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Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE PAMPLONA
NAVARRA
Tarde del miércoles, 5 de julio del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Novillos de Miranda de
Pericalvo, terciaditos, muy cómodos de cabeza, totalmente inválidos.
Diestros:
-
Javier Castaño,
estocada trasera y rueda insistente de peones (ovación y salida al tercio);
dos pinchazos y dos descabellos (aplausos).
-
Abraham Barragán, pinchazo hondo y estocada caída (ovación y salida al
tercio); cuatro pinchazos bajos -aviso-, media, rueda de peones y dos
descabellos (silencio).
-
Sebastián
Castella, bajonazo, descabello -aviso- y cuatro descabellos (ovación y
salida al tercio); estocada y rueda de peones (oreja).
Entrada: cerca del lleno
Tiempo: calor
Crónicas de la prensa:
ABC, El Mundo, El País.
El País.
JOAQUÍN VIDAL, Madrid. Por los suelos
Los novillos se la pasaron por los suelos. La fiesta también. Y
olé. Está claro que dar como noticia las caídas de los toros no tiene ningún
sentido. Que los toros se caigan carece ya de relevancia. Un toro, por el mero
hecho de serlo, se ha de caer. Y si es novillo, lo mismo o aún con mayor razón.
Hay quienes van difundiendo que los toros se caen por exceso de peso. Los
mismos ganaderos llamados de primera están haciendo campaña para que se
suprima en las corridas la información sobre el peso de los toros -y la
prescripción reglamentaria del peso mínimo, naturalmente-, so pretexto de que
los toros no soportan carnes excesivas sobre el menguado esqueleto que define su
encaste y provocan sus caídas en el redondel.
Pero esa es una falacia pues los toros de poco peso se caen igual o aún más
que los de mucho. Sin necesidad de irse demasiado lejos, ahí está la novillada
inaugural de los sanfermines, cuyos ejemplares pesaban menos de 460 kilos, los
hubo de 400 casi pelados y se cayeron todos.
No se crea que se cayeron de tropezón, o alguna vez entre el mucho galopar,
o al hilo de quedarse traspuestos mirando la torre de los escolapios (estructura
tradicional emergente tras los tejadillos del coso pamplonés) por si aparecía
allá un cura y darle las buenas noches; antes al contrario se caían de caerse,
se caían de vocación, se caían dando volteretas o pegándose la gran
costalada; y luego de reincorporarse, volvían a caer, y así continuamente,
hasta que rendían la vida, muertos a estoque.
Si toros volatineros hacen fiesta, que venga dios y lo vea. Mas tal como esa
llamada fiesta se desarrolla habrá que decir que sí. Empezaron los sanfermines
con los novillos rodando por la arena y no tenía nada de particular pues se
limitaban a repetir la estampa de cada tarde en todas las ferias del país.
Veremos si la novillada fue premonitoria de esta feria que se llama,
precisamente, "del toro".
No hubo ni una sola protesta, por supuesto. Tampoco había acudido la gente
con ganas de líos ni de exigir nada. En el público predominaban las familias.
Quiere decirse, los familiares de los abonados de toda la vida (a quienes
regalan el boleto para la novillada y para la de rejones), y se ponían a
aplaudir, o las caídas de los picadores -se produjeron tres- les daban risa, y
cuando hubo oportunidad pidieron la oreja, que, como es sabido, verla, provoca
el colmo de la felicidad.
La oreja se la dieron a Sebastián Castella por una faena ridícula. Tampoco
vaya a creerse que este francés fue en la tarde-noche el campeón de la
ridiculez. Ahora bien, no hay otra manera de calificar la producción seriada de
una enorme cantidad de pases sin fundamento a un toro que los tomaba
desfalleciente y al menor descuido del lidiador ya se había ido de morro a la
arena.
Sebastián Castella toreó con un derroche de pinturería que lo llevaba a la
afectación e igual hicieron sus compañeros. Abraham Barragán cuidaba la
compostura y los desplantes; Javier Castaño añadía tremendismo a sus
acciones, con menudeo de péndulos, pases por la espalda, circulares y toda la
gama. Y, sin embargo, a ninguno de los tres se le ocurría cargar la suerte,
ligar los muletazos, ganar terreno o por lo menos quedarse quietos.
Los toros se caen, los toreros parecen reñidos con la tauromaquia, las
nuevas promociones ya no son como las de antes, que venían pegando. Ahora
vienen corriendo. La fiesta del arte y del valor llamaban a esto. Qué risa.
El Mundo.
JAVIER VILLAN, Madrid. Calentones y arrimones
Parece que fue ayer cuando nos cantaban «no te vayas de Navarra»; pero nos
fuimos y hemos vuelto al cabo de un año. Y nos volveremos a marchar y a volver
mecidos por el vals de Astrain, por el pobre de mí y por el huracán de toro
que cada día recorre las calles de Eruña. Faltan horas para la fiesta grande y
extraña ver esta plaza con apariencia de normalidad. Entiéndase: no es anormal
las charangas y el mocerío gritón; es distinto. Lo que sí tuvo todas las
apariencias de normalidad fue la novillada. O sea, que se cayó igual que una
corrida de toros.
Un soplo derribaba al primero. Advirtió esta fragilidad Abraham Barragán y
toreó con suma suavidad tanto con el capote como con la muleta. Verónicas
medidas y más medidos aún los redondos, cuando ya el animal había hecho el
pino y había enterrado en la arena las pocas fuerzas que traía. La ligazón
fue la principal virtud de este torero toda la tarde. Y con ella, el temple y la
muleta plana y el juego de muñeca. Habrá que esperar a este muchacho. Tiene
formas y maneras; buenas maneras, se entiende.
Rara conjunción de fuerza y debilidad en el segundo y en el cuarto: estaban
derrengados y mandaron a la arena a los picadores; llegaban al peto y, en vez de
meter los riñones, afirmaban las manos y desarrollaban su fuerza con el cuello.
Sebastián Castella salió a por todas y se metía entre los pitones y sacaba
muletazos por el apasionado procedimiento del encimismo asfixiante. Al quinto,
en cambio, le dio distancia y eso hizo brillar mucho más su toreo. Dos veces
revolcó el novillo a Castella y eso no le arredró; siguió toreando el francés
con lentitud y buen gusto por la derecha y por la izquierda. Lo cual, unido a la
excelente estocada, le valió la primera oreja sanferminera. Aranda bregó y
clavó muy bien.
Hubo una absoluta conjunción entre la muleta de Javier Castaño y los
desvalidos novillos de Miranda de Pericalvo que le tocaron en desgracia. Cada
vez que el valiente novillero arrastraba la muleta por el suelo, los novillos
arrastraban el hocico y claudicaban. Castaño se pegó el calentón, que no es
lo mismo que pegarse el arrimón. El calentón es arrimarse cuando la postración
y aplomo del animal hacen a éste inofensivo y está suspirante, entregado y
desfallecido. El arrimón genuino requiere más temperamento del toro. A muchos,
constantemente insatisfechos, la novillada les habrá defraudado; pero a mí no.
Ha sido un testimonio y una evidencia de lo que está ocurriendo en la Fiesta.
Casi todas las faenas, salvo la segunda de Castella tuvieron un corte similar:
novillos absolutamente postrados, novilleros pegados al animal, cuernos que
rozan las pantorrillas y los machos de los toreros. Y la muleta sacándose la
penosa embestida por delante y por detrás sin apenas recorrido. Con faenas
milimétricamente calcadas de éstas, algunos fenómenos están cortando orejas
casi todas las tardes. El que menos abusó de esta procacidad indecente fue
Abraham (y Castella en el quinto). El que más, Javier Castaño.
ABC. Vicente
Zabala de la Serna. Madrid. La mecánica del toreo
como dogma de fe
Pamplona, fresco clima y aire de fiesta. Fuerza, color, barullo, alcohol y
alegría. Todo por llegar. Hoy mismo, con el chupinazo. Ayer, todavía, la plaza
era un remanso de paz; la piedra callada que acogerá la atronadora presencia de
las peñas; el cielo azul que protegerá a los mozos; San Fermín, al quite. El
capote del Santo se estrenó durante el tercio de banderillas del primer novillo
y luego también con Castella. Abrió plaza un animal noble, justo de fuerzas, más
mermadas aún tras una voltereta dañina. Abraham Barragán mostró su serena
disposición en las verónicas de recibo y durante una faena carente de vibración,
por la apagada actitud del cornúpeta. La solución no vino con el planteamiento
encimista.
No mucha más fortaleza aparentaba el siguiente, y sin embargo derribó las
dos veces que acudió al peto. Castella, alegre con el capote en un quite
anterior por saltilleras y en otro ahora por caleserinas, entristeció con la
muleta. Desde el pase cambiado por la espalda, de apertura, hasta el final, todo
se diluyó en una larga faena.
Castaño evidenció su labor ante el quedo tercero. Una y otra vez se lo sacó
por detrás, muy metido entre los pitones. Trató siempre de alargar la corta
embestida. La contundente estocada fue lo mejor junto con una serie diestra,
cuando los viajes se sucedieron con mayor continuidad.
Barragán trazó buenos muletazos ante el cuarto. Al inicio de hinojos,
siguieron dos tandas diestras y notables, pero de escasa ligazón. La cosa
decreció en intensidad, hasta que el chaval tiró por tierra con la espada su
quehacer.
Más de una caña de cerveza le debe Castella a Luis Carlos Aranda por el
quite que le hizo cuando saludaba al muy bien armado quinto. Apuró mucho la
salutación de rodillas, y surgió la voltereta, inofensiva, por fortuna. Después,
el joven francés demostró otro ánimo, y apartó de sí la abulia y la
frialdad. Resolvió con una certera y grata estocada que le significó una
oreja.
Inoportuna pirueta
El sexto se dañó en una inoportuna pirueta. Su recorrido se tornó
muy escaso desde entonces, y así continuó en el tercio postrero. El torero
leonés afincado en Salamanca se arrimó de nuevo. No había otro camino, pero
de ahí no pasó el asunto.
Sobre el futuro de los tres jóvenes espadas de ayer es difícil especular.
La técnica del toreo la conocen casi a la perfección. Saben colocarse, no son
ningunos desharrapados y no les falta oficio. Ahora que de sentimiento o de arte
poco entienden. Y tampoco creo que les preocupe. La mecánica pegapasística fue
ayer su dogma de fe. Así estamos.
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