GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE PAMPLONA
NAVARRA

Tarde del jueves, 10 de julio de 2002
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Jandilla, bravos en el caballo y aprovechables muleta, especialmente primero, segundo, cuarto y quinto. 

Diestros: 

Entrada:  Lleno.

Crónicas de la prensa: El País, ABC, El Mundo


El País. JOSÉ LUIS MERINO. De funcionarios e ilusiones

Con unos toros suavones, al modo de pulgas amaestradas, tal la corrida de ayer, tanto Rivera Ordóñez como El Juli se pusieron el uniforme de luces del funcionario. El que pierde ocasiones tiempo después será el que las llore es un dicho que viene a propósito de los cuatro toros que dejaron irse al desolladero sin haberles cortado las orejas los dos espadas primeros de la terna.

Rivera Ordóñez engañó a todos con los tres buenos doblones con los que inició la faena. A partir de ese momento las cinco tandas de derechazos estuvieron nimbadas por el deslavazamiento, la falta de calidad, entrando de lleno en lo que podríamos llamar "los derechazos del funcionario". Apuntó un molinete garboso, y nada más. En su segundo toro, después de tres largas cambiadas, dibujó una faena deslavazada donde las haya. Vuelta a tejer pases como quien reparte salchichas. Muy mal. Sin duda este torero va arrastrando sus apellidos como un arado en tierra estéril. Las olas de las tardes de toros lo van tirando a la ribera como un cascote viejo.

El Juli también se puso a trotar en la faena de su primer toro, trazando pases sin acoplarse, demasiado rápidos, sin ligar en ningún momento, y al final de la actuación con ese toro plasmó unos estatuarios que parecían los de un torero que se despide de la afición para toda la vida. En su segundo también dibujó tres largas cambiadas. Y en la faena el animal le estaba marcando lo que tenía que hacer, y el torero no quería hacer caso. Era toro de triunfo. Además, los cuernos de ese ejemplar se nos figuraba que eran como semáforos en verde continuo. Es decir, no había peligro, en todo caso el toro ponía una cierta vibración que el torero no supo ni quiso amoldarse a esa llamada de la naturaleza animal. Demostró ayer El Juli que como torero es semejante a aquel poeta que tenía como lira un cencerro. Últimamente, dentro de sus trajes de luces, hay un almacén de faenas incompletas.

La actuación de los dos espadas hasta aquí citados puede catalogarse como una caja doble de cristales deshechos.

Lo más torero
César Jiménez pasó inédito en su primer toro, porque sus peones hicieron que se partiera un pitón contra un burladero. En su segundo el público percibió que el muchacho quería poner ilusión. Después de unos lances excesivamente rápidos, trazó tres faroles de corte interesante. Hasta ese momento fue lo más torero que se vio en el ruedo. Inició la faena rodilla en tierra con derechazos y ya de pie realizó un trincherazo con pellizco. La faena se compuso de dos series de derechazos largos, ligados y una serie de naturales sin reunir. Todo ello muy tieso, aunque le faltó vibración y hondura. Abrochó la ejecución de lo hecho hasta entonces con molinetes de rodillas, algo tramposos, pues la suerte la remataba con el toro pasado. Unas manoletinas ceñidas culminaron la faena, lo que estropeó con la espada por matar mal.

Si bien el público de Pamplona, como dijimos anteayer, se pasó dando orejas, ayer, por el contrario, estuvo como debe estar, serio. Es más, tiene a su favor la pasión por los toros y por ver a los toreros cuando llegan a la plaza. De ahí que en la puerta de afuera del patio de caballos se agolpe la multitud para ver llegar a los toreros.

Por eso nos dolió la manirrotez de orejas regaladas sin ton ni son del otro día. El público debe darse cuenta de que, si da sin exigir, no le van a dar nada que valga la pena. Y pierde con ello.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Se les fue enterita al desolladero

Enterita se les fue a los toreros la buena corrida de Jandilla al desolladero, con uno de los candidatos a ser el toro de San Fermín: «Oculista», negro zaino, 570 kilos, lidiado en sexto lugar por don César Jiménez. Una verdadera pena.

Se esperaba encontrar al «nuevo» Rivera Ordóñez tras lo de Barcelona del pasado domingo, pero en Pamplona se presentó el de siempre. Un buen y voluminoso toro estrenó la tarde, astigordo y gacho de cuerna, noble y repetidor. Rivera le construyó una faena decreciente hasta caer en picado en la nada absoluta y un desarme, diestra de principio a fin. ¿Y el pitón izquierdo? Constantemente al hilo, con destemplados toques hacia las afueras, sin el más mínimo gusto, es difícil cambiar. Fue un ejemplo extremo de adocenamiento. Encima, marró con los aceros.

Tres largas de rodillas le tiró de recibimiento al cuarto, justo de fuerzas y noblote y sin maldad, pero sin emplearse demasiado. R.O. hizo una labor aburrida y tediosa por ambas manos, desilusionada al máximo. Otra vez halló hueso con la espada.

A El Juli no le funcionó tampoco el estoque, lo que ya es raro en él. Mantuvo la tónica, sin embargo, con las banderillas, al cuarteo -a cabeza pasada-, de poder a poder y por los adentros. Los doblones preliminares contuvieron la mejor estética de toda la faena, lineal y monocorde. El jandilla iba y venía sin problemas, un tanto con la cara a media altura. Nada destelló con intensidad ni calidad.

La faena al quinto careció de la continuidad del toro, y nunca tomó cuerpo. Apretó en las salidas de los pares mientras el torero corría que se las pelaba, igual que abandonaba las reuniones Montoliu, más o menos. Carretero estuvo muy oportuno con el capote. Balance pobre el de El Juli en San Fermín, en la línea de su temporada. Por allí quedaron en su actuación un quite por chicuelinas y otro por navarras.

Por los mismos palos tocó César Jiménez, que sumó una intervención por faroles invertidos para variar. Un importante globo se agarró el novel matador cuando el tercero derrotó en un burladero mientras brindaba al público y se partió un pitón, casi por la cepa, sin que se le desprendiera. Lanzó entonces la montera contra las tablas en un gesto de desesperación y muy malas formas, disculpables sólo por el momento de rabia. Abrevió con la muleta y, tras un par de pinchazos, no se complicó la vida con la espada, que se hundió en los bajos.

Desplante a cuerpo limpio

Se movió con casta el último, «Oculista». Astifino, serio en todo, humillado, se creció en banderillas hasta poner a la cuadrilla en evidencia. César Jiménez se arrancó por redondos de rodillas, que atrajeron la atención incluso de las peñas, que ya se prendieron de la cosa hasta las manoletinas y el desplante a cuerpo limpio de despedida y cierre. Eco encontraron en los tendidos las tandas de derechazos largos y ligados y toda la pirotecnia que adornó después una faena que se quedó bastante en la superficie, especialmente sobre la zurda, sin ahondar de veras ni en el toreo ni en el toro. Mantuvo la vibración, eso sí, salvo con la tizona. Su forma de matar, con el brazo montado por delante, se nos antoja irregular cuanto menos. Resolvió finalmente por los blandos después de pinchar dos veces. Total que el posible premio se redujo a una vuelta al ruedo, triste bagaje para todas las bondades que ofrecieron los jandillas.


El Mundo. JAVIER VILLÁN. Pinchó Jandilla y pinchó Jiménez

Ha dado en el clavo Antonio Purroy y ha escrito un libro que se está vendiendo como rosquillas; un best-seller que se titula Comportamiento del toro de lidia, en el campo y en el ruedo. Lo leen hasta los toros, que estas cosas de la conducta animal les interesa a ellos más que a nadie. Y yo creo que los jandillas de ayer se lo sabían todos de memoria; menos el tercero, pues ese lance infortunado de romperse un cuerno contra un burladero no está previsto en el libro de Purroy. Mala suerte la de César Jiménez que, cuando iba a brindar al público, escuchó el topetazo y se quedó a medio camino entre el brindis y la estupefacción.

Que tome nota Purroy de esta peripecia, que acaso le valga para analizar los instintos suicidas de algunos toros. La cubierta y la contracubierta del libro son dos preciosos cuadros de Ignacio Cía, que se jubiló de los asuntos taurinos de la casa de la Misericordia y dedica ahora su tiempo y su talento a la pasión de la pintura.

Según se quedaban de ensimismados, pensando algunos de sus movimientos y tirándose contra el burladero, estoy seguro de que los toros de Jandilla conocían el libro de Purroy. Por la mañana los jandillas ya dieron preocupantes muestras de la inquietud que el Tratado de Purroy sobre la conducta animal les había producido. Salieron flechados hacia la Estafeta, repartieron unas cuantas cornadas entre los mozos y, una vez en el ruedo, un par de ellos se enfrentaron entre sí y se negaban a entrar en los chiqueros. Disputaban, seguramente, sobre distintas interpretaciones que Purroy atribuye a la conducta natural (el campo) y la conducta inducida (la plaza).

Durante la lidia los toros de Jandilla mantuvieron esa capacidad de raciocinio, un poco tonta e inocente, la verdad, que habían aprendido en el libro. Incluso el más reacio y pensativo de la sesión matutina, no salió al ruedo por una causa todavía inexplicada: unos dicen que enfrascado en la lectura de El comportamiento del toro se le pasó la hora; otros dicen que, desesperado, se tiró contra las pilastras del túnel de corrales y allí se dejó un cuerno. Por lo que fuera, los jandillas ayer estaban con tendencias autodestructivas y ensimismados. Y los toreros, Rivera Ordóñez, El Juli y César Jiménez, también; salvo lo de la autodestrucción.Rivera Ordóñez, por ejemplo, venía de triunfar en Barcelona y muy recompensado debía de estar con ese triunfo, pues en ninguno de sus toros arriesgó ni siquiera un alamar. Y puso tanta distancia entre él y los bureles, que estos parecían apestados cuyo contagio Rivera quisiera evitar.

Este libro de la Universidad Pública de Navarra oscila entre las bondades naturales de El buen salvaje de Rousseau y las maldades de la civilización. Estos toros intelectuales, pues, son tan perniciosos para la lidia como los toros artistas de Juan Pedro.Pese a sus bondades, los toreros acaban desconcertados y sin norte. Mal Rivera Ordóñez y peor El Juli. El único que se salvó de la quema fue César Jiménez, que pinchó al sexto cuando había encandilado a las peñas, que es lo primero que hay que encandilar en Pamplona.

Faroles airosos y luego media docena de muletazos de rodillas, peregrinando desde los medios hasta las rayas. Estuvo despegadillo tanto en los redondos como en los naturales. Pero la plaza estaba de su parte y si le mete la espada, que es lo que hay que hacer en estos casos aunque sea a costa del revolcón, le hubiera cortado una oreja o quién sabe si las dos. Por lo que respecta a Julián López, ha pasado por sanfermines prácticamente inadvertido: mal en capote, en muleta y en banderillas. Lo peor es que, siendo tan mal banderillero, nos priva de ver banderillear a su peón Carretero.

 

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