GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LA CONDOMINA
MURCIA

Tarde del domingo, 9 de septiembre del 2001
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Núñez del Cuvillo, correctos de presentación. .

Diestros:

Entrada: más de media plaza.

Crónicas de la prensa: El Mundo, La Verdad de Murcia


El Mundo. GONZÁLEZ BARNES. Sólo José Tomás dio la talla

El segundo festejo de la Feria de Murcia tiene nombre propio: José Tomás. El usía le birló una oreja en su primero que fue mayoritariamente pedida y en el segundo cortó las dos que le abrieron la Puerta Grande. La tarde la salvó el madrileño en el quinto porque entre la apatía de un Pepín Jiménez desmotivado, que se ausentó de la plaza en su segundo; la falta de casta y fijeza de los toros de Núñez del Cuvillo y el querer sin poder terminar de Morante, el festejo fue transcurriendo entre bostezo y bostezo.

Murcia, que quiere consolidar entre las grandes a su feria taurina, no puede permitir el novillo-toro, el monopuyazo y la falta de trapío de las reses que saltan a su ruedo. Los toros de Núñez del Cuvillo que no han faltado en el ciclo septembrino murciano desde hace años merecen un descanso.

Si no llega a ser por José Tomás la segunda de abono era para olvidar. Tres toreros de buen corte hacían prometérselas felices a los aficionados, pero faltó el factor principal de esta fiesta: el toro. Sólo nos queda para el recuerdo la hondura de José Tomás, su estocada a su segundo, algún lance de capote de Morante y la ausencia del paisano Pepín Jiménez.


La Verdad de Murcia. JOSÉ MARÍA GALIANA MURCIA. José Tomás deslumbra

El ganado sigue desluciendo la Feria de Murcia por su paupérrima presentación, carencia de pitones y escasez de juego. Lo peor es que tanto a José Tomás como a Morante se les vio motivados, justo es decirlo, más que a Pepín Jiménez, al que una minoría de público pitó antes de perfilarse para matar al cuarto de la tarde. Los toreros también acusan el desencanto de un ganado muy justo de fuerzas que embiste con las manos por delante, rebrinca, cabecea, se revuelve al vaciar el muletazo y se frena. No es que tuvieran malos instintos y quisieran comerse al delegado gubernativo, pero la falta de casta y de fuerzas tiene esos inconvenientes. Tal es el grado de equilibrio que busca el ganadero para que el astado no moleste al torero que es quien manda en la fiesta, y pueda seguir vendiéndo toros clonados.En todo caso, si algún día se impone la clonación, que hagan toreros como José Tomás, dado que, prácticamente, le sirven todos los que le echen. Ayer se demostró. Al primero de su lote, un colorao terciado, ojo de perdiz y hociblanco, lo saludó con una decena de verónicas ceñidas y profundas, echando la pata p’alante y meciendo el capote con una suavidad y templanza poco comunes. Tras el puyazo de rigor, se fue a los terrenos de la manguera, flameó el capote llamando la atención del toro que estaba en tablas, dejó que se arrancara y, sin pestañear, dibujó un quite por chicuelinas que, a la postre, no resultó lucido, aunque todo lo que hace en la plaza el de Galapagar tiene relevancia y trascendencia. Por ejemplo, las cuatro tandas con ambas manos con las que inició la faena para tantear al Núñez del Cuvillo. Parsimonioso e impávido, extrajo una serie de naturales sin forzar la figura, rematada con un trincherazo y un pase de desprecio que puso en pie al aficionado. La rúbrica fueron cinco manoletinas ajustadísimas en un palmo de terreno. En el quinto vino la apoteosis, bueno, la apoteosis es mucho decir cuando el toro tiene hechuras de novillo y es descaradamente gacho de pitones. Estas carencias restan importancia a cualquier faena, pero es tal la personalidad que imprime a cada suerte, el estoicismo y lentitud de la que hace gala, que el aficionado no puede sustraerse a la emoción. Al toreo de José Tomás pueden aplicarse diversos adjetivos, pero si se observa la fotografía que ilustra esta crónica, la naturalidad es uno de los que mejor lo definen. Tomás no gasta alharacas, asienta las zapatillas en la arena, adelanta el engaño, se trae al toro cosido a la muleta y vacía la embestida atrás, en el espacio justo para volver a recibirlo con un leve giro de talones. Eso, y no otra cosa, es el toreo. El trazo justo, la naturalidad, la pureza.... Nadie torea con la pureza que despliega José Tomás, pureza que, en muchas ocasiones, sirve para que le embistan más toros. El quinto, en otras manos, pudo haber dado un juego distinto. Chico, justo de fuerzas y escurrido de carnes, el primer destello acaeció cuando Tomás, despacioso, se echó el capote a la espalda, dejó que el toro se viniera de lejos y, sin mover un alamar, lo capoteó ceñido y templado.Inició la faena sacando a los medios al de Núñez del Cuvillo con torería. Se olía a faena grande cuando, tras ligar una serie con la mano derecha, detuvo el tiempo en el remate. Fue con la mano izquierda cuando se produjo ese diálogo secreto entre toro y torero, esa armonía que surge de un cambio de manos, la cadencia, el ritmo, las muñecas rotas, el pase de pecho de pitón a rabo. Seis tandas de naturales, todas de irreprochable factura, regaló José Tomás, y como cobró una estocada hasta los gavilanes y el toro rodó sin puntilla a los pies del diestro, la plaza se cubrió de pañuelos blancos y paseó dos merecidas orejas.La media verónica con que Morante abrochó los lances de recibo al tercero de la tarde, fue un cartel de toros. Después, el picador cayó de latiguillo (por encima de la cabeza del caballo) y Morante volvió a perfumar la plaza con muletazos muy arrebujados y sentidos, aunque el toro no le acompañó. En el sexto salió tan decidido que brindó al público. El animal había embestido con prontitud y alegría en banderillas, pero nos engañó a todos y se diluyó la ilusión. Igual sucedió con Pepín. Embraguetado en el que abrió plaza, dio redondos y pases sueltos de buen trazo, mas no era su tarde. Arriba los corazones. Hoy torea en La Condomina Alfonso Romero, un torero que trae en la muleta prendido el aroma del Sur.

 

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