GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE PAMPLONA
NAVARRA

Tarde del jueves, 12 de julio del 2001
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Marqués de Domecq, bien presentados a excepción del primero, justos de fuerza. 

Diestros:

Entrada: lleno.

Tiempo: calor.

Crónicas de la prensa: El País, Diario de Navarra, El Mundo, ABC, Diario de Sevilla


El País. JOAQUÍN VIDAL. El caso del toro asesinadito

En la octava corrida sanferminera hubo un caso y fue el del toro asesinadito. Tal cual ocurrió: salió un toro y lo asesinaron. No se deberían tomar a broma estas cosas. A un toro podrán lidiarlo y matarlo, porque así es la fiesta, pero no asesinarlo. Jesulín de Ubrique trató de impedirlo, pues iba de director de lidia y asumió sus responsabilidades, pero distinto es que le hicieran caso.

El toro, colorao por más señas, un tanto capirote si de matizar se trata, hacía segundo y se comportó bravucón. El pobre no engañaba a nadie y en la primera vara ya demostró su carácter. Se arrancó de un extremo a otro del redondel por el puro diámetro a galope tendido para embestir al caballo que estaba en la otra punta y al sentir la quemazón del hierro brincó dolorido y se puso a buen recaudo.

En los siguientes encuentros -unas veces en terrenos de sombra, otras en sol, lo mismo en chiqueros que en contraquerencia- le pegaron duro y ya iban cuatro varas cuando el presidente cambió el tercio. Sin embargo los picadores no se marchaban, a los peones los distraía una mosca que pasara, Finito se marcaba una de disimulo, todos parecían atacados de parálisis repentina mientras Jesulín intentaba poner orden; y con esas lograron consumar el asesinato del toro metiéndole vara alevosa las dos veces que se le ocurrió acercarse a los caballos.

Acabó moribundo el animal y Finito (así cualquiera) le componía farruco figuras pintureras sin cuajar pase completo alguno. Y menos mal que la mayoría de la plaza -unos cantando, otros libando, otros mirando a las musarañas- no se apercibió de lo acaecido ya que podría haberse armado la de Dios.

No es que Dios se desentendiera o que tuviese la fiesta dejada de la mano. Antes al contrario mandó de inspección a San Fermín, como convenía dados el lugar y la fecha. Y se apareció en un tendido de sol cuando terminaba Finito de Córdoba su otra faena, no se sabe si para bendecirla o para excomulgarla.

Estas cosas siempre son discutibles y acaban levantando polémica. Finito de Córdoba dio un millón de pases, ninguno en divina forma, lo que se supone dolería al santo y a la corte celestial, por discriminatorio. En realidad estuvo hecho un insoportable e inagotable pegapases con aquel torete flojucho y conformista que le correspondió. Y cuando lo mató de mandoble trasero, algunos espectadores le dedicaron unos aplausos de cortesía. Ahora bien, acaeció que otra parte de la plaza ovacionó a San Fermín al advertir su presencia y, al oírlo, se apropió Finito el homenaje y salió a los medios a saludar montera en mano.

No se vea cómo iba San Fermín. No le faltaba detalle, ni el báculo, ni la tiara, ni la capa pontifical seguramente cortada y bordada en Amiens. Y según iba, se mezcló con los mozos de las peñas, que no lo ducharon con sangría ni lo rebozaron en harina según suele acontecer por aquellos pagos.

Había toreado Jesulín con mucha insistencia de pico y fuera cacho a sendos toros de acreditada nobleza, en tanto el público seguía dedicado a sus meriendas y sus bajativos, según. La primera faena de El Califa, torpona y desacoplada con un toro encastado, transcurrió igual. En cambio la segunda, a un inválido, levantó pasiones a pesar del tosco gusto interpretativo, pues el diestro de Xàtiva se arrimaba, ciñó derechazos y naturales, perpetró manoletinas, se hincó de rodillas tirando los trastos, y ante semejante temeridad, al sorprendido público de poco le da un yuyu. Pudo haber entonces puerta grande mas El Califa mató mal y ni siquiera dio la vuelta al ruedo.

Nadie dio la vuelta al ruedo, ni con el toro sano ni con el toro asesinadito. Y hubo de ser San Fermín el que la diera, revestido de pontifical. En loor de santidad, naturalmente.


Diario de Navarra. BARQUERITO. El Califa, un derroche de valor

La corrida del Marqués de Domecq fue muy aparatosa. Más armada en conjunto que cualquiera de las cinco previas de Sanfermines, que es mucho decir. Leña repartida generosamente por las seis cabezas. Sin excepción. Desde el primero, que, estrecho, alto de agujas y veleto, dio al primer golpe impresión de toro de la Camarga, hasta el sexto tremendo por hondo. Fue, dentro de su impecable presentación, una corrida muy abierta de líneas y sementales. O eso pareció. Ninguno de los seis ganó en belleza al segundo, un castaño albardado, descarado, muy astifino y arremangado, que fue toro de museo. Soberbia la estampa entera.

Pero la fachada y el carácter no mantuvieron proporciones. No fue una corrida mansa, pero sí de extrañísima conducta. Por sus distracciones de salida, por su inexplicable abantonería, por su desigual pelea en los caballos, donde dos de los toros, primero y tercero, pegaron cabezazos y saltos feroces, por su falta de continuidad al embestir los que más quisieron hacerlo, por lo fecuente de sus salidas distraídas de las suertes, por su forma de perder la mirada en el momento de la igualada de muerte. Un amplio catálogo de acciones impropias.

Comportamiento imprevisto

Los toros habían hecho por la mañana un encierro perfecto: la manada reunida y al galope, ni un sobresalto. En la plaza, por la tarde, sobrevino lo imprevisto. Pese a su carga de nobleza, cada toro fue por su cuenta un mundo. Con más pies que ninguno se movió el primero, pero rebotándose, a saltos y con la cara por las nubes cada vez que obedeció. El precioso segundo trotó de salida sin fijarse, fue y vino a los caballos a su aire, cortó en banderillas y tomó la muleta al paso y sin terminar de pasar. El tercero claudicó muchas veces y pegó tornillazos imponentes. El cuarto, derrengadito, se apagó estrepitosamente y estuvo a punto de echarse. El quinto, que barbeó las tablas de partida, cambió a bien en banderillas y, aunque acabara por quedarse en la muleta, no llegó propiamente a repetir. El sexto, en fin, fue el único que se acercó a lo que es la esencia de la ganadería: embestidas algo en tromba, pero voluntad clara y estilo al humillar.

Con la seriedad de la corrida se contaba; con su rara manera de estar, no. Pese a eso, dispuestos y decididos los tres toreros: el nuevo Jesulín señorial, severo y técnico, el renacido Finito de los grandes golpes de muñeca y asentado de pies; y un Califa valentísimo que justificó de sobra el haberse anunciado dos tardes en Pamplona. Con el toro mejor de la corrida, el último de los seis, El Califa hizo cosas de auténtico peso. La primera, atornillarse en la arena muy conmovedoramente; luego, pisar ese terreno donde no hay toro que se niegue; y en fin, jugar y mecer los brazos con soltura antes de, ya en el remate de faena, arriesgar lo indecible, pasarse los pitones del toro a inverosímil distancia. Esta apuesta de El Califa produjo un estremecimiento general y la faena se jaleó cumplidamente. Pero a la hora de matar, El Califa lo estropeó todo: tres pinchazos y tres descabellos dejaron sin premio tanto y tan generoso atrevimiento.

Pase cambiado

Ya en su primer turno El Califa enseñó los dientes. Abrió faena en el platillo con un pase cambiado por la espalda dejándose venir al toro de largo con un inquietante tranco. Pero este tercero se defendió con violencia y, cuando no derrotó, se metió por debajo o por detrás. Firme el torero valenciano, peor obligado a abreviar. A este toro sí lo mató de media apuradilla. La que le hubiera hecho falta para cortarle las orejas al sexto.

Suavidad de Jesulín

Jesulín se acopló de manera muy precisa a las embestidas alocadas del primero y las llevó a media altura suave, despaciosamente, con sobresaliente facilidad. Faena de torero con sitio y las ideas claras. Sin aspavientos, seguro, llevó al toro por donde quiso y mandó en él, que no fue cosa sencilla. Con la frialdad de todo primer toro, la gente tardó en entrar en materia y la música se tomó un tiempo en arrancarse. Cuando se entendió lo de verdad que estaba Jesulín, llegó la hora de cuadrar el toro. Jesulín lo tumbó sin puntilla de una difícil estocada. Con el derrengado, aplomado y apagado cuarto, el torero de Ubrique estuvo tranquilo y paciente, se metió entre los pitones cuando ya no hubo más recursos y liquidó con facilidad.

Las medias embestidas gazaponas y distraídas del segundo obligaron a Finito a abreviar tras pruebas estériles. Se le atascó la espada a Finito, que, tras tres pinchazos sin cruzar, enterró una buena estocada.

Con el quinto, Finito dio muestras de infinita paciencia. Lo metió en la muleta en una elegante apertura y, fuera de las rayas, lo toreó al toque con parsimonia. Algunos muletazos llamaron la atención por lo largos y por el sello tan específico de Finito al torear con la muñeca hacia adentro. Fue faena pasada de extensión y rematada de espadazo caído. Por eso se quedó sin premio.


El Mundo. JAVIER VILLAN. El valor canalla de El Califa

El Califa no sale de Pamplona con el esplendor dorado que se atribuye a su sobrenombre y, en especial, a su torería y valor; pero sale en alza tras una temporada rota por una cornada salvaje. Hasta las manoletinas, ese pase de recurso, ese adorno ante toros febles y postrados que tanto utilizan para arrancar las orejas, tuvieron en El Califa un sello de autenticidad. Como no es infrecuente en este torero, la espada mandó al carajo un triunfo legítimo que ya se presentía. Los triunfos en la plaza de Pamplona tienen color, olor, sabor y ruido. Se preanuncian con un estruendo desmesurado de cánticos y charangas. El Califa estuvo ligeramente desdibujado en su primero.

Jesulín anda desconfiado. No es que tenga andares de desconfianza, pasito a pasito, como la Pantera Rosa. Quiero decir que Jesulín de Ubrique tiene recelos, temores, suspicacias delante de los toros. El cuerpo transmite las emociones del alma. Y en teatro se dice que el mejor actor es el que somatiza las emociones. Jesulín padece ahora el tránsito de la heterodoxia bufonesca a la pretendida seriedad. Y todo se le pone cuesta arriba con la facilidad que antes se le ponía cuesta abajo.

Pero Jesús Janeiro, por lo menos transmite algo, aunque sea la incertidumbre de una identidad desdibujada: Finito de Córdoba no transmitió nada. Y sus toros, por contagio, tampoco transmitían. Su primero fue varias veces al caballo del que salía repuchándose cuando no huyendo descaradamente. Se le picó fatal y se le banderilleó peor. A este paso, la suerte de varas, o su simulacro en versión feroz o light, habremos de verla en las estampas viejas o en los cuadros nuevos. Ignacio Cía, por ejemplo. Hay un pequeño óleo sobre tabla de Ignacio Cía violento de peonaje, monosabios, toro y picador. La víctima es el penco, que alza la cabeza al cielo, un mudo relincho como el caballo del Guernica picassiano. Está ahí toda la violencia trágica de las corridas, una crispación de amarillos, negros, blancos y azules. Ignacio Cía deja este año la Casa de Misericordia pamplonesa y puede que, liberado de servidumbres burocráticas, pueda recuperar el pulso de la pintura. En cualquier caso, cuando yo abomine del tercio de varas, quizá contemple ese pequeño óleo sobre tabla que tengo el privilegio de poseer. Uno tiende a ver la plasticidad de los toros como una síntesis de estéticas diversas: la pintura, la esencialidad dramática, la literatura incluso.

Por eso resulta incómodo ver cómo Finito de Córdoba se pone tan plasta, insoportable y pegapases. El Califa, en cambio, puede estar oscuro pero no pegapases. En el que cerró plaza, al Califa le salió el valor canalla de sus mejores tardes, esa estética de sombría desesperación, triste y suicida. No le acojonaron los pitones del sexto que, para compensar su imponente arboladura, presentaba también una imponente flojera. Se puso El Califa en terrenos de infarto y los pitones hacían saltar chispas de las luces del vestido. Pero la espada, otra vez, fue roma, sin fulgores, sin luz y sin muerte: la opacidad del desastre.


ABC. ZABALA DE  LA SERNA. En tierra de nadie murió el toro

Cuando no fluyen las ideas, ni surge la emoción del toreo, y todo se convierte en monótono y plano, malo. Malo para todos. La octava corrida de San Fermín discurrió por tierra de nadie, y así murió, entre la indefinición de los toros y de los toreros. El Califa, al menos, se acercó más a una cierta exposición, al triunfo en definitiva, que se le escapó a última hora por la espada. Ni siquiera los cánticos de las peñas se coordinaban en una sola voz, ni siquiera eso.

Finito de Córdoba pegó ayer una paliza considerable. En el quinto le dieron un aviso antes de que se perfilara para matar. Se había pasado toda su actuación tirando líneas, con especial vulgaridad en este penúltimo toro, sobre una y otra mano, queriendo justicar con desmesurada cantidad las carencias de calidad y riesgo. Todavía le sacaron al tercio tras un espadazo bajo, trasero y atravesado. Para que luego digan del público de Pamplona.

Antes había protagonizado una bonita inhibición en la lidia del segundo, castigado a modo en el caballo una y otra vez. Después ya cogió los mandos del asunto para obsequiarnos con otro medio centenar, o más, de ramplones muletazos al hilo, sin apostar un alamar ni dar el paso adelante.

Jesulín mostró su técnica con el vareado astado que prologó la tarde. Tanto éste como sus hermanos desarrollaron una movilidad descompuesta, con escasa fijeza. Si acaso el sexto destacó sobre el resto. Pero este primero de Jesulín no humillaba, aunque, para compensar, se desplazaba con largura en la muleta, algo que permitió al espigado matador gaditano estar a gusto en la cara. Sin especial brillantez, muleteó en una extensa labor, que superó, con mucho, la linealidad de la siguiente, cuando flojeó el matador y blandeó el toro.

El Califa apunto estuvo de romper la tónica de la jornada. Cuando parecía que lo iba a lograr con el rebrincado tercero, cuando ya la cosa se encaminaba por buenos derroteros sobre la izquierda, un desarme quebró el ritmo de la faena, que ya no remontó. Ahí quedaron un racimo de naturales de mano baja y la esperanza.

Al astifino sexto lo pinchó tantas veces que se diluyó la gloria. Una lástima, porque había conseguido instantes ligados e intensos en redondo; irregulares al natural; emotivos por ceñidas manoletinas y en un valiente desplante a cuerpo limpio. Pero, al final, lo dicho. En tierra de nadie murió la tarde.


Diario de Sevilla. LUIS NIETO.  La espada traiciona a El Califa

En líneas generales, la corrida de Marqués de Domecq, bien presentada, salió descastada, el mejor fue el sexto, con el que El Califa rozó la Puerta Grande pero falló con la espada.

Jesulín de Ubrique se cargó a un Canadiense y, después, se bebió un trago amargo con Tequila. Pero que nadie se llame a engaño. Eran los nombres de sus descastados toros. El torero se mostró muy serio en una digna labor con su lote. Jesulín, con el que abrió plaza, se estiró a la verónica, logrando un par de templados lances. Imprimió temple a su primera faena a un astado al que cuando le obligaba perdía las manos o bien protestaba. Desplegó su labor junto a tablas, desde un inicio de rodillas sin rectificar hasta terminar en una serie de molinetes enlazados para la galería.

Con el descastado cuarto, que se dejó pegar en varas, el de Ubrique toreó bien a la verónica. En la muleta, labor de enfermero, con una segunda parte muy encimista.

Finito de Córdoba fue a más ante otro lote que tampoco era para el lucimiento. El segundo toro, descastado y huidizo, acabó aplomadísimo en la muleta. Finito no tuvo opción y porfió en una labor espesa. Lo pasó mal para matar a este toro de Guisando.

Con el complicado quinto se empleó más el torero de Córdoba. En una seria faena muy dilatada -escuchó por ello un aviso- logró algunos muletazos aislados de buen trazo con la diestra; aunque no llegó a cogerle el aire con la zurda, con varios enganchones. También brilló en algunos pases de pecho. Mató de bajonazo.

José Pacheco El Califa apostó fuerte ante el encastado tercero, un toro con tendencia a la defensiva, que llegó con movilidad al último tercio. El torero, que puso los pelos de punta con un fallero en el platillo, y el toro arrancándose como un rayo desde las tablas, luchó con la aspereza del ejemplar de Domecq, en una faena desigual por ambos pitones.

Cuando arrastraron al quinto, la corrida había tocado casi fondo. Sólo quedaba un cartucho, el sexto, y era deseable un giro de 180 grados. Giro que llegó precisamente con Deseable, el toro con más cuerda y mayor movilidad de toda la corrida, que tuvo el defecto de blandear.

La propuesta de El Califa fue ambiciosa. En las afueras, logró una tanda muy vibrante por la derecha y otra notable por su temple. Con la izquierda no llegó a redondear. El final fue apoteósico, cuando tras una capeína plasmó cuatro manoletinas asombrosas, en la que se pasó los cuchillos del toro a escasos centímetros del cuerpo, sin rectificar un ápice. El desplante, en la misma cara del toro, de pie, sin muleta, sin aspavientos, fue una explosión de júbilo total. El valenciano tenía el éxito asegurado. Por el silencio que se hizo, es probable que la Puerta Grande estaba abierta. Entró El Califa a matar con el alma, aunque pinchó en lo alto; pero pinchó. Volvió a entrar en medio del silencio -algo increíble en esta plaza- y de nuevo marró. Y así en una tercera ocasión, más dos golpes de verduguillo. El público se quedó con las ganas de premiar la valiente faena, en la que hubo un derroche de entrega.

Al término del festejo, en el semblante sudoroso del diestro, la mueca de la adversidad. E incluso, la mirada hacia el portón de cuadrillas, como si ya se hubiera visto saliendo por la Puerta Grande. Son oportunidades que no deben perderse.

La espada traicionó a El Califa.

 

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