GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE PAMPLONA
NAVARRA

Tarde del lunes, 7 de julio de 2002
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de Alcurrucén, parados y deslucidos. 

Diestros: 

Entrada:  Lleno.

Crónicas de la prensa: El País, ABC, El Mundo


El País. JOSÉ LUIS MERINO. Fábrica de tedios

Toros y toreros se pusieron de acuerdo para fabricar una tarde tediosa. Tediosa donde las haya. Seis toros, y el premio a los toreros se les pagó con seis silencios. A silencio por toro.

A la corrida de Alcurrucén le faltó la clase necesaria para que se pueda hablar de toros bravos. La bravura para esos toros era una nana que les cantaron cuando eran becerritos, pero se les olvidó la letra.

Así como el año pasado Antonio Ferrera y El Fandi llegaron a convertirse metafóricamente en dos tenazas al rojo vivo, en la tarde de ayer no pasaron de ser dos cubitos de hielo mal presentados. Daba la impresión de que no sabíamos si los toreros, incluyo aquí a Antonio Barrera, iban hacia los toros o hacia el euro.

Antonio Ferrera ni siquiera supo caldear al público con las banderillas, lo que con tanto alboroto y espectacularidad exhibió por los ruedos españoles y americanos el año pasado. En sus faenas a los dos toros que le tocaron en suerte, estuvo temeroso, dejándose tropezar en exceso la muleta. No tuvo ni fuste ni cosa que se le pareciera. Estuvo premioso y exasperante. Una especie de esfinge sin enigmas. Lo dicho, mal sin paliativos. Horrorosamente mal.

A Antonio Barrera no se le puede achacar falta de voluntad. La tuvo. Sin embargo, sus dos faenas adolecieron de premiosidad. Si bien en el quinto de la tarde anduvo valiente y aguantando, por otro lado porfió tanto que acabó aburriendo. En el toreo no basta con ser porfión. El toreo es la cosa realizada y no un espejismo del espíritu.

La actuación de El Fandi no mantuvo diferencias con sus dos compañeros de terna. Solamente consiguió soltar algunos aplausos de un público aburrido en un quite por chicuelinas (nada del otro mundo) y, en especial, en tres pares de banderillas, sobre todo el tercero, que fue a la suerte del violín, por aquello de la vena musical que al parecer tiene el granadino. Las faenas de sus toros carecieron de relieve: tres pases aceptables y alguno algo bueno. El resto, para olvidar. No se puede venir a Pamplona y por un par al violín que le paguen como si fuera el concierto de su vida.

Mal empieza el primer festejo de matadores de toros, sobre todo si en los inicios de cada faena acababa por ser el augurio de nada, nada de la nadería. No sería bueno que el coso pamplonés acabara siendo el refugio de los cándidos bajo los fuegos artificiales. La melancolía de los poetas y el valor de los toreros empiezan a ser, por lo que acaeció ayer, puros topicazos.

También había que decir que en algunos momentos los tres matadores gestaron sus faenas dando saltos como si pisaran rastrojos.

No podemos estar en Pamplona y no referirnos a Hemingway cuando argumentaba lo siguiente: "Si el público prefiere los trucos a la sinceridad, el torero hará trucos". Conviene estar al tanto sobre este aserto para que el público no se deje embaucar con ese toreo de pitiminí que tanto abunda en esta época que nos ha tocado vivir.

Siguiendo en lo literario, deberemos tener cuidado a ciertas faenas que suelen tejer las figuras, esas faenas que a la luz de la Luna pueden tener resultados muy románticos, pero a plena luz de la tarde navarra pueden acabar siendo auténticos fiascos.

Parte del público estuvo a la altura de la tarde tediosa, tirando desde los altos almohadillas sin pausa. Hacia el final de la corrida los areneros tuvieron que trabajar a destajo para limpiar el coso de las nefastas almohadillas verdes. Pero como los sueños sueños son, esperemos que vengan mejores días. En caso contrario, nos acordaremos de aquellas caricias antiguas de nuestra mejor infancia, que en un momento dado las hemos sentido como una bendición alrededor de las sienes.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. La factoría Alcurrucén hace aguas

Convertir una ganadería en una factoría entraña graves peligros; el más inmediato, por obvio, es que se pierda el control, como parece haber ocurrido con Alcurrucén, una fábrica de toros al por mayor subida al carro de la veintena de corridas. Y, claro, pasa lo que pasa. Pero todavía peor que el vacío juego de mansedumbre de ayer, con más fortaleza al menos que en San Isidro, se nos antoja la irresponsabilidad de enviar a Pamplona un saldo, una escalera impresentable, desecho de tienta, máxime en una tarde con la ventana de la televisión abierta a toda España. Cuando hablamos de responsabilidad, ¿hablamos para todos o no, señores Lozano? Un caballo uno, una rata otro, un armario de seiscientos kilos el último... Y encima reservones, tardos, guasones, descastados. El espectáculo que se presumía de las banderillas voladoras, como dijo Orson Welles de los mágicos palos de Pepe Dominguín, se redujo al tercio del sexto, altísimo y destartalado. El Fandi apretó los dientes: muy en corto en un cuarteo, con muchas ventajas para el enemigo de poder a poder y espectacular y heterodoxo al violín. Sonaron las ovaciones más fuertes de dos horas y pico insufribles. Fandila se embaló y brindó al público, que como tal ocupa la mitad de sombra de la plaza; el resto es otra cosa. No había material para brindis, como se comprobó en la faena de muleta con las defensivas embestidas.

El tercero se tapaba por la cara. Esperó mucho en banderillas, sobre todo por el izquierdo. Fandila lo intentó infructuosamente por ese lado. Finalmente fueron por el derecho sus dos pares, como el de Ferrera. No se empleó nunca la bestia, aunque se dejó con nobleza en la fase final de la lidia. Fandi se mostró decidido, con la franela siempre ofrecida y puesta, por encima de las circunstancias, sobre ambas manos, templado. La espada mandó la faena al garete.

Barrera, Antonio, estuvo también por encima de su lote, con la decisión y la valentía por montera. Puso y expuso mucho de su parte. No cesó de escarbar el segundo, todo y sólo pitones, con la cara entre las manos constantemente, pese a que luego obedecía. Faena larga, rematada con el acero mejor que la del altón quinto, también amplia y extensa.

Antonio Ferrera se encontró con un toro desagradable en todos los aspectos, sin fijeza alguna y con peligro, incesante escarbador de puro manso. Cobró lo suyo en el caballo. Pero, al margen, Ferrera no está: demasiadas cornadas en un año. Cuarteó en una reunión corriente y se topó con un derrote en el siguiente par, que se mermó a una sola banderilla; El Fandi, entretanto, le buscó las vueltas y arriesgó en su turno. El ibicenco/extremeño muleteó con cuidado las oleadas, con excesivas precauciones con la espada. Banderilleó horrible al cuarto, que se paró pronto, y volvió a abrirse en el volapié, con un bajonazo sin paliativos en el segundo embroque.

Mala imagen para la Fiesta en tiempos difíciles; hay que ser más serios.


El Mundo. JAVIER VILLÁN. El estruendo, el silencio y la nada

No les cantarán los mozos navarros a los hermanos Lozano, propietarios de la ganadería de Alcurrucén, la emocionante jota con la que se manifiesta el afecto y la amistad a los visitantes de San Fermín en vísperas de regreso: «No te vayas de Pamplona».Antes bien, y a tenor de lo visto ayer en el ruedo, desearán que este hierro no vuelva por aquí en mucho tiempo. Al menos si vuelve en las mismas condiciones de falta de raza y ausencia total de sangre brava. Al final de la corrida era tal el cansancio y el aburrimiento que parecía que estuviéramos en las últimas horas sanfermineras.

Decía yo hace unos días en una crónica que, en lo tocante a gloria y popularidad, nada como una vuelta al ruedo, entre entusiasmos y clamores en Las Ventas. Rectifico: nada como un paseíllo en La Misericordia de Pamplona. Y si llevamos la tauromaquia a la política, cosa harto frecuente, nada como la vuelta a su escaño desde la tribuna de oradores, en las Cortes, de José María Aznar.España, pese a quien pese, es taurina y cañí. Por algo el hemiciclo se parece a una plaza de toros y por algo a José María Aznar se le aplican analogías taurinas, como esa despedida con vuelta y devolución de prendas en el Congreso.

O como la carta, plagada de símiles taurinos, que Pedro Jota, el director de este papel, le dedicaba el otro día. Con no menos de seis analogías taurómacas dilucidaba Pedro Jota al presidente.Mientras el lenguaje taurino tenga ese vigor de aplicación a la vida de los españoles, la Fiesta está salvada. A la Fiesta no la salvarán corridas como la de ayer de Alcurrucén; la salvará el lenguaje. Por algo la presidenta de las Cortes, señora Rudi, se parece también un poco a los presidentes de corridas, que barren para casa o sea para la empresa.

Ayer en La Misericordia de Pamplona, doña Yolanda Barcina, alcaldesa, no barrió para ningún lado; y le pegaron unas cuantas broncas que hicieron temblar la tierra. Llega a comportarse doña Yolanda Barcina en la plaza como la presidenta en el Congreso y la lapidan.La división de opiniones con que se acogió su aparición en el palco presidencial no la provoca ningún torero, ni siquiera Curro Romero en sus mejores tiempos. Y mucho menos Antonio Ferrera, Antonio Barrera y David Fandila, que estuvieron, más o menos, a la altura de los toros. Es decir, bajo mínimos de casta y de bravura. Los toros, pues, mal; y los toreros, también.

Hay que acabar con el numerito de las banderillas de las presuntas figuras, llamadas matadores banderilleros. A fin de cuentas lo hacen peor que los subalternos. Y hay que acabar con la comedia del intercambio de palos, una cortesía huera, una competencia deslabazada y tibia; que dejen de banderillear de una vez. Nos sabemos ya de memoria cada carrera que van a dar o no dar; cada pasada en falso o cada clavada a toro pasado. A Ferrera y a El Fandi no se les pide que sean Pepe Dominguín (requiescat in pace), sino algo mucho más modesto y que suele estar al alcance de cualquier peón. Tampoco se les pide ni a ellos ni a Antonio Barrera que toreen como Antonio Ordóñez o como José Tomás, sino algo tan sencillo como saber estar en la cara del toro. Tan sencillo o tan complicado, vaya usted a saber. Se dirá que con los mansos sin casta y torvos de ayer de Alcurrucén no se podía hacer otra cosa; puede que no.

Todo fue silencio

No prejuzgo resultados impredecibles, aleatorios y acaso imposibles.Trato de analizar voluntades y disposición. Y disposición, lo que se dice disposición o, por lo menos, recursos, técnica lidiadora y oficio no derrocharon ayer ninguno de los tres espadas; aunque El Fandi calentó a la plaza en banderillas al sexto y trató de fajarse con su bronca mansedumbre. En estas circunstancias, todo fue silencio en La Misericordia y ni siquiera las peñas, frescas y lozanas todavía, se supone, podían levantar aquello con su estruendo y sus cánticos.

Lo malo no era el silencio con los matadores; lo peor era el silencio espeso que envolvía toda la plaza, que se colaba como un líquido viscoso y turbio entre el follón de las charangas.Los toros de Alcurrucén, silencio; los premios a los toreros, silencio. Lo único que no fue silencio fue la abrupta, la enconada división de opiniones con que se refirió a doña Yolanda Barcina, la alcaldesa. Homérico: insultante y de mal gusto

 

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