GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE PAMPLONA
NAVARRA

Tarde del viernes, 13 de julio del 2001
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Hermanos Gutiérrez Lorenzo, grandes y con desarrolladas astas, aunque sospechosos de pitones; flojos; de media casta y aborregados.

Diestros:

  • Enrique Ponce, pinchazo atravesado caído -aviso-, otro pinchazo atravesado caído, rueda de peones y descabello (silencio); pinchazo hondo atravesado, rueda insistente de peones -aviso- y descabello (oreja con escasa petición, protestada).

  • Julián López El Juli, pinchazo y estocada perdiendo la muleta y cayéndose al suelo (oreja con minoritaria petición); pinchazo y descabello (oreja con escasa petición); salió a hombros por la puerta grande.

  • Francisco Marco, tres pinchazos -aviso-, estocada ladeada y descabello (aplausos y salida al tercio); dos pinchazos, media y descabello (silencio).

Entrada: lleno.

Tiempo: calor.

Crónicas de la prensa: El País, Diario de Navarra, El Mundo, ABC, Diario de Sevilla


El País. JOAQUÍN VIDAL. Un presidente orejero

El presidente que pusieron en el palco para esta corrida con figuras (dos) era un orejero de tomo y lomo. El presidente, en cuanto veía pedir una oreja, la concedía. Cuántos pudieran pedirla le daba igual. Se apresuraba a sacar el pañuelo y santas pascuas. Por este procedimiento concedió tres orejas y aún no se acaba de comprender cómo no llegó a otorgar la media docena.

A los presidentes de la plaza de Pamplona, por lo que se viene observando en este último cuarto de siglo, las cosas de la fiesta les traen sin cuidado. Principalmente les traen sin cuidado a los responsables de la Administración navarra, pues designan para el palco un concejal y lo hacen ir con chaqué y chistera.

A muchos la chistera le sienta como un tiro, parece que calan chimenea, pero la ridiculez de su aspecto no es tanta como la ignorancia que demuestran, y da la sensación de que se guían por el asesor que se sienta a su vera, quien vaya usted a saber.

Después de un siglo de triunfalismos desbocados y clamorosas incompetencias (ya han llovido orejas en su transcurso) la afición no se fía un pelo ni de los concejales, ni de los asesores, ni de la banda borracha. Y el único recurso que le queda es cabilar a qué se pudo deber que el concejal-presidente (en tierras castellanas lo llamarían el gachó de la chistera) concediera con tanta alegría dos orejas a El Juli que había solicitado una minoría, y una a Ponce, que no quería casi nadie. A lo mejor es cuestión de lobbies y su larga mano.

Los lobbies: no conviene olvidar esta figura. Muchos triunfos memorables, muchos monopolios fácticos, muchas adjudicaciones empresariales, muchas estadísticas disparatadas sólo se podrían comprender echándoles un ojo a los lobbies.

Y sin que nada tenga que ver con el anterior discurso, pues únicamente responde a una fugaz asociación de ideas: ¿Alguien puede creer que se hayan suspendido 72 festejos en los seis primeros días de julio como pretendía determinado comunicado, cuando nunca en la historia de la fiesta hubo 72 funciones no ya en esos seis dias de julio sino en toda la primera mitad del mes?

Mas estábamos en lo de las orejas, que cortaron Enrique Ponce y El Juli, por cierto sin torear. Pegando pases sí, muchos; mas torear en sentido estricto, ni se les vio ni puede que tivieran semejante propósito. Ponce hizo a su primer toro una faena despegada y aburrida, en la que oyó un aviso. Y al cuarto, aquejado de invalidez, algo similar, aunque con mayor estética, un esmero en las posturas pintureras. Y, desde luego, ninguna ligazón -¿para qué?- salvo al engendrar sus famosos e inútiles ayudados por bajo finalizada la faena, que ejecutó con el adecuado hilván. Mató fatal, oyó otro aviso y el concejal de la chistera le regaló una oreja, que parte del público protestó.

El Juli fue el torero bullidor presto a animar los tercios, dar largas de rodillas, entrar a quites con variación de faroles o lopecinas, banderillear sin arte, muletear sin fundamento aunque con péndulos, arrimos y rodillazos, que calan en las galerías. Y pues mató breve, se llevó sendas orejas pedidas sin entusiasmo.

Parecerá mentira pero la ortodoxia la intentó el convidado de piedra, Francisco Marco, sobre todo con el capote, que presentó en emocionante portagayola, e interpretó la gaonera auténtica, que no es pegando un recorte montaraz sino toreando de verdad. Muleteó voluntarioso, mató mal y se quedó sin las orejas que el concejal le habría querido regalar. Un suponer, claro, porque es torero modesto y con los modestos no se las suelen gastar igual los gachós de la chistera.


Diario de Navarra. BARQUERITO. EL JUli y Pamplona, un idilio

El Juli repitió triunfo en su segunda tarde de Sanfermines. Por la vía del arrimón, del carácter, del ingenio y de la entrega. Los dos toros de su lote fueron, con la nobleza común a los seis de la corrida de los hermanos Gutiérrez Lorenzo, los dos que menos quisieron y menos duraron también. Pero cuando dejó de haber toro, en uno y otro caso, El Juli puso de su parte todo y algo más para que el espectáculo hirviera. Con El Juli en acción, no hubo tiempos muertos, sino un bullir formidable, y ése fue un magnífico detalle. Sumados en hilván los detalles, muchos y muy generosos, cuanto hizo El Juli tuvo cuerpo y, además, llegó a los tendidos y metió a la gente en la pelea. De capa -lidiando o poniéndose por derecho-, en banderillas -con una inteligente economía de medios- y muleta en mano. Dejándose ver, arrostrando riesgos y salvando escollos -por ejemplo, un molesto viento que, en los medios y al descubierto, le impidió traerse embarcados los toros como acostumbra-, resolviendo con despampanante suficiencia, atacando cuando no hubo otro camino, metiéndose una y otra vez entre los pitones con un sorprendente descaro, robando pases con esa especial ambición que distingue a los toreros de fondo, cualquiera que sea su galaxia de origen o destino.

No hubo faenas redondas. Ni género propicio. Se paró demasiado pronto el segundo de la tarde, un hermoso toro enmorrillado que no llegó a descolgar ni a venirse. Algo asfixiado tras una extenuante pelea en el caballo, el bondadoso quinto se fue quedando cada vez más corto. Con los dos toros se abrió en seguida El Juli en los medios y con los dos se soltó de brazos. Relajo y fiereza. La ambición provocó alguna precipitación, pero es que parecía que El Juli se jugaba esta vez poderse anunciar en Pamplona el año próximo. Ambición de novillero. Más o menos eso. Garra y raza. Y recursos de torero forjado cuando lo exigieron las circunstancias: habilidad bien administrada para ganarles o perderles pasos a los dos toros en faenas rotundas, más poderosas que bellas.

A por todas

De muerte o victoria la primera, que fue cuando El Juli dejó claro que había salido por todas. Y de riñones metidos para adentro con el quinto toro, al que ahogó entre suspiro y suspiro, pero cruzándose con desenfado al pitón contrario, queriendo muy ciegamente. La demostración de carácter fue por su paso y cumplidamente: un inspirado quite por faroles al segundo, dos largas de rodillas para recibir en tablas al quinto, su correspondiente pelea en banderillas, que tuvo su arrolladora carga fantástica en las entradas y salidas y el motor suficiente para irse detrás de la espada con más fortuna que acierto y sin llegar a cobrar esta vez ninguna de las dos veces una de esas estocadas que le han dado muy justamente el cartel de ser, matando, el mejor del escalafón. Medir lo que hizo hoy El Juli en Pamplona por parámetros normales sería disparate. Se trataba de llenar plaza, de borrar cuanto hubiera a su alrededor. Y eso fue y eso hubo. Un cañón el torero, en su salsa entre el dichoso retumbar de las peñas de sol.

Tres de los seis toros de la corrida se estiraron mejor que los demás y fueron, como conviene a lo que es encaste Murube, toros a más: el segundo del lote de Ponce y los dos de Francisco Marco. Ponce aprovechó el suyo con una distinguida y segura faena de espléndido final -por abajo en muletazos cambiados genuflexos de enorme plástica- y con grandes lances sueltos cada vez que el torero valenciano decidió apretar el acelerador. Enclavado en un cartel de tanto peso, Francisco Marco pudo bien con él. Se descaró y dejó ver su buen gusto. Pese a cierta timidez inicial, llegó a acoplarse con el tranco franco del tercero, que fue el de más calidad de la corrida, pero con la plaza volcada malogró un triunfo por pinchar. Le costó más entenderse con un ofensivo y noble sexto que habría necesitado más sitio. Tampoco a éste lo mató el torero de Estella, que se prodigó con el capote y trazó, sin duda, los lances de más bonito compás de toda la corrida. Ponce, en fin, anduvo plástico y acomodado con el primero de la tarde, que apenas pudo con los kilos y dejó a la gente tan fría como antes de entrar a la plaza.


El Mundo. JAVIER VILLAN. La moto torera

La moto torera es una invención ferial de mucho regocijo. Ayer no tocaba la moto torera, que toca hoy como fin de fiesta. Ayer, sin embargo, alguien nos vendió la moto, aunque la moto se paró. Hartos del monoencaste de Domecq, imperante en esta Feria, esperábamos los murubes de El Niño de la Capea. Pero la moto se paró, dicho esto no en alabanza de los Domecq, sino en detrimento de los murubes. Qué moto querría vendernos Ponce, dubitativo y peripatético en torno a los 620 kilos de invalidez tristísima del primer murube. Yo creo que Ponce no quería vender nada, sino que a Ponce le impone la presencia de Julijuli y que, mientras a Enrique Ponce en Pamplona no le llamen Ponceponce, no va a encontrar el sitio. Casi lo consiguió en el cuarto, aunque le faltó el casi. Con todo, hubo dos tandas de redondos de alta escuela, posiblemente lo mejor de la tarde que no sé si justifican o no esa oreja, pero ahí quedan.

Quien yo creo que sí nos ha estado vendiendo la moto, o sea, dando gato por liebre toda la Feria, ha sido el palco: un desastre. Hacía tiempo que yo no veía presidir con tanta incompetencia una Feria completa. El palco de Pamplona confunde las camisetas blancas con pañuelos, lo ve todo blanco, que es lo mismo que si otros lo vieran todo negro.

Julijuli no es una reduplicación tartamudeante por efectos malignos de la cepa de Rioja: es un grito de guerra, es la constatación de la doble dimensión que el público de aquí y de casi todas las plazas, da a Julián López. Para que eso se produzca hay que tener un apodo corto y eufónico. Hay que llamarse y ser El Juli. No es lo mismo y sonaría mal reduplicar en plan orfeón, Marcosmarcos o Ponceponce. Lo que suena bien, lo que mola cantidad en estos momentos en Pamplona es decir, proclamar a todos los vientos: ¡Julijuli, Julijuli! No queremos reconocer que una parte importante de los éxitos de las figuras tiene un sentido demiúrgico y profético, es decir, una naturaleza que escapa a la lógica. Cortar orejas toreando bien -y no es cosa de dictar aquí una lección sobre el arte de torear- lo hace cualquiera.

Cortar orejas como las que cortó ayer Julijuli sólo está al alcance de los privilegiados. Cierto que los murubes eran zombis escapados de La noche de los muertos vivientes, y cortarles orejas a los zombis, meterse entre los pitones, penduleando a derecha e izquierda la muleta, salir trompicado de la estocada tiene mérito; de un zombi nunca se sabe lo que se puede esperar. Dicho esto, hay que decir que Julijuli, lo intentó todo: largas de rodillas, verónicas, zapopinas o lopecinas o como se llamen, banderillas... Tal derroche laboral halla siempre, en la masa menestral y juerguista, recompensa.

Intentó Francisco Marcos hacer todo con pureza y las cosas le salieron simplemente limpias y, a veces, muy cerca de la ortodoxia. Las gaoneras, por ejemplo, los terrenos en que intentaba trazar el natural, los pases de pecho. El tercero, uno de los más potables de la corrida, estaba espeado, o sea que tenía una pezuña fané y descangallada. Y eso marcó el juego del murube. Marcos ensayó toda la tarde una idea clásica del toreo y, desengañado, tuvo que echarse de rodillas y dar manoletinas, menos clásicas y más chapuceras. Aunque la verdadera chapuza fue su espada.


ABC. ZABALA DE  LA SERNA.  Orejas de puro pueblo

Pamplona se inclinó ayer por la «frivolité», la oreja fácil y pueblerina y el aplauso generoso. La diversión prima, San Fermín toca a su fin y hay que pasarlo bien aun a costa de la categoría de una plaza. Volvía El Juli, traía a la reventa de cabeza y a una legión de seguidores dispuesta a entregarle la gloria y lo que hiciera falta. En el balance final se contaron tres orejas, dos para Julián López y una para Enrique Ponce. Ninguna se sostenía sobre argumentos sólidos, aunque los más notables pasajes de la tarde corrieron a cargo del maestro de Chiva. En fecha tan dispuesta a todo, se rompió, en parte, el idilio entre Pedro Gutiérrez Moya, sus toros y Pamplona. La corrida de Capea, honda y voluminosa, desplegó una gran bondad sin chispa, una nobleza apagada y sosa, un juego sin complicaciones pero corto.

El Juli quería rubricar su pasado triunfo y echó el resto. Por afán y entrega, no hay una mácula en su actuación; por calidad, demasiados peros. Bulló con capote, banderillas y muleta. Al cuarteo, al sesgo y por los adentros clavó -en el segundo envite este último par-, y arrancó el cántico de «¡Juli, Juli!» de las peñas, siempre alegres y ruidosas. La primera serie diestra, ligada y limpia, no encontró continuación en un toro que se vino abajo. Se arrimó Julián, metido entre los pitones, más en López que en Juli. Demasiados enganchones al natural, concluyó con las rodillas por tierra. Pinchazo y estocada pasada, y oreja al canto.

No perdió comba con el quinto. Dos largas cambiadas de rodillas, lances a pies juntos, galleo por chicuelinas, la ventolera de las zapopinas, la velocidad de las banderillas -el segundo encuentro fue por el pitón izquierdo-, lío e ilusión con la muleta, de hinojos o en pie. El ciclón de Velilla de San Antonio, incansable, le buscó las vueltas también a este penúltimo toro para arrancarle los muletazos y la oreja. El gentío tragó con la disposición de El Juli. Nada más. Vale.

Ponce constató que no renuncia nunca a la fe ni a la afición ni a la ambición que le caracterizan. Entendió bien que el murube que abría plaza se entregaba más a izquierdas, aunque no terminó de romper ni de descolgar la embestida. En la extensión de la faena también fue fiel el valenciano a su estilo de recolector de avisos.

La afición disfrutó de veras con su toreo sobre la mano derecha en el cuarto, el más proporcionado en hechuras y el de mejor comportamiento. Ponce toreó en redondo con temple y gusto, en una trayectoria de menos a más, pero sin continuidad al natural. No redondeó como debiera. Un palmo de espada y un descabello precedieron un trofeo cogido con alfileres.

Si los toros del gran torero salmantino no reeditaron sus éxitos de pasados años en la capital navarra, Francisco Marco tampoco siguió en la tónica de las últimas temporadas. Y eso que no regateó un ápice de esfuerzo para abrirse un hueco. Mas las largas cambiadas al sexto, las vibrantes verónicas, el quite con medio capote a la espalda, no encontraron el eco debido. Porque luego no remachó con la espada, y así las manoletinas de rodillas al tercero quedaron también diluidas en reiterados pinchazos. Una pena, pues vista la rapidez del palco con los pañuelos no le hubiera sido difícil subirse al carro orejero.


Diario de Sevilla. LUIS NIETO. El Juli, de nuevo a hombros

Julián López El Juli retornó a los sanfermines con su enorme ansia de triunfo. Y el público, en correspondiencia, se rindió al joven madrileño. Una oreja de cada toro y segunda salida a hombros en su segunda y última comparecencia. La vuelta al ruedo en el quinto, con autoridad y paso firme, con los representantes de las peñas anudándole sus pañuelicos, fue una escena que representaba con fidelidad el paseo de un triunfador incuestionable. Pero el éxito en esta ocasión, con los mozos atendiendo cuanto hacía, no llegó al de su anterior tarde, al menos en lo que se refiere a la concepción de sus faenas, en las que apostó fundamentalmente por la vía bulliciosa.

En el festejo, la presidencia, en plan triunfalista, tiró con suma facilidad de pañuelo, concediendo trofeos de escasa fuerza a Enrique Ponce y El Juli.

Lo sucedido en el primero, para olvidar. Fundamentalmente el susto que se vivió cuando, en banderillas, el burel alargó el cuello y con el pitón derecho derribó a Antonio Tejero, tras clavar un par. El toro -¡610 kilos!- pisó la cara al peón cordobés, que se levantó por su cuenta ¡¿De qué están hechos los toreros?! Muy bien al quite Francisco Marcos y Mariano de la Viña. Enrique Ponce demostró con la franela que por el pitón derecho el toro no tenía un pase. Por el izquierdo, sacó pases aislados de calidad. No hubo más.

No humilló totalmente el noble y flojo cuarto. Ponce, sin nada reseñable en el capote, pergeñó una faena académica y pulcra, a la que le faltó calor y pasión en la primera parte. Le concedieron una oreja con petición minoritaria.

El Juli fue un vendaval ante el segundo. En su variedad capoteril, anotó un quite por faroles. Francisco Marco fue cogido en su quite, al iniciar una rafallera. Todo quedó en un susto y un serio revolcón. El Juli continuó de manera arrebatadora. Con las banderillas clavó un par de dentro afuera y otro por los adentros con una finalidad envidiable. Ya con la muleta, en los medios, faena con autoridad y seguridad, apostando por el arrimón y el efectismo, como un desplante de rodillas. A la hora de matar, tras un pinchazo, se tiró tan de verdad que salió rebotado a cambio de cobrar una estocada eficaz y la primera oreja de la tarde.

El Juli volvió a la carga, o mejor dicho, a la descarga en el quinto. Porque una descarga eléctrica fue el recibimiento al quinto, con dos largas cambiadas de rodillas. Muy bien el toreo a la verónica, ganando terreno. Quite por lopecinas que impresionó lo indecible, con la primera muy ajustada. Cumplió en banderillas. Y con la muleta, en los medios, labor encimista ante un toro que se quedaba corto por ambos pitones. Fue una labor de cara a la galería, pero sin tiempos muertos, con un epílogo de rodillas, como comenzó, y desplante. Mató eficazmente y le concedieron una oreja.

Francisco Marco perdió malogró por la espada un notable actuación. Se mostró pundonoroso en el tercero. Estuvo variado en el capote. Con la franela, faena seria y voluntariosa por ambos pitones, que terminó con un par de manoletinas de rodillas. Falló con los aceros y perdió, probablemente, una oreja.

Con el noble, pero paradote sexto, el navarro estuvo nuevamente muy entregado. Se jugó la vida a portagayola, toreó vibrantemente a la verónica y realizó un quite a medio capote. La faena, con serenidad y valor, tuvo peso, pero marró con la espada.

 

©PortalTaurino, SL Pastor y Landero, 6-4º  41001 Sevilla España.  Contacto con PortalTaurino