadas de su restablecimiento, porque por una sola tarde nadie pasa de estar desahuciado a vivir en plenitud, unos cambios radicales muy propios de España y, en especial, de la Prensa: ayer eras muy malo, hoy eres muy bueno.

Pues ni tanto ni tan calvo, porque el diestro de La Puebla del Río anduvo perdido con el cornalón tercer jandilla de la jornada, un toro que se vino abajo de golpe y porrazo. Salvo los compases previos de la faena, la carencia de ideas y recursos presidió el resto. Pero hete aquí que por el fonendoscopio se escuchó un jaleíllo interior en el pecho del torero: «¡Vamos, ahora, que dale, que toma!» Eran los duendes de una corrala flamenca. A la mente de Morante subieron los ecos, y el inicio de la última obra siguió el compás: «¡Vamos, ahora, que dale, que toma!». Y de nuevo la sevillanía a flote, preciosista y mágica en los muletazos preliminares.

Sobre la mano derecha continuó, templado, esteta, ligado. Sí, ayer sí, no siempre, mas hilvanaba los pases, los derechazos, y se quedaba en el sitio. El obligado pectoral lamió el lomo y la trincherilla de despedida de la siguiente tanda fue un «crujío». Todavía hubo un manojo más de muletazos diestros que el franco y terciado animal tomó con largura. Lástima que al natural apenas surgieran cuatro, espaciados por la ya entonces falta de codicia del jandilla por ese pitón. Cambió de mano, un par de molinetes, el cierre y pequeños arabescos. No hundió la espada arriba, sino más bien abajo de la cruz, lo cual no fue óbice para la conquista de la oreja, un trofeo que le debe servir de aliento.

Quebrantada cintura

Finito de Córdoba, que sustituía a Ponce, apuntó dos verónicas en el saludo de presentación ante el serio segundo, y esbozó un trincherazo y un cambio de mano, para abrir boca y el último tercio, de nota notable. Pronto cogió la izquierda y todo su empeño se fue en guiar con largura la embestida, aun en sacrificio de la verticalidad y la estética. El matador cordobés se tumbaba sobre la quebrantada cintura y tiraba de unos viajes cada vez más cortos y costosos. Antes de que se apagara del todo el animal, al natural, con la figura erguida, Finito dejó constancia de que sabe torear mejor que todo aquello. Faena medida la suya, sin entusiasmos, pero en la tónica de recuperación que marca su temporada. Rubricó con una estocada que le aupó con un trofeo.

El rey o el tuerto

No redondodeó su actuación con el quinto, gazapón y sin ninguna clase. La faena consistió en tirar líneas y evidenciar dudas. Corramos un tupido velo, también sobre el manejo de la espada. Hasta entonces era el rey o el tuerto, que ya está dicho. Porque Emilio Muñoz, que reaparecía tras el percance de Sevilla, consiguió unanimidad en el cabreo: no quiso ni ver al burraco y bonito primero. Quejoso andaba de que el presidente hubiera cambiado el tercio de varas con dos puyazos. Quizá quería destrozarlo como luego hizo con el feble cuarto. Aquel que inauguró su lote no dio señales de maldad alguna. Desde luego, no se mereció la infame suerte del bajonazo alevoso como fin de su existencia ni tampoco el otro la sucia cuchillada en los costillares en forma de metisaca. Vaya forma de acabar.


El País. Joaquín Vidal. Va a nevar

Hace un frío que pela y los navarricos, con ellos los forastericos, nos hemos tenido que poner camisetica, jerseicico, cazadorica, osico polar, lo que hubiera a mano. "A Pamplona hemos de ir con la bota y un calcetín", predica la canción. Pero el calcetín que sea de lana. El aire helado y las nubes negras presagiaban que va a nevar y no sería extraño pues los meteorólogos pronosticaron nieves en el Pirineo que está ahí al lado.

"Los toros con sol y moscas" es el otro dicho y evidentemente no se podía cumplir. Claro que de eso no era responsable nadie. Si de repente ha venido el invierno a Navarra la culpa no es de Enrique Ponce. Además Enrique Ponce, que anda molesto de cervicales a consecuencia de una voltereta, no pudo acudir a Pamplona, donde estaba anunciado, y le sustituyó Finito de Córdoba que se entretuvo en cortar una oreja.

Finito de Córdoba está que se sale: un día indulta un toro, 48 horas más tarde le corta la oreja a otro, y se queda tan ancho. Lo del indulto fue en Barcelona el domingo y es de suponer que lo haría con mejores trazas artísticas que en Pamplona donde, una vez premiada, la faena, ya estaba cayendo en el olvido.

"¿Usted recuerda la faena de Finito de Córdoba?", preguntaba un perplejo aficionado mientras Finito de Córdoba daba la vuelta al ruedo mostrando orgulloso el trofeo.

Había que hacer un esfuerzo... Sí, dio unos naturales desvaídos..., dos tandas de derechazos rectificando terrenos, volvió a los naturales en la modalidad del unipase... Francamente no era mucho para merecer la oreja, mas se constata que mató a la primera y este hecho singular motivó al público pamplonés para pedir la oreja y al presidente para concederla.

Oreja obtuvo también Morante de la Puebla. Los toreros, al menos los dos mencionados, estaban que lo tiraban. O acaso el que lo tiraba era el público pamplonés. Todo en toreo se mide según las circunstancias. Y así el juicio que merece un torero varía mucho si le ha precedido su colega Emilio Muñoz.

Los derechazos de un torero, si antes ha intervenido Emilio Muñoz, no se ven con los mismos ojos. Emilio Muñoz, por ejemplo, pegó sendos sainetes, y cuando comparecieron después sus compañeros de terna, parecían Lagartijo y Frascuelo convertidos en pareja de hecho.

Finito de Córdoba muleteó con relajada apostura al maravilloso toro segundo del que obtuvo la oreja. Y, en cambio, al quinto lo trasteó corretón y crispado, sin aguantarle las embestidas porque el animal sería noble pero lo manifestaba mediante la casta propia de los toros bravos y ya se sabe que la casta brava a los toreros modernos les da estrés.

A Morante de la Puebla le correspondió en primer lugar un toro asimismo noble que le desbordó mientras tuvo fuerza para embestir, y cuando empezó a tardear tapó su falta de recursos lidiadores. Este es un torero -Morante- de difícil catalogación. Porque tras mostrarse absolutamente incapaz de realizar un toreo de mediano fuste, sale su nuevo toro y le enjareta unos ayudados por alto y por bajo, unos pases de la firma, unas trincherillas de enjundiosa técnica y luminosa sevillanía.

La faena que siguió, casi toda por la derecha, careció de hondura aunque no le faltara gusto en la interpretación de algunos derechazos. Bajó mucho en la única tanda de naturales que instrumentó corriendo. Volvió a brotar la chispa de la gracia sevillana en las trincheras y los cambios de mano; y cobró finalmente una estocada que fue suficiente para justificar la oreja, segunda de la tarde y tercera de la feria.

Y ese pudo ser un brillante broche de la corrida si no fuera porque parte del público pasaba ya de pegapases y de corrida, y salió corriendo a tomarse un cafelito y guarecerse del viento helado que traía del Pirineo el negro atardecer. Y porque otra parte, aguardaba a Emilio Muñoz para tomarse venganza por su intolerable inhibición, por sus desastrados trasteos, por las cuchilladas infames que propinó a los inocentes toros. Y cuando se iba le lanzaron almohadillas, y le llenaron de improperios, y si no le tiraron al pilón fue porque en Pamplona no hay pilón.

 

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