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PEPE
DOMINGUÍN
Textos
sobre el torero
Madrid, el 15 de marzo de 1921 o
el 19 de marzo de 1922?
Debut de luces: 1935
Alternativa: el día de San Isidro de 1944 en
Madrid. Padrino: Antonio Bienvenida.
Testigo: Morenito de Talavera. Toro Berreón, de Joaquín
Buendía.
Temporada 1944: 5 corridas
Temporada 1945: 10
corridas
Temporada 1946: 20
corridas
Temporada 1947: 28
corridas
Temporada 1948: 54
corridas
Temporada 1949: 32 corridas.
Última actuación
en Las Ventas el 29 de mayo.
Temporada 1950: 18
corridas
Temporada 1951: 33
corridas
Temporada 1952: 17
corridas. Se retira.
Temporada 1956: dos
corridas, junto a su hermano Luis
Miguel Dominguín, en la Argelia francesa.
Otros datos: nombre completo:
José González Lucas. Hijo del
matador Domingo Dominguín, y hermano de Luis
Miguel Dominguín y Domingo Dominguín, también matadores de toros. Era tío político de los matadores de toros
Francisco Rivera
Paquirri (fallecido en el ruedo), Juan Carlos Beca
Belmonte, Ángel
Teruel, Curro Vázquez y Paco
Alcalde, y tío abuelo de
Francisco
Rivera Ordóñez. Al comenzar la
guerra civil española emigró con su familia a Portugal. Murió el 6 de
julio de 2003, víctima de una neumonía.
Pepe
Dominguín, el último
torero romántico
El último par de Pepe
Dominguín
La penúltima gran dinastía
Adiós a un as de las
banderillas
Rojo y Oro
José González Lucas, conocido
como Pepe Dominguín, falleció ayer en Madrid a los 82 años de edad,
informaron fuentes de su familia. La muerte le sobrevino a consecuencia
de una neumonía que se le presentó cuando se recuperaba de una
fractura de cadera en el hospital La Paz. Pepe Dominguín, que había
nacido el 15 de marzo de 1921, era el segundo de los tres hijos, todos
toreros, de Domingo González Mateos, Dominguín. Destacó sobre todo
por su dominio en el tercio de banderillas y alternó mucho con sus
hermanos, Domingo y Luis Miguel.
El último romántico del toreo,
Pepe Dominguín, ha muerto en Madrid. "Se ha ido como quería, como
ha vivido tanto y tan intensamente, en torero", dijeron fuentes de
la familia. Pepe Dominguín, el último vástago de la dinastía que
llevó el apodo de su padre, estaba ingresado en la clínica La Paz
recuperándose de una fractura de cadera cuando se le presentó la
neumonía que le ha dado la mano a la parca.
Un hombre vinculado al mundo del
toro desde la más tierna infancia y hasta prácticamente sus últimos días,
vistió el primer traje de luces cuando contaba sólo 14 años de edad,
tomó la alternativa el día de san Isidro de 1944 en Madrid, apadrinado
por Antonio Bienvenida, y todavía ejercía la presidencia honoraria de
la Asociación Nacional de Matadores de Toros, Novilleros y Rejoneadores
Españoles, sindicato mayoritario del sector.
Pepe era hijo del gran Dominguín,
Domingo González Mateos, nacido en Quismondo, una pequeña población
toledana con mucha relevancia en la geografía taurina gracias
precisamente a encontrarse en su término la residencia familiar, la
famosa finca La Companza, donde se marcaron directrices y se tomaron
decisiones que incidieron muy directamente en el devenir de "la
Fiesta". Porque Domingo, el padre, matador de toros, fue, después
de colgar el traje de luces, sobre todo, un excepcional estadista
taurino en funciones de apoderado y de empresario. Y a propósito, fue
Pepe Dominguín uno de los más importantes toreros que estuvieron bajo
la tutela de su padre, alternando, naturalmente, en muchos carteles
junto a sus hermanos, Domingo, el mayor, y Luis Miguel, el más pequeño.
Pepe ha sido considerado como uno de los mejores matadores-banderilleros
de la historia, además de que su estilo en conjunto sobresalió por su
excelente técnica, su arriesgada actitud y su depurada forma.
Torero de raza, a quien también
le acompañó un buen tipo. Torero proverbial y singular, como hombre
deja asimismo una notable impronta, la de intelectual, autor de varios
libros, el más conocido, Mi gente, donde habla de los secretos e
interioridades, sugerentes y sugestivos, de la gran familia del toro.
Otra obra suya, Rojo y oro, es claro exponente de su color ideológico,
santo y seña del movimiento que combatió los desmanes de la última
dictadura en España.
Su espíritu izquierdista
transcendió tanto que el mismo Franco llegó a interesarse por él,
queriendo saber de su personalidad y actividades, incluso situarlo con
su propio nombre. Fue con motivo de una de las famosas cacerías en las
que el general se distraía con la jet y la farándula. Nunca pudo
sospechar Franco que un torero, en este caso Luis Miguel, el menor de
"los Dominguines", fuera tan avispado y contundente, tan ágil
de mente y arrojado. "Oye, Miguel -así se le llamaba a Luis Miguel
en familia, sólo por su segundo nombre-, me han dicho que uno de
vosotros es comunista, ¿cuál de los tres?", le inquirió Franco.
Y el torero respondió sin titubear: "Los tres, mi general".
Ése fue Pepe Dominguín,
comunista o lo más parecido cuando más difícil resultaba. Lo que está
claro es su ideología progresista. Estuvo casado tres veces y todavía
le esperaba una nueva boda. Su primera mujer fue la actriz María Rosa
Salgado. Y su parentesco con el toreo es interminable. Además de los
nombres de su padre y hermanos, las ramas de su genealogía se extienden
hasta su hijo, Peloncho, que llegó a debutar como novillero con
caballos. Era tío político de los matadores de toros Francisco Rivera
Paquirri (fallecido en el ruedo), Juan Carlos Beca Belmonte, Ángel
Teruel, Curro Vázquez y Paco Alcalde, el último actualmente
banderillero, y tío abuelo de Francisco Rivera Ordóñez. Se relacionó
con todos en el plano profesional y humano, y en ellos dejó su buena
estela de persona y artista. El pasado 5 de abril, Pepe Dominguín fue
objeto de un festival homenaje en la plaza de Trillo, en Guadalajara, en
el que participaron destacadas figuras del toreo. Como hombre y como
torero, Pepe Dominguín fue único.
Pepe Dominguín, el último
representante de la torera dinastía, hermano del gran Luis Miguel, murió
ayer en Madrid a los 81 años a causa de una neumonía que se le presentó
mientras se recuperaba de una fractura de cadera. Hoy será incinerado
en el tanatorio de Tres Cantos.
Me acaba de llamar Vicente Zabala
para decirme, desde el bullicio pamplonés, que ha muerto Pepe Dominguín,
y me pide que lo recuerde en unas líneas que, ya adelanto, tienen tanto
de íntima admiración como de justa evocación. Porque Pepe era un gran
tipo humano, dotado del atractivo final de quien ha vivido tanto, ha
sufrido aún más y es capaz de contarlo todo con una seductora sonrisa.
Le he tratado lo suficiente como para saber e intuir que si en su
interior había un solo gramo de amargura ésta no se traducía en
reproche; si la vida le había dado más cornadas que el toro, ese
sufrimiento surcaba su mirada, se reflejaba en sus gestos y ademanes,
pero no en sus relatos. Escucharle era asistir a una ejemplar
representación de quien sabe tanto de la vida como de las personas y de
sus miserias; estar con él unas horas era disfrutar de un curso
acelerado de comprensión y estoicismo irónico de la naturaleza humana
y de cómo superar los inconvenientes con sabiduría y profundidad.
Cuando escribí la biografía de
su hermano Luis Miguel, Pepe me ayudó mucho; nos reuníamos a comer en
«Guría» siempre a mi vuelta de un fin de semana en «La Virgen». Y
con su peculiar manera de hablar, tan madrileña, me ayudaba a desentrañar
la condición humana de Luis Miguel, las vicisitudes de su rivalidad con
el cuñado Antonio Ordóñez, la personalidad del «titán» de su padre
y quién era Manolete, con el que compartió alguna precoz aventura
juvenil. También me contó un día lo que era el «clan» Dominguín y
cómo todo en su casa estaba al servicio de un mismo objetivo: el éxito
profesional. «Hasta el extremo -me reconoció- de que cuando mi padre
decidió apoderar a Antonio Ordóñez me quitó a mí de los carteles de
Luis Miguel, que yo encabezaba, para que Ordóñez pudiera entrar en
ellos, en los que ya estaba el otro torero de la casa, Rafael Ortega. Me
tuve que retirar -concluía Pepe sin amargura-».
La personalidad de Luis Miguel
Pepe Dominguín no tuvo una vida fácil:
en el plano humano tuvo que competir con la potente personalidad humana
y profesional de sus hermanos Domingo y Luis Miguel, a los que admiró y
quiso entrañablemente. Su vida amorosa le deparó tanto sufrimiento que
se quedó viudo a los 28 años, con dos hijas: una de ellas, enferma de
meningitis, tuberculosa, que murió a los 12 años, y la otra -en cuyo
parto falleció su mujer- que murió a los dos años de edad. Su hermano
Domingo le dio en Bogotá esta última noticia y con su sentido
apasionado y agónico de la vida le dijo: «Reza o blasfema. Elige. Todo
esto es injusto y desesperante». Luis Miguel, que le quería tanto, me
decía con ironía: «Mi hermano Pepe tiene un problema: cada vez que se
enamora se casa». Creo que han sido hasta cuatro o cinco las veces que
Pepe unió su destino sentimental a una mujer, todas ellas bellísimas,
por cierto.
Pero Pepe ha batido a su destino,
a la brillantez de sus hermanos y a la fatalidad con una cualidad en la
que ha sido inmejorable: su gran pluma y su fabulosa capacidad de
contar. La literatura taurina le debe algunas de las páginas más entrañables
y sinceras en sus artículos de «Diario 16», allá por los años
ochenta, del siglo pasado. Y en «Mi gente», uno de los libros de toros
mejor escritos, con la crónica de un tiempo y de una gente que ya es
difícil encontrar. Pepe Dominguín escribía muy bien, con la misma
hondura y desgarro con la que hablaba. En su último libro, «Rojo y oro»,
termina su presentación con esta cita, tan toledana y castellana al
fin: «Yo justifico mi escribir -que casi es una necesidad- con la idea
final de hacerles pasar un rato agradable. De ustedes, Pepe Dominguín».
Tenía Pepe el gran atractivo de los bohemios, capaces de llevar su vida
por el deseo instantáneo, por el albur, por el azar y la incertidumbre
del día a día. Lo tuvo casi todo y como buen bohemio guardó el
recuerdo de aquel tiempo, el pellizco de un encuentro, las horas pasadas
junto a una mesa de mármol y una frasca de buen vino, con buenos amigos
de la canalla taurina, periodística y humana.
¡Qué solo te quedas Ángel Luis!
Nos vimos hace un año en Bilbao
en una conferencia que, por generosidad de Javier Aresti, se organizó
en «El Club Cocherito», de Bilbao, en recuerdo de los «Dominguines».
Yo hablé mucho de Luis Miguel y de su tiempo; él, que lo había vivido
todo en su casa y en su carne, me dejó que me luciera, sin hacerme la
menor acotación o precisión histórica. Aprecié su elegancia, innata,
tan personal. Quedamos en vernos en Madrid con su hijo Peloncho para ver
si era posible publicar sus últimos escritos y nada me ilusionó más
que ofrecérselos a mi editor de Alianza Editorial. Pasados unos meses
el texto vio la luz como «Rojo y oro», testimonio último del último
de los toreros que, además de gozar con la cercanía de una embestida,
la emoción de ganarle la cara a un toro en un par de «poder a poder»
-como casi nadie lo ha hecho-, ha sabido sentir cuánto hay de grandeza
y de arte en la narración y en el relato de la vivencia humana. ¡Qué
solo te quedas, Ángel Luis!
Con
Pepe Dominguín desaparece algo más que una bella persona, un tipo
singular, un torero ilustrado y rojo o un rehiletero sin igual. Muere
con él toda una dinastía, que nace en Quismondo con el viejo Domingo,
patriarca de la saga y uno de los mejores (profesionales) taurinos de la
historia que se va, manantial de una fuente que nutre más la mitad del
siglo anterior, el siglo de los toros, el siglo de ABC.
Hace dos inviernos, a ojo de mal
cubero, le ofrecimos un homenaje en el Club Cocherito de Bilbao, que
desató una cadena de actos consecutivos, desde el entrañable del Círculo
de Amigos de los Bienvenida al festival familiar y reciente de Trillo,
como un sentir generalizado de deuda y cariño para con los Dominguín.
Todavía las nieves no habían desaparecido de las cumbres ni los hielos
de caminos y veredas, cuando se lo comenté a Javier Aresti: «Siento
como un injusto manto de silencio sobre una familia de una dimensión
que no se valora». Javier asintió, en presencia de Andrés Fagalde y
Carlos Abella, que rápidamente se involucraron en la idea. Dominguín
alumbró allí palabras claras sobre recuerdos borrosos, con el cuello
de la camisa holgado, la delgadez extrema, los pulmones negros, la torería
intacta y la ironía afilada. Franco, Picasso, Ordóñez, el toreo
pasaron por su discurso humilde: «Yo he hecho lo que he podido».
Aquella ocasión sirvió para
conocer algo más, o sencillamente algo, a Pepe, un hombre que mantuvo
inquebrantable su personalidad a la vera, nada fácil, del fulgurante y
arrollador Luis Miguel, en medio de la brillante lucidez de don Domingo
y de su hermano Dominguito. Al menos, ese pozo de vivencias que contenía
perdura hoy en las maravillosas páginas de «Mi gente», la memoria de
la dinastía, la penúltima gran dinastía, con permiso de los Martín Vázquez
o los Vázquez y, por supuesto, de los descendientes del Papa Negro,
cuyo último eslabón se engancha en la figura enjuta y amanoletada de
Ángel Luis. Los lazos de cariño y respeto entre ambas familias,
mayores y más intensos de lo que el dominio popular abarca, se hacen
hoy sepia y pasado en una antigua fotografía en la castiza plaza de
Santa Ana, foro dominguinista más que bienvenidista; detrás la
Cervecería Alemana y Cagancho por testigo.
Pepe Dominguín, el único matador
que se izó por la Puerta Grande de Madrid por un tercio de banderillas
(y una gran faena aunque sin orejas), firmó un año atrás «De rojo y
oro», río de anécdotas bajo un título que jugaba con su condición/convicción
de comunista. En el fondo, intuyo que se despedía con un callado
confieso que he vivido, que supo paladear y oír la música de la propia
vida, como decía la Hepburn.
Los callejones de España se nos
vacían de personajes irrepetibles que no se regeneran, que se marchan
casi en el ostracismo, abrumados por tanta modernidad y puterío.
ABC. 7 de
julio´2003. JOSÉ LUIS SUÁREZ-GUANES.
Adiós a un as de las
banderillas
Ha muerto Pepe Dominguín, uno
de los mejores matadores banderilleros de la historia. Seguramente, en
el transcurso de todas las épocas del toreo sólo le ha superado Pepote
Bienvenida, con el que coincidió en sus dos primeros años de carrera.
Pepote era el maestro de los rehiletes del momento y Pepe, el paladín
que venía con fuerza.
Fue coetáneo, también, de otras
grandes figuras de los palos, como el mexicano Carlos Arruza y Morenito
de Talavera. Sus pares de poder a poder quedan en el recuerdo
imperecedero, y en la leyenda está su salida a hombros por la Puerta
Grande de Las Ventas el 15 de mayo de 1948 por su excepcional labor en
el segundo tercio, en una tarde en la que la espada le robó los
trofeos, tras dos buenas faenas. Ese día mató toros de Villagodio en
unión de Rafael Ortega «Gallito» y su hermano Luis Miguel, que cortó
tres orejas, y con el que Pepe compartió la salida triunfal. Pepe, además
de Luis Miguel, tuvo otro hermano torero, Domingo, que fue un gran
estoqueador y que había tomado la alternativa en Barcelona en 1942. Los
tres eran hijos de Domingo González Mateos «Dominguín».
José González Lucas, Pepe
Dominguín en los carteles, había nacido en Madrid el 19 de marzo de
1922, por lo que contaba al morir con 81 años. Era el cuarto matador de
toros retirado más antiguo del escalafón español, sólo superado por
Pepe Luis Vázquez, Angelete y Ángel Luis Bienvenida, y el quinto del
mundial, en el que Silverio Pérez figura el primero. Tras torear de
becerrista en América, se presentó en Madrid en 1940. El día de San
Isidro de 1944 tomó la alternativa en Madrid, de manos de Antonio
Bienvenida, que le cedió el toro «Berreón», de Joaquín Buendía, en
presencia de Morenito de Talavera. Pepe era de la misma generación de
toreros -1944- que Ángel Luis Bienvenida, su hermano Luis Miguel, Pepín
Martín Vázquez y El Choni.
Toreó 5 corridas en 1944, 10 en
1945, 20 en 1946, 28 en 1947, 54 en 1948, 32 en 1949 -última actuación
en Las Ventas el 29 de mayo-, 18 en 1950, 33 en 1951, 17 en 1952 y dos
corridas, junto a su hermano Luis Miguel, en la Argelia francesa en
1956, cuando llevaba 4 años retirado.
Su cornada más importante fue en
Vista Alegre -plaza de la que fue empresa y propietaria su familia- el
17 de junio de 1951 alternando con su hermano Luis Miguel y el mexicano
Jorge Medina. Su hijo, Peloncho, fue novillero.
Autor de varios libros taurinos -«Mi
gente» alcanzó una gran popularidad y recientemente «De rojo y oro»-,
colaboró en varias publicaciones taurinas.
Rojo y Oro
Rojo y Oro reúne una serie de
textos en los que un miembro de una de las más prestigiosas dinastías
de toreros, PEPE DOMINGUÍN, se empeña en «describir cosas que han
sido, dar forma a situaciones hasta que nos parezcan, digamos,
disgustillos, ser justos, dejar que las situaciones sean casi leyendas,
y las leyendas casi límites de lo increíble». Familiares, toreros que
han mandado en la fiesta -desde Guerrita hasta El Cordobés-, artistas -Picasso,
Orson Welles, Ava Gardner, Frank Sinatra, Ernest Hemingway-, y
simplemente personas, desfilan por las páginas de un libro en el que la
deliciosa prosa del autor «quisiera haber atinado y poner en cada
personaje algo muy suyo, entre conocido e inédito, entre ser y no ser,
creando con esta situación el encanto de aportar algo que no sea el
manido decir de lo ya dicho, salir del ida y vuelta, soltar la palabra
que nos diga algo, que nos comprometa». Las reflexiones sobre la crítica
taurina y la actual situación de la Fiesta que cierran este volumen
constituyen una pieza maestra de la agudeza de quien ha sido el mejor
banderillero de la historia del toreo.
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