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Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE PAMPLONA
NAVARRA
Tarde del lunes, 9 de julio del 2001
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Herederos
de José Cebada Gago, de irreprochable trapío aunque varios eran
justos de romana, armados; con casta y en su mayoría dificultosos por
esta condición; 2º, bravo.
Diestros:
-
Pepín
Liria, estocada, ruedas insistentes de peones, descabello -aviso- y
dos descabellos (silencio); estocada y descabello (silencio).
-
Juan José Padilla,
estocada (petición y vuelta); cuatro pinchazos bajos, bajonazo
descarado y rueda de peones (palmas).
-
Jesús
Millán, estocada corta trasera contraria perdiendo la muleta y
saliendo perseguido (ovación y salida al tercio); tres pinchazos,
otro hondo y cuatro descabellos (silencio).
Entrada: lleno.
Tiempo: nublada.
Crónicas de la prensa:
El País, Diario
de Navarra, El Mundo, ABC,
Diario de Sevilla
El País.
JOAQUÍN VIDAL. Terremoto Padilla
Juan José Padilla siempre la arma. Es el torero ideal para las plazas
de pueblo o las de capital donde sólo dan toros en feria y el público,
de toreo, pasa -que se suele decir- pues prefiere divertirse, y lo que le
divierte son las carreras, el bullicio, el tremendismo, la sal gorda. Y en
todo esto se entregó Juan José Padilla hasta convertir el coso pamplonés
en un terremoto.
No le faltó de nada a Juan José Padilla: desde la larga cambiada a
porta gayola a su primer toro hasta el estoconazo entrando a la velocidad
del rayo o más bien saliendo pues se echó fuera. Y, muerto el toro, hubo
petición de oreja que el presidente no concedió lo cual produjo un
conato de rebelión contra la autoridad legítimamente constituida, un
estallido de ira por parte del público como si le hubiesen acabado de
robar la cartera.
Es propio de las plazas de pueblo y de las capitalinas donde sólo
celebran toros por feria que los públicos concedan mayor importancia a la
oreja del toro que al toro entero. A estos públicos, el toro -su trapío,
su integridad física, su casta- les trae sin cuidado mientras por una de
sus orejas peludas serían capaces de armar la revolución y de inmolarse
a lo bonzo.
Lo que acaeció para que se produjese la vehemente petición -no
mayoritaria, por cierto- tuvo sus momentos cumbre. La larga cambiada a
porta gayola para empezar -que fue determinante, por supuesto-, una
ensalada de revoleras, medias verónicas y largas de imprecisa ejecución
y, sobre todas las cosas, un par de banderillas en la modalidad del violín.
El par de banderillas en la modalidad del violín sorprendió al público
y produjo un delirio que duró la corrida entera.
Antes del violín Juan José Padilla había puesto dos pares que llaman
'de la moviola' - pues corre para atrás y parece como si estuvieran
rebobinando la imagen-, uno de ellos dando veloces giros sobre sí mismo
lo que ya constituye un alarde casi sobrenatural para un ser normalmente
constituido.
Con semejantes precedentes es obvio que la faena de muleta que pudiera
hacer Juan José Padilla carecía de relevancia. Le correspondió un toro
bravo, con una embestida pronta y agresiva, al que apenas pudo dominar en
el transcurso de su afanoso trastear por derechazos y naturales; no lo
templó, hubo de librar achuchones, sufrió un desarme, disimuló
improvisando un molinete, se tiró a cazarlo y lo consiguió al primer
intento.
El toro se resistía a doblar, aguantó la larga agonía apoyándose en
las tablas y murió de pie. Esta muestra de bravura se homenajeó con una
ovación que Juan José Padilla recogió como suya y ahí vino lo de la
petición de oreja, la negativa del presidente pues no era mayoritaria, la
bronca, la vuelta al ruedo de Padilla dejándose anudar pañuelicos
sanfermineros.
La corrida no tuvo ningún otro jubiloso acontecer porque los toreros
no podían con los toros de Cebada Gago. Que sacaron casta y eso los
taurinos lo consideran indicio de criminalidad. Pepín Liria les pegaba a
sus toros unos trallazos en tandas vertiginosas, y acababa avisando las
codiciosas embestidas. El propio Juan José Padilla, que cambió el tercio
de varas del quinto toro porque le daba la gana, sin esperar a que el
presidente sacara el pañuelo, tampoco pudo con este ejemplar, de corto
recorrido, que le desbordó en todos los frentes.
Y Jesús Millán estuvo muy pundonoroso, si bien no bastaba para hacer
frente a las dificultades de los ásperos toros que le correspondieron. El
que hizo tercero le pegó una voltereta y luego en el suelo le empitonó
con saña hasta dejarle la taleguilla inútil para cualquier compostura.
El sexto apenas tenía arrancada y no permitió el lucimiento. Salió Milán
a torearlo encorsetado con un enorme vendaje que tapaba los desperfectos y
también las vergüenzas. Parecía que venía de la guerra el valiente Jesús
Millán. Y, sin embargo, en el caletre de la gente aún estaban Juan José
Padilla y su par del violín. Lo que es la vida.
Diario
de Navarra. BARQUERITO. Decepcionaron
los cebada De todas las corridas
que Cebada Gago ha lidiado en San Fermín en los últimos quince años, ésta
fue la de peor balance. Pepín Liria resolvió con desparpajo los
problemas de sus dos toros. No le aturdieron las embestidas descompuestas
de un zumbante primero que, teniendo la agresividad característica de la
ganadería, dejó ver muchos más vicios que virtudes: ágil de cuello,
pero incapaz de descolgar o humillar, el toro, con su carga de alegría y
su voluntad, pegó gaitazos sin cuento, punteó los engaños por arriba y,
sin medir propiamente al torero, se asomó por encima del estaquillador y
no se entregó. Ni amago de hacerlo.
Inquietante lo incierto del toro, que tuvo movilidad, pies, poder y
guasa. Sus llegadas a embroque, rebrincadas las más de las veces, fueron
escalofriantes. Extraordinariamente descarado -fue el de menos cuajo pero
el de más cara de toda la corrida-, este toro acabó contando a la hora
del saldo como uno de los tres aceptables. Visto eso, la idea se precipita
sola: paso en falso de los "cebadas" en su plaza fuerte, que es
Pamplona.
La enjundia del trasteo perdió peso y emoción por el empeño del
torero de Cehegín en prolongar faena. Como la estocada, de mérito,
necesitó el refrendo de tres golpes de verduguillo, los logros previos -y
entre ellos, los riesgos corridos- pasaron al olvido tras oírse un
justiciero aviso. El cuarto, otro toro de gran seriedad, echó las manos
por delante en el capote -Liria lo recibió con una larga de rodillas en
el tercio-, cumplió sin apretar en la primera vara, se echó para atrás
en la segunda, levantó la cara en banderillas y quiso lo justo en la
muleta. En plena merienda, y con la mayoría de la gente ajena, Pepín,
dispuesto, se puso a torear en seguida, en los medios, descarado sin
probaturas. Una colada sorpresa le hizo cambiar de estrategia en seguida.
Pero en cuanto fue obligado por abajo, el toro perdió las manos. Sin
llegar a irse de la muleta, se negó a pelear. Hasta que dobló tras una
estocada tendida. Por primera vez en su impecable historial de San Fermín,
Pepín Liria se fue de Pamplona sin haber dado ni una sola vuelta al
ruedo.
El segundo salió con un extraordinario galope de gacela y Juan José
Padilla, que sintió en las sienes el viaje del toro en el saludo a porta
gayola de rodillas, le pegó lances espectaculares: a dos manos con el
compás abierta, a una en recortes envueltos, a pies juntos en chicuelinas
marcadas muy arriba. Ese juego, de punta a punta de la plaza, fue soberbio
y la ovación de premio, la mayor oída en lo que va de feria. Padilla
llevó al toro al caballo galleando de frente por detrás, pidió que se
picara al toro muy lo justo, banderilleó con facultades, facilidad y
verdad -dos pares cuarteando tras jugosos preparativos y un tercero, de
sorpresa, al violín- y entró en materia en seguida. No había terminado
de brindar todavía desde el platillo cuando el toro se le vino a galope
tendido desde las rayas. Muy emocionante el arranque.
Faena de más a menos
Con sitio, el toro fue y vino. Pero cuando Padilla acortó
distancias, el toro empezó a pegar primero taponazos y achuchones y,
luego, a tirar derrotes al vientre. Ya avisado, se descompuso y se defendió.
Así que fue faena de más a menos. Padilla remató de estocada
ligeramente trasera y, acostado contra las tablas, el toro tardó en
echarse. Hubo petición fuerte de oreja, pero el palco no la consideró
mayoritaria. Al concluir Padilla la vuelta al ruedo, mucha gente se volvió
enfurecida contra el palco. La bronca se olvidó en seguida.
El quinto, de estrepitoso volumen y bella pinta cárdena, pegó
cabezazos de genio en el caballo y, con sólo una vara, Padilla pidió el
cambio de tercio y forzó al palco a concederlo. Sobrado en banderillas -de
mérito especial un tercer par de dentro afuera-, Padilla abrió faena con
aire grande en el estribo y por arriba. La idea no resultó brillante,
porque a partir de entonces el toro se puso sistemáticamente por delante,
tiró derrotes violentos y, enterado, anduvo más pendiente del torero
jerezano que de otra cosa. Un eléctrico cuerpo a cuerpo entonces. A
ratos, Padilla pareció sentirse como pez en el agua en esa sorda
refriega, que fue muy vibrante. Pero esta vez falló la espada: cuatro
pinchazos sin pasar -y sin rectificar terrenos- y, al cabo, un feo y
expeditivo bajonazo.
Impresionante cogida
El susto mayor de la feria se vivió con el tercero, que fue
menos toro que los otros cinco, peleó de bravucón en el caballo y empezó
a apoyarse en las manos en seguida. Arreones y distracciones. E incógnita
relativa en la muleta: fue muy pegajoso, aunque obedeció, por el pitón
izquierdo, y por la otra mano se metió sin disimulo por debajo y se
revolvió en un palmo. Misión difícil para un torero más o menos nuevo
como el zaragozano Jesús Millán, que se estrenaba en sanfermi- nes.
Su alarde de ponerse antes de tiempo por el pitón derecho lo pagó
con una escalofriante cogida de la que salió ileso por milagro. El toro
lo tuvo entre las manos, lo prendió por la faja cuando lo vio caído en
el suelo de espaldas y le pegó una fiera paliza que le dejó la
taleguilla destrozada. Al volver a la cara del toro, con la ebriedad
habitual de los toreros cogidos, Millán cuajó dos buenas tandas con la
izquierda de temple y mano baja. Pero tardó en encontrar la igualada -la
plaza, en vilo, cada vez que el toro lo descompuso- y, aunque la estocada
perpendicular acabó tumbando al toro sin puntilla, la salida del embroque
fue deslucidísima: perseguido, Millán hubo de saltar la barrera. Por
eso, y no sólo por eso, no pudo celebrar su debut en Pamplona con un
triunfo.
Al sexto, un hermoso pavo colorao, Millán quiso que se le cambiara
con un sólo puyazo, pero, después de atenderse la petición, todavía
cobró el toro dos más. Esperó en banderillas y se paró en la muleta.
Toro venido abajo y muy justa la confianza del torero aragonés, que se
encontró el toro encima una y otra vez. Cuatro pinchazos y cuatro
descabellos. Ninguna suerte.
El
Mundo. EFE. Espectacular
corrida de Cebada Gago
La ganadería de Cebada Gago, con amplio y brillante
historial en Pamplona, ha vuelto a escribir un importante capítulo de
emoción en esta plaza. Solamente dos, quinto y sexto, pasaron de los 500
kilos. Pero no ha sido el volumen lo más importante. Descomunales y
astifinas defensas, mucha casta y movilidad, sobre todo lo último.
Resultado de este coctel ha sido la dureza de los seis toros sin excepción,
que para mayor abundamiento han desarrollado sentido cuando no se le han
hecho bien las cosas.
Esto último, hay que advertir, no desmerece un ápice la actuación de
los espadas, valientes sin reservas. Quizás por eso, a pesar de que no
han llegado a resolverse faenas completas, el público se ha sentido
defraudado por no haber podido premiar al jerezano Padilla, que ha sido el
que mejor lo ha vendido. No valen censuras al presidente, que ha estado en
su sitio, reivindicando el prestigio y la categoría de una plaza de
primera, pues en la lucha entre toro y torero, había vencido claramente
el animal.
Liria se ha fajado con el encastado y listo primero en una lucha sin
cuartel. Faena en la que no ha habido ni un sólo pase limpio, pero todos
han sido muy emocionantes. El de Cehegín ha planteado muy bien la faena,
tratando de ganar la partida en series cada vez más largas, aunque muy
pendiente siempre de que no le fuera a echar mano, cosa que ha intentado
el toro en dos ocasiones, la segunda haciéndole hilo cuando se perfilaba
para matar.
En el cuarto, con la corrida ya más que definida, Liria ha tenido el
gesto de asumir otra vez el papel de valiente aún a sabiendas de las
complicaciones que traía el toro, y lo difícil que estaba el camino del
triunfo. Una larga cambiada en el tercio en el saludo con el capote y los
inevitables atragantones con la muleta han tenido mucho significado.
Padilla ha ofrecido un magnífico espectáculo, aunque en ocasiones no se
midiera lo suficiente en gestos contra el presidente y hasta el propio
toro. De él hay que decir que se ha jugado la vida a carta cabal en el
lance a portagoyola al que siguieron verónicas y chicuelinas en el mismo
platillo de la plaza y un galleo por detrás para poner en suerte.
Protagonista también de un tercio de banderillas acertado, sincero y muy
emotivo.
En pleno brindis al público, el toro se le ha arrancado de plaza a plaza,
parándole con un oportuno muletazo por alto. Emoción por los reflejos más
que por estética y a partir de ahí el toro queriéndose comer la muleta.
De la codicia y el buen tranco que en principio se adivinaba en el astado
cada vez quedaba menos.
Lucha sin cuartel, en la que vencía el animal que iba enterándose de
todo, mientras Padilla renunciaba poco a poco a hacer faena. Espectacular
espadazo que el toro se ha tragado como si tal. Fallo imperdonable del
torero ha sido castigarle con una larga e injusta agonía. El presidente
ha entendido que no era de oreja y Padilla ha gesticulado mucho contra él
para echarle la plaza encima.
No ha sido esa la única e indisimulada grosería del jerezano, que en el
quinto toro ha mandado retirarse a su picador cuando aún el presidente no
había ordenado el cambio de tercio. Padilla, que había hecho vistoso
quite por navarras, ha puesto otra vez banderillas con ambiente muy a
favor, y vuelto a jugársela con la muleta. Faena sincera, aunque muy
movida a uno de los toros más complicados del encierro, que se lo pensaba
mucho antes de echarse para adelante. Como alternativa a tanta dificultad
se ha prodigado el torero en rodillazos y otros efectos especiales. El
fallo a espadas finalmente ha apaciguado todo.
El debutante Millán ha esgrimido de entrada sólo el valor como arma, y
no le ha dado resultado. Su primero humillaba pero en plan tobillero, y
cada vez revolviéndose antes, hasta que lo ha levantado por los aires dejándole
prácticamente desnudo y desarbolado de ideas.
En el sexto ha repetido el torero los mismos errores, de forma que no ha
podido ir más allá de las tarascadas, ganándole otra vez el toro. Ha
sido una tarde de emociones incesantes, el espectáculo del toro con mucha
movilidad y dureza.
ABC. ZABALA DE LA
SERNA. A Padilla le birlan una oreja
A los toros de Cebada Gago les gustan las corbatas (corbatines o pañoletas
en lenguaje ortodoxo y taurino), y derrotan para quitárselas a los
toreros. Ven una y allá van, con estilo navajero. Rebañan y alargan la
gaita a traición, como tironeros de Montera o Arenal. Peligro de veras
sacaron los cebadas, distintos en hechuras, iguales en genio y mala baba.
Uno medio desnudó a Jesús Millán en una voltereta de órdago, otro
quiso acuchillar a Padilla por el esternón y otro más por poco le rebana
el cuello a Liria en un arreón terrible. Así, en este plan, navegaron
los tres matadores como buenamente Dios les dio a entender.
Si Juan José Padilla no cuenta ahora en su haber con una oreja es
porque el presidente se la birló, literalmente. O quizá fuera el asesor.
Porque al usía le delataba la cara: no sabía ni dónde se encontraba.
Mientras que el consejero ponía gesto de pocos amigos, de tipo duro y
listo o aficionado conspicuo. Absurda batalla. El Ciclón de Jerez había
estado a por todas. A portagayola, galleando, en banderillas, con
diferentes pares —en la suerte de la moviola, el molinillo y el violín—
que enardecieron a los tendidos, que gritaban «oe,oe,oe», como si fuera
el Sadar. Y siguió bullicioso y entregado con la muleta, entre hachazos y
terroríficos viajes. Mató de una, y entonces asesor y asesorado hicieron
el ridículo.
Ya no hubo ocasión para que Padilla recuperara el trofeo con el
quinto, otra prenda. Además, pinchó repetidas veces en los bajos o donde
cayera el acero. Claro, tanto va el cántaro a la fuente que, al final, el
espadazo en los sótanos no sorprendió.
Liria bregó con el burraco, astifino y vareado que abrió plaza, puro
nervio. Pin, pan, como un combate de esgrima, el diestro murciano
esquivaba el posible «touché», rápido de reflejos y raudo. Muleteó
sobre ambas manos en una faena demasiado larga, aunque tesonera y
meritoria. No le faltó peligro al cuarto, pegajoso y algo derrengado de
los cuartos traseros. Pepín trasteó afanoso y aguantó alguna que otra
colada.
Millán se empeñó en el pitón peor del tercero, el derecho, y vino
el mencionado percance. Cuando se incorporó, había aprendido la lección
y continuó siempre por el izquierdo. Fue breve con la espada, que se le
atragantó, sin embargo, con el desagradable sexto.
Diario de
Sevilla. LUIS NIETO. Dura empanada de
Cebada
Ni Juan José Padilla, el ciclón de Jerez, que es
como el viento de Levante, ni el maño Millán, torero rotundo cuando
entra en versión Moncayo, triunfaron. Ni siquiera -y esto todavía es más
noticia- se escucharon los rugidos de ese león de Cehegín, que es Pepín
Liria, un ídolo en los pagos navarros. El genio, la guasa, la dureza de
la corrida de Cebada Gago fue un huracán que borró sueños toreros y
trajo olor a cloroformo por momentos. De hecho, el joven Millán tuvo que
pisar la enfermería tras una paliza de órdago.
El festejo se calentó tanto en los graderíos como en la arena.
Mientras en los tendidos algunos mozos entraban en una batalla campal, en
el ruedo la terna se deshacía entre gañafones, dándole vueltas a la
cabeza para meterse con unos toros complicados. Mientras arriba el vino y
el cava corrían y se devoraban riquísimas viandas; abajo, los toreros se
afanaban por hincharle el diente a la correosa y durísima empanada de
Cebada.
Acostumbrado a triunfar en las útlimas ediciones, Pepín Liria ha
pasado en estos sanfermines de puntillas. El burraco que abrió plaza,
escurrido, con mucha cara, que manseó en los dos primeros tercios, fue el
dueño del ruedo de comienzo a final. Liria, tras unos lances de tanteo al
recibirlo, lo dejó algo crudo. En los medios, el murciano no se fajó y
estuvo a expensas de un toro que remataba con la cara arriba. Pasó apuros
al final y mató mal.
Con el cuarto, el de Cehegín comenzó con decisión, con una larga
cambiada en los tercios. En los medios, sin probaturas, se encontró con
un hachazo por el lado derecho como aperitivo. Por ese pitón, el toro
estuvo a punto de trincarle cuando le barrió la banda de la taleguilla
con la pala del pitón. Tampoco tenía franqueza alguna para el
lucimiento. El diestro estuvo hábil con la espada.
Juan José Padilla, en blanco. Todo por mor del presidente. Porque lo
cierto es que hubo petición mayoritaria en su primero, por una labor con
guiños a la galería, de formas estridentes. Muy decidido, principalmente
al recibirlo de rodillas, a portagayola. El pitón derecho del animal le
pasó a escasos centímetros. De pie, variedad, con verónicas,
chicuelinas, largas, medias..., pero todo ello en plan bullanguero. En las
banderillas primó la espectacularidad, con pares a la moviola, remolino y
al violín. Cuando brindaba al público, en el platillo, el toro se le fue
como un tren y, sin descomponerse, dio un estatuario, al que siguieron
otros pases por alto. Con la diestra estuvo vulgarote y con la izquierda
no tuvo opción al lucimiento, ya que el toro le buscaba. Mató de un
estoconazo y el público pidió la oreja mayoritariamente.
Incomprensiblemente, el presidente la denegó.
El quinto, Pensativo, se lo pensó en cada embestida. Padilla lanceó a
la verónica sin los trallazos que dio en el anterior. En una actitud de
rebeldía -que probablemente le cueste una multa-, mandó retirarse a su
picador, aunque el presidente no había ordenado el cambio de tercio. En
banderillas, el mejor par fue el menos espectacular, el tercero, de dentro
afuera. Y con la muleta expuso en el inicio, sentado en el estribo. El
resto quedó en una labor bulliciosa con un astado que se quedaba corto
por ambos pitones. Mató mal.
Jesús Millán debutó en la Misericordia con un lote imposible. El maño
se jugó la vida en primer lugar con un toro listo y peligroso,
especialmente por el derecho. El torero fue cogido en un pase de pecho con
la derecha, siendo enganchado por el muslo derecho al volverse el toro,
que le buscó en la arena. Le propinó una tremenda paliza de la que salió
milagrosamente ileso; con la taleguilla destrozada. Tomó de nuevo la
muleta, con la zurda, pero fue un esfuerzo en vano. Cuando propinó la
estocada fue perseguido, teniendo que tomar el olivo.
El sexto salió suelto, se dejó pegar en varas y llegó a la muleta
aplomadísimo. Millán no tuvo opción alguna al lucimiento y manejó pésimamente
la espada.
Sin duda, la terna sufrió las de Caín con la correosa y dura empanada
ganadera de Cebada. |
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