GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE PAMPLONA
NAVARRA

Tarde del viernes, 7 de julio del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería: toros  de Cebada Gago (con trapío, serios y astifinos, mansos, en general con casta y manejables). 

Diestros:

  • Pepín Liria. Pinchazo y estocada caída (silencio); pinchazo, media y rueda de peones (silencio).

  • Víctor Puerto. Dos pinchazos -aviso- y estocada caída perdiendo la muleta (silencio); estocada trasera ladeada y rueda de peones (oreja).

  • Eduardo Dávila Miura. Pinchazo, media, rueda de peones -aviso- y dobla el toro (silencio); pinchazo y media (silencio). 

Entrada: lleno.

Incidencias: El público arrojó almohadillas al ruedo en señal de protesta por la mala corrida presenciada. Se guardó un minuto de silencio en memoria de las víctimas del accidente de tráfico ocurrido el jueves en Soria.

Crónicas de la prensa: ABC, El Mundo, El País.


El Mundo. JAVIER VILLAN. Los éxtasis y visiones de Puerto

Una oreja de cortesía y cinco silencios no menos corteses en una tarde de toros muy serios y de muchas precauciones. Cuando uno insiste en esa trivialidad del afeitado, en la actualidad prácticamente generalizado, los taurinos dicen que no se afeita. O que, si se afeita, da igual pues el peligro subsiste. Pero no debe de ser, digo yo, el mismo peligro el del toro rasurado que el del toro en puntas: como los cebaditas de ayer, un suponer. A lo peor esos silencios, esa opacidad de los matadores y esos mantazos tienen algo que ver con las fieras agujas de los cebadagagos. Víctor Puerto, en el quinto, no se acongojó ante aquellos puñales. Y cortó una oreja. Parte del público pidió la segunda sólo por jorobar a la señora presidenta; mas en el palco prevaleció la cordura y supongo que el criterio asesor del señor Useci.

Toda la tarde las peñas de sol estuvieron buscándole las cosquillas a la presidencia. Ha empezado el jolgorio que, a veces, toma un cariz reivindicativo y beligerante. A la alcaldesa de Pamplona, doña Yolanda Barcina, el mocerío la quería echar del palco y no por lo que hiciera o dejara de hacer taurinamente, sino por no sé qué querellas municipales y políticas. Si llega a dar la segunda oreja a Víctor Puerto seguro que a la presidenta le arman el pollo.

Con Pepín no hubo cuestión; Pepín Liria, ídolo de estas tierras, estaba en horas bajas. Al noble cebadita primero, le dio cientos de pases con la derecha y le salieron como las hijas de Elena, que eran tres y ninguna era buena. Empezó de rodillas, peregrinando desde la sombra hasta el sol, y de rodillas tenía que seguir de cara a la pared, contra las tablas y con los brazos en cruz y una muleta en cada mano, ¡hala! Estuvo laboral y trabajador Pepín Liria y le faltó sentimiento; aparte de otras muchas cosas. Podrá achacarse a la bronca aspereza del cuarto la ineficacia de Pepín y la desazón de su muleta; podrá argüirse que la tregua gastronómica de la merienda desmotiva a los toreros. Pero la verdad del cuento, ¡ay! señor del gran tormento, es que quien andaba ayer inhibido y bronco era Pepín. Cómo estaría el murciano que ni una vez se oyó el himno de guerra -Pepín, Pepín, Pepín-, con que la solanera acostumbra aquí a encumbrar al aguerrido murciano.

Víctor Puerto anduvo buscando la sorpresa toda la tarde y, al final, encontró una oreja. En un delantal, o algo así, el segundo casi le afeita la barriga. Tras la colada, éste echó las rodillas a tierra y resolvió con media verónica prolongada, ya de pie, en un recorte improvisado y torero. El toro se puso imposible. Salía de su media embestida con la cabeza en las nubes y pensando en las musarañas. De vez en cuando pegaba un arreón para disimular su poco entusiasmo. Volvió a echarse de rodillas Puerto en el quinto; fue desarmado, citó desde el platillo y dio el pase cambiado por detrás, miró al tendido, se metió entre los pitones y, entre sonrisas de su cara y tirones de su muleta, escenificó la liturgia tan en boga del encimismo y del medio muletazo. La otra escenificación fue más espectacular y teatrera: una docena de estatuarios, en trance y en éxtasis, la mirada perdida en el vacío como si estuviera viendo a Dios; o, por lo menos, a San Fermín. La estocada, mortal.

No eran toros para fiestas el tercero y el sexto. Y tampoco Dávila Miura se las dio. Y como en el ruedo no había fiesta, el mocerío seguía a su bola metiendo en el palco presidencial los reflejos insidiosos de un espejo y pidiéndole a doña Yolanda fiestas para la Rochapea. A falta de muletazos, juergas municipales: váyase lo uno por lo otro. Ignoro si al final, como no había orejas que dilucidar y caía al ruedo una festiva lluvia de almohadillas, doña Yolanda concedió o no los controvertidos festejos. Pero eso ya no es cosa de esta crónica ni del asesor taurino, señor Useci.


ABC. Vicente Zabala de la Serna. Víctor Puerto se trabaja la oreja

«¿Cómo se define esto técnicamente?», me preguntó con curiosidad, Carlos Lapuente, director general del Diario de Navarra.

-«Un coñazo técnico, amigo», respondí.

Y es que hasta la muerte del cuarto había poca historia que contar.Una corrida mansa, complicada y muy astifina, de Cebada Gago, tiraba la tarde por tierra sin solución. El bostezo era generalizado. Hasta las peñas se aburrían dentro de su revuelo. Tras haber pasado por «Rodero» —sólo por contemplar a las almas femeninas de la casa, merecen la pena estos diez días en Pamplona-, la falta de clase de los toros se acentuaba.

Salió el quinto, y Víctor Puerto, que anda de resurrección, decidió que de aquella había que sacar un titular y una oreja, así que se puso a trabajar. La oreja, como la tierra, para quien se la trabaja, que suena muy marxista. Ahora, que si uno se trabaja la oreja de una jai, tronca o similar, en lugar de premio puede sacar un bofetón, según. Otros, profesionales de la oreja del jefe, suelen ascender en su profesión, que de todo hay. Pero eso es otra cuestión. Puerto se arremangó, se colocó la sonrisa de la simpatía y planteó la batalla de la alegría, el valor y del toreo para la galería, que parecía ser el único camino para llamar la atención. Despertó a los tendidos con un pase cambiado por la espalda en los mismos medios, y de hinojos siguió luego, con un par. Recuperada la total verticalidad, el diestro manchego enjaretó tres derechazos y desvió la mirada a la bulla en un pase del desprecio absoluto. Quiso hacer el toreo al natural, pero el cebada le desarmó de un violento derrote. En vez de desmoralizarse, cambió de mano y continuó en plan currante y conquistador de trofeos.

Se pegó un curioso arrimón, mientras se embadurnaba la taleguilla de la sangre del morlaco en unos derechazos más de arrojo que de nota. Valía todo para animar el cotarro. El final, mirando a los graderíos, por alto, por Procuna, calentó más el ambiente. La estocada, en los medios, eficaz y trasera, le izó con la trabajada oreja, bien ganada por el listo torero.

MÁS CLÁSICO

Puerto había estado más clásico — a excepción del desabrochado chaleco— con el manso anterior de su lote, al que saludó con garbo a la verónica, mejor por el pitón izquierdo, que por el contrario se vencía. Se apretó por chicuelinas antes de que la cuadrilla demostrara que en cuanto los toros dan problemas los subalternos naufragan, y se pone quien sea, o Cuevas, a pegar capotazos a mansalva, y los otros a pasar en falso, sin pensar en terrenos ni gaitas. íAy, Chaves Flores, que estás en los cielos! Perdido en el tiempo el ahorro de capotazos, el temple justo y el sentido de la medida. Víctor evidenció valor —como Castaño el pasado día, aunque el ordenador transcribió «labor», muy disléxico él— y tambiñn cierta densidad para saber cortar en su momento con aquel toro de medios y descastados viajes.

Claro que para actuación espesa la de Liria. El murciano anduvo lejos del «Pe-pín, Pe-pín» que coreaba la solanera en temporadas pasadas. Sin ser nada del otro mundo, por el pitón derecho se movió el cebada, aunque sin terminar de humillar. El arranque de rodillas hizo concebir falsas esperanzas, pues el diestro de Cehegín empezó luego a soltar derechazos de cierto mérito como una ametralladrora. Al natural entendió las aviesas ideas del burel y regresó a la diestra. Otrora, Pepín le corta la oreja. Con el más terciado cuarto, incómodo por su genio y cabeceo, tardó en fijar los terrenos de la faena. No era fácil hacer el toreo moderno entre aquellos derrotes, y pasó sin pena ni gloria.

Dávila Miura hizo una larga y gris faena con el peligroso tercero, que se defendió en el caballo y esperó con guasa en banderillas. Como a sus compañeros, le molestó el viento racheado que presidió el atardecer. Había mucho que templar con el astifino sexto. El sevillano logró su empeño por momentos, hasta que se desfondó y surgieron algunos enganchones.

La gente salió contenta de la plaza por el hecho de salir, que ya era hora.


El País. JOAQUÍN VIDAL. Si no fuera por el ajoarriero...

Los tres espadas dieron una paliza de mucho cuidado y los mozos de las peñas -la afición pamplonesa con ellos-, la pudo armar. Y si no la armó fue gracias al ajoarriero.

El ajoarriero tiene propiedades organolépticas y sociológicas, no se sabe en qué medida cada tanda, si bien podría ser que una trajera a la otra. Y esto explica que habiendo ajoarriero en la olla a los mozos de las peñas (y a la afición pamplonesa con ellos) no les dé por poner en la picota o llevar al pilón a los toreros que se pasan la tarde dando la paliza.

Los tres zurradores -tres patas para un banco predicaban de ellos también- compitieron en hacer el peor toreo posible a unos bien presentados ejemplares de Cebada Gago, dotados de una mansedumbre que no acarreaba mayores problemas y una casta que sí les podía preocupar pues eso -la casta- es lo que no quieren de ninguna manera los toreros modernos. Y se quedarían tan anchos los tres tras la proeza, mas no imaginan las ganas de volverlos a ver que dejaron en los mozos de las peñas y la afición pamplonesa con ellos: ninguna.

Y eso que uno de los tres se llevó una oreja. Fue Víctor Puerto en el quinto toro de la tarde. Caso digno de estudio es Víctor Puerto. Se trata de uno de los toreros con mejor escuela, aprendida a fondo, que le ha dotado de un preciso patrimonio artístico, y cada tarde lo tira por la borda. Los estudiosos de la cuestión taurómaca preparan ya ensayos acerca de este contradictorio proceder.

Víctor Puerto es capaz de embarcar unas verónicas de las que no se llevan -así se le vio en su primer toro-, cargar la suerte en los naturales y ligarlos como quien lava -dio prueba en diversos pasajes de sus faenas- y sin embargo prefirió hacerse con las galerías encandilándolas mediante los oropeles y las falsedades del tremendismo.

El tremendismo, con esos rodillazos, esos alborotos y esos estatuarios mirando al tendido es, en realidad, bastante hortera, pero consigue el efecto rápido de impresionar al público sin conocimientos taurómacos y sin criterios artísticos, y ese es el que pide la oreja, que luego concederá la presidenta, puesta en el palco por el ayuntamiento.

La presidenta era Yolanda Barcina, alcaldesa de Pamplona a la sazón, y al llegar al palco se llevó un broncazo terrible de los mozos de las peñas por haber prohibido unas fiestas en el barrio pamplonés de la Rotxapea. Qué tendrá que ver la velocidad con el tocino. Lo bueno es que duró poco, como siempre en Pamplona, y en cuanto saltó el primer Cebada Gago a la arena, ya nadie se acordaba ni de la Rotxapea, ni de sus fiestas, ni siquiera de la alcaldesa Yolanda Barcina, y los mozos de las peñas cantaban con toda el alma La chica ye-ye.

Con toda el alma se empleaba asimismo Pepín Liria, que irrumpió guerrero. Pepín Liria confundía el arte de torear con la batalla de las Termópilas y cada uno de sus pases -meritorio, nadie lo podrá negar- era una pela tabernaria en la que sólo faltaba el centelleo de una navaja cabritera.

La verdad es que le hicieron poco caso a Pepín Liria. Y menos aún a Dávila Miura, cuyas formas repetitivas y astrosas, ajenas al arte de torear, únicamente conducían al aburrimiento profundo. Pegó unas verónicas que ningún novillero principiante de hace apenas dos décadas habría sido capaz de darlas peores.

Ante semejante panorama cabían dos opciones: el Viaducto (en Pamplona, la Muralla), o el ajoarriero. Y prevaleció la segunda. De manera que, arrastrado el tercer toro, los mozos de las peñas, el público pamplonés y los militares sin graduación desenvolvieron bocadillos, descorcharon botellas, destaparon la olla del ajoarriero y, aquí me las den todas, se dedicaron a la manducatoria con fruición.

A los del ajoarriero dizque se les saltaban las lágrimas. Parecía evidente que sería por el gulusmero pero nunca se sabe. De los ajoarrieros no hay que fiarse pues mientras todos traen buena cara algunos tienen manido el sabor, infame la textura y resultan incomestibles. Un ajoarriero o es de firma, o puede uno encontrarse con la sorpresa de que lo han convertido en estropajoarriero, y entonces no vale ni para pegar ladrillos.

La merienda al arrastrar al tercer toro es la salsa de los sanfermines, el momento emblemático de la corrida, único motivo por el que mucho público va a la plaza, y también la causa cierta de que la gente, ya harta, no coja a la terna por los fondillos y la ponga a remojo en el pilón.

Pretenden hacer creer los taurinos que hoy se torea mejor que nunca. Pero a la vista está. Como decía el poeta: al revés te lo digo para que me entiendas.

 

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