GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE PAMPLONA
NAVARRA

Tarde del sábado, 7 de julio del 2001
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Torrestrella, en general bien presentados (3º, con poca cara, bajó mucho, mientras 6º fue grande, con 620 kilos), en su mayoría cornalones, todos flojos, encastados y manejables. 

Diestros:

  • Pepín Liria, estocada baja (silencio); dos pinchazos, estocada caída, rueda de peones y descabello (silencio). 

  • Víctor Puerto, estocada (escasa petición y vuelta); estocada corta (oreja con escasa petición). 

  • José Pacheco El Califa, bajonazo saliendo perseguido (escasa petición y vuelta por su cuenta); estocada y descabello (silencio). 

Entrada: lleno.

Tiempo: calor

Crónicas de la prensa: El País, Diario de Navarra


El País. JOAQUÍN VIDAL. Estas son lentejas

Se ve que no daban para más... Ni toros ni toreros. Los toros de la llamada Feria del Toro salieron como en todas partes: flojos y conformistas. Los toreros también en lo que a conformismo se refiere. Parece ya inútil ponderar, pedir, comparar, aducir paradojas, apuntar corruptelas, denunciar el estado de la cuestión: la fiesta es como han querido hacerla los taurinos y éstas son lentejas: o las tomas o las dejas.

Todo es conformismo en la fiesta, así sean toros, toreros o público. Los toros podrían sacar fachada, cual era el caso de los Torrestrella, pero perdían pata y, a la de embestir, mostraban una enternecedora docilidad. Los toreros -los tres: Liria, Puerto y Califa- se pondrían farrucos, harían ademanes de allá voy, mohines de acá vengo, bravucones gestos de te daba así (al toro); mas el toreo verdadero lo dejaban para el gato. Y al público le traía sin cuidado pues sólo le interesaba que hubiera orejas.

Al público sólo le interesaban las orejas y solazarse en la algarabía primero, con la merienda después , que en esta plaza y durante los fastos sanfermineros es manjar abundante y bien condimentado. Elu, sin ir más lejos, condimenta de maravilla la abundante manduca y Masito, su esposo, hace de la sangría néctar. Y ya dirá el profeta qué importan toros, toreros y toreo habiendo bocatas exquisitos y finos elixires que acarician paladares y reconcilian el espíritu con la gracia divina. De manera que la gente compensaba el aburrimiento haciendo por la vida, en medio del tremendo estruendo que arman los mozos de las peñas.

Algo de politización de la fiesta hubo. En barrera de sol colocaron una pancarta que pedía 'la salida de las fuerzas de ocupación de Euskal Herria'; así, como suena. Y en andanada, otra inmensa, alusiva a los efectos que puede producir en la plaza del Castillo la 'fiebre Barcina', según suena también. Se refería a los aparcamientos subterráneos que se proyectan para la famosa plaza, y Barcina -Yolanda Barcina- es la alcaldesa que, por cierto, presidía la corrida. Al llegar la pegaron gran pitada. Pero era testimonial y al minuto ya estaban los mozos cantando el himno de Eurovisión, las cuadrillas marcando el paseíllo, los alguacilillos cruzando el redondel a galope tendido, mientras una peña lanzaba globos, otra botaba por el graderío un muñeco de goma, varias coreaban el Vals de Astráin, y sin que se oyera el clarín pues lo impedía la descomunal algazara, saltaba a la candente el primer Torrestrella, ora dando guerra ora pegando tumbos.

Ese Torrestrella saco casta agresiva, tendencia derrotona, peligro en sus avisadas acometidas, y Pepín Liria le plantó cara en un meritorio muleteo de generosa entrega, que no pareció agradecer mucho la afición (si es que había alguna entre la alborotada multitud). La faena al cuarto la inció Liria en el platillo, donde citó de rodillas, aguantó así la vivaz arrancada del toro cambiándole el viaje por la espalda, y siguió ligando derechazos en la misma posición. Un alarde todo ello que, sin embargo, apenas se aplaudió. La valentía de Pepín Liria, que mantuvo trasteo adelante, tenía escaso eco, es evidente.

Mejor acogida se dio a Víctor Puerto que realizó sendas faenas reposadas, con oficio y templanza, y tablas para saber cuándo suplir el toreo fundamental de redondos y naturales por suertes efectistas -el circular metiéndose en el costillar, por ejemplo- que impresionana la galería.

La actuación de El Califa, en cambio, se caracterizó por los bajos tonos, incluso cuando trazaba largos los naturales -que dio en numerosas tandas- pues los ejecutaba descargando la suerte, carecían de emoción y acababan desvaídos.

Tanto el Califa como Puerto iniciaron una de sus faenas dando en el platillo el pase cambiado por la espalda y de Liria ya se ha dicho. A lo mejor la imaginación no les daba para más.


Diario de Navarra. BARQUERITO. Gran corrida de Torrestrella

Corrida de nota de Álvaro Domecq en Pamplona. El orden de lidia fue de fortuna, pues el único toro que sacó problemas y puso en guardia a la gente y a los toreros fue un primero muy ensillado y "badanudo" que ni descolgó ni metió los riñones. Quiso el toro, pero, partido en dos mitades, se vino al salto, la cara arriba, casi a topetazos. Acabó viendo mucho al torero, cortando los viajes, revolviéndose. Eso -las dificultades- fue parte del espectáculo. La guinda de la fiesta, el fantástico arreón con que respondió a la soberbia estocada con que Pepín Liria lo acabó tumbando sin puntilla.

Este aviso de problemas que trajo el primer toro de la primera corrida de San Fermín no tuvo después confirmación. Con su seriedad, con su movilidad, con su imponente y variada presencia y con su llamativo poder, los otros cinco toros de Torrestrella se emplearon. De distinta manera. Originalmente. Y en tobogán: bueno el segundo, mejor el tercero, todavía mejor el cuarto, que fue el más completo de todos. Y cuando duraba todavía en el paladar el regusto de ese excelente cuarto, dos toros más, de hechuras radicalmente distintas, que tuvieron en común lo noble de su manera de pelear.

Espectáculo

El hecho de que la corrida toda se moviera con llamativa generosidad trajo que el espectáculo no tuviera apenas tiempos muertos. Ni se cayó ni se paró la corrida. Vino a confirmarse la sentencia ya vieja de que un encierro accidentado, como lo fue el de los torrestrellas de ayer, no implica por la tarde una corrida rota. Ista fue sumamente distinguida. De las tres que Álvaro Domecq lleva lidiadas este año en plazas de primera -la de Valencia y la de Sevilla fueron de nota también-, ésta de Pamplona superó en registros a las previas. Por una cosa entre muchas: su variedad de condición y hechuras. Y, naturalmente, porque no es fácil echar un toro con el estilo, la categoría y la bonanza del cuarto de la tarde.

Burraco de pinta, que es pelo abundante en Torrestrella, perfectamente proporcionado, alegre, noble. Un regalo para la Feria del Toro. Por lo demás, ese toro en particular, y hasta tres más de la misma corrida, vino a ser aviso para mareantes: los toreros punteros del escalafón empezaron a desertar hace dos, tres o cuatro años de las corridas de Alvaro Domecq. Casta, carácter y entrega. La de ayer tuvo las tres cosas. Ninguna razón, por tanto, para evitar el hierro. Sino todo lo contrario.

Entregados los toros, aunque no se vendiera fácil ninguno, se entregaron los toreros. No tanto la gente. La merienda del cuarto toro de Pamplona -imperdonable, es decir, que casi nadie la perdona- provocó la desatención obligada de las peñas de sol y la desatención disimulada de la seria sombra. La lidia se vivió con distancia. Jugado en otro lugar, el toro habría calentado mucho más. Con calor, y más metida la gente en la corrida y en el toro, el espectáculo habría sido diferente. Pepín Liria, tan querido aquí, se sintió extraño con esa distancia. Jaleo sonado para una apertura de rodillas muy atrevida y, luego, son muy menor para el resto de faena. No hubo en ella ni desmayo ni tampoco logros mayores. La pelea terminó en terrenos de tablas y en ovillos del torero, que anduvo más seguro que inspirado. Pepín, espléndido con la espada en el primero, tardó ahora en encontrar el hueco y el sitio.

Firmeza

Buena actuación de Víctor Puerto. Lo mejor, la firmeza. Con ella, la experiencia. Sabiduría para aprovechar en los medios los viajes a media altura del segundo de corrida, un toro "acapachado" y astifino que se quedó sin romper, y paciencia para apurar hasta la última gota la creciente calidad del quinto, un toro "alirado" de cuerna, muy estrecho de sienes, con un cuajo soberbio y de distinguido galope. Al segundo de la tarde lo tumbó de una estocada extraordinaria por la ciencia y la lentitud en la ejecución y por lo preciso de la muerte. Al quinto, tras faena con altos y bajos pero de buen temple, lo mató de media en la cruz perfecta. Fácil y natural el torero manchego, que en lo que va de año se ha encontrado ya con tres toros mina de Torrestrella.

En su debut en Pamplona, El Califa se mostró como un torero maduro y competente. Sin "atragantones" ni gestos de más. Tranquilo. Exquisito cuando toreó al natural al tercero en dos tandas muy bonitas que debieron haber sido, ellas solas, el total de faena. Sobró lo que vino después de eso. Y seguro, aunque sin gobernar de verdad al toro, con un sexto de raras hechuras: mucha caja, poca cara, toro zancudo y corto de cuello pero que humilló con calidad. Airosa la faena. No redonda. Pero a El Califa no le impuso el toro de Pamplona. Y eso es una excelente noticia.

 

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