Si los seis toros los hubiera matado Dávila Miura, es posible que
Pamplona fuera hoy la capital del mundo, como lo fue París en los años
veinte. En los dos toros que le tocó en suerte, dio toda una lección de
cómo debe ser el toreo a esta clase de toros. En su primera faena citó
de lejos al toro tanto en las series con la derecha como con la izquierda.
Toreó con cadencia. En un momento dado, toro y torero parecían dos hilos
juntos en la misma cuerda. Exhibió una muleta poderosa, con pases largos
y mandando. Fue una faena maciza, porque los pases fluían fáciles. En su
segundo toro también se mostró en lidiador, ponía al descubierto el
buen oficio que atesora. En algunos momentos su muleta brillaba como papel
de estaño. Y en sus muletazos se daban cita una mezcla de furia de
hortensia y ternura de tigre.
En la escena del coso pamplonés corrieron unos toros poderosos, a los
que había que lidiar y exponer, y él lo hizo. Hace las faenas de ayer de
Dávila Miura aquel que los críticos áureos han coronado como máxima
figura del toreo y estarían hablando todo el verano. Pues bien, no las
realizó ninguno de los que figuran como ases del toreo. Las llevó a cabo
un joven que viene de una dinastía de ganaderos como por ejemplo Miura, y
lo que acaparó en sus muñecas, diría en el azúcar de sus muñecas, fue
auténtico oro.
La ganadera bilbaína Dolores Aguirre exhibió los toros que los buenos
aficionados esperan de ella y les dejó felices. El espectáculo estuvo
garantizado. Incluso con la facultad de mostrar la mayoría de ellos
retazos de gran mansedumbre. No importa, pese a todo, cómo por arte de
birlibirloque se venían arriba en el último tercio. Y en la hora dura de
la muerte los toros aportaban una belleza de toros encastados muy
especial. Ya se sabe aquello que decía Keats: "Un poco de belleza es
gozo para siempre".
No importa que Alfonso Romero brindara su primer toro a cuanto rojo y
blanco se agitaba en los tendidos. Demostró que esta clase de toros le
vienen muy ancho. No sabe lidiarlos. Lo mejor de todo fue que cobró y se
fue a casa.
Algo parecido había que apuntar en su primer toro a Antón Cortés. Su
faena estuvo nimbada por mantazos y dudas. En su segundo quiso trazar algún
derechazo, pero al final lo que mostró valía muy poco.
En el cuarto de la tarde el banderillero Joselito Rus fue cogido al
banderillear. Pasó a la enfermería por su pie, donde le asistieron de un
puntazo leve.
La buena mano de Dávila Miura en los sorteos se correspondió esta vez
con su buena mano en el hacer en el ruedo, que le situó a un tris de la
puerta grande. La vida es suerte y saber aprovecharla, porque si la
fortuna te pone en el camino un toro como el primero también hay que
estar, cuando menos, con la cabeza y disposición de Eduardo Dávila, que
supo trenzar una faena que creció conforme el atanasio de Dolores Aguirre
se embebía tras los vuelos de la muleta mandona del torero.
«Comadroso», largo como un tren, negro y cornidelantero, respondió a
la actitud fría de su encaste en los tercios previos, y, aunque empujó
en una vara, terminó por soltarse del caballo, como en la siguiente.
Todavía en los albores del muleteo le faltaba calentarse, y del
planteamiento de rodillas en el tercio se escupió hacia toriles. Dávila
se fue hasta allí, le enseñó la tela y el camino en unos derechazos aún
de ajuste y se lo llevó a los medios. Desde entonces el astado sólo vio
el paño rojo, que seguía con tranco y ritmo notables, humillado y fijo.
Hubo generosidad en la distancia, dos pases de pecho de pitón a rabo,
reciedumbre en los redondos, dominio en los naturales, tremendamente
largos, con la figura muy hundida y atornillada en la arena y la mano
baja, pero con un ceñimiento escaso que le resta emoción. Desbordaba
nobleza el doloresaguirre por los cuatro costados, que no paró de repetir
y obedecer a todos los cites, sin una mala mirada, ni en el circular
invertido de epílogo que lo exprimió. Un pinchazo y una estocada muy
tendida, de efectos retardados, la justa oreja y la más que merecida
ovación a la bestia en el arrastre.
Dávila no levantó el pie del acelerador en el cuarto, que arrolló en
el segundo par a Joselito Rus, que se había apretado valiente el fuerte
arreón; las heridas, afortunadamente, se quedaron en puntazos, a pesar de
la aparatosidad del percance. El matador sevillano se la dejó siempre
puesta al toro, que desprendía mejor estilo a izquierdas. Verlo le costó
al torero, que regresó absurdamente al pitón derecho tras un breve paso
al natural en el que luego, con acierto, abundó. Al mérito de la faena
se sumó la estocada cabal en la mismísima boca de riego; fue una pena
que la tardanza de la muerte -el acero se hundió un poco pasado de la
cruz- necesitase del verduguillo. El premio de la vuelta al ruedo tras una
petición estimable esbozó cierto sinsabor en la sonrisa de Miura, que
sabía haber puesto todo de su parte, hasta sus propios límites.
A todo esto, la corrida de Dolores Aguirre permitió estar, se dejó
hacer bastante más de lo esperado y no se comía a nadie por delante.
Pero Alfonso Romero, que sabe torear, no quiere batallas y, a lo peor,
tampoco torear. El segundo, sin ser el que estrenó la tarde, ofrecía un
lado derecho óptimo, aun sin romper por abajo. Romero pintó tres verónicas
y media, unas dobladas y se parapetó en una técnica defensiva que
continuó con el quinto, el más armado del sexteto, que se desplazó en
los capotes, un tanto alocado, y que se estrelló en la muleta del
pelirrojo murciano con constantes toques de expulsión. El personal se
mosqueó ante su falta de ambición y poca sangre.
A Antón Cortés no le embiste un toro por derecho desde el día de su
confirmación. Su lote fue el peor, desde el más recortado y rebotado
tercero, al rajado y entablerado sexto, que se tragó un par de series
diestras y punto. Merece otra suerte, que hablando de ella arrancamos.
El Mundo. JAVIER
VILLÁN. Toros, excomuniones y beneficencias
Los toros de Dolores Aguirre no se comieron a nadie; tampoco
colaboraron en exceso a la comodidad de los matadores.No fueron, en términos
estrictos, ni bondadosos ni resabiados, ni fieras del averno, ni ángeles
de la corte celestial. O sea, ni buenos ni malos, sino todo lo contrario.
Siguiendo una vieja doctrina de la Iglesia, hoy en desuso, hubieran sido
excomulgados, por tibios, aunque no tuvieran alma, y con ellos también
sus lidiadores; menos Dávila Miura que si no alcanzó la gloria total se
quedó muy cerca, en el extrarradio del purgatorio cercano al limbo.
Bajo esa doctrina, también serían excomulgadas cuantas almas
voladoras corren los encierros sanfermineros, y las que abarrotan la plaza
de la Misericordia, por más que los fines y ganancias de la misma vayan a
beneficio de ancianos y necesitados. Pamplona, ciudad levítica y recoleta
el resto del año, es una casa de locos en los sanfermines, con los toros
corriendo por sus calles y el mocerío empinando el codo todas las horas
del día. Propiamente un infierno, que dirían los viejos padres
procesales del ideario antitaurino de la Iglesia, el cual, de no haber
sido abolido, habría lanzado ya anatema contra los aficionados, contra
Dolores Aguirre y contra Alfonso Romero y Antón Cortés.
Se escandalizaba Javier Ortiz el otro día en las páginas de este periódico,
de que la Iglesia, la navarra y la ecuménica, tolerase en silencio el
riesgo de muerte en que incurren los corredores del encierro sanferminero.
En descargo de la Iglesia, diré a mi admirado y lucidísimo Javier Ortiz
que no siempre fue así.Ahí están las bulas de Pío V, Sixto V y alguno
más, excomulgando a los lidiadores por temerarios y a los aficionados por
cómplices.Anatema que no ha impedido que la Iglesia haya celebrado
fiestas del santoral y canonizaciones con corridas de toros y que de las
corridas hayan hecho beneficencia, colecta y cepillo.
Aclaradas pues, estas peripecias históricas, digamos que pocas
circunstancias de la corrida de ayer se salvan de la quema: el percance de
Joselito Rus cuando entró a banderillear y la voluntad torera de Dávila
Miura toda la tarde. Los doloresaguirre, ya está dicho, más bien en el
limbo. A Dávila Miura le tocó el lote de la corrida. Después de mansear
a mansalva en varas, en banderillas y en el capote, el primero hizo examen
de conciencia, pidió perdón de sus muchas culpas y empezó a embestir
con nobleza y resignación.Cierto que no humilló casi nunca y que llevó
siempre la cara a media altura, sin que Dávila Miura acertara a bajársela.
Tuvo muerte de manso refugiado en tablas; pero tuvo también la nobleza
culpable de los descarriados que luego se arrepienten.Y Dávila Miura, sin
apasionarse ni apasionar, ligó y, en cierta medida, templó tandas de
derecha y de izquierda rematadas con excelentes pases de pecho. Y cerró
con un circular de espaldas que es peripecia muy celebrada y que suele
entusiasmar al personal.El cuarto, en cambio, tenía más raza y más
temperamento. Y Dávila Miura, aunque voluntarioso, no estuvo mejor que en
el primero, si se exceptúa una buena tanda de naturales.
Ha entrado Alfonso Romero, el fino estilista murciano, en los carteles
de San Fermín. Y bien que nos alegramos quienes seguimos la escuela de
clasicismo y arte de este torero. Pero Alfonso Romero no ha entrado con
buen pie en Pamplona. No se sintió cómodo ante las dificultades del
segundo, ni ante la mansedumbre corretona del quinto. Entre tanto ruido y
tanto calor, los toros también estaban incómodos; o sea, una conjunción
de desencuentros que no logró hallar el punto de acuerdo y entendimiento.
No gustó Romero ni en el sol ni en la sombra. Y este público,
habitualmente tolerante y jaranero, no le perdonó nada. Y no sé por qué,
pues nada había que perdonar ya que Alfonso Romero nada hizo. Pero en
este día de aflicción, y estando en Pamplona, me permito recordarle una
máxima ignaciana: «En tiempos de aflicción no hacer mudanza»; hombre,
una pequeña mudanza, sí: echarle más güevos a la cosa sin perder el
estilo.
Tampoco estuvo bien Antón Cortés. Es más, yo creo que estuvo
fatalmente mal. Los toros de Dolores Aguirre para este gitano, de «sonidos
negros» en su toreo, como los grandes cantaores, fueron un continuo dolor
de cabeza. Y si tuviera autoridad para recomendarle algo, le diría lo
mismo que a Romero: estilo, mucho estilo; pero un poco más de cataplines.
Total, que Iglesia Vaticana, teología, Ilustración e izquierda, han
ido siempre de la mano en este país llamado España. Aunque por distintos
y distantes motivos, si bien coincidentes, una cierta Inquisición
intolerante.