GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE PAMPLONA
NAVARRA

Tarde del martes, 8 de julio de 2002
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros Cebada Gago, desiguales de presentación y juego. 

Diestros: 

Entrada:  Lleno.

Crónicas de la prensa: El País, ABC, El Mundo


El País. JOSÉ LUIS MERINO.Los toros cumplieron

Cumple hablar más de los toros que de los toreros. Y así relatamos que el primero necesitaba un torero con valor a prueba de ley y mando de maestro. Al segundo le pegaron fuerte en varas; la sangre, casi negra, manaba fuerte como un arroyuelo en invierno a través de la capa blanca del animal. El tercero fue blando, sin entregarse, acabó con la cara alta y recortando. El cuarto era un rojo como un melocotón que hablara; demostró que tenía dentro calidad; lástima que se estropeara una pata. De todos modos, el toro embistió. El quinto fue un buen toro: embestía y acudía con prontitud a los engaños. Era el toro al que se le podía haber cortado las orejas, si en vez de un torero que parecía recién llegado del carnaval de Río de Janeiro tiene delante, por el contrario, un torero con ganas de comprarse un cortijo a 20 kilómetros de Triana. El sexto empujó a los caballos. En el tercio, acometía con gas y presteza, no así en los medios, que ahí recortaba y se paraba, porque no estaba a gusto. Prueba de lo que decimos es que en el tercio se dejó pegar unos cuantos muletazos vibrantes por el torero navarro, consiguiendo las únicas hondas ovaciones que se dieron en la tarde. Pero a partir de sacarlo a los medios, aquello no funcionó.

Queda sobreentendido que los matadores no estuvieron a la altura de los toros. Tampoco vamos a decir que fueran seis toros de ensueño, no, pero, teniendo en cuenta lo que se ve por esas plazas de Dios, los seis astados de ayer, en general, tuvieron momentos como para que los diestros alcanzaran la gloria. ¿Qué vimos en conjunto? Vimos desolados muletazos perdidos como cascotes de pacharán en el vertedero. Vimos muletazos al humo (de los que te olvidas de ellos a los tres segundos).

Ayer en Pamplona a los toreros les faltó valor. Y no andemos con más rodeos. El valor, se posee o no se posee. Todos sabemos que cuando los toreros se acercan, los toros pegan. Y ayer los toreros se libraron muy mucho de arrimarse a los astados. En ocasiones enarbolaban las muletas como banderas blancas que se rendían.

Lo que vimos, quiero decir lo que no vimos, eran sombras de pases buenos. Y diría más: haría falta la luz de una linterna para encontrar un pase bueno entre tanta vulgaridad.

Pongamos que buena parte de la culpa del fracaso de ayer hay que anotarlo en los dos toreros veteranos. Ellos son Pepín Liria y Juan José Padilla. El primero tuvo unos años en los que acreditaba un valor a prueba de neutrones. Se ganó el nombre y el respeto por ese valor tremendo como de guerrero del antifaz que luchaba contra los elementos. Pero el valor se acaba. El valor es como una mina de oro, cuando hay mineral corre la abundancia. Pero en cuanto se acaba, sólo hay tierra, ceniza, agua sucia y olvido. Y bien que lo sentimos por el bravo de Pepín.

De Juan José Padilla tal vez habría que hablar de un valor que era más aparentón que realidad. Era un valor mentiroso. Con apariencia de dejarse las verdes ingles lorquianas en cada pase, cuando en realidad su valor no tenía un peso específico. Era pura apariencia. Y si aún le quitamos esa apariencia, entonces ya ni siquiera es la mina de oro que retuvo en sus manos por un tiempo Pepín Liria. La mina de Juan José Padilla era una pura entelequia. Un espejo de purpurina.

El navarro Francisco Marco no está en la tesitura de Liria y Padilla. Dejemos para más actuaciones el modo de hacer una disección relacionada con el valor.

Claro, que a lo mejor a los toreros no les salieron las cosas bien porque era martes y no miércoles. De cualquier forma, en los toreros y la vergüenza hay una expresión de Cervantes que augura lo siguiente: "¡La vergüenza por los cerros de Úbeda, antes que en la cara!".

Y a propósito de Cervantes, Francisco Marco le endilgó al último de la tarde uno de esos sablazos cervantinos de cuyo nombre no queremos acordarnos.

Vamos a acabar como hemos empezado, valorando a los toros de Cebada Gago, aquellos pasajes en los que sus toros embestían con prontitud y bravura. Éste es un ganadero al que hay que cuidar. Uno de los pocos ganaderos, junto al tan justamente ponderado Victorino Martín, que vale la pena mirar con la mejor de las atenciones.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Dos buenos cebadas entre mucho cuento

Tarde con más cuento que historia. Pamplona volvió a aburrirse. Corrida supuestamente torista, la de Cebada. Toros vareados, sin carnes y muchos y astifinos o afilados pitones, con movilidad pero sin humillar, salvo quinto y sexto, que descolgaron como ninguno, con mejor estilo y notables formas. Y enfrente Juan José Padilla y Francisco Marco tras la mata, parapetándose en el caballo como muralla de castigo o sin dar el paso adelante.

A los toros bien está moverlos en el campo, pero además hay que alimentarlos. El Ciclón de Jerez, mal, muy mal, en el penúltimo, en todos los tercios. En banderillas, con el enemigo muy cerrado en tablas, tomó el olivo en un par de ocasiones, tirando los palos, como quien suelta lastre, para alcanzar el callejón como piscina. Y antes pretendió aprovecharse del acorazado con castoreño, que si el palco no cambia el tercio todavía se disponía a masacrarlo en un tercer puyazo. Ligero con la muleta, precavido, nunca de verdad, tocando sobre la derecha con el pico de la muleta, más que al pitón, a la oreja contraria; el cebada se desplazaba aun con más boyante condición a izquierdas, largo y tras los vuelos. Nada. Ni una vez se la dejó puesta ni se quedó en el sitio.

Padilla no escatimó en amortizar el sueldo que paga a los picadores, que acribillaron al segundo en el rincón de la paletilla. Nunca humilló el animal, que apretó al atlético matador con los palos, al cuarteo, en el par del molinillo y al violín. Toda la faena fue diestra, sin que uno ni otro se empleasen. Una habilidosa estocada puso el punto y final a la ramplona y ordinaria lidia.

Francisco Marco también permitió que masacraran al último, chorreado en verdugo, chorreado en su propia sangre luego. Y eso que había obedecido a los capotes desde la salida, por abajo, cosa rara en los cebadas. Todavía la primera serie de derechazos aguantó; pero la hemorragia se impuso. ¿Cómo un matador sin apenas contratos se permite semejante lujo? Si no lo vio y se curó en salud, chungo; si se percató y abusó, peor. Todo pitones fue el tercero y poco más. Marco esperó siempre con la muleta retrasada y se justificó, a secas y sin reposo.

Pepín Liria despachó el más violento y estrecho, que andaba a tornillazo limpio y violento, medio rajado en los terrenos de sol, con claras inclinaciones hacia chiqueros. Más que embestir, arremetía los engaños, que rara vez terminaban el viaje con limpieza. Liria concluyó de estocada efectiva. Luego, el cuarto, el de mayor envergadura, se dañó una mano y ya no paró de blandear, con una cojera ostensible que deslució todo.

Manda bemoles que en estas tardes de toreros abocados a la dureza o a la nada de la que reniegan, cuando salen las piedras que sostendrían el cruce del río fronterizo, las desprecian, consciente o inconscientemente. Y, al final, cada cual sigue en su sitio.


El Mundo. JAVIER VILLÁN. Otra tarde perdida y al pario

Estos sanfermines están oscilando entre la sorpresa y el aburrimiento; entre las amenazas de tormenta y un calor de pesadumbre que convierte la plaza en una olla a presión. Y entre las broncas que enfrentan al sol y la sombra sin que, aparentemente, haya una motivación clara. Ayer había, pese a la catalogación hecha en la ficha de lleno, un gran vacío en el tendido del 7: 25 años de la muerte por bala de Germán Rodríguez y 25 años del asalto a mano armada de la plaza de La Misericordia.

Cuestiones, si se quiere, extra taurinas pero cuestiones al fin y al cabo. Lo demás, silencio, otra vez seis silencios; como seis catedrales góticas, seis silencios como seis catacumbas del estilo que ustedes quieran. Buenos toros o, al menos, no demasiado malos; y tres toreros que según se manifestaron ayer, unos están de vuelta -Pepín Liria y Juan José Padilla- y otro -Francisco Marco- no está ni de ida ni de vuelta; sencillamente, apenas está, aunque justo es reconocer que los mejores muletazos de la tarde los dio él.

Lo mejor que hizo Pepín Liria, en el supuesto de que este aguerrido torero hiciera algo bien ayer, fue fulminar al primer cebadagago de una estocada. Volvió a resonar el viejo grito de guerra en La Misericordia de Pamplona: «Pepín, Pepín, Pepín»; pero, la verdad, aquello sonaba a falso y a protocolo. El cebadita sí que venía con aire de batalla aureolando sus pitones.

Aires de muerte limbaban su cabeza que había dejado malherido a un mozo en la madrugada grana y violeta del encierro. Banderolas también, silencio y cemento en los graderíos ya citados del 7 en recuerdo de Germán Rodríguez: 25 años, 25 años del tiroteo y la muerte. Y aquí no ha pasado nada. O han pasado muchas cosas, vaya usted a saber.

El cebadita al que no entendió Pepín Liria había entrado por la mañana en el ruedo de La Misericordia con el pañuelo de un mozo hecho jirones -el mozo y la indumentaria- en un pitón.

Cuando el grito «Pepín, Pepín, Pepín» pierde sentido en Pamplona es que esto marcha mal. Y mal marchó toda la tarde, pese a que queramos salvar legítimamente la hermosa corrida de Cebada Gago, en parte encastada. No está para gestos de guerra Pepín Liria.No lo estuvo en el primero ni, mucho menos, en el cuarto al que, según los más viejos del lugar, podía haberle sacado mucho más.

Siempre pasa lo mismo: cuando quieren los toros, los toreros no quieren; o no pueden. O a la inversa.

Blanco sucio, un cárdeno casi albino era el primer toro de Padilla.Era hermoso de estampa y no había lugar a confundirlo por la mañana con los cabestros. Entró al caballo limpio como un San Luis, blanquísimo de primera comunión, y salió como un ecce-homo, inundado de sangre desde la cruz hasta la pezuña. Esta sangría ni quita ni pone a la deslavazada tarde de este guerrillero llamado Juan José Padilla que conquistó la plaza de Pamplona años atrás.Le quedaba el segundo y tampoco estuvo para tirar cohetes. Le quedan los miuras y a ver qué pasa.

El burraco tercero fue el más débil, a mi modesto entender, de la tarde. Le correspondió a Francisco Marco que, también a mi modesto entender fue el torero más estilista y más convencido de la tarde. Estuvo bien Francisco Marco, sin darse coba; buscó las distancias, templó al flojo animal y encadenó los muletazos más bellos y más coordinados, hasta el momento, de la Feria.Se intentó seguir en el mismo tono en el sexto, pero, todo el pescado ya estaba vendido. Hay tardes que no las salva ni Cebada Gago ni Dios. Y la de ayer estaba sentenciada muy pronto.

 

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