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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LA CONDOMINA
MURCIA
Tarde del miércoles, 12 de septiembre del 2001
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Victoriano
del Río, con cuajo y poca cara.
Diestros:
Entrada: más de tres cuartos de plaza cubierta.
Crónicas de la prensa:
El Mundo, La Verdad
de Murcia
El Mundo.
GONZÁLEZ BARNES. Y Pepín Liria abrió
la puerta grande
Las corridas del abono murciano se cuentan por salidas a hombros. A las
de Víctor Puerto, José Tomás, Alfonso Romero y El Juli hay que añadir
la de ayer de Pepín Liria, y no es que esta feria sea excesivamente
generosa en la concesión de trofeos: es que los matadores se los están
ganando en la plaza.
La corrida de Victoriano del Río, de desigual presentación y juego,
no molestó a los toreros. Y si a esto unimos que ayer hubo un Liria
enrabietado por su frustrado triunfo del día anterior, que José Tomás
atesora las cualidades del toreo eterno y puro y que Ponce es un torero
enrazado, es fácil adivinar que el público volvió a divertirse.
A Ponce le tocó el lote con menos recorrido de la tarde. El público
no supo entender su faena al primero, y la tardanza del toro en doblar le
privó de la oreja. Su segundo se apagó pronto; el torero siempre estuvo
por encima de su enemigo.
Pepín Liria volvió a derrochar valor y ganas. Su primero era un inválido
y al de Cehegín no le va este tipo de toro. En su segundo sacó a relucir
su toreo valentón y de entrega cosechando un triunfo a ley.
José Tomás estuvo en su línea de verticalidad, pureza y hondura. No
acompañó a Liria en su salida por la puerta grande por la demora de su
segundo en doblar, pero el madrileño ha dejado en esta feria demostrada
su indiscutible condición de figura. Hoy se cierra el ciclo de festejos
mayores con la corrida de Victoriano.
La Verdad de
Murcia. JOSÉ MARÍA GALIANA MURCIA. Victorino,
sálvanos
En la segunda ocasión, Liria abrió la puerta grande de La Condomina.
Para eso hubo de dirigirse también por segunda vez, cabizbajo, al portón
de toriles, echar las rodillas en tierra, tomar el capote con ambas manos
y, cuando el toro salió del túnel con piés, alborear una larga cambiada
rubricada con un rugido que debió oirse en Algezares. Los olés que el
respetable dispensa a Liria son tan unánimes y vehementes que atruenan la
plaza, y numerosos espectadores se ponen de pie, aliviados, porque lo
viven como si fueran ellos los que se juegan la bragueta en instante tan
crucial. Irse a porta gayola es un trago; un marrón que hay que comerse
cuando se tiene vergüenza torera y sabes que, en el fondo, el espectador
espera ese gesto.
A la larga cambiada le sucedieron verónicas y chicuelinas, y Juan
Bernal dejó un puyazo en lo alto que se aplaudió. Pepín lo recibió de
rodillas en los terrenos del uno, y después, en los medios, templó
redondos ceñidos y ligados. El toreo adelantaba el engaño y embarcaba al
toro vaciando la embestida atrás, y el de Victoriano del Río, humillado,
perseguía los vuelos codicioso. Acudió pronto y alegre al adorno del
molinete y de los circulares de espaldas genuflexo. La estocada, tendida y
atravesada, fue escupida por el toro, pero el fulminante descabello le
valió para pasear dos apéndices. A la faena le faltó calado,
profundidad, pero nos sacó de un encierro anodino.
El que abrió plaza tuvo movilidad y Ponce ligó una segunda serie con
muletazos largos y profundos; sin embargo, los naturales perdieron
intensidad, y el resto de la faena se caracterizó por esos muletazos a
media altura que no transmiten emoción alguna. De nuevo, con la mano
izquierda no ligó ni un sólo natural, y antes de ir a por el estoque, el
usía le envió un aviso. Es decir, estuvimos diez minutos tras de la
nada, como si la gente no tuviera otra cosa que hacer. Hubo quien se
confortó recordando la faena de Alfonso Romero y preparando el viaje a
Madrid el día 12 (aunque lo desmientan, la buena nueva es que Juan Ruiz
Palomar, apoderado de Ponce, está muy interesado en la trayectoria del
torero murciano).
En apuros
El cuarto toro saltó al callejón entre chiqueros y la puerta de
cuadrillas, poniendo a prueba a un empleado de la plaza que saltó con
apuros la barrera. El animal embistió en el caballo con la cara alta, y
Ponce brindó al público. No pasó nada. Toro y torero se apagaron como
una pavesa, y el sopor volvió a adueñarse de La Condomina. José Tomás
cortó una oreja excesiva al flojo segundo. La faena tampoco tuvo hondura;
se vieron muletazos largos y ceñidos, una serie de naturales a pies
juntos, cruzado y sin enmendarse, y cinco manoletinas ajustadísimas muy
aplaudidas por el público. Cuando dobló el anovillado sexto, habían
transcurrido dos horas y media de corrida. ¡Victorino, sálvanos!, imploró
desde la grada un aficionado.
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