GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE PAMPLONA
NAVARRA

Tarde del domingo, 8 de julio del 2001
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Manuel Ángel Millares, descastados.

Diestros:

Entrada: lleno.

Tiempo: nublada.

Crónicas de la prensa: El País, Diario de Navarra, El Mundo, ABC, Diario de Sevilla


El País. JOAQUÍN VIDAL. Si no fuera por Paquito el Chocolatero

Los mozos pamploneses tienen un recurso infalible para no morirse de aburrimiento cuando las corridas transcurren malas y plúmbeas, cual era el caso, y es ponerse a cantar. La verdad es que cantan muy bien a coro y da gusto oírles. En cambio da pena que no amplien su repertorio a lo regional, con las bonitas canciones que hay en Navarra, sobre todo joticas de mucho sentimiento. Y siguen cantando lo de siempre. Un cuarto de siglo largo llevan repitiendo las mismas piezas. Su canción crucial es Paquito el chocolatero. Si no fuera por Paquito el chocolatero a lo mejor ni iban a los toros; así está la cuestión.

Otra de las piezas básicas es La chica ye-ye, que creó Conchita Velasco hace la tira, y desde entonces la atacan las bandas en el coso, varias veces durante la corrida sin que venga a cuento, y los mozos la corean con mucha delectación.

Sería injusto olvidar el Vals, de Astráin, que posee asimismo tradición en las corridas sanfermineras y raro es el día que no se canta pero sin tanto entusiasmo como Paquito el chocolatero. Un amigo navarrico de pura cepa, sanferminero cabal, le tiene dicho a la familia (y a servidor en calidad de albacea para este menester) que cuando lo entierren le han de cantar Paquito el chocolatero. Y seguro que así se haría si se fuese a morir alguna vez, cosa que no ocurrirá nunca jamás.

De manera que en Paquito el chocolatero estuvo la distracción, la alegría y la esperanza de llegar a buen fin en la tarde espesa, dentro del inquietante coso cerrado por arriba mediante una nube cárdena, desabrido por abajo a causa del descastamiento generalizado de unos toros impropios de esta feria.

Los diestros bastante hicieron con presentarles pelea y estar sumamente voluntariosos. Nada se les podría reprochar en este aspecto. E incluso se debería destacar la probidad profesional de Francisco Marco, torero de la tierra, que intentó realizar siempre el toreo en pureza. Embraguetándose en las verónicas, presentando adelante la pañosa y ejecutando los pases con sujeción a los cánones, incluida la cargazón de la suerte. Luego, sí las faenas carecieron de brillantez fue porque los toros tampoco la tenían, cantaban su falta de casta (de clase por tanto), se paraban y hasta podían jugar un disgusto como hizo el sexto con sus violentos derrotes y sus medias arrancadas.

Luis Miguel Encabo lo intentó todo, largas cambiadas de rodillas, chicuelinas, navarras, buena brega, intervenciones banderilleras (aunque en estas tuvo poca fortuna); muletazos de rodillas, derechazos, naturales, sin que acabara de cuajar ninguna tanda completa por los mismos inconvenientes de unos toros incapaces de embestir empleando una mínima fijeza y continuidad.

En similares circunstancias se encontró Luis Francisco Esplá, que la mala corrida no reservó ni favoritismos ni excepciones para nadie. Y resolvió los problemas haciendo uso de su maestría habitual, según cabía esperar. Poco lucido en banderillas, emocionó -no obstante- el cuarto par que prendió de propina, por los terrenos de dentro, al primer toro. Práctico y escasamente templado en las faenas de muleta, estuvo excelente Esplá como lidiador, convirtiendo en exhibición su conocimiento de los terrenos, su técnica capotera, su gusto para lancear a toro corrido o gallearlo de frente por detrás.

Reaparecía Esplá en Pamplona 13 años después de que le pegaran un broncazo cruel e injusto y sufriera intentos de agresión simplemente por no banderillear un pablorromero endemoniado al que, en cambio, lidió derrochando vergüenza torera. A su regreso, parecía que muy pocos en el tendido guardaban memoria de aquella sórdida tarde (los mozos que le gritaban serán ahora respetables padres de familia), pero Esplá seguramente notaría pocos cambios. El ambiente sigue siendo el mismo, las peñas ocupan el lugar de siempre armando el mismo bullicio, el estruendo no ha decrecido, y además ya entonces se cantaba en la plaza Paquito el chocolatero.


Diario de Navarra. BARQUERITO. Un gran toro de Millares

La puerta de la Feria del Toro se la habían abierto a la ganadería de Manuel Ángel Millares dos sobreros lidiados en Pamplona los dos últimos años. El toro con el que debutó por derecho el ganadero en San Fermín estuvo en la línea de aquellos dos. Por encima de ellos incluso. Muy puesto el toro. Un pelo corretón. De los que tardan en fijarse. Pero remató de salida y, aunque volvió contrario, se vino en serio. Esplá, seguro y liviano en el saludo, lo lidió con mimo y criterio. Dejado muy de largo, el toro se vino al caballo sin pensárselo y, debajo, apretó y se quedó. Un gran puyazo de Anderson Murillo. Y, claro, del toro, que repitió estilo, distancia y entrega en la segunda vara, galopó en banderillas y pudo y quiso en la muleta. Largo recorrido, espléndido tranco, fijeza y prontitud por la mano derecha. Menos coba por el otro pitón. En suma, un toro con mucha plaza.

Esplá volvía a Pamplona al cabo de catorce años de voluntario exilio. No hubo recibimiento especial. Ni para bien ni para mal. Reconocimiento a su talento de lidiador por parte de los tendidos de sombra. Se agradeció su buen detalle de lucir el toro en varas, se dio por bueno su afán en banderillas y se siguió sin más calor que el justo y debido una faena medida pero tacaña. Por el pitón derecho -una máquina el toro- no hubo la abundancia ni el descaro esperables. El gesto fue que Esplá se plantara en los medios después de una exagerada apertura en tablas -muletazos por alto con el torero sentado en el estribo- y de unos compases intermedios en los que el toro se encontró, exageradamente también, a Esplá metido antes de tiempo en los costados. De vuelo corto la faena. Y digno el remate de una estocada de gran habilidad tras un pinchazo arriba.

De la categoría de ese primer toro ya no volvió a saltar ninguno más. Promesa grande fue el segundo de corrida. Impuso su codiciosa gasolina de salida. Contó la brava manera de meter los riñones en un primer puyazo tomado en serio. Pero la primera vara se marcó tan atrás y la segunda fue de tanta leña que el toro acabó pagando el precio de las dos. Banderilleado con valentía por Encabo, que también debutaba en Pamplona, el toro, ya roto, o demasiado quebrado, se apagó en la muleta. Tardo, en cortos viajes, con la cara arriba en el empleo por falta de poder. Entero y aplomado el torero, que cobró con mérito una estocada trasera y desprendida. La espada asomó ligeramente por la panza.

Luego, la corrida perdió carácter. Al tercero, un toro muy cabezón y de tipo bastante distinto a los demás, lo toreó con gusto de capa a media altura Francisco Marco. Lances frágiles y movidos, pero bellos. Del primer puyazo, caído y rectificado luego, se salió suelto el toro, que protestó también en el segundo. Con el lomo en colador, arriba en banderillas y embestida temperamental y picante antes de pararse o ponerse a probar. Difícil el toro por todo eso. Por lo que le costó, además, ir por el pitón izquierdo; por rematar arriba. Bonito el intento del torero de Estella, que al natural apuntó con calidad y gusto. Pero sin redondear. Sobró el adorno final por movidas manoletinas cuando ya el toro, a punto de buscar las tablas, iba a su aire. Tres pinchazos y tres descabellos.

El cuarto fue un toro muy distraído de partida. Lo mejor que hizo Esplá con él fue un galleo de frente por detrás para dejarlo puesto. Picó certero y arriba Pepillo de Málaga hijo, pero dio poco de sí después ese toro. Se vino a tirones al principio, se rajó sin disimulo luego. Mucho oficio de Esplá. Pero apenas brillo.

Interesante el quinto. Desacompasado pero espectacular galope, aceptable pelea en varas, soberbia la salida por abajo tras el segundo puyazo y buena pelea en banderillas y en la muleta. Con un problema: su falta de fijeza. O su manera de acostarse por el pitón derecho. Muy generoso el esfuerzo de Luis Miguel Encabo, que, sin tener en la mano la cosa, expuso, resolvió los momentos más difíciles con desplantes y adornos honrados y que, además, cuando el toro se disponía a buscar las tablas, cobró al segundo viaje una excelente estocada.

Un pavo el sexto, que cumplió de sobra en la primera vara pero cantó la gallina en la segunda. Parado, frenado, con la cara a media altura, fue toro difícil. Las embestidas al paso y sin celo obligaron a Francisco Marco a torear sobre los pies.


El Mundo. JAVIER VILLÁN. Millares: presentación y adios

Los toros de Manuel Angel Millares debutaban en Pamplona y, a tenor de su comportamiento, es posible que haya sido presentación, despedida y adiós. Los toros de Millares, de la estirpe Jandilla, podrían ser para la Feria del Toro o mejor para cualquier otra feria de menos ringorrango. Proporcionados en tipo, proporcionados en fuerzas, proporcionados en casta y un poco más aparentes de cabeza, aunque no todos: taurinamente y políticamente correctos; o sea, la absoluta vulgaridad.

Durante toda la tarde Luis Francisco Esplá anduvo dándole vueltas a la puesta en escena, sin pisar el acelerador a fondo, sin romperse ni mancharse. Vio claro muy pronto que con aquel material de poco iban a valer alardes y riesgos innecesarios: pulcritud, naturalidad. Catorce años ha estado Luis Francisco Esplá lejos de Pamplona. A Luis Francisco Esplá le sobraba razón aquella tarde funesta del toro Chivito, que le descalabraron un picador, hicieron chatarra de su coche y, por poco, lo descrisman a él. Y repitió más o menos la frase felipina cuando la Invencible: «Yo vengo con mi Armada a torear, no a luchar contra los elementos». Y todo porque Esplá, ídolo de aquí, que había cortado un rabo el año anterior, se negó a banderillear: quien bien te quiere te hará llorar y hay amores que matan; pero conviene que no sea a botellazos. Ayer no hubo cuestión ni para bien ni para mal: el público correctísimo y Esplá de puntillas. Pelillos a la mar y aquí paz y después gloria.

Si un toro se manifiesta bravo en varas, firma su perdición, su sentencia de muerte. Eso le pasó al segundo de Millares, quizá el más potable del encierro, machacado en un puyazo asesino. Entre esto y que Encabo no tenía la inspiración de cara, el toro fue de agravio en agravio, desangrándose y apabullado de infortunios. Bien podría haberle dicho Encabo al picador aquello de don Luis Mejías a don Juan Tenorio o viceversa: «Imposible lo hais dejado para vos y para mí». El que ayer parecía imposible fue Luis Miguel Encabo. Al final, se agarró a las manoletinas como tabla de salvación; abaniqueó al toro sin torearlo, como si el toro fuese una damisela; navegó de rodillas entre restos de bocatas, alzó los brazos a las peñas, se desplantó muy farruco y... poco más. Buena estocada al segundo intento.

El año pasado Francisco Marco, un navarro sin proyección fuera de la tierra, estuvo torerísimo y firme. Este año lo ha estado menos. La verdad es que le tocó bailar con la más fea: dos toros intoreables y sin alma. Tardo y deslucido, el primero. Mas lo peor no fue eso, lo peor era la sensación que transmitía Marco de estar y no estar, de querer y no querer, de poder y no poder. El sexto era un buey: bonito de capa, pero un buey. Un colorao con matices y ahí quedaba todo lo que tenía de toro de lidia. Se frenaba antes de echar a andar y cuando arrancaba volvía a frenarse. Francisco Marco se la jugó inútilmente y sin venir a cuento. Aquel pozo no tenía agua, nada había que ganar y sí mucho que perder. Marco vuelve el día 13 con un cartel de lujo. Ponce, El Juli y los murube del Niño de la Capea. Ahí es donde Marco tiene que volver a ser el Marco del pasado año. Y un reconocimiento para El Chano, que tuvo que desmonterarse y se confirma como un peón de lujo.


ABC. ZABALA DE  LA SERNA. Feria de San Fermín: nebulosa de ruido y toros sin clase 

Aestas horas aún resuenan en mi cabeza los tambores de las peñas, los cánticos en plan ultrasur, las trompetas, la algarabía incansable que sube y sube de tono conforme la corrida baja y baja de grados. A menos sucesos, más ruido. Como para centrarse y escribir en medio de una nebulosa de toros sin clase y deslucidos, entre los truenos de las gargantas encendidas a pleno pulmón, bajo el cielo que se desploma a puro huevo, y las sienes palpitan y las pupilas se dilatan en vanos intentos de abstraerse del mogollón y contemplar la lidia.

Toros de Manuel Ángel Millares, mansos y aburridos; Esplá, de maestro sobrado con billete de vuelta; Encabo, de alumno de Esplá; y Marco, por lógica, verderón aunque muy voluntarioso. Esplá y Encabo lidiaron con criterio durante los primeros tercios, buena colocación y ahorro de capotazos. Aquel quitó por navarras y galleó por rogerinas, éste por faroles invertidos y chicuelinas; empataron a nada con los palos, manejados con ramplonería. Y llegó El Chano en el último de la tarde y les enmendó la plana a los dos matadores/ban-derilleros.

MERITORIAS SERIES

Muleta en mano, Luis Miguel Encabo realizó una faena valiente al reservón y peligroso segundo, tardo y pensativo, y resolvió con oficio. Al astifino quinto, colorado y en hechuras, se lo dejó crudito. Brindó a El Potra, don Miguel Criado Barragán, capítulo aparte de la intrahistoria del toreo, e inauguró faena sentado en el estribo y de rodillas. Después le cogió la medida sobre la derecha y templó en varias y meritorias series los incómodos cabezazos. Hasta que se rajó el bicho. Nunca consideró oportuno coger la izquierda. Abrochó por manoletinas para la galería y recogió una ovación desde los medios.

Sin despeinarse pasó Luis Francisco Esplá por Pamplona, donde había dejado alguna cuenta pendiente hace muchos años, unos quince o así. Parece que los más rencorosos se acordaban todavía y le silbaban de manera gratuita. Fue durante su primero cuando Anderson Murillo picó con magisterio: un par de puyazos arriba arrancaron fuertes ovaciones y parabienes. El alicantino banderilleó fácil, mejor en un par de dentro afuera, y muleteó sin complicarse la vida, más o menos como ante el cuarto, que, aunque también acabó acobardado y en busca de las tablas, dio algo más de sí.

Francisco Marco no dispuso de oportunidades con su lote. Pronto le puso la izquierda al tercero. Tras unos compases previos y zurdos prometedores, la cosa se vino abajo mientras el toro echaba la cara arriba. El sexto no humilló nunca, parado y distraído. El Chano se creció con los rehiletes, que ya está escrito, y los matadores/banderilleros se fueron a casa con el rabo entre las piernas. Con perdón.


Diario de Sevilla. LUIS NIETO. Aburrimiento por Millares

De nuevo, gran alboroto en los tendidos. Ruido y alegría. Y mientras los mozos saltaban y cantaban, los toros de Los Millares se paraban y daban el cante. Cante sin casta, lo que marcó el aburrimiento. Aburrimiento a raudales. Aburrimiento por decenas, por centenares y por millares; precisamente con toros de Manuel Ángel Millares.

Luis Francisco Esplá retornaba tras quince años de ausencia. El idilio entre Esplá y los pamploneses se rompió aquella tarde en la que los mozos se empeñaron en que tenía que banderillear a un astado peligroso, a lo que se negó el diestro. Entre los proyectiles que le lanzaron estuvieron a punto de matarle con una botella de cava. Botella que cogió el torero sin inmutarse y colocó en el estribo, diciendo: “¡Esto no se hace!”. A la salida de la plaza le querían matar y le destrozaron el coche.

Pero, después de tres lustros, vuelve “porque las cosas están olvidadas”. Y, con su habitual ironía, manifestaba antes de hacer el paseíllo: “He exigido un plus de peligrosidad”.

El comportamiento del público con el diestro indicó que todo estaba olvidado. El primer toro, noble y bravo, de Millares lo desaprovechó el espada Esplá. Lo mejor de este primer acto lo hizo su picador, Anderson Murillo, que agarró dos puyazos enormes, en lo alto, echando muy bien el palo en dos embestidas del toro desde muy lejos. También notable la intervención de Luis Miguel Encabo en un quite por chicuelinas ajustadísimas. Esplá, en banderillas, estuvo fácil y ventajista en tres pares, clavando un cuarto valioso, por los adentros. Tras el brindis en los medios al público, después de quince años de ausencia, la faena, que comenzó con la derecha, valerosamente sentado en el estribo, fue a menos. El alicantino no se cruzó y no se lució por el buen pitón derecho, desistiendo por el izquierdo tras una colada. Para rematar la cosa, mató mal.

Con el cuarto, Esplá, tras derroche de facultades con los rehiletes, labor frustrada ante un astado deslucido, que acabó en tablas.

Luis Miguel Encabo debutó en la Misericordia con un mal lote. La flojedad ahogó a la nobleza que tuvo el segundo. El torero madrileño, animoso, lo recibió con una larga cambiada de rodillas y cumplió en banderillas. Pero en la faena el material no fue precisamente el idóneo para el lucimiento. Encabo porfió lo indecible con el animal, reservón por su flojedad. Mató mal.

El quinto, Hermoso, un colorao espléndido en trapío, muy serio, con dos buenas perchas, fue complicado. Embistió siempre a base de arreones. Encabo, aunque se entregó, no llegó a sacar partido del deslucido animal, que tenía tendencias a tablas.

El estellés Francisco Marco tampoco tuvo suerte en su primera tarde, de las dos que tiene en esta feria. Al tercero, que no se entregó, lo recibió con una larga de rodillas en los tercios y lo lanceó aseadamente a la verónica. Posteriormente, tras brindar a su paisano, el rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza, realizó una labor anodina, con numerosos enganchones, matando mal.

Marco no pudo hacer nada con el sexto, apagadísimo de principio a fin y, el más mirón, con bastante guasa. Un toro altote y de feas hechuras con el que lo único lucido lo logró El Chano en un par de banderillas.

El debut de Millares fue decepcionante, con una corrida de escasa casta. Aburrimiento a raudales. Aburrimiento a decenas y a centenares. Aburrimiento por Millares, los descastados toros de una corrida deslucida

 

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