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Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE PAMPLONA
NAVARRA
Tarde del lunes, 10 de julio del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Torrestrella,
desiguales de presentación; mansotes en varas y muy bajos de casta. Blandearon
casi todos. Nobles y manejables primero, quinto y sexto; segundo, encastado y
listo; mansos y deslucidos tercero y cuarto.
Diestros:
-
Pepín Liria,
pinchazo, estocada saliendo prendido y descabello (ovación tras un aviso);
y pinchazo, media y descabello (silencio tras un aviso).
-
Miguel Abellán,
pinchazo, otro hondo y cuatro descabellos (silencio); y estocada y dos
descabellos (ovación tras un aviso).
-
Morante de la
Puebla, estocada en los blandos y descabello (silencio tras un
aviso); y pinchazo y estocada casi entera (silencio).
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa:
ABC, El Mundo, El
País, Diario de Navarra.
Diario de Navarra.
EFE. Otra tarde desolada de toros en la Feria de San Fermín
La llamada feria del toro, en la edición de este año, parece un
contrasentido por lo que anuncia, hoy también en la corrida de «Torrestrella»,
inútil para el lucimiento, salvo la excepción del sexto, que tampoco fue
aprovechado.
Los toros no dieron la talla
Llegaron las figuras a la feria y nada se ha arreglado. Se supone que con
los toreros de más nombre venían también toros de más garantías. Pero ni
los primeros justificaron su cartel, ni la ganadería dio la talla. Pamplona,
singular en sus gustos y valoraciones por toros y toreros, a veces se pronuncia
algo exagerada en sus preferencias, de forma que puede ofrecer como hoy
combinaciones raras en los carteles: el valeroso Liria, con el artista «Morante»,
y cerrando terna una especie de simbiosis de ambos, Miguel Abellán.
Nada que objetar a la combinación de nombres, puesto que todos tienen
derecho a torear, sobre todo cuando les respalda una hoja de servicios ejemplar,
como es el caso de los tres en esta plaza. De hecho la terna salió a darlo
todo, con disposición y firmeza, con entrega y seriedad. Toreros valerosos,
incluido el artista, pero sin los toros propicios para materializar el triunfo.
La corrida de Alvaro Domecq tuvo fachada y ningún contenido. Toros de medias o
nulas arrancadas y sin humillar lo suficiente.
Liria lució valor y honradez, desde el lance a porta gayola con el que saludó
al que abrió plaza y hasta que vio doblar al cuarto. Aquel primer toro, brusco
por el derecho y de extrema sosería por el izquierdo, llevaba siempre la cara
natural, es decir, a media altura, tirándole un par de acosones cuando intentó
el toreo en redondo. Se empleó más el torero al natural, en pases muy
espaciados, lógicamente sin estética ni emoción.
En el cuarto, otro toro que no terminó de descolgar ni de pasar, Liria volvió
a ponerse con idéntica disposición, alternando las dos manos, pero sin
resolver nada.
El primer toro de «Morante» se quedó en las zapatillas en los lances de
saludo, y a partir de ahí «rebañó» también por los dos pitones. Aparentes
ganas las del sevillano, aunque la falta de colaboración del toro impidió que
aquello no pasara a mayores.
El quinto, toro encastado, se movió más, pese a que terminaría también
yendo a menos hasta buscar la querencia de tablas. «Morante» lo saludó con
unas notables verónicas, y en la muleta, mientras el toro se desplazó y tuvo
repetición, derechazos de buen corte, de trazo firme y seguro. Pero la faena
fue a menos, notándose las desigualdades del toro que punteó por el pitón
izquierdo.
Abellán repitió en sus dos toros y por enésima vez el lance de moda esta
temporada y feria, la larga en chiqueros, algo que al estar tanto en uso también
corre el peligro de depreciarse. Una suerte, en fin, que se prodiga quizás
demasiado, aunque hecha siempre con el corazón del torero por delante, de
indudable mérito. El toro, que peleó con mal estilo en el caballo y esperó en
banderillas, se arrancó en la muleta pegando arreones y sólo para tragarse el
primer pase, ya que para el siguiente había que recolocarse e insistirle mucho.
Abellán probó en todos los terrenos y distancias. Una porfía más que
aparente, aunque inútil del todo.
El sexto fue el toro de la tarde, pero con el ambiente tan en contra que se
había creado hasta ese momento tampoco llegó con él la faena deseada. Y no
llegó también y sobre todo porque Abellán tuvo demasiadas torpezas, por
ejemplo, cuando intentó el toreo fácil y de cara a la galería en la apertura
de faena, luego dos desarmes, entremedias hizo un toreo al natural pausado y con
estética, aunque acabó otra vez perdiendo la muleta en un molinete de
rodillas. Entró a matar con agallas, a pesar de lo cual necesitó de dos
descabellos. Había sido toro de oreja y no dio ni la vuelta al ruedo.
El Mundo.
Peor y más vulgar imposible
Los torrestrellas no se comieron a nadie y los toreros no se comieron una
rosca. Liria, Morante, Abellán: vaya tres patas para un banco. Y el banco de la
tarde, salió naturalmente, cojo. Si los toreros quieren hacer un alarde, que lo
hagan de verdad; y que se dejen de mandangas. Que se vayan a portagayola como
Dios manda pues, que yo sepa, no es lance a portagayola el lance dado en los
medios, sino en las rayas cerca de la puerta de chiqueros. Tres cosas tenemos
que contemplar aterrorizados todas las tardes: la larga cambiada de rodillas a
portagayola, que no es nada de lo que dice su enunciado; el pase cambiado por
detrás, haciendo el péndulo; y el mirar a los tendidos como si el torero
esperase o estuviera viendo una aparición. A esto, Pepín Liria añadió ayer
unos cuantos molinetes de estrambótica factura; y una voltereta, al entrar a
matar, que le dejó destrozada la taleguilla. Si los otros lances son
indeseables, la cogida lo es más, obviamente.
Si hay que soportar las modas, o sea los gestos repetitivos y miméticos, a mí
me gustarían otras. Por ejemplo, el pase cambiado genuino, el de Antonio
Bienvenida y otros maestros, a muleta plegada y por delante. También gustaría
a todos los aficionados la moda de cargar la suerte, con todos los sentidos en
el cite y los terrenos. Y, lógicamente, la estocada en el hoyo de las agujas
saliendo por el costillar y sin perder la muleta. Esas son modas por las que
muchos aficionados se dejarían arrebatar. A Pepín Liria debió de dejarle
alguna secuela perniciosa el prendimiento en la estocada a su primero. Si no, no
se explica ese cansancio, ese descoloque y esa ausencia. Parecía un mozo que
hubiera pasado la noche sin dormir, entregado al bebercio y a otras prácticas
saludables pero poco santas.
Morante de la Puebla no es el mismo desde la cornada de Sevilla. Esto es una
obviedad: nadie somos los mismos en ningún momento de nuestra vida. Y mucho
menos los toreros, cuya identidad permanece, mas sus manifestaciones concretas
están condicionadas por las condiciones de los toros. Lo que se constata aquí,
y con pesadumbre verdadera, es la distorsión de una identidad taurina. El
estado de ánimo actual de Morante es delicuescente, evanescente y fantasmagórico.
Prueba de esa fragilidad indefinida fue el bajonazo infame e intencionado al
segundo. Quiso parecerse a sí mismo en el quinto -muñeca, cintura y mano baja-
y le faltó aguante y quietud. O sea que todavía fue peor.
Entre las largas de rodillas, -éstas, sí, un poco más cerca de las rayas-
los derechazos de apertura y algunos pases de pecho, Abellán se pasó más
tiempo de rodillas que de pie: mal el torrestrella y mal el torero; distantes y
sin querer saber nada el uno del otro; entre ambos cabía todo el mocerío
pamplonés con sus pancartas y sus estruendosas bandas musicales; es decir, ni
ajuste, ni armonía ni músicas. Siguió igual de penitente y efectista Miguel
Abellán en el que cerraba plaza. Aquí hubo más conjunción, pues el toro de
Torrestrella perdía con frecuencia las manos y se arrodillaba. Algunos
naturales no absuelven a Miguel Abellán de una tarde vulgar. Fue desarmado tres
veces, aunque lo peor es que con un toro bondadoso y pastueño, Abellán nunca
se puso en entredicho. Un día tengo que escribir yo un tratado memorable sobre
las largas cambiadas de rodillas, aunque casi nunca son, como queda dicho, a
portagayola; pero antes tengo prometido el elogio del bajonazo para el que
Morante hizo ayer méritos sobrados. Por hoy, me limitaré a constatar un suceso
alarmante: las horas bajas de dos toreros que empezaron la temporada arrasando:
Morante de la Puebla y Miguel Abellán.
ABC.
Vicente
Zabala de la Serna.
Ni al del carrito del helado le cortan las orejas
La lluvia ya ha hecho acto de presencia en San Fermín. La mañana
se metió en agua hasta bien pasado el mediodía. La tarde se presentaba
amenazante y oscura. Al final, un par de amagos de sirimiri y punto.
Juro que a estas alturas de la crónica, que todavía ni eso es, tal y como
transcurrió la corrida, me cuesta un mundo romper a escribir. Una mano daría
por contar con el talento de Cañabate para perderme en el costumbrismo o en las
anécdotas de un almuerzo o en las cocochas que devoró Miguel Criado sénior,
que si las ve el bueno de Ernesto González en su Cádiz natal les pone un piso.
Pero no hay de donde sacar historias distintas a las sucedidas en el ruedo ni
gracia para contarlas si las hubiere. Claro, que menos chispa guarda lo
acontecido en este sexto día sanferminero y no cabe otra que plasmarlo aquí.
La culpa que no la busquen ayer únicamente en los toros de Torrestrella,
porque saltaron sobre el albero ejemplares que sirvieron, que se movieron con
nobleza. Al menos tres ofrecieron posibilidades de éxito. Desde el primero,
aunque le costaba humillar, pasando por el quinto, que acabó rajado, hasta
llegar al dulce sexto. Y qué hicieron los toreros, pues eso digo yo, qué.
Pepín Liria, además de postrarse a portagayola con el que abría plaza,
toreó al por mayor. O sea mucho. Torear en cantidad no se traduce por calidad.
Liria entendió que el pitón izquierdo del lindo burraco, astifino y vareado,
era el fetén, pese a su escasa capacidad para descolgar la embestida. Así que
al natural ofreció tres series, de cuatro o cinco muletazos cada una, lo cual
da un total de quince naturales, más o menos. Siguió una cadena de molinetes y
otros pases zurdos a pies juntos mirando al tendido. A la hora de matar, tocaba
pasar por el pitón más inquietante, el derecho. Pinchó en el primer encuentro
y resultó prendido por el muslo en el siguiente. Si no le atrevesó la pierna
fue porque Dios no quiso. Descabelló y escuchó una ovación a la buena
voluntad.
Feo estilo
Lástima que no aprovechara mejor la ocasión, ya que el cuarto, de
más seria presencia, derrotaba de manera constante y reiterativa, con feo
estilo, sin entregarse nunca. Otra vez la faena se prolongó en el tiempo hasta
el aviso.
Las hadas no logran recuperar a Morante de la Puebla, por el momento. Ante el
bajito segundo tiró las tres cartas, después de comprobar que los viajes no
eran todo lo largos que quisiera —tampoco el inicio rodilla en tierra, o casi,
recortando las embestidas, ayudó—. El bajonazo fue de nota. Parecía sin
embargo que con el manejable quinto iba a cambiar las tornas. Los compases
previos, en le tercio, pletóricos de torería, preñaron los tendidos de
esperanzas. Pero poco a poco la cosa decayó. Todavía una serie diestra mantuvo
la incógnita, antes de que empezara a evitar con descaro la ligazón de los
muletazos. Pegaba uno aquí y el siguiente cinco metros más allá. Alguno con
aroma, sí, mas deshilvanados y sin continuidad. ¿Por qué no dejaba la muleta
en la cara ni pisaba el sitio que hay que pisar ni buscaba la unidad de
terrenos? Por ahora no hay recuperación. Todo el ruedo se había recorrido ya,
cuando el torrestrella se rajó, aburrido de elegir sin oposición por donde
quería ir.
Miguel Abellán se estrelló contra su primer enemigo, todo y sólo pitones,
que se mostró reservón y ojo avizor. Fue recibido a portagayola; en la
siguiente larga, con los chiqueros a la espalda, Abellán se jugó el cuello. No
hubo material para más, aparte del prólogo de hinojos del último tercio. Otra
historia traía el sexto en la embestida: almíbar. Ahora que había ocasión,
que se intuía el triunfo, la obra transcurrió con intermitencias. Y es que
tres desarmes y no pocos enganchones en los remates deslucieron la cuestión y
dieron una imagen de torpeza. Dos pases cambiados por la espalda, de primeras,
provocaron la emoción; algunas series de naturales ceñidos también conectaron
con los tendidos por su largura, como la despedida zurda a pies juntos. Pero el
conjunto no alcanzó la altura que el toro merecía.
Tras semejante tarde, cabe preguntarse qué les hace falta a estos toreros de
hoy para triunfar y cortar orejas. Tal vez que salga el del carrito del helado.
Y a lo peor ni por esas.
El País. Joaquín
Vidal. Lo
que sea menos torear
Va a entrar en su ecuador la feria de San Fermín y aún no se ha visto
torear.
Los toreros, es evidente, no están por la labor. Para otras cosas, sí, lo
que haga falta. Pero eso de torear, eso de traerse al toro embarcado y ligarle
los pases, aquello de parar, templar y mandar cargando la suerte, que era
paradigma de las reglas del arte, que se lo pidan en la tumba a José y Juan,
que al parecer lo hacían, o a Corrochano, que luego lo contaba y dejaba
constancia escrita del canon.
La verdad es que lo hicieron muchos otros toreros. Y la mayor parte de ellos
lo fueron perfeccionando. Y al cabo de los años, gracias al esfuerzo e incluso
el sacrificio de todos, quedó definido un toreo fundamental cuya expresión máxima
era la verónica con el capote, con la muleta el natural, ejecutadas ambas
suertes con el riesgo, la técnica y la estética derivadas del canon, que
requiere parar, templar y mandar... cargando la suerte.
Han venido, sin embargo, los toreros modernos, y de ese arte no queda nada.
Los toreros modernos, entre los que se cuentan, por su puesto, los de la feria
sanferminera, han manipulado ese arte, lo han convertido en grosera mueca con
apoyo del taurinismo mendaz; y aprovechando que los aficionados han sido
sustituidos en las plazas por un público desinformado y anuente, se dan a los
sucedáneos, que pretenden enmascarar mediante ademanes bravucones y remilgadas
aposturas. Bueno, es una forma de señalar, pues lo que uno pretende es decir -sin
ofender- que son unos presuntuosos y unos cursis.
Pepín Liria al primer toro y Miguel Abellán a los dos de su lote, se fueron
a recibirlos a porta gayola, y Abellán, al sexto, aún siguió tirándole
largas cambiadas de rodillas. En cambio, ya de pie, fueron incapaces de ejecutar
ni una sola verónica con mediano ajuste y fundamento. Claro que, una vez
rematada a la buena de dios la serie de astrosos lances, se marchaban de la cara
del toro contoneando el cuerpo como si acabaran de recrear algo grandioso o amagándole
reveses como si se hubiesen quedado con las ganas de darle de bofetadas. Y
Morante de la Puebla tampoco les fue a la zaga. Pues adoptaría posturas cañís
este esperado y cantado Morante de la Puebla remarcando su sevillanía de
origen, mas largaba tela, abría hacia fuera el lance y marcaba el viaje del
toro por la lejanía.
Así como están de moda las porta gayolas en el toreo de capa, en el de
muleta se llevan los rodillazos y los pases cambiados por la espalda citando de
largo en los medios. Pepín Liria y Miguel Abellán, efectivamente, cumplieron
puntualmente los dictados de la moda y una vez desarrollada la muestra de esa
versión del tremendismo hortera sin perdonar detalle, la emprendieron a
derechazos y naturales sin cuajar ni ligar en divina forma ni uno siquiera.
El toreo que ensayaba Pepín Liria era el del arrojo desmedido, con mayor
incidencia en la forma para impresionar a la galería que en el fondo para hacer
honor a la pureza del arte de torear. Abellán toreaba desligado por todo el
redondel y al sexto de la tarde, un Torrestrella de maravillosa suavidad, dotado
de una embestida excepcional por el pitón izquierdo, le instrumentó docenas de
naturales en diversas tandas y no logró reunir macizo ni resolver ligado
ninguno.
Ni cambios por la espalda ni agrestes rodillazos intentó Morante de la
Puebla, que probablemente posee distinta concepción del toreo; lo cual no
significa en absoluto que llegara a torear. Antes al contrario, aún toreó
menos que sus compañeros. Con el segundo toro porque no lo quiso ni ver y a los
pocos derechazos ya lo estaba aliñando. Con el quinto porque la noble boyantía
del animal puso de relieve las muchas carencias técnicas, artísticas y anímicas
de Morante de la Puebla en la tarde de autos, escurriendo el bulto al rematar
cada pase, corretón durante el abundoso trasteo, incapaz de reunir en los
naturales, sin temple ni ligazón, abusando descaradamente del pico y, por si
fuera poco, autor del más escandaloso bajonazo que se haya visto en la feria.
El aburrimiento del público y el desprestigio del arte de torear provocaron
los tres modernos coletudos con esa tauromaquia aberrante que ha impuesto la
incompetencia y la corrupción de quienes manejan el cotarro. Y los tres son
figuras; a los tres les contratan para las grandes ferias. Así está la fiesta.
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