Reapareció el rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza después del
batacazo que se pegó en la pasada feria de San Isidro con resultado de
fractura y forzosa convalecencia, y venía igual que antes, desbordado de
fantasía y mandando en plaza. O sea, que sigue siendo el rey.
No es que fuese esta tarde pamplonesa una reaparición en sentido
estricto: antes ya había toreado en Algeciras y en Barcelona. Mas aquí,
en una feria de campanillas y ante su gente, procedía que Pablo Hermoso
de Mendoza afrontara el compromiso crucial de demostrar al planeta táurico
que no ha perdido facultad alguna. Y esa prueba la superó con creces.
Vino Pablo Hermoso de Mendoza pletórico, acometiendo sorprendentes
alardes, creando nuevas suertes en el curso de sendas actuaciones brillantísimas,
prodigiosas por las técnicas toreras y ecuestres que desplegó en acabada
conjunción y por la aparente espontaneidad y riqueza creativa que
emanaban de todas sus intervenciones.
El reinado de Pablo Hermoso de Mendoza, glorioso e indiscutible, carece
de precedentes y sus particulares circunstancias requieren un concienzudo
estudio aún no abordado por la ciencia, que debería tener en cuenta
diversas consideraciones. El rejoneo (se menciona aquí a título de
ejemplo) lo tenían dominado los jinetes andaluces, precisamente porque
disponen de una vasta estructura material e incluso sociológica para
ensayar y practicar el toreo a caballo. Grandes fincas, ricas cuadras,
servidumbre leal y el señoriteo impune han venido estando a su disposición
durante centurias. Y, sin embargo, he aquí que llega un jinete navarro,
se los pone a todos por montera, revoluciona el rejoneo y abre la más
imaginativa y floreciente época del llamado arte de Marialba.
Brilló Pablo Hermoso de Mendoza con el mítico Cagancho frente al
tercer toro -cites en corto, espectaculares pasadas- pero cuando deslumbró
de verdad fue en el sexto, primero montando Chicuelo, con el que
giraba suave y armónicamente en la cara del toro tras banderillearlo, y
después jinete del tordo Danubio, realizando fastuosos trenzados de bellísimas
evoluciones mediante las que mantenía vivo el celo del toro, templaba sus
embestidas y prendía banderillas haciendo la reunión al estribo, según
mandan los cánones.
El resto de la mal llamada corrida de rejones pertenecía a otra
concepción del arte. En realidad, nada tenía que ver con el arte, dicho
sea acentuando la franqueza. No es que estuviesen mal los rejoneadores;
antes al contrario ensayaron meritorios lances, con seguridad y aplomo
Fermín Bohórquez al banderillear, muy lucido Leonardo Hernández sobre
todo cuando corría la embestida del toro que abrió plaza cabalgando a
dos pistas por el tercio completo del redondel.
No obstante, se trataba de lo de siempre, no había sorpresas, a veces
entraban los rejoneadores en la monotonía, para arrancar aplausos recurrían
a los sombrerazos que, evidentemente, nada tienen que ver ni con el toreo
ni con el mentado arte de Marialba. Y, por añadidura, los dos descordaron
a uno de sus toros respectivos, por esa inclinación que tienen casi todos
a meter violento y trasero el rejonazo, con lo cual lo más probable es
que le partan al toro el espinazo.
Toro de repente desplomado y tetrapléjico es una imagen repulsiva que
no encaja ni en el arte de Marialba, ni en ninguno, ni se justifica de
ninguna manera. Ahora bien, en la fiesta se dan mucho estos esperpentos, a
los que se resta importancia por el conocido procedimiento de mirar para
otro lado. ¿Caen descordados los toros? Mala suerte. ¿Se caen cual si
estuviesen enfermos o drogados? Pues se disimula. Y si alguien pretende
tomar medidas para evitar males mayores, se le acusa de enemigo de la
fiesta, y en paz. O a por él; que de todo hay en ese mundillo proceloso.