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DOSSIER
INFORMATIVO
SOBRE
LA
MUERTE
DE JULIO
ROBLES |

Fallece
Julio Robles
Imágenes
del último adiós a Julio Robles
Multitudinaria
y emotiva despedida a Julio Robles en Salamanca
Muere
a los 49 años Julio Robles, figura salmantina del toreo contemporáneo
Julio Robles muere a los 49 años a causa de una perforación de colon
Fallece a los 49 años el diestro salmantino Julio Robles
Opinión
Casta y torería
Un destino trágico
La corrida más dura
Reacciones
Ortega
Cano: Robles fue el espejo de toreros y en la vida
Victoriano Valencia: «Robles ha sido espejo de muchos toreros»
ABC. Martes, 16 de
enero´2001. JUAN CARLOS LÓPEZ. Multitudinaria
y emotiva despedida a Julio Robles en Salamanca
El mundo del toro despidió ayer al diestro Julio
Robles, «un hombre de bien y mejor profesional», como le definieron
numerosas personalidades de la vida social, política y taurina de toda España.
Más de diez mil personas quisieron dar su último adiós al torero. Los
restos mortales de Robles, de 49 años, fueron enterrados en el panteón
familiar del cementerio salmantino de Ahigal de los Aceiteros (Salamanca),
en medio del dolor de familiares, amigos y representantes del mundo del
toro.
Miles de salmantinos despedían al torero en una misa funeral celebrada
por la mañana en la iglesia de los Dominicos, que precedió a un
emocionante homenaje en la plaza de toros de La Glorieta, donde matadores
como Ponce, Espartaco, Capea o El Viti, portaron a hombros sus restos
mortales para dar la vuelta al ruedo en medio de aplausos y lágrimas de
amigos y familiares.
Este fue el último adiós en una jornada en la que el superior del
convento de los Dominicos en Salamanca, el padre José Ramón Sánchez, señaló
en la misa funeral la importancia que Robles daba a sus amistades, así como
su generosidad con los compañeros de profesión. Según señaló en el
funeral el padre Sánchez, Robles dejó escrito antes de fallecer: «Mi vida
ha sido como el viento que llega, sopla y se va; he sido feliz con mi
familia y mis amigos y siempre os tendré presentes».
A esta despedida a la figura del toreo salmantina acudieron numerosas
personalidades del planeta taurino como Victoriano Valencia —apoderado de
Robles durante más de una década—, Enrique Ponce, El Viti, El Niño de
la Capea, José Antonio Campuzano, Joselito, El Tato, Óscar Higares, Ortega
Cano y su esposa Rocío Jurado, Rafael Camino, Pepín Liria, David
Luguillano, Cristina Sánchez, Rui Bento, Juan Diego, Guillermo Marín,
Espartaco, Curro Vázquez, José Tomás, Eugenio de Mora, Roberto Domínguez,
Miguel Abellán, Andrés Vázquez, Julio Norte, Mateo Carreño y los
ganaderos Victorino Martín y Alipio Pérez Tabernero, entre otros.
Más de setenta coronas
Más de sesenta coronas y numerosos ramos de flores procedentes
de todos los puntos de España llegaron hasta la capilla ardiente con los
restos mortales del diestro Julio Robles —por donde pasaron más de diez
mil personas que quisieron despedir al torero—.
El alcalde de Salamanca, Julián Lanzarote, estudia ahora la posibilidad
de «celebrar un gran homenaje póstumo a la figura de Julio Robles, que,
junto a Santiago Martín “El Viti” y Pedro Gutiérrez Moya “Niño de
la Capea”, ha formado la denominada terna de oro del toreo charro».
Robles recibió la Medalla de Oro de la Ciudad en 1992, máximo galardón
que se concede en esta capital.
Julio Robles falleció en la tarde del domingo al no poder superar una
intervención quirúrgica como consecuencia de una peritonitis aguda por
perforación de colon. La inesperada muerte del diestro provocó un torrente
de declaraciones de aficionados y profesionales del mundo del toro que le
sitúan como «uno de los grandes toreros del siglo XX».
PortalTaurino. Lunes,
15 de enero´2001. R.F.L. Fallece
el torero Julio Robles
El matador de toros Julio Robles falleció ayer por la tarde en la
clínica de la Santísima Trinidad de Salamanca a causa de una
peritonitis aguda y difusa por perforación de colon izquierdo que
desembocó en una parada cardio respiratoria.
El parte facilitado por la clínica apunta: "A las 17:05 horas, don
Julio Robles Hernández, de 49 años, ha fallecido por parada cardíaca
sin respuesta a medidas de reanimación cardio-pulmonar avanzada. El
paciente ingresó con carácter urgente el día 13 a las 07:30 horas y le
fue diagnosticado un abdomen agudo y shock séptico. Se practica
tratamiento quirúrgico urgente por el doctor Fernando Angoso con hallazgo
operatorio de perforación de colon izquierdo, con peritonitis aguda y
difusa secundaria a la misma. El paciente pasa a la unidad de cuidados
intensivos donde se le mantiene en situación de ventilación mecánica
por inestabilidad hemodinámica siendo el shock refractario al tratamiento
hasta el momento de la muerte".
La capilla ardiente de Julio Robles ha quedado instalada en el
Ayuntamiento de Salamanca. Será allí donde reposen sus restos hasta el
funeral previsto para hoy lunes a las 13.30 horas en la Iglesia de San Esteban, de los
padres dominicos, ubicado en Salamanca. A continuación sus más allegados
lo pasearán en hombros por el ruedo de la plaza de toros de La Glorieta y
será trasladado al cementerio de la localidad salmantina de Ahigal de Los
Aceiteros, donde será enterrado por la tarde, junto a los restos de su
madre.
El Ayuntamiento de Salamanca ha decretado dos días de luto oficial por el
maestro Julio Robles, por todo lo que ha significado para esta ciudad
castellana.
ABC. Agencias.
Lunes, 15 de enero´2001. Muere
a los 49 años Julio Robles, figura salmantina del toreo contemporáneo
El matador de toros Julio Robles falleció ayer en
la clínica Santísima Trinidad de Salamanca a los 49 años de edad.
Robles, que sufría una tetraplejia desde 1990, había sido operado de
urgencia apenas veinticuatro horas antes, a causa de una perforación
intestinal. Su estado se agravó tras la intervención hasta la hora de su
fallecimiento, en la tarde de ayer.
El parte médico dice lo siguiente: «A las 17,05 don Julio Robles Hernández
, de 49 años, ha fallecido por parada cardiaca sin respuesta a medidas de
reanimación cardio-pulmonar avanzada. El paciente ingresó con carácter
urgente el día 13 a las 07,30 horas y le fue diagnosticado un abdomen
agudo y shock séptico. Se practica tratamiento quirúrgico urgente por el
doctor Fernando Angoso con hallazgo operatorio de perforación de colon
izquierdo, con peritonitis aguda y difusa secundaria a la misma. El
paciente pasa a la unidad de cuidados intensivos donde se le mantiene en
situación de ventilación mecánica por inestabilidad hemodinámica
siendo el shock refractario al tratamiento hasta el momento de la muerte».
El estado de salud del diestro abulense era precario desde el percance
que sufrió en la plaza francesa de Béziers, el 13 de agosto de 1990, lo
que le mantuvo desde entonces en silla de ruedas. El diestro fue
intervenido quirúrgicamente a vida o muerte, según informaron los
familiares, siendo ingresado después en la UVI, donde falleció a las
cinco de la tarde.
Primer vestido de luces
Avelino Julio Robles Hernández nació en Fontiveros (Ávila) el 4 de
diciembre de 1951. Robles, que desde muy temprana edad estuvo en contacto
con el campo charro, se vistió por vez primera de luces el 28 de agosto
de 1968 en Villavieja de Yeltes (Salamanca), y durante esa temporada
intervino en 40 festejos económicos. Debutó con picadores el 10 de mayo
de 1970, en la plaza de Lérida, y tomó parte en 25 corridas en esa
categoría, según informa Efe.
El torero de Ávila hizo su presentación en Madrid el 10 de junio de
1972, alternando con Angelete y El Niño de la Capea, con toros de Juan
Pedro Domecq. Ocho días más tarde repitió con Capea, ya que ambos habían
conseguido un gran éxito. El 8 de julio de ese año tomó la alternativa
en Barcelona, con Diego Puerta como padrino y Paco Camino como testigo.
Esa misma temporada obtuvo el «Capote de oro y piedras preciosas»,
otorgado por el Club Colavides de Bilbao a la mejor faena de la Feria
bilbaína.
El 23 de mayo de 1973 confirmó la alternativa en la Monumental de Las
Ventas, de manos de Antonio Bienvenida y en presencia de Palomo Linares.
Entre sus mejores actuaciones en Madrid, destacan las del 18 de mayo de
1975 y el 24 de mayo de 1978. En diciembre de 1984 consiguió en Barcelona
los premios a la mejor estocada y a la mejor faena. En la temporada de
1987 tuvo que dejar un tiempo de torear a causa de una lesión de
abductores y reapareció el 28 de noviembre de ese año en Quito
(Ecuador). Ese temporada toreó en 36 corridas y los aficionados recuerdan
la memorable faena que Robles hizo en Las Ventas a un toro de Bartolomé.
Posteriormente, tuvo que interrumpir varias corridas debido a la lesión
y reapareció en mayo de 1988 en San Isidro. Ese año toreó un total de
55 corridas en las que cortó 33 orejas. En 1989 realizó buenas
actuaciones en la Feria del Pilar de Zaragoza, en Valladolid, Salamanca y
en Pamplona, donde fue uno de los triunfadores. Esa temporada participó
en 63 corridas, en las que cortó 66 orejas.
Tres puertas grandes
Tres Puertas Grandes venteñas (1983, 1985 y 1989) coronan su
trayectoria, aunque en el año 84 sólo la negativa presidencial impidió
una nueva salida a hombros por la calle de Alcalá.
El 13 de agosto de 1990, después de torear en Pamplona y en Santander,
resultó gravemente herido al ser volteado por un toro de Cayetano Muñoz,
de nombre «Timador» en la plaza gala de Béziers. Sufrió un traumatismo
del raquis cervical entre la quinta y la sexta vértebra, que le provocó
la tetraplejia. Desde que padeció el grave percance Julio Robles paso la
mayor parte de su vida en su finca salmantina.
Numerosos homenajes
Desde la cogida de Robles en agosto de 1990, el torero ha sido
objeto de numerosos homenajes y distinciones. Radio Nacional de España (RNE)
en Salamanca instituyó en su honor el 6 de septiembre de ese mismo año
el premio al mejor toreo a la verónica. El Ayuntamiento de la localidad
abulense de Fontiveros, pueblo natal de Julio Robles, adoptó el acuerdo
unánime de nombrarle hijo predilecto del municipio y ponerle su nombre a
una de las calles, precisamente la misma en la que nació el diestro
(12-02-1991).
También se le homenajeó en un gran festival en Salamanca en 1992,
donde participaron doce matadores.Después de este homenaje en Salamanca,
cuya corporación municipal le entregó la Medalla de Oro de la Ciudad el
12 de septiembre, el 24 de octubre de ese año se celebró otro en el coso
de Las Ventas. Otros reconocimientos que ha recibido son el nombre de una
plaza en Almería (1992) o el homenaje que le tributó en 1994 la Escuela
Taurina de Madrid.
Robles declaró en varias entrevistas en el transcurso de su paciente y
dura rehabilitación que «la fe es lo más importante, y como he
recuperado tanto en este tiempo, tarde o temprano sé que Dios me ayudará
a andar. Torear, no sé si torearé en una plaza de toros, pero ponerme
delante, pienso que no me moriré sin ponerme delante». Julio Robles, que
manejó el capote como pocos y fue un estupendo muletero y estoqueador,
descanse en paz.
El País. PERELÉTEGUI. Lunes, 15 de
nero´2001. Julio
Robles muere a los 49 años a causa de una perforación de colon
El torero será enterrado hoy en la localidad de Ahigal de los
Aceiteros
El torero Julio Robles falleció ayer por la tarde en una clínica de
Salamanca, a los 49 años, víctima de una peritonitis aguda y difusa por
perforación de colon. La capilla ardiente del diestro, que había sido
ingresado el sábado, quedó instalada en el Ayuntamiento de la ciudad.
Robles, parapléjico desde hace 10 años a causa de un tremendo percance
que sufrió el 13 de agosto de 1990 en la plaza francesa de Beziers, será
enterrado hoy en Ahigal de los Aceiteros, localidad salmantina cercana a
la frontera en la que nacieron sus padres.
La noticia del fallecimiento de Julio Robles llenó de estupor al mundo
taurino de Salamanca, que poco a poco iba congregándose en el hospital de
la Santísima Trinidad. El torero fue ingresado el sábado con abdomen
agudo y shock séptico y en la madrugada del domingo fue
intervenido quirúrgicamente. Hubo momentos de mucha inquietud porque el
diestro tenía la tensión arterial muy baja y el anestesista temía lo
peor. Por fin fue sometido a la operación, que se desarrolló con
normalidad, aunque ayer, a las cinco de la tarde, moría víctima de una
perforación de colon con peritonitis aguda y difusa.
Julio Avelino Robles Hernández, nacido en Fontiveros (Ávila, 1951),
fue considerado siempre como un torero salmantino y él mismo sintió
hacia esa tierra un especial afecto y honda vinculación. Pasó su
infancia en La Fuente de San Esteban, un pueblo charro, torero por los
cuatro costados, y allí nació su afición. Se vistió de luces por
primera vez en Villavieja de Yeltes, otra localidad salmantina de claras
raíces ganaderas, el 28 de agosto de 1968, y actuó sin caballos en torno
a 40 tardes. Su presentación con caballos fue en Lleida el 10 de mayo de
1970 con reses de María Lourdes Martín de Pérez Tabernero y toreó por
primera vez en Madrid el 10 de junio de 1972, con novillos de Juan Pedro
Domecq, alternando con Ángel Rodríguez Angelete y Niño de la
Capea.
La alternativa se la concedió Diego Puerta en Barcelona, el 9 de julio
de 1972, con Paco Camino como testigo, matando un toro de Juan Mari Pérez
Tabernero de nombre Clarinero. La confirmación tuvo lugar el 22 de
mayo de 1973, apadrinado por Antonio Bienvenida, con el acompañamiento de
Palomo Linares. El 13 de agosto de 1990 en Béziers (Francia), un toro le
volteó trágicamente cortando su carrera profesional.
Todas estas cosas se recordaban desordenadamente en los pasillos del
hospital ayer tarde en Salamanca. Poco a poco iban acudiendo miembros del
mundo del toro salmantino. El Viti y Niño de la Capea, con sus
respectivas esposas, se saludaban y hablaban en voz queda mientras
brillaban los destellos de las cámaras fotográficas, echando de menos al
tercero de una terna que fue cartel de lujo en muchas ferias de La
Glorieta. Los picadores Juan Mari y Aurelio García, los ganaderos Alipio
y Javier Pérez Tabernero, así como María Lourdes Martín...
"Espejo de toreros"
Ortega Cano, compañero de cartel muchas tardes durante la etapa en
activo de Julio Robles, calificó al torero fallecido como "espejo de
toreros y espejo también en la vida por la lección de fortaleza que ha
demostrado en los últimos años en silla de ruedas". Ortega Cano
recibió la noticia con gran consternación mientras participaba en un
tentadero en la finca de Torrealta. El diestro declaró a Efe: "Como
torero guardo muchos y grandes recuerdos, y, entre todos, uno inolvidable,
la famosa tarde del mano a mano, la de los quites en Madrid. Julio tenia
mucha facilidad para torear de capote y de muleta, pero el capote lo
manejaba con mucha variedad y personalidad. Eso me motivaba muchísimo y
siempre lo recordaré".
Seguían llegando visitantes al hospital: el ex alcalde de la ciudad,
Jesús Málaga Guerrero, con su esposa; la ganadera Carolina Fraile; los
toreros Leandro Marcos, Julio Norte, Javier Valverde, Paco Pallarés y su
esposa... Juan Diego, apoyado en la pared, pensaba en silencio y saludaba
a los que llegaban.
Hablaban de vestirlo de torero, cumpliendo un deseo al parecer
expresado por Robles en alguna ocasión. Se hablaba de que su cuerpo sería
trasladado al Ayuntamiento, en su calidad de hijo adoptivo de la ciudad,
como finalmente se hizo. Allí fue instalada la capilla ardiente. El
consistorio decretó dos días de luto por la muerte del diestro.
Todo eran idas y venidas y, del mismo modo, rumores que al poco tiempo
se desmentían con otros. Realmente, el hospital tuvo ayer el clima
nervioso y confuso de los patios de cuadrillas en las plazas de toros,
cuando en la enfermería está pasando algo muy serio.
Llegaba el vestido a las siete y diez minutos y a las siete y cuarto,
volvían a sacarlo. Sin duda, llegó demasiado tarde. Era blanco y oro,
con remates negros. Llegó Miguel González, capellán de la plaza de
toros, a orar ante los restos del torero.
Cerezo, el propietario del bar Nachi, y Pacheco, dueño del mesón de
Vecinos, que fue como la segunda casa de Robles. Todos veían cómo Limo,
el fiel acompañante de Robles, se llevaba lloroso el vestido de torear.
Entonces sí que aquello tuvo el perfume dolorido de un patio de
cuadrillas.
El Mundo. Lunes, 15 de
enero´2001. Fallece
a los 49 años el diestro salmantino Julio Robles
El diestro Julio Robles falleció ayer por la
tarde en la clínica Santísima Trinidad de Salamanca, donde fue operado
la noche del sábado de una perforación de colon, informaron a Efe
fuentes familiares.
El estado de salud de Julio Robles, de 49 años, era muy precario desde
el percance que sufrió en la plaza francesa de Beziers, el 13 de agosto
de 1990, lo que le mantuvo desde entonces en silla de ruedas. El diestro
fue operado a vida o muerte, añadieron las mismas fuentes, siendo
ingresado después en la UVI, donde falleció ayer a las 17.00 horas.
Robles, resultó gravemente herido hace 10 años, al ser volteado por
un toro de Cayetano Muñoz, de nombre Timador. El golpe (cayó sobre la
nuca) le produjo un traumatismo del raquis cervical entre la quinta y la
sexta vértebra, que le provocó la tetraplejia. En un primer momento fue
operado por el equipo médico del doctor Philippe Frerebau, en el Hospital
Gui de Chauliac de Montpellier (Francia), donde le extrajeron dos hernias
discales que le produjeron una parálisis parcial de las cuatro
extremidades.
Su estado, calificado entonces por los médicos que le atendieron de
estacionario, inició una ligera mejoría a finales de septiembre del año
90, al empezar a mover los brazos y las manos. El 25 de octubre siguiente
fue trasladado en helicóptero a un centro de rehabilitación para tetrapléjicos,
el Centre Mediacal Du Cap Peyrecite, en Francia, donde permaneció cerca
de nueve meses internado, para después continuar su rehabilitación en el
Centro San Cristóbal de Valladolid.
Compañeros consternados
Compañeros y aficionados recibieron ayer la noticia consternados.
Robles era uno de los toreros más queridos. Simpatía que creció tras el
desgraciado percance que le retiró de los ruedos. Curro Vázquez mostró
su consternación camino de Salamanca, donde se desplazó tras conocer lo
ocurrido: «Ha sido un golpe muy fuerte. La verdad es que no lo esperaba.
Ahora recuerdo tantas tardes toreando juntos... Sin duda, ha sido uno de
mis mejores amigos dentro de la profesión. Un torero honesto, que siempre
fue con la verdad por delante y al que la suerte le dio la espalda de
manera trágica».
Asimismo, Luis Francisco Esplá, que también actuó numerosas tardes
junto a Robles, manifestó a este periódico su pesar por la desaparición
de «un buen amigo y compañero». «Me he enterado ahora mismo», dijo
Esplá, «y ciertamente no sé qué decir. Conocía mucho a Julio. Fue un
gran torero, valiente. Esta noticia es un golpe realmente duro». El
diestro alicantino no pudo hablar más debido a la emoción que le produjo
la noticia, informa Vicente Ruiz.
PortalTaurino. Lunes, 15 de enero´2001.
CARLOS CRIVELL. Julio
Robles y Sevilla
El torero castellano Julio Robles, de larga trayectoria en los
ruedos, no toreó con asiduidad en la Real Maestranza. Su paso por el
coso sevillano se resume en dos novilladas con picadores y siete
corridas de toros.
Julio Robles, compañero en sus comienzos de Capea y de Manzanares,
toreó dos novilladas de lujo en la temporada de 1972. El día de su
presentación en Sevilla cortó una oreja a un novillo de la Viuda de
Diego Garrido. Le acompañaron en el cartel José Luis Rodríguez y José
Ortega. Volvió esa misma temporada el día 1 de mayo junto a Niño de
la Capea y Rodríguez para lidiar un encierro de Núñez.
Cuando tomó la alternativa en Barcelona el mismo año 1972, Julio
era un novillero prometedor. Los carteles de la feria de Sevilla aparecían
mayoritariamente ocupados por toreros de la tierra. De ahí que Robles
no pudiera debutar en la Maestranza como matador de toros hasta el 15 de
agosto de 1975, fecha en la que se lidiaron toros de Ruchena por Marismeño,
Gabriel Puerta y el torero castellano.
Pasaron muchos años, hasta 1983, para ver a Robles hacer el paseíllo
en la Feria de Abril. Sus temporadas no eran muy brillantes y su media
de festejos por año rondaba las treinta corridas. El día 10 de abril
de 1983 toreó con Manolo Cortés y José Luis Galloso una corrida del
Marqués de Domecq. No pasó de discreto.
El torero nacido en Fontiveros (Avila) había comenzado a destacar
con buenas actuaciones en Madrid. En la fecha histórica del día del
entierro de Francisco Rivera Paquirri, sobre el mismo albero de la
Maestranza, Robles comentó que "más tarde o más temprano espero
cuajar un toro en esta plaza".
Los triunfos se sucedían, de ahí que en la feria sevillana de 1986
Diodoro Canorea le contratara para dos corridas de toros. Las cosas se
torcieron de mala manera, de forma que en la primera de ellas no actuó.
Los toros anunciados para el 11 de abril, de Luis Algarra, fueron
rechazados. Robles se quitó del cartel y la corrida quedó en mano a
mano entre Tomás Campuzano y Pepe Luis Vargas. La segunda tarde, el 15
de abril, con toros de Manolo González y acompañado de Emilio Muñoz y
Espartaco, Robles cumplió sin brillo.
Su nueva tarde en Sevilla fue en la feria de San Miguel de 1988, el día
1 de octubre. Se lidiaron toros de Torrestrella y sus compañeros fueron
Roberto Domínguez y Pepe Luis Vázquez. Fue la corrida del triunfo de
Roberto Domínguez, que cuajó los dos toros y le cortó una oreja a
cada astado.
El día 13 de abril de 1989 vivió su momento de gloria sevillana.
Esa tarde, Julio Robles tuvo su mejor tarde en Sevilla en la corrida de
Manolo González. Le acompañaban Tomás Campuzano y Víctor Mendes.
Fueron dos faenas de mucha estética, limpias y toreras, que Sevilla
supo entender y premiar con una oreja de cada toro. Es posible que esa
tarde le recompensara como torero y fuera la que soñaba el día que su
amigo Francisco Rivera era paseado a hombros en su postrera vuelta al
anillo maestrante.
Ese triunfo de 1989 le sirvió para torear dos corridas en la feria
de 1990. El día 21 de abril, frente a los toros de Gabriel Rojas y con
José Luis Parada y Víctor Mendes. El día 24 del mismo mes abrileño,
con toros de Cebada Gago y Juan Mora y Joselito de compañeros. En
ninguna de las dos ocasiones volvió a triunfar.
Esa temporada de 1990 tenía una fecha en el calendario en el que
Robles estaba citado con su destino. El día 13 de agosto, en la plaza
de Beziers, un toro de Cayetano Muñoz, de nombre Timador, puso fin a su
carrera al cogerlo y producirle la rotura de la médula espinal con la
consiguiente paraplejia. Ya no volvería a torear nunca más este buen
torero.
La enfermedad la asumió con grandeza. Sus compañeros no le
abandonaron, al contrario que otras personas más cercanas. Se dedicaba
a la fiesta por completo y cuidaba su ganadería con esmero. El día 10
de abril de 1999 apareció en la Real Maestranza de nuevo. Sentado en su
silla de ruedas, Julio Robles acudió a presenciar una corrida de Gavira
en la actuaban dos espadas de su generación: José Antonio Campuzano y
Curro Durán. Con ellos, el joven Vicente Bejarano, que esa tarde logró
una oreja de mucho peso.
Se colocó en la puerta de salida del tendido 9 y allí fue
reconocido por los diestros y los aficionados. Los toreros le brindaron
un toro cada uno de ellos, Sevilla le brindó una ovación cariñosa,
como las que esta plaza dedica a los que quiere de verdad.
Opinión
El País. JOAQUÍN VIDAL.
Lunes, 15 de enero´2001. Casta
y torería
Se presentó, novillero, Julio Robles, y dejó bien
plasmados los elementos fundamentales de su personalidad: casta y torería.
El debú de Julio Robles en Madrid impresionó mucho a los aficionados.
Lo hizo al mismo tiempo que Niño de la Capea y pareció que se producía
entre ambos una incipiente competencia pero no la hubo en realidad. Se
trataba de personalidades distintas, de divergentes concepciones del arte
de torear.
A Robles le faltaba aún aprendizaje, perfeccionar las suertes básicas;
un hervor, que diría el poeta. Pero la afición le entendió de
inmediato, admiró la interpretación cabal que daba a las reglas del arte
y sabía que con este torero lo único que hacía falta era esperar.
Fue, realmente, una continua espera. Julio Robles dio tardes memorables
y en todas se apreciaba que le quedaban capacidades -afición, casta,
sabiduría- para llegar más lejos. Incluso la tarde paradigmática del
toro de Lázaro Soria (hablamos del año 1978 en Madrid) o la del toro de
Felipe Bartolomé (hablamos del año 1987 en el mismo coso), o las muchas
en que alcanzó la excelencia en el toreo de capa (cuajó un inolvidable
tercio de quites con Ortega Cano), pese a la genialidad creativa de su
toreo, a la emoción de los tendidos, a la suya propia transportado por la
magia del arte, parecía producirse la sensación de que lo realizado aún
podía ser mejor.
Cuando sufrió el gravísimo percance que le quitó del toreo y poco
faltó para que lo quitara de la vida, tuvimos una larga conversación en
el centro de rehabilitación Peyrefitte, de la población francesa de
Cerbere, e inevitablemente salieron a colación esas dos faenas en Las
Ventas, que marcaron el curso de su carrera. Hacía un par de meses que se
había producido la cogida de Beziers, el torero progresaba -ya podía
mover las manos- y se especulaba con unas esperanzas de mayor recuperación
que, lamentablemente, nunca se cumplieron. Y seguía hablando de toros con
fluidez y pasión, como en esas charlas que se tienen hasta altas horas de
la madrugada alrededor de la lumbre; dándole vueltas a lo que fue y podía
haber sido su toreo, ponderando la importancia que tuvo en su carrera el
toro de Lázaro Soria. "Era violento, se me venía al pecho, hube de
medirle", comentaba. "Creo que la afición de Madrid entendió
perfectamente el mérito de la faena". Poco más comentó sobre
aquella tarde crucial. Los diestros dotados de torería, al contrario de
quienes carecen de ella, suelen ser muy parcos en palabras si se trata de
ponderar su éxitos.
Fue promesa, figura en ciernes, desde la alternativa que le confirmó
Antonio Bienvenida el año 1973, hasta la Feria de San Isidro de 1978, que
le consagró. Y figura indiscutible en todos los carteles, durante la década
de los años 80. Hasta que se produjo el terrible percance de Beziers en
agosto de 1990.
El destino suele generar coincidencias trazando trágicas piruetas y lo
hizo así en la fiesta aquel sórdido final de la década de los 80. Un año
antes, en otra plaza francesa, un miura volteaba al diestro Nimeño
II, dejándolo tetrapléjico. Nimeño estuvo también ingresado en el
centro médico de Cerbere. Unos años después se suicidó.
El Mundo.
Lunes, 15 de enero. JAVIER VILLÁN. Un
destino trágico
En Salamanca, a las cinco de la tarde, ha muerto
Julio Robles. Su cuerpo, tetrapléjico desde hace 11 años, no resistió
una operación quirúrgica obligada por una perforación estomacal. Julio
Robles llevaba amarrado a una silla de ruedas desde que en Beziers
(Francia) un toro le rompió la médula espinal y lo dejó inválido de
por vida. Peor que una cornada. Peor, incluso, que la muerte. Julio Robles
estaba en plena gloria y en plena madurez. Y aún le faltaba dar lo mejor
de su indiscutible dimensión de torero y de figura.
La hora de su muerte, con toda su carga literaria y lorquiana, las
cinco de la tarde, no ha estado rodeada de gloria ni de pasodobles. Ha
sido un sarcasmo más, añadido a su destino trágico y tremendo. Lo peor
para un torero no es morir de una cornada; es quedarse inválido de
piernas y de brazos, asistir a una corrida en una silla de ruedas, ser
objeto de compasión mientras otros dan la vuelta al ruedo.
Julio Robles nació en Fontiveros (Avila), la patria atribuida a San
Juan de la Cruz, aunque se le consideraba salmantino por escuela y por
adopción. Tenía 49 años y llevaba 27 de alternativa. Julio Robles, uno
de los más clásicos representantes de la escuela castellana, se vistió
de luces por primera vez en Villavieja de Yeltes (Salamanca) el 28 de
agosto de 1968. Con frecuencia su nombre figuró en los carteles junto al
de Pedro Moya, Niño de la Capea, y otro torero castellano, Roberto Domínguez.
Con este trío se pretendía, y no sin razón, resaltar la solidez y la
firmeza del toreo castellano. De los tres, Julio Robles ha sido el de
destino más infortunado. Se presentó en la Monumental de las Ventas,
como novillero, en 1972, el 11 de junio, junto al citado Pedro Moya y
Angel Rodríguez. Tomó la alternativa en Barcelona al año siguiente. Dos
sevillanos, de distinto estilo, lo acompañaban aquella tarde: Diego
Puerta, todo corazón, que fue su padrino, y Paco Camino, todo sabiduría,
que fue su testigo. El despegue de Julio Robles llevaba todas las trazas
de un torero de elite; pero una cornada en Valladolid, dos meses después,
el 19 de septiembre, lo frenó en seco. Acabó la temporada con sólo 19
festejos. Confirmó en Madrid en los sanisidros de 1973 con Antonio
Bienvenida y Palomo Linares.
Julio Robles no fue nunca una figura que mandase en el escalafón. Los
ajustes, por temporada, no llegaron nunca a cifras espectaculares. 1984,
con 54 corridas en España, 1988 con 55 y 1989 con 63, son sus años más
intensos. En esos momentos Julio Robles manifestaba, a base de toreo a
menudo impecable, la madurez de su oficio y la solera de su arte. Para los
buenos aficionados llegó a ser un diestro de referencia inexcusable.
Sobre todo, lanceando a la verónica. El abulense-salmantino ha sido uno
de los capotes más profundos, más elegantes y más clásicos de estos años.
Con la muleta representaba la sobriedad y lo auténtico, aunque no llegara
a alcanzar las excelencias que tenía al abrirse de capa: pura y excelsa
teoría de la verónica y de la media. Fue también un buen estoqueador,
cuidando no sólo la eficacia, sino la ejecución de la estocada de manera
cabal.
El 13 agosto del año 1990, en Beziers, un toro de Cayetano Muñoz,
Timador por nombre, burraco de capa, de 545 kilos de peso y marcado con el
número 123, lo volteó de manera espectacular y homicida al recibirlo con
el capote. Robles cayó sobre las cervicales y se quedó inmóvil,
transmitiendo la sensación de tragedia irreparable. Allí terminó una
gloriosa carrera taurina y empezó un largo calvario sin esperanza, que
acaba de concluir. El parte médico decía: «Tetraplejía incompleta de
los miembros superiores e inferiores por lesión de la parte baja del
raquis cervical. La tetraplejía no alcanza ningún órgano vital». Ese
parte médico alcanzó ayer su última y definitiva dimensión mortal.
Reacciones
ABC. Lunes, 15 de
enero´2001. ZABALA DE LA SERNA. La
corrida más dura
Julio Robles casi murió en aquella trágica tarde del 13 de agosto de
1990 en Béziers. Once años después, en otro nefasto 13, anteayer,
emprendía el último viaje, final de una larga agonía. Ni el cariño de
los muchos amigos que le rodeaban reflotó del todo la ilusión, que iba y
volvía, flagelada por las severas circunstancias. Pero Robles superó la
adversidad de la corrida más dura que le deparó la vida con serenidad y
hombría, hasta ser ejemplo para todos los que han visto atada su
existencia a una silla de ruedas. Contaba Enrique Ponce cómo en una tarde
feliz había bajado nuevamente a la arena, entre los olivos verdes de los
campos ocres de Jaén, a recuperar naturales pasados y desencuadernados,
ante la mirada brava de una becerra, hace relativamente poco tiempo,
anclada ya la cintura entre hierros y radios.
Escribió Robles una importante página de la historia contemporánea
del toreo y se abrió un hueco entre las figuras salmantinas. Los triunfos
tardaron en surgir, y luego se acumularon en la vitrina que guarda siempre
las nostalgias y los recuerdos. Pasará a los anales y a la memoria
colectiva de los aficionados como un firme estoquador y un gran
intérprete del toreo de capa. Sus verónicas de embroque cambiado
traían, un tiempo después, un empaque especial.
Jamás Robles estuvo solo en la soledad de su inmovilidad. Su manera de
ser había poblado su entorno de amistad. Ninguna como la de Victoriano
Valencia, su apoderado y guardián de ánimos, incansable impulsor de
aquel inolvidable festival en Madrid. Corría el año 92 y era otoño.
Armillita bordó el toreo y el poeta Luis Rosales se encerró para siempre
en la casa encendida, morada eterna que acogió ayer a un TORERO.
n Salamanca, a las cinco de la tarde, ha muerto
Julio Robles. Su cuerpo, tetrapléjico desde hace 11 años, no resistió
una operación quirúrgica obligada por una perforación estomacal. Julio
Robles llevaba amarrado a una silla de ruedas desde que en Beziers
(Francia) un toro le rompió la médula espinal y lo dejó inválido de
por vida. Peor que una cornada. Peor, incluso, que la muerte. Julio Robles
estaba en plena gloria y en plena madurez. Y aún le faltaba dar lo mejor
de su indiscutible dimensión de torero y de figura.
La hora de su muerte, con toda su carga literaria y lorquiana, las
cinco de la tarde, no ha estado rodeada de gloria ni de pasodobles. Ha
sido un sarcasmo más, añadido a su destino trágico y tremendo. Lo peor
para un torero no es morir de una cornada; es quedarse inválido de
piernas y de brazos, asistir a una corrida en una silla de ruedas, ser
objeto de compasión mientras otros dan la vuelta al ruedo.
Julio Robles nació en Fontiveros (Avila), la patria atribuida a San
Juan de la Cruz, aunque se le consideraba salmantino por escuela y por
adopción. Tenía 49 años y llevaba 27 de alternativa. Julio Robles, uno
de los más clásicos representantes de la escuela castellana, se vistió
de luces por primera vez en Villavieja de Yeltes (Salamanca) el 28 de
agosto de 1968. Con frecuencia su nombre figuró en los carteles junto al
de Pedro Moya, Niño de la Capea, y otro torero castellano, Roberto Domínguez.
Con este trío se pretendía, y no sin razón, resaltar la solidez y la
firmeza del toreo castellano. De los tres, Julio Robles ha sido el de
destino más infortunado. Se presentó en la Monumental de las Ventas,
como novillero, en 1972, el 11 de junio, junto al citado Pedro Moya y
Angel Rodríguez. Tomó la alternativa en Barcelona al año siguiente. Dos
sevillanos, de distinto estilo, lo acompañaban aquella tarde: Diego
Puerta, todo corazón, que fue su padrino, y Paco Camino, todo sabiduría,
que fue su testigo. El despegue de Julio Robles llevaba todas las trazas
de un torero de elite; pero una cornada en Valladolid, dos meses después,
el 19 de septiembre, lo frenó en seco. Acabó la temporada con sólo 19
festejos. Confirmó en Madrid en los sanisidros de 1973 con Antonio
Bienvenida y Palomo Linares.
Julio Robles no fue nunca una figura que mandase en el escalafón. Los
ajustes, por temporada, no llegaron nunca a cifras espectaculares. 1984,
con 54 corridas en España, 1988 con 55 y 1989 con 63, son sus años más
intensos. En esos momentos Julio Robles manifestaba, a base de toreo a
menudo impecable, la madurez de su oficio y la solera de su arte. Para los
buenos aficionados llegó a ser un diestro de referencia inexcusable.
Sobre todo, lanceando a la verónica. El abulense-salmantino ha sido uno
de los capotes más profundos, más elegantes y más clásicos de estos años.
Con la muleta representaba la sobriedad y lo auténtico, aunque no llegara
a alcanzar las excelencias que tenía al abrirse de capa: pura y excelsa
teoría de la verónica y de la media. Fue también un buen estoqueador,
cuidando no sólo la eficacia, sino la ejecución de la estocada de manera
cabal.
El 13 agosto del año 1990, en Beziers, un toro de Cayetano Muñoz,
Timador por nombre, burraco de capa, de 545 kilos de peso y marcado con el
número 123, lo volteó de manera espectacular y homicida al recibirlo con
el capote. Robles cayó sobre las cervicales y se quedó inmóvil,
transmitiendo la sensación de tragedia irreparable. Allí terminó una
gloriosa carrera taurina y empezó un largo calvario sin esperanza, que
acaba de concluir. El parte médico decía: «Tetraplejía incompleta de
los miembros superiores e inferiores por lesión de la parte baja del
raquis cervical. La tetraplejía no alcanza ningún órgano vital». Ese
parte médico alcanzó ayer su última y definitiva dimensión mortal.
Reacciones
ABC. Lunes, 15 de
enero´2001. ZABALA DE LA SERNA. La
corrida más dura
Julio Robles casi murió en aquella trágica tarde del 13 de agosto de
1990 en Béziers. Once años después, en otro nefasto 13, anteayer,
emprendía el último viaje, final de una larga agonía. Ni el cariño de
los muchos amigos que le rodeaban reflotó del todo la ilusión, que iba y
volvía, flagelada por las severas circunstancias. Pero Robles superó la
adversidad de la corrida más dura que le deparó la vida con serenidad y
hombría, hasta ser ejemplo para todos los que han visto atada su
existencia a una silla de ruedas. Contaba Enrique Ponce cómo en una tarde
feliz había bajado nuevamente a la arena, entre los olivos verdes de los
campos ocres de Jaén, a recuperar naturales pasados y desencuadernados,
ante la mirada brava de una becerra, hace relativamente poco tiempo,
anclada ya la cintura entre hierros y radios.
Escribió Robles una importante página de la historia contemporánea
del toreo y se abrió un hueco entre las figuras salmantinas. Los triunfos
tardaron en surgir, y luego se acumularon en la vitrina que guarda siempre
las nostalgias y los recuerdos. Pasará a los anales y a la memoria
colectiva de los aficionados como un firme estoquador y un gran
intérprete del toreo de capa. Sus verónicas de embroque cambiado
traían, un tiempo después, un empaque especial.
Jamás Robles estuvo solo en la soledad de su inmovilidad. Su manera de
ser había poblado su entorno de amistad. Ninguna como la de Victoriano
Valencia, su apoderado y guardián de ánimos, incansable impulsor de
aquel inolvidable festival en Madrid. Corría el año 92 y era otoño.
Armillita bordó el toreo y el poeta Luis Rosales se encerró para siempre
en la casa encendida, morada eterna que acogió ayer a un TORERO.
n Salamanca, a las cinco de la tarde, ha muerto
Julio Robles. Su cuerpo, tetrapléjico desde hace 11 años, no resistió
una operación quirúrgica obligada por una perforación estomacal. Julio
Robles llevaba amarrado a una silla de ruedas desde que en Beziers
(Francia) un toro le rompió la médula espinal y lo dejó inválido de
por vida. Peor que una cornada. Peor, incluso, que la muerte. Julio Robles
estaba en plena gloria y en plena madurez. Y aún le faltaba dar lo mejor
de su indiscutible dimensión de torero y de figura.
La hora de su muerte, con toda su carga literaria y lorquiana, las
cinco de la tarde, no ha estado rodeada de gloria ni de pasodobles. Ha
sido un sarcasmo más, añadido a su destino trágico y tremendo. Lo peor
para un torero no es morir de una cornada; es quedarse inválido de
piernas y de brazos, asistir a una corrida en una silla de ruedas, ser
objeto de compasión mientras otros dan la vuelta al ruedo.
Julio Robles nació en Fontiveros (Avila), la patria atribuida a San
Juan de la Cruz, aunque se le consideraba salmantino por escuela y por
adopción. Tenía 49 años y llevaba 27 de alternativa. Julio Robles, uno
de los más clásicos representantes de la escuela castellana, se vistió
de luces por primera vez en Villavieja de Yeltes (Salamanca) el 28 de
agosto de 1968. Con frecuencia su nombre figuró en los carteles junto al
de Pedro Moya, Niño de la Capea, y otro torero castellano, Roberto Domínguez.
Con este trío se pretendía, y no sin razón, resaltar la solidez y la
firmeza del toreo castellano. De los tres, Julio Robles ha sido el de
destino más infortunado. Se presentó en la Monumental de las Ventas,
como novillero, en 1972, el 11 de junio, junto al citado Pedro Moya y
Angel Rodríguez. Tomó la alternativa en Barcelona al año siguiente. Dos
sevillanos, de distinto estilo, lo acompañaban aquella tarde: Diego
Puerta, todo corazón, que fue su padrino, y Paco Camino, todo sabiduría,
que fue su testigo. El despegue de Julio Robles llevaba todas las trazas
de un torero de elite; pero una cornada en Valladolid, dos meses después,
el 19 de septiembre, lo frenó en seco. Acabó la temporada con sólo 19
festejos. Confirmó en Madrid en los sanisidros de 1973 con Antonio
Bienvenida y Palomo Linares.
Julio Robles no fue nunca una figura que mandase en el escalafón. Los
ajustes, por temporada, no llegaron nunca a cifras espectaculares. 1984,
con 54 corridas en España, 1988 con 55 y 1989 con 63, son sus años más
intensos. En esos momentos Julio Robles manifestaba, a base de toreo a
menudo impecable, la madurez de su oficio y la solera de su arte. Para los
buenos aficionados llegó a ser un diestro de referencia inexcusable.
Sobre todo, lanceando a la verónica. El abulense-salmantino ha sido uno
de los capotes más profundos, más elegantes y más clásicos de estos años.
Con la muleta representaba la sobriedad y lo auténtico, aunque no llegara
a alcanzar las excelencias que tenía al abrirse de capa: pura y excelsa
teoría de la verónica y de la media. Fue también un buen estoqueador,
cuidando no sólo la eficacia, sino la ejecución de la estocada de manera
cabal.
El 13 agosto del año 1990, en Beziers, un toro de Cayetano Muñoz,
Timador por nombre, burraco de capa, de 545 kilos de peso y marcado con el
número 123, lo volteó de manera espectacular y homicida al recibirlo con
el capote. Robles cayó sobre las cervicales y se quedó inmóvil,
transmitiendo la sensación de tragedia irreparable. Allí terminó una
gloriosa carrera taurina y empezó un largo calvario sin esperanza, que
acaba de concluir. El parte médico decía: «Tetraplejía incompleta de
los miembros superiores e inferiores por lesión de la parte baja del
raquis cervical. La tetraplejía no alcanza ningún órgano vital». Ese
parte médico alcanzó ayer su última y definitiva dimensión mortal.
Reacciones
ABC. Lunes, 15 de
enero´2001. ZABALA DE LA SERNA. La
corrida más dura
Julio Robles casi murió en aquella trágica tarde del 13 de agosto de
1990 en Béziers. Once años después, en otro nefasto 13, anteayer,
emprendía el último viaje, final de una larga agonía. Ni el cariño de
los muchos amigos que le rodeaban reflotó del todo la ilusión, que iba y
volvía, flagelada por las severas circunstancias. Pero Robles superó la
adversidad de la corrida más dura que le deparó la vida con serenidad y
hombría, hasta ser ejemplo para todos los que han visto atada su
existencia a una silla de ruedas. Contaba Enrique Ponce cómo en una tarde
feliz había bajado nuevamente a la arena, entre los olivos verdes de los
campos ocres de Jaén, a recuperar naturales pasados y desencuadernados,
ante la mirada brava de una becerra, hace relativamente poco tiempo,
anclada ya la cintura entre hierros y radios.
Escribió Robles una importante página de la historia contemporánea
del toreo y se abrió un hueco entre las figuras salmantinas. Los triunfos
tardaron en surgir, y luego se acumularon en la vitrina que guarda siempre
las nostalgias y los recuerdos. Pasará a los anales y a la memoria
colectiva de los aficionados como un firme estoquador y un gran
intérprete del toreo de capa. Sus verónicas de embroque cambiado
traían, un tiempo después, un empaque especial.
Jamás Robles estuvo solo en la soledad de su inmovilidad. Su manera de
ser había poblado su entorno de amistad. Ninguna como la de Victoriano
Valencia, su apoderado y guardián de ánimos, incansable impulsor de
aquel inolvidable festival en Madrid. Corría el año 92 y era otoño.
Armillita bordó el toreo y el poeta Luis Rosales se encerró para siempre
en la casa encendida, morada eterna que acogió ayer a un TORERO.
n Salamanca, a las cinco de la tarde, ha muerto
Julio Robles. Su cuerpo, tetrapléjico desde hace 11 años, no resistió
una operación quirúrgica obligada por una perforación estomacal. Julio
Robles llevaba amarrado a una silla de ruedas desde que en Beziers
(Francia) un toro le rompió la médula espinal y lo dejó inválido de
por vida. Peor que una cornada. Peor, incluso, que la muerte. Julio Robles
estaba en plena gloria y en plena madurez. Y aún le faltaba dar lo mejor
de su indiscutible dimensión de torero y de figura.
La hora de su muerte, con toda su carga literaria y lorquiana, las
cinco de la tarde, no ha estado rodeada de gloria ni de pasodobles. Ha
sido un sarcasmo más, añadido a su destino trágico y tremendo. Lo peor
para un torero no es morir de una cornada; es quedarse inválido de
piernas y de brazos, asistir a una corrida en una silla de ruedas, ser
objeto de compasión mientras otros dan la vuelta al ruedo.
Julio Robles nació en Fontiveros (Avila), la patria atribuida a San
Juan de la Cruz, aunque se le consideraba salmantino por escuela y por
adopción. Tenía 49 años y llevaba 27 de alternativa. Julio Robles, uno
de los más clásicos representantes de la escuela castellana, se vistió
de luces por primera vez en Villavieja de Yeltes (Salamanca) el 28 de
agosto de 1968. Con frecuencia su nombre figuró en los carteles junto al
de Pedro Moya, Niño de la Capea, y otro torero castellano, Roberto Domínguez.
Con este trío se pretendía, y no sin razón, resaltar la solidez y la
firmeza del toreo castellano. De los tres, Julio Robles ha sido el de
destino más infortunado. Se presentó en la Monumental de las Ventas,
como novillero, en 1972, el 11 de junio, junto al citado Pedro Moya y
Angel Rodríguez. Tomó la alternativa en Barcelona al año siguiente. Dos
sevillanos, de distinto estilo, lo acompañaban aquella tarde: Diego
Puerta, todo corazón, que fue su padrino, y Paco Camino, todo sabiduría,
que fue su testigo. El despegue de Julio Robles llevaba todas las trazas
de un torero de elite; pero una cornada en Valladolid, dos meses después,
el 19 de septiembre, lo frenó en seco. Acabó la temporada con sólo 19
festejos. Confirmó en Madrid en los sanisidros de 1973 con Antonio
Bienvenida y Palomo Linares.
Julio Robles no fue nunca una figura que mandase en el escalafón. Los
ajustes, por temporada, no llegaron nunca a cifras espectaculares. 1984,
con 54 corridas en España, 1988 con 55 y 1989 con 63, son sus años más
intensos. En esos momentos Julio Robles manifestaba, a base de toreo a
menudo impecable, la madurez de su oficio y la solera de su arte. Para los
buenos aficionados llegó a ser un diestro de referencia inexcusable.
Sobre todo, lanceando a la verónica. El abulense-salmantino ha sido uno
de los capotes más profundos, más elegantes y más clásicos de estos años.
Con la muleta representaba la sobriedad y lo auténtico, aunque no llegara
a alcanzar las excelencias que tenía al abrirse de capa: pura y excelsa
teoría de la verónica y de la media. Fue también un buen estoqueador,
cuidando no sólo la eficacia, sino la ejecución de la estocada de manera
cabal.
El 13 agosto del año 1990, en Beziers, un toro de Cayetano Muñoz,
Timador por nombre, burraco de capa, de 545 kilos de peso y marcado con el
número 123, lo volteó de manera espectacular y homicida al recibirlo con
el capote. Robles cayó sobre las cervicales y se quedó inmóvil,
transmitiendo la sensación de tragedia irreparable. Allí terminó una
gloriosa carrera taurina y empezó un largo calvario sin esperanza, que
acaba de concluir. El parte médico decía: «Tetraplejía incompleta de
los miembros superiores e inferiores por lesión de la parte baja del
raquis cervical. La tetraplejía no alcanza ningún órgano vital». Ese
parte médico alcanzó ayer su última y definitiva dimensión mortal.
Reacciones
ABC. Lunes, 15 de
enero´2001. ZABALA DE LA SERNA. La
corrida más dura
Julio Robles casi murió en aquella trágica tarde del 13 de agosto de
1990 en Béziers. Once años después, en otro nefasto 13, anteayer,
emprendía el último viaje, final de una larga agonía. Ni el cariño de
los muchos amigos que le rodeaban reflotó del todo la ilusión, que iba y
volvía, flagelada por las severas circunstancias. Pero Robles superó la
adversidad de la corrida más dura que le deparó la vida con serenidad y
hombría, hasta ser ejemplo para todos los que han visto atada su
existencia a una silla de ruedas. Contaba Enrique Ponce cómo en una tarde
feliz había bajado nuevamente a la arena, entre los olivos verdes de los
campos ocres de Jaén, a recuperar naturales pasados y desencuadernados,
ante la mirada brava de una becerra, hace relativamente poco tiempo,
anclada ya la cintura entre hierros y radios.
Escribió Robles una importante página de la historia contemporánea
del toreo y se abrió un hueco entre las figuras salmantinas. Los triunfos
tardaron en surgir, y luego se acumularon en la vitrina que guarda siempre
las nostalgias y los recuerdos. Pasará a los anales y a la memoria
colectiva de los aficionados como un firme estoquador y un gran
intérprete del toreo de capa. Sus verónicas de embroque cambiado
traían, un tiempo después, un empaque especial.
Jamás Robles estuvo solo en la soledad de su inmovilidad. Su manera de
ser había poblado su entorno de amistad. Ninguna como la de Victoriano
Valencia, su apoderado y guardián de ánimos, incansable impulsor de
aquel inolvidable festival en Madrid. Corría el año 92 y era otoño.
Armillita bordó el toreo y el poeta Luis Rosales se encerró para siempre
en la casa encendida, morada eterna que acogió ayer a un TORERO.
n Salamanca, a las cinco de la tarde, ha muerto
Julio Robles. Su cuerpo, tetrapléjico desde hace 11 años, no resistió
una operación quirúrgica obligada por una perforación estomacal. Julio
Robles llevaba amarrado a una silla de ruedas desde que en Beziers
(Francia) un toro le rompió la médula espinal y lo dejó inválido de
por vida. Peor que una cornada. Peor, incluso, que la muerte. Julio Robles
estaba en plena gloria y en plena madurez. Y aún le faltaba dar lo mejor
de su indiscutible dimensión de torero y de figura.
La hora de su muerte, con toda su carga literaria y lorquiana, las
cinco de la tarde, no ha estado rodeada de gloria ni de pasodobles. Ha
sido un sarcasmo más, añadido a su destino trágico y tremendo. Lo peor
para un torero no es morir de una cornada; es quedarse inválido de
piernas y de brazos, asistir a una corrida en una silla de ruedas, ser
objeto de compasión mientras otros dan la vuelta al ruedo.
Julio Robles nació en Fontiveros (Avila), la patria atribuida a San
Juan de la Cruz, aunque se le consideraba salmantino por escuela y por
adopción. Tenía 49 años y llevaba 27 de alternativa. Julio Robles, uno
de los más clásicos representantes de la escuela castellana, se vistió
de luces por primera vez en Villavieja de Yeltes (Salamanca) el 28 de
agosto de 1968. Con frecuencia su nombre figuró en los carteles junto al
de Pedro Moya, Niño de la Capea, y otro torero castellano, Roberto Domínguez.
Con este trío se pretendía, y no sin razón, resaltar la solidez y la
firmeza del toreo castellano. De los tres, Julio Robles ha sido el de
destino más infortunado. Se presentó en la Monumental de las Ventas,
como novillero, en 1972, el 11 de junio, junto al citado Pedro Moya y
Angel Rodríguez. Tomó la alternativa en Barcelona al año siguiente. Dos
sevillanos, de distinto estilo, lo acompañaban aquella tarde: Diego
Puerta, todo corazón, que fue su padrino, y Paco Camino, todo sabiduría,
que fue su testigo. El despegue de Julio Robles llevaba todas las trazas
de un torero de elite; pero una cornada en Valladolid, dos meses después,
el 19 de septiembre, lo frenó en seco. Acabó la temporada con sólo 19
festejos. Confirmó en Madrid en los sanisidros de 1973 con Antonio
Bienvenida y Palomo Linares.
Julio Robles no fue nunca una figura que mandase en el escalafón. Los
ajustes, por temporada, no llegaron nunca a cifras espectaculares. 1984,
con 54 corridas en España, 1988 con 55 y 1989 con 63, son sus años más
intensos. En esos momentos Julio Robles manifestaba, a base de toreo a
menudo impecable, la madurez de su oficio y la solera de su arte. Para los
buenos aficionados llegó a ser un diestro de referencia inexcusable.
Sobre todo, lanceando a la verónica. El abulense-salmantino ha sido uno
de los capotes más profundos, más elegantes y más clásicos de estos años.
Con la muleta representaba la sobriedad y lo auténtico, aunque no llegara
a alcanzar las excelencias que tenía al abrirse de capa: pura y excelsa
teoría de la verónica y de la media. Fue también un buen estoqueador,
cuidando no sólo la eficacia, sino la ejecución de la estocada de manera
cabal.
El 13 agosto del año 1990, en Beziers, un toro de Cayetano Muñoz,
Timador por nombre, burraco de capa, de 545 kilos de peso y marcado con el
número 123, lo volteó de manera espectacular y homicida al recibirlo con
el capote. Robles cayó sobre las cervicales y se quedó inmóvil,
transmitiendo la sensación de tragedia irreparable. Allí terminó una
gloriosa carrera taurina y empezó un largo calvario sin esperanza, que
acaba de concluir. El parte médico decía: «Tetraplejía incompleta de
los miembros superiores e inferiores por lesión de la parte baja del
raquis cervical. La tetraplejía no alcanza ningún órgano vital». Ese
parte médico alcanzó ayer su última y definitiva dimensión mortal.
Reacciones
ABC. Lunes, 15 de
enero´2001. ZABALA DE LA SERNA. La
corrida más dura
Julio Robles casi murió en aquella trágica tarde del 13 de agosto de
1990 en Béziers. Once años después, en otro nefasto 13, anteayer,
emprendía el último viaje, final de una larga agonía. Ni el cariño de
los muchos amigos que le rodeaban reflotó del todo la ilusión, que iba y
volvía, flagelada por las severas circunstancias. Pero Robles superó la
adversidad de la corrida más dura que le deparó la vida con serenidad y
hombría, hasta ser ejemplo para todos los que han visto atada su
existencia a una silla de ruedas. Contaba Enrique Ponce cómo en una tarde
feliz había bajado nuevamente a la arena, entre los olivos verdes de los
campos ocres de Jaén, a recuperar naturales pasados y desencuadernados,
ante la mirada brava de una becerra, hace relativamente poco tiempo,
anclada ya la cintura entre hierros y radios.
Escribió Robles una importante página de la historia contemporánea
del toreo y se abrió un hueco entre las figuras salmantinas. Los triunfos
tardaron en surgir, y luego se acumularon en la vitrina que guarda siempre
las nostalgias y los recuerdos. Pasará a los anales y a la memoria
colectiva de los aficionados como un firme estoquador y un gran
intérprete del toreo de capa. Sus verónicas de embroque cambiado
traían, un tiempo después, un empaque especial.
Jamás Robles estuvo solo en la soledad de su inmovilidad. Su manera de
ser había poblado su entorno de amistad. Ninguna como la de Victoriano
Valencia, su apoderado y guardián de ánimos, incansable impulsor de
aquel inolvidable festival en Madrid. Corría el año 92 y era otoño.
Armillita bordó el toreo y el poeta Luis Rosales se encerró para siempre
en la casa encendida, morada eterna que acogió ayer a un TORERO.
Reacciones
ABC. Domingo, 14 de enero´2001. Ortega
Cano: Robles fue el espejo de toreros y en la vida
El matador de toros José Ortega Cano, compañero
de cartel en tantas tardes durante la etapa en activo de Julio Robles,
calificó al torero salmantino como "espejo de toreros y espejo también
en la vida por la lección de fortaleza que ha demostrado en los últimos
años en silla de ruedas".
Ortega Cano recibió la noticia con gran consternación
mientras participaba en un tentadero en la finca de "Torrealta".
"Ha sido como un jarro de agua fría. No lo esperaba y creo que la
muerte es injusta para un hombre que había luchado tanto por su problema
a raíz del percance que sufrió. Julio ha dado ánimo y ha sido imagen de
fortaleza y capacidad para mucha gente que se encuentra en una
situación similar", subrayó.
"Todos sabemos la categoría que tenia como torero, porque estaba
considerado torero de toreros y entre los mejores para los buenos
aficionados. Pero como persona era igualmente grandioso. Julio fue un
hombre que cuando se trataba se dejaba querer, tenia ese don para enamorar
a la gente y todo el mundo que le conocía era su amigo. Una persona muy
flamenca y alegre, muy humana", dijo.
"Como torero guardo muchos y grandes recuerdos, y entre todos uno
inolvidable, la famosa tarde del mano a mano, la de los quites en Madrid.
Julio tenia mucha facilidad para torear de capote y de muleta, pero con el
capote lo manejaba con mucha variedad y personalidad. Eso me motivaba muchísimo
y siempre lo recordaré", finalizó.
ABC. Lunes, 15 de
enero´2001. Victoriano
Valencia: «Robles ha sido espejo de muchos toreros»
La muerte de Julio Robles ha causado honda conmoción
en el mundo del toro. Numerosas personalidades del planeta taurino
—toreros, ganaderos, empresarios, apoderados y aficionados— se acercaron
ayer hasta el hospital salmantino donde falleció el diestro abulense.
Victoriano Valencia, amigo y apoderado del torero durante más de una década,
se encontraba «destrozado. He perdido hace poco a mi hermano y ahora a un
amigo y compañero entrañable». Valencia continuó: «Siempre he sentido
un cariño enorme hacia su persona y una admiración tremenda hacia quien
considero uno de los toreros más completos del siglo XX. Ha sido espejo de
muchos toreros».
El diestro valenciano Enrique Ponce recibió la noticia de la muerte de
Robles «con enorme dolor. Ha sido un figurón del toreo y un gran hombre.
En los últimos años tuve la suerte de descubrir su clase y fondo como
persona, además coincidíamos en aficiones —como la caza— y en la
manera de ser y ver la vida».
Tampoco podía ocultar su dolor El Niño de la Capea, quien declaraba que
«la muerte de Julio Robles supone una gran pérdida. Me siento muy mal y en
el futuro cuando se hable de él se le recordará como lo que fue: un gran
torero».
El maestro Santiago Martín «El Viti» se sentía «muy mal y muy
apenado. Hemos perdido a un hombre extraordinario y a un gran torero».
El ganadero Juan Ignacio Pérez-Tabernero —propietario de la divisa de
Montalvo, ganadería con la que Julio Robles tomó la alternativa en
Barcelona— manifestó en declaraciones a mundotoro.com: «Me he quedado de
piedra. Ha sido un palo. Robles era como de la familia, un amigo íntimo,
nos veíamos muchas veces y le tenía por un hermano».
La capilla ardiente con los restos mortales de Julio Robles, que será
enterrado hoy en Salamanca, fue instalada en el salón de plenos del
ayuntamiento salmantino, por donde pasaron no sólo numerosas personalidades
del mundo del toro, sino también cientos de salmantinos que quisieron dar
su último adiós a un torero muy ligado a la tierra donde cosechó tantos
triunfos.
Imágenes
del último adiós a Julio Robles
Dos instantáneas de la multitudinaria despedida
al diestro salmantino publicadas por la revista Hola! en su edición del
25 de enero.
En la última vuelta al ruedo del matador en la plaza de toros de La Glorieta,
el féretro es portado por sus amigos y compañeros.
Espartaco
y Ortega Cano portando los restos mortales del maestro en la arena del coso
salmantino.
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