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Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE PAMPLONA
NAVARRA
Tarde del domingo, 9 de julio del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Partido de Resina, (uno
se inutilizó en los corrales), con gran presencia, flojos, poca casta,
mansurrones. 4º de Manuel Ángel Millares, de discreta presencia y escaso
juego.
Diestros:
-
El
Fundi, espadazo que lanza al vacío, se va detrás y cae al suelo de
bruces; tres pinchazos, media y rueda de peones (silencio); pinchazo
perdiendo la muleta, pinchazo y descabello (silencio).
-
Juan
José Padilla, metisaca bajo, pinchazo hondo, rueda de peones -aviso- y dos
descabellos (silencio); pinchazo, bajonazo, rueda de peones -aviso- y
descabello (silencio).
-
Víctor Puerto,
dos pinchazos bajos y estocada corta trasera baja (silencio); pinchazo
hondo, tres pinchazos más, en uno de los cuales sufre un corte en la mano,
y estocada perdiendo la muleta (silencio).
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa:
ABC, El Mundo, El
País, Diario de Navarra.
Diario de Navarra.
Barquerito. Mejor la fachada que los hechos
Oficio de El Fundi, voluntad de Padilla y seguridad imponente de Víctor
Puerto
Sueltas, hubo cosas estimables: la facilidad y el desenfado de Víctor
Puerto, el oficio de El Fundi, la voluntad de Padilla, la belleza escalofriante
de la corrida de "pablorromeros", que, con la sola excepción del
sexto, galoparon de salida con un tranco conmovedor. Pero junto y entero no llegó
a brillar del todo ni en serio nada. Nada que pudiera romper ese muro de runrún
ensordecedor que en Pamplona sólo se quiebra con las cosas que se salen de patrón.
Llamar "silencio" a ese runrún de las peñas no es el colmo de la
precisión verbal, pero la corrida produjo contados sobresaltos y se saldó en
silencio. A pesar de su aparato, de su trapío excepcional: un tercer toro, por
ejemplo, de hermosa pinta cárdena clara, armado hasta los dientes y de olímpica
musculatura, o un quinto de sobresaliente hondura, cuya salida habría provocado
en cualquier otra plaza menos curada de espanto una ovación de trueno. Una vez
más, la corrida de "pablorromeros" fue una colección de museo. En
manos de sus nuevos propietarios, la histórica ganadería volvía a San Fermín
tras una ausencia de siete años. Imposible pensar en una fachada más
espectacular para celebrar el regreso.
De cara a la galería
Fue corrida, sin embargo, mucho más de fachada que de hechos. Con un más
que aceptable inicio, porque el toro que rompió plaza fue el que más y mejor
se empleó, y con un deslucido remate, porque el imponente quinto y el inmenso
sexto, muy sacado de tipo, hicieron demasiadas cosas feas de manso. Un accidente
en el encierro impidió a los ganaderos lidiar entera la corrida y de ella,
remendada con un cuarto toro de Manuel Angel Millares, contó la primera mitad,
que fue con diferencia más potable que la segunda. El Fundi, suave y templado
con el capote para fijar al primero y valiente con los palos en un tercio de
banderillas compartido con Padilla, se acopló con seguridad con el noble y dócil
primero. Apertura de telonazos en los medios y porfía fácil luego en el mismo
sitio con las dos manos y a media altura, porque a este bondadoso toro le fal tó
humillar. No meter la cara ni venirse, que eso sí lo hizo. El Fundi optó
honradamente por la faena convencional, por querer ligar en un palmo, y a eso se
avino poco el toro. Más movida, más buscando el uno a uno -empalmando
muletazos y no pretendiendo ligarlos-, la faena hubiera tenido seguramente mejor
solución. A El Fundi le costó cruzar con la espada -por la cara arriba del
toro, que acabó, además, esperándolo- y sólo acertó a hundir media al
cuarto viaje. El buen sabor de boca dejado antes se diluyó.
El toro de Manuel Ángel Millares que el torero de Fuenlabrada mató en
cuarto lugar no tuvo nada que ver en estilo ni son con los dos de ese hierro -entre
visto uno y visto bien el otro- que se jugaron el sábado aquí mismo. Manso,
cabezón, alto de agujas, este cuarto de festejo cobardeó y racaneó. El Fundi
se inventó lo que pudo y, colocado al hilo del pitón, hasta sacó algún
muletazo de categoría con la diestra. Cuando se rajó el toro, El Fundi cortó
por lo sano.
Juan José Padilla, héroe en Pamplona hace un año y esperado como tal esta
vez, sorteó el peor lote de la corrida. Se fue a porta gayola en sus dos turnos
como si lo hiciera de oficio y las dos veces esperó el cañonazo impertérrito
para vaciar sendas largas afaroladas como el que lava. Al segundo le pegó en el
tercio otras dos largas cambiadas de propina y a los dos los toreó con seriedad
con el capote. Banderilleó con acierto y un par de poder a poder al quinto en
el mismo platillo fue formidable. Pero los deseos del torero de Jerez se
acabaron estrellando contra las circunstancias. El segundo, tardo y topón,
rebrincado y sin fuerzas, fue un ejemplar de los de "¡Je, toro, je!"
y ni así quiso. El quinto, que Padilla brindó a Don Alvaro Domecq, resultó
ser, tras sus alocados galopes de salida, un toro tocho, distraidísimo y de
renuncia sin condiciones. Sólo cupo matar a los dos con habilidad tras muchos
intentos en vano.
Puerto, el mejor
Víctor Puerto hizo las mejores cosas: las más brillantes, las más seguras.
Sobrado hasta límites sorprendentes con el tercero, firme de verdad, suelto de
brazos, sin una sola duda, manejó a su capricho a ese toro que empezó a
salirse distraído de las suertes muy pronto. Tanta seguridad prendió la atención
y fue valorada, pero Víctor pinchó dos veces antes de enterrar media caída y
no hubo premio. Aunque el sexto fue toro con problemas , por lo mucho que
desparramó la vista y por incierto, Víctor solucionó la cosa con
desenvoltura, serenidad y carácter. Robando pases, moviendo al toro, buscando
las vueltas. Pero fue, por prolija, faena de interés decreciente. Y de nuevo
con la espada el torero manchego no halló el sitio ni el momento a tiempo.
El Mundo.
Javier Villán. «Pablorromeros», otro petardo
Al doblar el tercer toro habían crujido los cimientos de los pablorromeros,
hoy Partido de Resina, y la tarde amenazaba ruina inminente. Pero con la
merienda llegó la tregua: una ruina aplazada. Yo creo que lo de la merienda es
una baza estratégica para situaciones como ésta. El tedio se desploma como una
nube negra sobre la arena y de pronto, ¡zas!, la merienda; todos salvados.
Hasta los toreros y los toros. Del viejo lema romano, pan y circo, aparece el
pan y adiós al circo.
Si ayer El Fundi, un suponer, se hubiera dedicado al condumio y la manduca
entre las 19.40 y las 19.45, no hubiera pasado nada. Y antes, si me apuran,
tampoco. El de Fuenlabrada lo hubiera pasado como Dios y a muchos no se les
hubiera atragantado el bocata de jamón. Las faenas de algunos toreros -ayer
todas- son malas para la salud; y nocivas para una digestión sana. No es verdad
que el eucarístico convite pantagruélico distraiga la atención del público
pamplonés; simplemente hace que se exprese de otra forma. Ante algunos toros y
algunos toreros, empiezan los ardores de estómago y los dolores de cabeza. La
culpa no la tienen las viandas y mucho menos el vino. Al contrario, son un
lenitivo y gracias a ellas sobrevivimos a corridas como las de ayer; a toreros
como El Fundi, Padilla y Víctor Puerto; y a toros sonámbulos y estupefactos
como los de Partido de Resina, que salieron a la plaza regentada por la Casa de
la Misericordia. A ver si esta benéfica institución hace honor a su nombre y
se apiada de nosotros: misericordia, Señor, misericordia; piedad para nuestros
pecados que nunca pueden ser tan graves como para merecer tan atroz castigo. El
Fundi había desperdiciado el primer toro, el único potable de la tarde, con
nobleza, recorrido y fijeza. Lo molió a mantazos y, a partir de entonces, los
que estaban en chiqueros se dieron el queo, advirtieron lo que pasaba y salieron
al ruedo haciéndose los tontos y dispuestos a no tolerar un pase. Ahí, creo
yo, estuvo la clave del desastre ganadero: en el desperdicio del primer toro.
Aunque, vistas las cosas con menos resignación, el desastre estaba en la
sangre de los pablorromeros. No contribuyeron las habilidades de los diestros a
mejorar la cuestión. Muy cortesanos Fundi y Padilla se dedicaron saludos y
parabienes con mucho ringorrango en banderillas. Mas, a la hora de clavar,
cualquier sufrido peón lo hace mejor cada tarde y sin tanta tontería. A Juan
José Padilla le sobró voluntad, pero sus toros carecían de ella. Los
pablorromeros eran unos muermos y Juan José Padilla un pesado. Se agotaron en
capotes y Padilla no se daba cuenta, y creyó que podía seguir dando muletazos
con la alegría con que había despilfarrado largas cambiadas, rodillazos y
otras especies. Los toros estaban más serios y aplomados que un funeral de
tercera y, además, inmóviles. Un consejo desinteresado a Juan José Padilla:
si quiere correr, que vaya a una olimpiada. Capacitado está el jerezano para
gestos atléticos; pero banderillear y torear, es otra cosa.
Al doblar el sexto toro, la amenaza de ruina se había consumado; sobre todo,
la ruina ganadera. Víctor Puerto, que había brujuleado como había podido en
los dos bueyes de carreta que le tocaron, se lastimaba la mano tras varios
pinchazos; se le había borrado la sonrisa a Víctor Puerto y no era para menos.
Otro cualquiera en su caso, y en el de Padilla, la hubiesen emprendido a
estocadas (de papel, por supuesto), contra el ganadero. En cambio, el simpático
y alegre Víctor Puerto se dañó la mano de tanto pinchar.
Hubo ayer dos bajonazos ejemplares, uno de Padilla y otro de Puerto, amén de
otros que se quedaron en simples pinchazos. Sobre esto del bajonazo tengo que
escribir yo un día un elogio memorable, pues la cuestión no es tan sencilla
como parece y tiene su intríngulis. Oportunidades no me han de faltar en lo que
queda de Feria ni en lo que me queda de vida.
ABC.
Vicente
Zabala de la Serna. Tres matadores y ni
una sola estocada
Si de puertas de la plaza hacia afuera todo es vida, días de
vino y rosas, y alegría, hacia dentro una especie de toros sin alma invade de
tristeza a los aficionados que acuden a ver un teórico espectáculo.
Tres de tres llevamos. Tres en la frente. Tres corridas, tres tostones
insufribles. Tres eran tres los famosos mosqueteros, y a buen seguro que
manejaban mejor el florete que los tres matadores de ayer la espada. Tres
toreros, tres, y ni una sola estocada en condiciones que gozar. Uno, dos y tres,
tres pinchaúvas en el redondel.
Los bellos pablorromeros se tornaron en las víctimas de incontables
pinchazos o bajonazos. La jornada no arrancó nada bien para los pupilos de
Partido de Resina: uno de ellos se lesionó en el encierro matinal y la corrida
quedó incompleta. Luego, toda la apariencia de toros guapos, de seria presencia
y buida cornamenta, se desvanecía con su juego manso, incapaz de humillar la
mayoría de las veces. Miradas perdidas en lontananza del ruedo, la fijeza ida y
el gasoil de la bravura bajo mínimos.
Salvó la cara por sus hermanos el noble primero, de embestida franca y
elevada. El Fundi se anotó unas palmas por un vistoso quite por navarras.
Respondió Padilla con unas tafalleras al estilo de como mi madre sacude el
mantel por la ventana. Ambos compartieron tercio de banderillas, con mejor
resultado para el diestro de Fuenlabrada, que abrió faena por alto y en los
medios. Siguió sobre la diestra, templado y con escaso ajuste. Al natural, poco
hubo que reseñar. La vuelta a la derecha no se hizo esperar. Fue la mejor tanda
de la faena. A la hora de matar, tras el cierre de costadillo, El Fundi perdió
pie y rodó por el albero peligrosamente. Parecía que la espada hubiera
resbalado en una banderilla. Después cogió hueso repetidas veces.
Como en la jornada anterior, un toro de Millares remendó la corrida. Éste
fue soso y noblón, de pobre fuelle. Toreó El Fundi desde la lejanía, sin
apreturas ni ceñimientos. Cabía el AVE entre el bruto y el hombre. De nuevo la
espada no se hundió por su sitio.
Los pasajes más toreros
A cargo de Víctor Puerto corrieron los pasajes más toreros. Ante
el tercero, de capa cárdena clara e imponentes pitones, un monumento, trazó
dos verónicas curiosas en el saludo. En los medios citó para iniciar la fase
muleteril, y un pase cambiado por la espalda puso el íay! en los tendidos. De
rodillas se hincó, para correr la mano con olvido de la figura y no poco buen
gusto para ser de hinojos. Parecía que podíamos ver algo, a tenor del buen son
que manaba de los primeros derechazos. Pero, poco a poco, el pablorromero se
cansó de humillar. A izquierdas todavía más. El remate por bajo de una
indefinida serie al natural resplandeció sobre el resto. Prolongó demasiado el
matador manchego, y tanto la cadena de molinetes como otro grupo de derechazos
ya sobraron. Evitó la suerte suprema como mandan los canones y se alivió. Mató
por los sotanos.
Tampoco Puerto acertó con el acero ante el manso y deslucido sexto.Para
colmo, se acabó cortando en la mano, tras varias intentonas en las que el
astado le echaba la cara a la pechera.
Juan José Padilla, apodado «El Ciclón de Jerez», se quedó en vulgar
brisa. A portagayola recibió a sus dos enemigos y banderilleó en ambos con
ventajas y ramplonería. Todavía desconocemos a qué vino ofrecerle los palos a
Puerto. Igual respondía a una broma o a una guasa andaluza de dudoso estilo. El
manchego no aceptó la «gentil invitación». La preparación de los pares y la
salida de los mismos, como quien celebra un gol en la final de la Eurocopa,
dejan mucho que desear por su nula torería. Muleta en mano, se dobló por bajo,
justo lo que no necesitaba el toro, de justo recorrido. Ahí se acabaron las
embestidas y ya todo fue una porfía, hasta que sonó el aviso.
Ante el manso quinto, a punto estuvo de sufrir un percance en el saludo con
el capote tras unas pueblerinas chicuelinas. Del susto no pasó la cosa. La
densidad de la faena ante aquel enemigo distraído alcanzó altas cotas y no
pocos enganchones. Otro recado presidencial premió su hacer. Mañana será otro
día. Esperemos.
El País. Joaquín Vidal.
El truco de garapullo Los
garapullos, también llamados avivadores -porque lo son- o sencillamente
banderillas sin darle más vueltas al vistoso artilugio, a veces no se utilizan
para lo que fueron concebidos sino que sirven de truco. Y consiste en pretender
rascarle al público unos aplausos que de otra forma los llamados
matadores-banderilleros serían incapaces de conseguir.
El truco del garapullo lo utilizaron El Fundi y Juan José Padilla, con tanto
desahogo que se les veía venir. Y el público pamplonés, que de tonto no tiene
un pelo, no se dejó impresionar y midió sus escaramuzas banderilleras como se
merecían; o sea, bien poco.
Al truco añadieron El Fundi y Juan José Padilla una descortesía con Víctor
Puerto, tercer espada del cartel, pues al no ser banderillero (ni falta que le
hace) lo dejaron de mirón. Así que El Fundi, ya en el primer toro, le cedió
los palos garapullos a Juan José Padilla para que prendiese un par (bastante
malo) y Juan José Padilla correspondió en el segundo cediéndole los palos a
El Fundi para que ambos hicieran el ridículo.
Alguien debió advertirles del desaire reincidente que estaban cometiendo con
Víctor Puerto, o a lo mejor fue el propio diestro, que venía de hacer un
quite, y Juan José Padilla reaccionó ofreciéndole los palos con grandes
aspavientos sabiendo que no los iba a aceptar.
Tampoco extrañaron semejantes modos. A fin de cuentas, no es precisamente
torería lo que les sobra a estos tremendistas. Un torero jamás habría
empleado esos modos, ni las formas que se gastaron luego, cuando correspondía
banderillear y torear de verdad.
El banderilleo lo ejecutaron El Fundi y Juan José Padilla, tanto en los
toros de las cesiones como en los que acribillaron solos, con grave ofensa a la
suerte banderillera y a todos cuantos la elevaron a la categoría de arte, desde
el Gordito acá. Y el público pamplonés ni se lo agradeció ni nada, con lo
cual no consiguieron el propósito de encandilarlo y sacarle un éxito que de
ningún modo merecían.
El uso que le dieron después a la pañosa ofende también al arte de Cúchares.
No es que los toros de Partido de Resina desarrollaran esa pastueña boyantía
que permite recrear el toreo, pero tampoco sacaron ninguna maldad que
justificase aquellos trasteos sin orden ni concierto, ventajistas y
destemplados, astrosos y plúmbeos que perpetraron ambos virtuosos del falso
garapullo. Y obtuvieron lo peor que le puede ocurrir a un torero: la absoluta
indiferencia del público.
Al público pamplonés parecía traerle sin cuidado lo que pudiesen hacer
Juan José Padilla -incluidas sus largas cambiadas a porta gayola- y El Fundi;
como si se operaban. Y tiró por donde suele en similares casos, que es cantar a
todo pulmón el Vals de Astráin, y corear Paquito el Chocolatero
y La chica ye-ye. Por cierto: estas últimas piezas de su variado
repertorio, que los mozos de las peñas suelen cantar con potente y bien
timbrada voz, las desafinaron en la presente ocasión, por lo cual se les pone
un cero y que no se vuelva a repetir.
Con un poco de sentido común y de toreo bueno Víctor Puerto podría haber
alcanzado un triunfo memorable, aunque sólo fuera por comparación. Pero que si
quieres arroz... Víctor Puerto, que demostró su calidad en varias
intervenciones con capote y muleta, está inseguro, puede que falto de moral,
seguramente equivocado en su empeño de mezclar los lances de escuela con
innecesarios ademanes dirigidos a la galería.
Su primera faena la inició Puerto en el platillo con el pase cambiado por la
espalda, molinete de rodillas, derechazos en la misma posición. Y, hecho el
alarde, se le acabaron las ideas y el temple, que pretendió suplir con cambios
de mano, adornos, posturas; nada sustancial en realidad. El sexto se le quedaba
corto y tampoco allegó recursos para embarcarlo en una faena de mediano
fundamento. Está cortando muchas orejas en otros pagos Víctor Puerto, pero uno
le ve en horas bajas. En fin, ya se recuperará, pues ahí hay torero. Y, además,
no le da por el garapullo.
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