GANADERÍAS DE AMÉRICA

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PLAZA MONUMENTAL DE MÉXICO
TEMPORADA GRANDE

Tarde del domingo, 17 de febrero de 2002
Corrida de toros

FICHA TÉCNICA

Ganadería:   Toros de Manuel Martínez (de buen juego en líneas generales)

Diestros

Entrada:  Casi lleno. 

Crónicas de la prensa: La Afición, El País


Reforma Addiel Bolio Arte magistral de Manolo Mejía

Todo era propicio. Una tarde cálida, brillante, espléndida, como para tener una gran tarde de toros. En el cartel de la decimaséptima corrida de la temporada, la número 900 en sus 56 años y 12 días desde su inauguración, aparecieron los nombres del estridente y alegre rejoneador potosino Rodrigo Santos y en la lidia a pie, dos toreros artistas, el esteta tacubense Manolo Mejía y el torero de pellizco español Javier Conde, con un encierro muy bien presentado y de estupenda lámina de la ganadería tamaulipeca de Manolo Martínez Ancira.

Pero de todo este bello y prometedor panorama, nada más pudimos rescatar, la parte histórica, lo hermoso de la tarde dominical, el deseo de triunfo del caballista potosino, sobre todo el arte magistral de un artista del toreo como Manolo Mejía y la gran calidad de los toros martinescos, que de haber tenido más fuerza, por lo menos cinco se hubieran ido al destazadero sin orejas y a lo mejor hasta alguno sin el rabo. Pero, esa falta de fuerza en los astados y esa otra falta de entrega de Javier Conde, llevaron la tarde al despeñadero del por poco y...

La entrada fue pobre, apenas y unos cuatro mil espectadores, es decir, el diez por ciento del cupo total de la plaza más grande del mundo. Eso no lo entendemos, porque si bien en el papel, el cartel prometía, nadie tiene el don del adivinamiento como para saber cuál será el resultado y no ir a la plaza, cita que debe ser sagrada para todo aquel que se jacta de ser un buen aficionado, porque si el toreo tiene algo de oración, rezar por él debe tener un templo y ese es la plaza de toros.

Todos los toros de Manuel Martínez Ancira con la divisa morado, verde y oro, debe tener muy satisfechos a sus herederos, pues el toro en que pensó su criador se ha logrado, sólo les falta tener la fuerza, el motor, que lo haga llegar como debe ser a la otra orilla de su vida de toro bravo y noble.

Rodrigo Santos, de casaca azul rey y oro, tricornio de velillo y bota federica de charol, batalló con su primer toro que se aquerenció en las tablas de nombre “Pinocho” y que demostró, que el hijo de Jepeto siempre sintió algo por la madera.

Pues bien, lo buscó una y mil veces, pero su debilidad lo traicionó y poco pudo hacer, aunque con imposibilidad de lucimiento. Fue en su segundo en el que estuvo mejor. Fue breve con los rejones de castigo, pero espléndido con las banderillas a una mano, aunque al salir de la suerte en la mayoría de las ocasiones las circunstancias no le permitían marcar la tira. Lo importante era resolver, aunque no se invirtiera el lucimiento.

No obstante, fue imponiendo su experiencia e inclusive llegó a exponer a “Quintal”, ese hermoso caballo bayo lobo gateado, rayado de mula, que es muy torero y valiente, lo mismo que el otro tordillo de nombre “Lunel”, dejó estupendas banderillas a una mano y las rosas, que entusiasmaron a los aficionados, mató dejando el rejón de muerte algo trasero, como lo deja Hermoso de Mendoza, pero al estellense se lo perdonan y a Rodrigo como es nacional, pues no y nada más. Fue aplaudido.

Manolo Mejía, de corinto y oro, desde que se abrió de capote en su primero, enseñó esa indiscutible clase que posee, y para empezar el banquete de bien torear y sobre todo enseñar el arte del toreo, era como si no enfundara un traje de luces, sino la toga y el birrete de maestro, por lo que hizo el artista de Tacuba, que fue dictar una cátedra taurina.

Con el capote, chicuelinas rítmicas y sedeñas; con las banderillas, tres pares por su lado natural, el derecho, con dos cuarteos y un sesgo de lujo, el primero adornado con vuelta previa y en el de cerrar, con estiramiento de gaita que tuvo peligro y supo sortear dignamente.

Con la muleta probó los cuatro lados primero y luego empezó, dándole ayuda en cada pase llevando el engaño a media altura y midiendo la debilidad del astado, que tuvo clase en la embestida y así toreó maravillosamente por derechazos y mejor lo hizo por naturales, donde pese a la poca fuerza del morito, le ligó una tanda de diez muletazos empapados de ritmo, temple, lentitud, exposición y torerismo, rematando con escultural pase de pecho barriendo lomos de pitón a rabo. Fue una faena de aula, adornada con molinete invertido, un cambio de mano por delante de orfebrería y otro cambio de mano por la espalda. Despenó de estocada honda rinconera, qué pena, y todo quedó en una salida al tercio.

En su segundo, nuevamente mediaron las chicuelinas de tersura y las verónicas de alabastro, para luego adornar lo alto de “Don Sebas”, con colorido, en blanco, oro y rojo de lujo, artesanía inigualable de Don Pancho, que provocaron por su excelente colocación fuertes palmas. Con la muleta, se fue pergeñando otro trasteo de clase sobrada, y sin buscar el doblegamiento, vinieron los naturales tempraneros, cuajando series calibradas por el buen gusto y sustentadas por el talento torero, siguieron los derechazos largos, muy ligados y adornados con pases largos de pecho, cambios de mano, haciéndolo todo de tal forma, que el toro no resintiera en su debilidad, el forzamiento de cada muletazo. Se fue tras la espada y dejó una estocada ligeramente desprendida, que valió que el público exigiera la concesión de la única oreja que se paseó por el ruedo en la tarde.

Javier Conde, originario de Málaga, España, de malva y plata, tuvo dos toros de calidad, aunque sin fuerza, en su primero, con el que pudo haber hecho algo más, no lo intentó y abrevió con estocada caída y delantera, para silencio. En su segundo por lo consiguiente y al final pasó fatigas para matarlo. Total, pudo haber sido una tarde inolvidable y quedó en anodina, con la ausencia de los adivinos, a los que no felicito, sino que los increpo, por no asistir al rezo dominical taurino.


El País. R. VÁZQUEZ VILLALOBOS. Mejía, gran lidiador 

Ante sus dos adversarios, Manolo Mejía mostró sus grandes dotes como lidiador. Aunque el quinto burel no transmitía y dobló cinco veces las manos, aguantándolo ligó su terso muleteo en una faena de temple y mando. Entendió la fijeza del segundo y, pese a que el cornúpeta dobló las manos en seis ocasiones, lo toreó a media altura con suavidad. En sus dos ejemplares dio cátedra con los palitroques.

La esperada reaparición de Javier Conde resultó un fiasco. Con el tercero, sus series de redondos fueron cortas y las remataba al tercer pase. Con el sexto, que acudía a arreones, anduvo desidioso y al abandonar el ruedo fue abucheado.

Rodrigo Santos ejecutó con firmeza su rejoneo montando a Bohemio, Capote, Kilate y Lunel. Batalló con el aquerenciado primero y con el cuarto tuvo una excelente actuación.

 

 

 

 

 
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