DOSSIER INFORMATIVO SOBRE LA MUERTE DE JULIO ROBLES

Fallece Julio Robles

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Imágenes del último adiós a Julio Robles

Multitudinaria y emotiva despedida a Julio Robles en Salamanca

Muere a los 49 años Julio Robles, figura salmantina del toreo contemporáneo
Julio Robles muere a los 49 años a causa de una perforación de colon

Fallece a los 49 años el diestro salmantino Julio Robles


Opinión

 Casta y torería

Un destino trágico

La corrida más dura

Reacciones
Ortega Cano: Robles fue el espejo de toreros y en la vida

Victoriano Valencia: «Robles ha sido espejo de muchos toreros»


ABC. Martes, 16 de enero´2001. JUAN CARLOS LÓPEZ. Multitudinaria y emotiva despedida a Julio Robles en Salamanca

El mundo del toro despidió ayer al diestro Julio Robles, «un hombre de bien y mejor profesional», como le definieron numerosas personalidades de la vida social, política y taurina de toda España. Más de diez mil personas quisieron dar su último adiós al torero. Los restos mortales de Robles, de 49 años, fueron enterrados en el panteón familiar del cementerio salmantino de Ahigal de los Aceiteros (Salamanca), en medio del dolor de familiares, amigos y representantes del mundo del toro.

Miles de salmantinos despedían al torero en una misa funeral celebrada por la mañana en la iglesia de los Dominicos, que precedió a un emocionante homenaje en la plaza de toros de La Glorieta, donde matadores como Ponce, Espartaco, Capea o El Viti, portaron a hombros sus restos mortales para dar la vuelta al ruedo en medio de aplausos y lágrimas de amigos y familiares.

Este fue el último adiós en una jornada en la que el superior del convento de los Dominicos en Salamanca, el padre José Ramón Sánchez, señaló en la misa funeral la importancia que Robles daba a sus amistades, así como su generosidad con los compañeros de profesión. Según señaló en el funeral el padre Sánchez, Robles dejó escrito antes de fallecer: «Mi vida ha sido como el viento que llega, sopla y se va; he sido feliz con mi familia y mis amigos y siempre os tendré presentes».

A esta despedida a la figura del toreo salmantina acudieron numerosas personalidades del planeta taurino como Victoriano Valencia —apoderado de Robles durante más de una década—, Enrique Ponce, El Viti, El Niño de la Capea, José Antonio Campuzano, Joselito, El Tato, Óscar Higares, Ortega Cano y su esposa Rocío Jurado, Rafael Camino, Pepín Liria, David Luguillano, Cristina Sánchez, Rui Bento, Juan Diego, Guillermo Marín, Espartaco, Curro Vázquez, José Tomás, Eugenio de Mora, Roberto Domínguez, Miguel Abellán, Andrés Vázquez, Julio Norte, Mateo Carreño y los ganaderos Victorino Martín y Alipio Pérez Tabernero, entre otros.

Más de setenta coronas

Más de sesenta coronas y numerosos ramos de flores procedentes de todos los puntos de España llegaron hasta la capilla ardiente con los restos mortales del diestro Julio Robles —por donde pasaron más de diez mil personas que quisieron despedir al torero—.

El alcalde de Salamanca, Julián Lanzarote, estudia ahora la posibilidad de «celebrar un gran homenaje póstumo a la figura de Julio Robles, que, junto a Santiago Martín “El Viti” y Pedro Gutiérrez Moya “Niño de la Capea”, ha formado la denominada terna de oro del toreo charro». Robles recibió la Medalla de Oro de la Ciudad en 1992, máximo galardón que se concede en esta capital.

Julio Robles falleció en la tarde del domingo al no poder superar una intervención quirúrgica como consecuencia de una peritonitis aguda por perforación de colon. La inesperada muerte del diestro provocó un torrente de declaraciones de aficionados y profesionales del mundo del toro que le sitúan como «uno de los grandes toreros del siglo XX».


PortalTaurino. Lunes, 15 de enero´2001. R.F.L. Fallece el torero Julio Robles

El matador de toros Julio Robles falleció ayer por la tarde  en la clínica de la Santísima  Trinidad de Salamanca a causa de una peritonitis aguda y difusa por perforación de colon izquierdo que desembocó en una parada cardio respiratoria.

El parte facilitado por la clínica apunta: "A las 17:05 horas, don Julio Robles Hernández, de 49 años, ha fallecido por parada cardíaca sin respuesta a medidas de reanimación cardio-pulmonar avanzada. El paciente ingresó con carácter urgente el día 13 a las 07:30 horas y le fue diagnosticado un abdomen agudo y shock séptico. Se practica tratamiento quirúrgico urgente por el doctor Fernando Angoso con hallazgo operatorio de perforación de colon izquierdo, con peritonitis aguda y difusa secundaria a la misma. El paciente pasa a la unidad de cuidados intensivos donde se le mantiene en situación de ventilación mecánica por inestabilidad hemodinámica siendo el shock refractario al tratamiento hasta el momento de la muerte".

La capilla ardiente de Julio Robles ha quedado instalada en el Ayuntamiento de Salamanca. Será allí donde reposen sus restos hasta el funeral previsto para hoy lunes a las 13.30 horas en la Iglesia de San Esteban, de los padres dominicos, ubicado en Salamanca. A continuación sus más allegados lo pasearán en hombros por el ruedo de la plaza de toros de La Glorieta y será trasladado al cementerio de la localidad salmantina de Ahigal de Los Aceiteros, donde será enterrado por la tarde, junto a los restos de su madre.

El Ayuntamiento de Salamanca ha decretado dos días de luto oficial por el maestro Julio Robles, por todo lo que ha significado para esta ciudad castellana.


ABC. Agencias. Lunes, 15 de enero´2001. Muere a los 49 años Julio Robles, figura salmantina del toreo contemporáneo

El matador de toros Julio Robles falleció ayer en la clínica Santísima Trinidad de Salamanca a los 49 años de edad. Robles, que sufría una tetraplejia desde 1990, había sido operado de urgencia apenas veinticuatro horas antes, a causa de una perforación intestinal. Su estado se agravó tras la intervención hasta la hora de su fallecimiento, en la tarde de ayer.

El parte médico dice lo siguiente: «A las 17,05 don Julio Robles Hernández , de 49 años, ha fallecido por parada cardiaca sin respuesta a medidas de reanimación cardio-pulmonar avanzada. El paciente ingresó con carácter urgente el día 13 a las 07,30 horas y le fue diagnosticado un abdomen agudo y shock séptico. Se practica tratamiento quirúrgico urgente por el doctor Fernando Angoso con hallazgo operatorio de perforación de colon izquierdo, con peritonitis aguda y difusa secundaria a la misma. El paciente pasa a la unidad de cuidados intensivos donde se le mantiene en situación de ventilación mecánica por inestabilidad hemodinámica siendo el shock refractario al tratamiento hasta el momento de la muerte».

El estado de salud del diestro abulense era precario desde el percance que sufrió en la plaza francesa de Béziers, el 13 de agosto de 1990, lo que le mantuvo desde entonces en silla de ruedas. El diestro fue intervenido quirúrgicamente a vida o muerte, según informaron los familiares, siendo ingresado después en la UVI, donde falleció a las cinco de la tarde.

Primer vestido de luces

Avelino Julio Robles Hernández nació en Fontiveros (Ávila) el 4 de diciembre de 1951. Robles, que desde muy temprana edad estuvo en contacto con el campo charro, se vistió por vez primera de luces el 28 de agosto de 1968 en Villavieja de Yeltes (Salamanca), y durante esa temporada intervino en 40 festejos económicos. Debutó con picadores el 10 de mayo de 1970, en la plaza de Lérida, y tomó parte en 25 corridas en esa categoría, según informa Efe.

El torero de Ávila hizo su presentación en Madrid el 10 de junio de 1972, alternando con Angelete y El Niño de la Capea, con toros de Juan Pedro Domecq. Ocho días más tarde repitió con Capea, ya que ambos habían conseguido un gran éxito. El 8 de julio de ese año tomó la alternativa en Barcelona, con Diego Puerta como padrino y Paco Camino como testigo. Esa misma temporada obtuvo el «Capote de oro y piedras preciosas», otorgado por el Club Colavides de Bilbao a la mejor faena de la Feria bilbaína.

El 23 de mayo de 1973 confirmó la alternativa en la Monumental de Las Ventas, de manos de Antonio Bienvenida y en presencia de Palomo Linares. Entre sus mejores actuaciones en Madrid, destacan las del 18 de mayo de 1975 y el 24 de mayo de 1978. En diciembre de 1984 consiguió en Barcelona los premios a la mejor estocada y a la mejor faena. En la temporada de 1987 tuvo que dejar un tiempo de torear a causa de una lesión de abductores y reapareció el 28 de noviembre de ese año en Quito (Ecuador). Ese temporada toreó en 36 corridas y los aficionados recuerdan la memorable faena que Robles hizo en Las Ventas a un toro de Bartolomé.

Posteriormente, tuvo que interrumpir varias corridas debido a la lesión y reapareció en mayo de 1988 en San Isidro. Ese año toreó un total de 55 corridas en las que cortó 33 orejas. En 1989 realizó buenas actuaciones en la Feria del Pilar de Zaragoza, en Valladolid, Salamanca y en Pamplona, donde fue uno de los triunfadores. Esa temporada participó en 63 corridas, en las que cortó 66 orejas.

Tres puertas grandes

Tres Puertas Grandes venteñas (1983, 1985 y 1989) coronan su trayectoria, aunque en el año 84 sólo la negativa presidencial impidió una nueva salida a hombros por la calle de Alcalá.

El 13 de agosto de 1990, después de torear en Pamplona y en Santander, resultó gravemente herido al ser volteado por un toro de Cayetano Muñoz, de nombre «Timador» en la plaza gala de Béziers. Sufrió un traumatismo del raquis cervical entre la quinta y la sexta vértebra, que le provocó la tetraplejia. Desde que padeció el grave percance Julio Robles paso la mayor parte de su vida en su finca salmantina.

Numerosos homenajes

Desde la cogida de Robles en agosto de 1990, el torero ha sido objeto de numerosos homenajes y distinciones. Radio Nacional de España (RNE) en Salamanca instituyó en su honor el 6 de septiembre de ese mismo año el premio al mejor toreo a la verónica. El Ayuntamiento de la localidad abulense de Fontiveros, pueblo natal de Julio Robles, adoptó el acuerdo unánime de nombrarle hijo predilecto del municipio y ponerle su nombre a una de las calles, precisamente la misma en la que nació el diestro (12-02-1991).

También se le homenajeó en un gran festival en Salamanca en 1992, donde participaron doce matadores.Después de este homenaje en Salamanca, cuya corporación municipal le entregó la Medalla de Oro de la Ciudad el 12 de septiembre, el 24 de octubre de ese año se celebró otro en el coso de Las Ventas. Otros reconocimientos que ha recibido son el nombre de una plaza en Almería (1992) o el homenaje que le tributó en 1994 la Escuela Taurina de Madrid.

Robles declaró en varias entrevistas en el transcurso de su paciente y dura rehabilitación que «la fe es lo más importante, y como he recuperado tanto en este tiempo, tarde o temprano sé que Dios me ayudará a andar. Torear, no sé si torearé en una plaza de toros, pero ponerme delante, pienso que no me moriré sin ponerme delante». Julio Robles, que manejó el capote como pocos y fue un estupendo muletero y estoqueador, descanse en paz.


El País. PERELÉTEGUI. Lunes, 15 de nero´2001. Julio Robles muere a los 49 años a causa de una perforación de colon

El torero será enterrado hoy en la localidad de Ahigal de los Aceiteros

El torero Julio Robles falleció ayer por la tarde en una clínica de Salamanca, a los 49 años, víctima de una peritonitis aguda y difusa por perforación de colon. La capilla ardiente del diestro, que había sido ingresado el sábado, quedó instalada en el Ayuntamiento de la ciudad. Robles, parapléjico desde hace 10 años a causa de un tremendo percance que sufrió el 13 de agosto de 1990 en la plaza francesa de Beziers, será enterrado hoy en Ahigal de los Aceiteros, localidad salmantina cercana a la frontera en la que nacieron sus padres.

La noticia del fallecimiento de Julio Robles llenó de estupor al mundo taurino de Salamanca, que poco a poco iba congregándose en el hospital de la Santísima Trinidad. El torero fue ingresado el sábado con abdomen agudo y shock séptico y en la madrugada del domingo fue intervenido quirúrgicamente. Hubo momentos de mucha inquietud porque el diestro tenía la tensión arterial muy baja y el anestesista temía lo peor. Por fin fue sometido a la operación, que se desarrolló con normalidad, aunque ayer, a las cinco de la tarde, moría víctima de una perforación de colon con peritonitis aguda y difusa.

Julio Avelino Robles Hernández, nacido en Fontiveros (Ávila, 1951), fue considerado siempre como un torero salmantino y él mismo sintió hacia esa tierra un especial afecto y honda vinculación. Pasó su infancia en La Fuente de San Esteban, un pueblo charro, torero por los cuatro costados, y allí nació su afición. Se vistió de luces por primera vez en Villavieja de Yeltes, otra localidad salmantina de claras raíces ganaderas, el 28 de agosto de 1968, y actuó sin caballos en torno a 40 tardes. Su presentación con caballos fue en Lleida el 10 de mayo de 1970 con reses de María Lourdes Martín de Pérez Tabernero y toreó por primera vez en Madrid el 10 de junio de 1972, con novillos de Juan Pedro Domecq, alternando con Ángel Rodríguez Angelete y Niño de la Capea.

La alternativa se la concedió Diego Puerta en Barcelona, el 9 de julio de 1972, con Paco Camino como testigo, matando un toro de Juan Mari Pérez Tabernero de nombre Clarinero. La confirmación tuvo lugar el 22 de mayo de 1973, apadrinado por Antonio Bienvenida, con el acompañamiento de Palomo Linares. El 13 de agosto de 1990 en Béziers (Francia), un toro le volteó trágicamente cortando su carrera profesional.

Todas estas cosas se recordaban desordenadamente en los pasillos del hospital ayer tarde en Salamanca. Poco a poco iban acudiendo miembros del mundo del toro salmantino. El Viti y Niño de la Capea, con sus respectivas esposas, se saludaban y hablaban en voz queda mientras brillaban los destellos de las cámaras fotográficas, echando de menos al tercero de una terna que fue cartel de lujo en muchas ferias de La Glorieta. Los picadores Juan Mari y Aurelio García, los ganaderos Alipio y Javier Pérez Tabernero, así como María Lourdes Martín...

"Espejo de toreros"

Ortega Cano, compañero de cartel muchas tardes durante la etapa en activo de Julio Robles, calificó al torero fallecido como "espejo de toreros y espejo también en la vida por la lección de fortaleza que ha demostrado en los últimos años en silla de ruedas". Ortega Cano recibió la noticia con gran consternación mientras participaba en un tentadero en la finca de Torrealta. El diestro declaró a Efe: "Como torero guardo muchos y grandes recuerdos, y, entre todos, uno inolvidable, la famosa tarde del mano a mano, la de los quites en Madrid. Julio tenia mucha facilidad para torear de capote y de muleta, pero el capote lo manejaba con mucha variedad y personalidad. Eso me motivaba muchísimo y siempre lo recordaré".

Seguían llegando visitantes al hospital: el ex alcalde de la ciudad, Jesús Málaga Guerrero, con su esposa; la ganadera Carolina Fraile; los toreros Leandro Marcos, Julio Norte, Javier Valverde, Paco Pallarés y su esposa... Juan Diego, apoyado en la pared, pensaba en silencio y saludaba a los que llegaban.

Hablaban de vestirlo de torero, cumpliendo un deseo al parecer expresado por Robles en alguna ocasión. Se hablaba de que su cuerpo sería trasladado al Ayuntamiento, en su calidad de hijo adoptivo de la ciudad, como finalmente se hizo. Allí fue instalada la capilla ardiente. El consistorio decretó dos días de luto por la muerte del diestro.

Todo eran idas y venidas y, del mismo modo, rumores que al poco tiempo se desmentían con otros. Realmente, el hospital tuvo ayer el clima nervioso y confuso de los patios de cuadrillas en las plazas de toros, cuando en la enfermería está pasando algo muy serio.

Llegaba el vestido a las siete y diez minutos y a las siete y cuarto, volvían a sacarlo. Sin duda, llegó demasiado tarde. Era blanco y oro, con remates negros. Llegó Miguel González, capellán de la plaza de toros, a orar ante los restos del torero.

Cerezo, el propietario del bar Nachi, y Pacheco, dueño del mesón de Vecinos, que fue como la segunda casa de Robles. Todos veían cómo Limo, el fiel acompañante de Robles, se llevaba lloroso el vestido de torear. Entonces sí que aquello tuvo el perfume dolorido de un patio de cuadrillas.


El Mundo. Lunes, 15 de enero´2001. Fallece a los 49 años el diestro salmantino Julio Robles

El diestro Julio Robles falleció ayer por la tarde en la clínica Santísima Trinidad de Salamanca, donde fue operado la noche del sábado de una perforación de colon, informaron a Efe fuentes familiares.

El estado de salud de Julio Robles, de 49 años, era muy precario desde el percance que sufrió en la plaza francesa de Beziers, el 13 de agosto de 1990, lo que le mantuvo desde entonces en silla de ruedas. El diestro fue operado a vida o muerte, añadieron las mismas fuentes, siendo ingresado después en la UVI, donde falleció ayer a las 17.00 horas.

Robles, resultó gravemente herido hace 10 años, al ser volteado por un toro de Cayetano Muñoz, de nombre Timador. El golpe (cayó sobre la nuca) le produjo un traumatismo del raquis cervical entre la quinta y la sexta vértebra, que le provocó la tetraplejia. En un primer momento fue operado por el equipo médico del doctor Philippe Frerebau, en el Hospital Gui de Chauliac de Montpellier (Francia), donde le extrajeron dos hernias discales que le produjeron una parálisis parcial de las cuatro extremidades.

Su estado, calificado entonces por los médicos que le atendieron de estacionario, inició una ligera mejoría a finales de septiembre del año 90, al empezar a mover los brazos y las manos. El 25 de octubre siguiente fue trasladado en helicóptero a un centro de rehabilitación para tetrapléjicos, el Centre Mediacal Du Cap Peyrecite, en Francia, donde permaneció cerca de nueve meses internado, para después continuar su rehabilitación en el Centro San Cristóbal de Valladolid.

Compañeros consternados

Compañeros y aficionados recibieron ayer la noticia consternados. Robles era uno de los toreros más queridos. Simpatía que creció tras el desgraciado percance que le retiró de los ruedos. Curro Vázquez mostró su consternación camino de Salamanca, donde se desplazó tras conocer lo ocurrido: «Ha sido un golpe muy fuerte. La verdad es que no lo esperaba. Ahora recuerdo tantas tardes toreando juntos... Sin duda, ha sido uno de mis mejores amigos dentro de la profesión. Un torero honesto, que siempre fue con la verdad por delante y al que la suerte le dio la espalda de manera trágica».

Asimismo, Luis Francisco Esplá, que también actuó numerosas tardes junto a Robles, manifestó a este periódico su pesar por la desaparición de «un buen amigo y compañero». «Me he enterado ahora mismo», dijo Esplá, «y ciertamente no sé qué decir. Conocía mucho a Julio. Fue un gran torero, valiente. Esta noticia es un golpe realmente duro». El diestro alicantino no pudo hablar más debido a la emoción que le produjo la noticia, informa Vicente Ruiz.


PortalTaurino. Lunes, 15 de enero´2001. CARLOS CRIVELL. Julio Robles y Sevilla

El torero castellano Julio Robles, de larga trayectoria en los ruedos, no toreó con asiduidad en la Real Maestranza. Su paso por el coso sevillano se resume en dos novilladas con picadores y siete corridas de toros.

Julio Robles, compañero en sus comienzos de Capea y de Manzanares, toreó dos novilladas de lujo en la temporada de 1972. El día de su presentación en Sevilla cortó una oreja a un novillo de la Viuda de Diego Garrido. Le acompañaron en el cartel José Luis Rodríguez y José Ortega. Volvió esa misma temporada el día 1 de mayo junto a Niño de la Capea y Rodríguez para lidiar un encierro de Núñez.

Cuando tomó la alternativa en Barcelona el mismo año 1972, Julio era un novillero prometedor. Los carteles de la feria de Sevilla aparecían mayoritariamente ocupados por toreros de la tierra. De ahí que Robles no pudiera debutar en la Maestranza como matador de toros hasta el 15 de agosto de 1975, fecha en la que se lidiaron toros de Ruchena por Marismeño, Gabriel Puerta y el torero castellano.

Pasaron muchos años, hasta 1983, para ver a Robles hacer el paseíllo en la Feria de Abril. Sus temporadas no eran muy brillantes y su media de festejos por año rondaba las treinta corridas. El día 10 de abril de 1983 toreó con Manolo Cortés y José Luis Galloso una corrida del Marqués de Domecq. No pasó de discreto.

El torero nacido en Fontiveros (Avila) había comenzado a destacar con buenas actuaciones en Madrid. En la fecha histórica del día del entierro de Francisco Rivera Paquirri, sobre el mismo albero de la Maestranza, Robles comentó que "más tarde o más temprano espero cuajar un toro en esta plaza".

Los triunfos se sucedían, de ahí que en la feria sevillana de 1986 Diodoro Canorea le contratara para dos corridas de toros. Las cosas se torcieron de mala manera, de forma que en la primera de ellas no actuó. Los toros anunciados para el 11 de abril, de Luis Algarra, fueron rechazados. Robles se quitó del cartel y la corrida quedó en mano a mano entre Tomás Campuzano y Pepe Luis Vargas. La segunda tarde, el 15 de abril, con toros de Manolo González y acompañado de Emilio Muñoz y Espartaco, Robles cumplió sin brillo.

Su nueva tarde en Sevilla fue en la feria de San Miguel de 1988, el día 1 de octubre. Se lidiaron toros de Torrestrella y sus compañeros fueron Roberto Domínguez y Pepe Luis Vázquez. Fue la corrida del triunfo de Roberto Domínguez, que cuajó los dos toros y le cortó una oreja a cada astado.

El día 13 de abril de 1989 vivió su momento de gloria sevillana. Esa tarde, Julio Robles tuvo su mejor tarde en Sevilla en la corrida de Manolo González. Le acompañaban Tomás Campuzano y Víctor Mendes. Fueron dos faenas de mucha estética, limpias y toreras, que Sevilla supo entender y premiar con una oreja de cada toro. Es posible que esa tarde le recompensara como torero y fuera la que soñaba el día que su amigo Francisco Rivera era paseado a hombros en su postrera vuelta al anillo maestrante.

Ese triunfo de 1989 le sirvió para torear dos corridas en la feria de 1990. El día 21 de abril, frente a los toros de Gabriel Rojas y con José Luis Parada y Víctor Mendes. El día 24 del mismo mes abrileño, con toros de Cebada Gago y Juan Mora y Joselito de compañeros. En ninguna de las dos ocasiones volvió a triunfar.

Esa temporada de 1990 tenía una fecha en el calendario en el que Robles estaba citado con su destino. El día 13 de agosto, en la plaza de Beziers, un toro de Cayetano Muñoz, de nombre Timador, puso fin a su carrera al cogerlo y producirle la rotura de la médula espinal con la consiguiente paraplejia. Ya no volvería a torear nunca más este buen torero.

La enfermedad la asumió con grandeza. Sus compañeros no le abandonaron, al contrario que otras personas más cercanas. Se dedicaba a la fiesta por completo y cuidaba su ganadería con esmero. El día 10 de abril de 1999 apareció en la Real Maestranza de nuevo. Sentado en su silla de ruedas, Julio Robles acudió a presenciar una corrida de Gavira en la actuaban dos espadas de su generación: José Antonio Campuzano y Curro Durán. Con ellos, el joven Vicente Bejarano, que esa tarde logró una oreja de mucho peso.

Se colocó en la puerta de salida del tendido 9 y allí fue reconocido por los diestros y los aficionados. Los toreros le brindaron un toro cada uno de ellos, Sevilla le brindó una ovación cariñosa, como las que esta plaza dedica a los que quiere de verdad.


Opinión

El País. JOAQUÍN VIDAL. Lunes, 15 de enero´2001. Casta y torería

Se presentó, novillero, Julio Robles, y dejó bien plasmados los elementos fundamentales de su personalidad: casta y torería.

El debú de Julio Robles en Madrid impresionó mucho a los aficionados. Lo hizo al mismo tiempo que Niño de la Capea y pareció que se producía entre ambos una incipiente competencia pero no la hubo en realidad. Se trataba de personalidades distintas, de divergentes concepciones del arte de torear.

A Robles le faltaba aún aprendizaje, perfeccionar las suertes básicas; un hervor, que diría el poeta. Pero la afición le entendió de inmediato, admiró la interpretación cabal que daba a las reglas del arte y sabía que con este torero lo único que hacía falta era esperar.

Fue, realmente, una continua espera. Julio Robles dio tardes memorables y en todas se apreciaba que le quedaban capacidades -afición, casta, sabiduría- para llegar más lejos. Incluso la tarde paradigmática del toro de Lázaro Soria (hablamos del año 1978 en Madrid) o la del toro de Felipe Bartolomé (hablamos del año 1987 en el mismo coso), o las muchas en que alcanzó la excelencia en el toreo de capa (cuajó un inolvidable tercio de quites con Ortega Cano), pese a la genialidad creativa de su toreo, a la emoción de los tendidos, a la suya propia transportado por la magia del arte, parecía producirse la sensación de que lo realizado aún podía ser mejor.

Cuando sufrió el gravísimo percance que le quitó del toreo y poco faltó para que lo quitara de la vida, tuvimos una larga conversación en el centro de rehabilitación Peyrefitte, de la población francesa de Cerbere, e inevitablemente salieron a colación esas dos faenas en Las Ventas, que marcaron el curso de su carrera. Hacía un par de meses que se había producido la cogida de Beziers, el torero progresaba -ya podía mover las manos- y se especulaba con unas esperanzas de mayor recuperación que, lamentablemente, nunca se cumplieron. Y seguía hablando de toros con fluidez y pasión, como en esas charlas que se tienen hasta altas horas de la madrugada alrededor de la lumbre; dándole vueltas a lo que fue y podía haber sido su toreo, ponderando la importancia que tuvo en su carrera el toro de Lázaro Soria. "Era violento, se me venía al pecho, hube de medirle", comentaba. "Creo que la afición de Madrid entendió perfectamente el mérito de la faena". Poco más comentó sobre aquella tarde crucial. Los diestros dotados de torería, al contrario de quienes carecen de ella, suelen ser muy parcos en palabras si se trata de ponderar su éxitos.

Fue promesa, figura en ciernes, desde la alternativa que le confirmó Antonio Bienvenida el año 1973, hasta la Feria de San Isidro de 1978, que le consagró. Y figura indiscutible en todos los carteles, durante la década de los años 80. Hasta que se produjo el terrible percance de Beziers en agosto de 1990.

El destino suele generar coincidencias trazando trágicas piruetas y lo hizo así en la fiesta aquel sórdido final de la década de los 80. Un año antes, en otra plaza francesa, un miura volteaba al diestro Nimeño II, dejándolo tetrapléjico. Nimeño estuvo también ingresado en el centro médico de Cerbere. Unos años después se suicidó.


El Mundo. Lunes, 15 de enero. JAVIER VILLÁN. Un destino trágico

En Salamanca, a las cinco de la tarde, ha muerto Julio Robles. Su cuerpo, tetrapléjico desde hace 11 años, no resistió una operación quirúrgica obligada por una perforación estomacal. Julio Robles llevaba amarrado a una silla de ruedas desde que en Beziers (Francia) un toro le rompió la médula espinal y lo dejó inválido de por vida. Peor que una cornada. Peor, incluso, que la muerte. Julio Robles estaba en plena gloria y en plena madurez. Y aún le faltaba dar lo mejor de su indiscutible dimensión de torero y de figura.

La hora de su muerte, con toda su carga literaria y lorquiana, las cinco de la tarde, no ha estado rodeada de gloria ni de pasodobles. Ha sido un sarcasmo más, añadido a su destino trágico y tremendo. Lo peor para un torero no es morir de una cornada; es quedarse inválido de piernas y de brazos, asistir a una corrida en una silla de ruedas, ser objeto de compasión mientras otros dan la vuelta al ruedo.

Julio Robles nació en Fontiveros (Avila), la patria atribuida a San Juan de la Cruz, aunque se le consideraba salmantino por escuela y por adopción. Tenía 49 años y llevaba 27 de alternativa. Julio Robles, uno de los más clásicos representantes de la escuela castellana, se vistió de luces por primera vez en Villavieja de Yeltes (Salamanca) el 28 de agosto de 1968. Con frecuencia su nombre figuró en los carteles junto al de Pedro Moya, Niño de la Capea, y otro torero castellano, Roberto Domínguez. Con este trío se pretendía, y no sin razón, resaltar la solidez y la firmeza del toreo castellano. De los tres, Julio Robles ha sido el de destino más infortunado. Se presentó en la Monumental de las Ventas, como novillero, en 1972, el 11 de junio, junto al citado Pedro Moya y Angel Rodríguez. Tomó la alternativa en Barcelona al año siguiente. Dos sevillanos, de distinto estilo, lo acompañaban aquella tarde: Diego Puerta, todo corazón, que fue su padrino, y Paco Camino, todo sabiduría, que fue su testigo. El despegue de Julio Robles llevaba todas las trazas de un torero de elite; pero una cornada en Valladolid, dos meses después, el 19 de septiembre, lo frenó en seco. Acabó la temporada con sólo 19 festejos. Confirmó en Madrid en los sanisidros de 1973 con Antonio Bienvenida y Palomo Linares.

Julio Robles no fue nunca una figura que mandase en el escalafón. Los ajustes, por temporada, no llegaron nunca a cifras espectaculares. 1984, con 54 corridas en España, 1988 con 55 y 1989 con 63, son sus años más intensos. En esos momentos Julio Robles manifestaba, a base de toreo a menudo impecable, la madurez de su oficio y la solera de su arte. Para los buenos aficionados llegó a ser un diestro de referencia inexcusable. Sobre todo, lanceando a la verónica. El abulense-salmantino ha sido uno de los capotes más profundos, más elegantes y más clásicos de estos años. Con la muleta representaba la sobriedad y lo auténtico, aunque no llegara a alcanzar las excelencias que tenía al abrirse de capa: pura y excelsa teoría de la verónica y de la media. Fue también un buen estoqueador, cuidando no sólo la eficacia, sino la ejecución de la estocada de manera cabal.

El 13 agosto del año 1990, en Beziers, un toro de Cayetano Muñoz, Timador por nombre, burraco de capa, de 545 kilos de peso y marcado con el número 123, lo volteó de manera espectacular y homicida al recibirlo con el capote. Robles cayó sobre las cervicales y se quedó inmóvil, transmitiendo la sensación de tragedia irreparable. Allí terminó una gloriosa carrera taurina y empezó un largo calvario sin esperanza, que acaba de concluir. El parte médico decía: «Tetraplejía incompleta de los miembros superiores e inferiores por lesión de la parte baja del raquis cervical. La tetraplejía no alcanza ningún órgano vital». Ese parte médico alcanzó ayer su última y definitiva dimensión mortal.


Reacciones

ABC. Lunes, 15 de enero´2001. ZABALA DE LA SERNA. La corrida más dura

Julio Robles casi murió en aquella trágica tarde del 13 de agosto de 1990 en Béziers. Once años después, en otro nefasto 13, anteayer, emprendía el último viaje, final de una larga agonía. Ni el cariño de los muchos amigos que le rodeaban reflotó del todo la ilusión, que iba y volvía, flagelada por las severas circunstancias. Pero Robles superó la adversidad de la corrida más dura que le deparó la vida con serenidad y hombría, hasta ser ejemplo para todos los que han visto atada su existencia a una silla de ruedas. Contaba Enrique Ponce cómo en una tarde feliz había bajado nuevamente a la arena, entre los olivos verdes de los campos ocres de Jaén, a recuperar naturales pasados y desencuadernados, ante la mirada brava de una becerra, hace relativamente poco tiempo, anclada ya la cintura entre hierros y radios.

Escribió Robles una importante página de la historia contemporánea del toreo y se abrió un hueco entre las figuras salmantinas. Los triunfos tardaron en surgir, y luego se acumularon en la vitrina que guarda siempre las nostalgias y los recuerdos. Pasará a los anales y a la memoria colectiva de los aficionados como un firme estoquador y un gran intérprete del toreo de capa. Sus verónicas de embroque cambiado traían, un tiempo después, un empaque especial.

Jamás Robles estuvo solo en la soledad de su inmovilidad. Su manera de ser había poblado su entorno de amistad. Ninguna como la de Victoriano Valencia, su apoderado y guardián de ánimos, incansable impulsor de aquel inolvidable festival en Madrid. Corría el año 92 y era otoño. Armillita bordó el toreo y el poeta Luis Rosales se encerró para siempre en la casa encendida, morada eterna que acogió ayer a un TORERO.

n Salamanca, a las cinco de la tarde, ha muerto Julio Robles. Su cuerpo, tetrapléjico desde hace 11 años, no resistió una operación quirúrgica obligada por una perforación estomacal. Julio Robles llevaba amarrado a una silla de ruedas desde que en Beziers (Francia) un toro le rompió la médula espinal y lo dejó inválido de por vida. Peor que una cornada. Peor, incluso, que la muerte. Julio Robles estaba en plena gloria y en plena madurez. Y aún le faltaba dar lo mejor de su indiscutible dimensión de torero y de figura.

La hora de su muerte, con toda su carga literaria y lorquiana, las cinco de la tarde, no ha estado rodeada de gloria ni de pasodobles. Ha sido un sarcasmo más, añadido a su destino trágico y tremendo. Lo peor para un torero no es morir de una cornada; es quedarse inválido de piernas y de brazos, asistir a una corrida en una silla de ruedas, ser objeto de compasión mientras otros dan la vuelta al ruedo.

Julio Robles nació en Fontiveros (Avila), la patria atribuida a San Juan de la Cruz, aunque se le consideraba salmantino por escuela y por adopción. Tenía 49 años y llevaba 27 de alternativa. Julio Robles, uno de los más clásicos representantes de la escuela castellana, se vistió de luces por primera vez en Villavieja de Yeltes (Salamanca) el 28 de agosto de 1968. Con frecuencia su nombre figuró en los carteles junto al de Pedro Moya, Niño de la Capea, y otro torero castellano, Roberto Domínguez. Con este trío se pretendía, y no sin razón, resaltar la solidez y la firmeza del toreo castellano. De los tres, Julio Robles ha sido el de destino más infortunado. Se presentó en la Monumental de las Ventas, como novillero, en 1972, el 11 de junio, junto al citado Pedro Moya y Angel Rodríguez. Tomó la alternativa en Barcelona al año siguiente. Dos sevillanos, de distinto estilo, lo acompañaban aquella tarde: Diego Puerta, todo corazón, que fue su padrino, y Paco Camino, todo sabiduría, que fue su testigo. El despegue de Julio Robles llevaba todas las trazas de un torero de elite; pero una cornada en Valladolid, dos meses después, el 19 de septiembre, lo frenó en seco. Acabó la temporada con sólo 19 festejos. Confirmó en Madrid en los sanisidros de 1973 con Antonio Bienvenida y Palomo Linares.

Julio Robles no fue nunca una figura que mandase en el escalafón. Los ajustes, por temporada, no llegaron nunca a cifras espectaculares. 1984, con 54 corridas en España, 1988 con 55 y 1989 con 63, son sus años más intensos. En esos momentos Julio Robles manifestaba, a base de toreo a menudo impecable, la madurez de su oficio y la solera de su arte. Para los buenos aficionados llegó a ser un diestro de referencia inexcusable. Sobre todo, lanceando a la verónica. El abulense-salmantino ha sido uno de los capotes más profundos, más elegantes y más clásicos de estos años. Con la muleta representaba la sobriedad y lo auténtico, aunque no llegara a alcanzar las excelencias que tenía al abrirse de capa: pura y excelsa teoría de la verónica y de la media. Fue también un buen estoqueador, cuidando no sólo la eficacia, sino la ejecución de la estocada de manera cabal.

El 13 agosto del año 1990, en Beziers, un toro de Cayetano Muñoz, Timador por nombre, burraco de capa, de 545 kilos de peso y marcado con el número 123, lo volteó de manera espectacular y homicida al recibirlo con el capote. Robles cayó sobre las cervicales y se quedó inmóvil, transmitiendo la sensación de tragedia irreparable. Allí terminó una gloriosa carrera taurina y empezó un largo calvario sin esperanza, que acaba de concluir. El parte médico decía: «Tetraplejía incompleta de los miembros superiores e inferiores por lesión de la parte baja del raquis cervical. La tetraplejía no alcanza ningún órgano vital». Ese parte médico alcanzó ayer su última y definitiva dimensión mortal.


Reacciones

ABC. Lunes, 15 de enero´2001. ZABALA DE LA SERNA. La corrida más dura

Julio Robles casi murió en aquella trágica tarde del 13 de agosto de 1990 en Béziers. Once años después, en otro nefasto 13, anteayer, emprendía el último viaje, final de una larga agonía. Ni el cariño de los muchos amigos que le rodeaban reflotó del todo la ilusión, que iba y volvía, flagelada por las severas circunstancias. Pero Robles superó la adversidad de la corrida más dura que le deparó la vida con serenidad y hombría, hasta ser ejemplo para todos los que han visto atada su existencia a una silla de ruedas. Contaba Enrique Ponce cómo en una tarde feliz había bajado nuevamente a la arena, entre los olivos verdes de los campos ocres de Jaén, a recuperar naturales pasados y desencuadernados, ante la mirada brava de una becerra, hace relativamente poco tiempo, anclada ya la cintura entre hierros y radios.

Escribió Robles una importante página de la historia contemporánea del toreo y se abrió un hueco entre las figuras salmantinas. Los triunfos tardaron en surgir, y luego se acumularon en la vitrina que guarda siempre las nostalgias y los recuerdos. Pasará a los anales y a la memoria colectiva de los aficionados como un firme estoquador y un gran intérprete del toreo de capa. Sus verónicas de embroque cambiado traían, un tiempo después, un empaque especial.

Jamás Robles estuvo solo en la soledad de su inmovilidad. Su manera de ser había poblado su entorno de amistad. Ninguna como la de Victoriano Valencia, su apoderado y guardián de ánimos, incansable impulsor de aquel inolvidable festival en Madrid. Corría el año 92 y era otoño. Armillita bordó el toreo y el poeta Luis Rosales se encerró para siempre en la casa encendida, morada eterna que acogió ayer a un TORERO.

n Salamanca, a las cinco de la tarde, ha muerto Julio Robles. Su cuerpo, tetrapléjico desde hace 11 años, no resistió una operación quirúrgica obligada por una perforación estomacal. Julio Robles llevaba amarrado a una silla de ruedas desde que en Beziers (Francia) un toro le rompió la médula espinal y lo dejó inválido de por vida. Peor que una cornada. Peor, incluso, que la muerte. Julio Robles estaba en plena gloria y en plena madurez. Y aún le faltaba dar lo mejor de su indiscutible dimensión de torero y de figura.

La hora de su muerte, con toda su carga literaria y lorquiana, las cinco de la tarde, no ha estado rodeada de gloria ni de pasodobles. Ha sido un sarcasmo más, añadido a su destino trágico y tremendo. Lo peor para un torero no es morir de una cornada; es quedarse inválido de piernas y de brazos, asistir a una corrida en una silla de ruedas, ser objeto de compasión mientras otros dan la vuelta al ruedo.

Julio Robles nació en Fontiveros (Avila), la patria atribuida a San Juan de la Cruz, aunque se le consideraba salmantino por escuela y por adopción. Tenía 49 años y llevaba 27 de alternativa. Julio Robles, uno de los más clásicos representantes de la escuela castellana, se vistió de luces por primera vez en Villavieja de Yeltes (Salamanca) el 28 de agosto de 1968. Con frecuencia su nombre figuró en los carteles junto al de Pedro Moya, Niño de la Capea, y otro torero castellano, Roberto Domínguez. Con este trío se pretendía, y no sin razón, resaltar la solidez y la firmeza del toreo castellano. De los tres, Julio Robles ha sido el de destino más infortunado. Se presentó en la Monumental de las Ventas, como novillero, en 1972, el 11 de junio, junto al citado Pedro Moya y Angel Rodríguez. Tomó la alternativa en Barcelona al año siguiente. Dos sevillanos, de distinto estilo, lo acompañaban aquella tarde: Diego Puerta, todo corazón, que fue su padrino, y Paco Camino, todo sabiduría, que fue su testigo. El despegue de Julio Robles llevaba todas las trazas de un torero de elite; pero una cornada en Valladolid, dos meses después, el 19 de septiembre, lo frenó en seco. Acabó la temporada con sólo 19 festejos. Confirmó en Madrid en los sanisidros de 1973 con Antonio Bienvenida y Palomo Linares.

Julio Robles no fue nunca una figura que mandase en el escalafón. Los ajustes, por temporada, no llegaron nunca a cifras espectaculares. 1984, con 54 corridas en España, 1988 con 55 y 1989 con 63, son sus años más intensos. En esos momentos Julio Robles manifestaba, a base de toreo a menudo impecable, la madurez de su oficio y la solera de su arte. Para los buenos aficionados llegó a ser un diestro de referencia inexcusable. Sobre todo, lanceando a la verónica. El abulense-salmantino ha sido uno de los capotes más profundos, más elegantes y más clásicos de estos años. Con la muleta representaba la sobriedad y lo auténtico, aunque no llegara a alcanzar las excelencias que tenía al abrirse de capa: pura y excelsa teoría de la verónica y de la media. Fue también un buen estoqueador, cuidando no sólo la eficacia, sino la ejecución de la estocada de manera cabal.

El 13 agosto del año 1990, en Beziers, un toro de Cayetano Muñoz, Timador por nombre, burraco de capa, de 545 kilos de peso y marcado con el número 123, lo volteó de manera espectacular y homicida al recibirlo con el capote. Robles cayó sobre las cervicales y se quedó inmóvil, transmitiendo la sensación de tragedia irreparable. Allí terminó una gloriosa carrera taurina y empezó un largo calvario sin esperanza, que acaba de concluir. El parte médico decía: «Tetraplejía incompleta de los miembros superiores e inferiores por lesión de la parte baja del raquis cervical. La tetraplejía no alcanza ningún órgano vital». Ese parte médico alcanzó ayer su última y definitiva dimensión mortal.


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ABC. Lunes, 15 de enero´2001. ZABALA DE LA SERNA. La corrida más dura

Julio Robles casi murió en aquella trágica tarde del 13 de agosto de 1990 en Béziers. Once años después, en otro nefasto 13, anteayer, emprendía el último viaje, final de una larga agonía. Ni el cariño de los muchos amigos que le rodeaban reflotó del todo la ilusión, que iba y volvía, flagelada por las severas circunstancias. Pero Robles superó la adversidad de la corrida más dura que le deparó la vida con serenidad y hombría, hasta ser ejemplo para todos los que han visto atada su existencia a una silla de ruedas. Contaba Enrique Ponce cómo en una tarde feliz había bajado nuevamente a la arena, entre los olivos verdes de los campos ocres de Jaén, a recuperar naturales pasados y desencuadernados, ante la mirada brava de una becerra, hace relativamente poco tiempo, anclada ya la cintura entre hierros y radios.

Escribió Robles una importante página de la historia contemporánea del toreo y se abrió un hueco entre las figuras salmantinas. Los triunfos tardaron en surgir, y luego se acumularon en la vitrina que guarda siempre las nostalgias y los recuerdos. Pasará a los anales y a la memoria colectiva de los aficionados como un firme estoquador y un gran intérprete del toreo de capa. Sus verónicas de embroque cambiado traían, un tiempo después, un empaque especial.

Jamás Robles estuvo solo en la soledad de su inmovilidad. Su manera de ser había poblado su entorno de amistad. Ninguna como la de Victoriano Valencia, su apoderado y guardián de ánimos, incansable impulsor de aquel inolvidable festival en Madrid. Corría el año 92 y era otoño. Armillita bordó el toreo y el poeta Luis Rosales se encerró para siempre en la casa encendida, morada eterna que acogió ayer a un TORERO.

n Salamanca, a las cinco de la tarde, ha muerto Julio Robles. Su cuerpo, tetrapléjico desde hace 11 años, no resistió una operación quirúrgica obligada por una perforación estomacal. Julio Robles llevaba amarrado a una silla de ruedas desde que en Beziers (Francia) un toro le rompió la médula espinal y lo dejó inválido de por vida. Peor que una cornada. Peor, incluso, que la muerte. Julio Robles estaba en plena gloria y en plena madurez. Y aún le faltaba dar lo mejor de su indiscutible dimensión de torero y de figura.

La hora de su muerte, con toda su carga literaria y lorquiana, las cinco de la tarde, no ha estado rodeada de gloria ni de pasodobles. Ha sido un sarcasmo más, añadido a su destino trágico y tremendo. Lo peor para un torero no es morir de una cornada; es quedarse inválido de piernas y de brazos, asistir a una corrida en una silla de ruedas, ser objeto de compasión mientras otros dan la vuelta al ruedo.

Julio Robles nació en Fontiveros (Avila), la patria atribuida a San Juan de la Cruz, aunque se le consideraba salmantino por escuela y por adopción. Tenía 49 años y llevaba 27 de alternativa. Julio Robles, uno de los más clásicos representantes de la escuela castellana, se vistió de luces por primera vez en Villavieja de Yeltes (Salamanca) el 28 de agosto de 1968. Con frecuencia su nombre figuró en los carteles junto al de Pedro Moya, Niño de la Capea, y otro torero castellano, Roberto Domínguez. Con este trío se pretendía, y no sin razón, resaltar la solidez y la firmeza del toreo castellano. De los tres, Julio Robles ha sido el de destino más infortunado. Se presentó en la Monumental de las Ventas, como novillero, en 1972, el 11 de junio, junto al citado Pedro Moya y Angel Rodríguez. Tomó la alternativa en Barcelona al año siguiente. Dos sevillanos, de distinto estilo, lo acompañaban aquella tarde: Diego Puerta, todo corazón, que fue su padrino, y Paco Camino, todo sabiduría, que fue su testigo. El despegue de Julio Robles llevaba todas las trazas de un torero de elite; pero una cornada en Valladolid, dos meses después, el 19 de septiembre, lo frenó en seco. Acabó la temporada con sólo 19 festejos. Confirmó en Madrid en los sanisidros de 1973 con Antonio Bienvenida y Palomo Linares.

Julio Robles no fue nunca una figura que mandase en el escalafón. Los ajustes, por temporada, no llegaron nunca a cifras espectaculares. 1984, con 54 corridas en España, 1988 con 55 y 1989 con 63, son sus años más intensos. En esos momentos Julio Robles manifestaba, a base de toreo a menudo impecable, la madurez de su oficio y la solera de su arte. Para los buenos aficionados llegó a ser un diestro de referencia inexcusable. Sobre todo, lanceando a la verónica. El abulense-salmantino ha sido uno de los capotes más profundos, más elegantes y más clásicos de estos años. Con la muleta representaba la sobriedad y lo auténtico, aunque no llegara a alcanzar las excelencias que tenía al abrirse de capa: pura y excelsa teoría de la verónica y de la media. Fue también un buen estoqueador, cuidando no sólo la eficacia, sino la ejecución de la estocada de manera cabal.

El 13 agosto del año 1990, en Beziers, un toro de Cayetano Muñoz, Timador por nombre, burraco de capa, de 545 kilos de peso y marcado con el número 123, lo volteó de manera espectacular y homicida al recibirlo con el capote. Robles cayó sobre las cervicales y se quedó inmóvil, transmitiendo la sensación de tragedia irreparable. Allí terminó una gloriosa carrera taurina y empezó un largo calvario sin esperanza, que acaba de concluir. El parte médico decía: «Tetraplejía incompleta de los miembros superiores e inferiores por lesión de la parte baja del raquis cervical. La tetraplejía no alcanza ningún órgano vital». Ese parte médico alcanzó ayer su última y definitiva dimensión mortal.


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ABC. Lunes, 15 de enero´2001. ZABALA DE LA SERNA. La corrida más dura

Julio Robles casi murió en aquella trágica tarde del 13 de agosto de 1990 en Béziers. Once años después, en otro nefasto 13, anteayer, emprendía el último viaje, final de una larga agonía. Ni el cariño de los muchos amigos que le rodeaban reflotó del todo la ilusión, que iba y volvía, flagelada por las severas circunstancias. Pero Robles superó la adversidad de la corrida más dura que le deparó la vida con serenidad y hombría, hasta ser ejemplo para todos los que han visto atada su existencia a una silla de ruedas. Contaba Enrique Ponce cómo en una tarde feliz había bajado nuevamente a la arena, entre los olivos verdes de los campos ocres de Jaén, a recuperar naturales pasados y desencuadernados, ante la mirada brava de una becerra, hace relativamente poco tiempo, anclada ya la cintura entre hierros y radios.

Escribió Robles una importante página de la historia contemporánea del toreo y se abrió un hueco entre las figuras salmantinas. Los triunfos tardaron en surgir, y luego se acumularon en la vitrina que guarda siempre las nostalgias y los recuerdos. Pasará a los anales y a la memoria colectiva de los aficionados como un firme estoquador y un gran intérprete del toreo de capa. Sus verónicas de embroque cambiado traían, un tiempo después, un empaque especial.

Jamás Robles estuvo solo en la soledad de su inmovilidad. Su manera de ser había poblado su entorno de amistad. Ninguna como la de Victoriano Valencia, su apoderado y guardián de ánimos, incansable impulsor de aquel inolvidable festival en Madrid. Corría el año 92 y era otoño. Armillita bordó el toreo y el poeta Luis Rosales se encerró para siempre en la casa encendida, morada eterna que acogió ayer a un TORERO.

n Salamanca, a las cinco de la tarde, ha muerto Julio Robles. Su cuerpo, tetrapléjico desde hace 11 años, no resistió una operación quirúrgica obligada por una perforación estomacal. Julio Robles llevaba amarrado a una silla de ruedas desde que en Beziers (Francia) un toro le rompió la médula espinal y lo dejó inválido de por vida. Peor que una cornada. Peor, incluso, que la muerte. Julio Robles estaba en plena gloria y en plena madurez. Y aún le faltaba dar lo mejor de su indiscutible dimensión de torero y de figura.

La hora de su muerte, con toda su carga literaria y lorquiana, las cinco de la tarde, no ha estado rodeada de gloria ni de pasodobles. Ha sido un sarcasmo más, añadido a su destino trágico y tremendo. Lo peor para un torero no es morir de una cornada; es quedarse inválido de piernas y de brazos, asistir a una corrida en una silla de ruedas, ser objeto de compasión mientras otros dan la vuelta al ruedo.

Julio Robles nació en Fontiveros (Avila), la patria atribuida a San Juan de la Cruz, aunque se le consideraba salmantino por escuela y por adopción. Tenía 49 años y llevaba 27 de alternativa. Julio Robles, uno de los más clásicos representantes de la escuela castellana, se vistió de luces por primera vez en Villavieja de Yeltes (Salamanca) el 28 de agosto de 1968. Con frecuencia su nombre figuró en los carteles junto al de Pedro Moya, Niño de la Capea, y otro torero castellano, Roberto Domínguez. Con este trío se pretendía, y no sin razón, resaltar la solidez y la firmeza del toreo castellano. De los tres, Julio Robles ha sido el de destino más infortunado. Se presentó en la Monumental de las Ventas, como novillero, en 1972, el 11 de junio, junto al citado Pedro Moya y Angel Rodríguez. Tomó la alternativa en Barcelona al año siguiente. Dos sevillanos, de distinto estilo, lo acompañaban aquella tarde: Diego Puerta, todo corazón, que fue su padrino, y Paco Camino, todo sabiduría, que fue su testigo. El despegue de Julio Robles llevaba todas las trazas de un torero de elite; pero una cornada en Valladolid, dos meses después, el 19 de septiembre, lo frenó en seco. Acabó la temporada con sólo 19 festejos. Confirmó en Madrid en los sanisidros de 1973 con Antonio Bienvenida y Palomo Linares.

Julio Robles no fue nunca una figura que mandase en el escalafón. Los ajustes, por temporada, no llegaron nunca a cifras espectaculares. 1984, con 54 corridas en España, 1988 con 55 y 1989 con 63, son sus años más intensos. En esos momentos Julio Robles manifestaba, a base de toreo a menudo impecable, la madurez de su oficio y la solera de su arte. Para los buenos aficionados llegó a ser un diestro de referencia inexcusable. Sobre todo, lanceando a la verónica. El abulense-salmantino ha sido uno de los capotes más profundos, más elegantes y más clásicos de estos años. Con la muleta representaba la sobriedad y lo auténtico, aunque no llegara a alcanzar las excelencias que tenía al abrirse de capa: pura y excelsa teoría de la verónica y de la media. Fue también un buen estoqueador, cuidando no sólo la eficacia, sino la ejecución de la estocada de manera cabal.

El 13 agosto del año 1990, en Beziers, un toro de Cayetano Muñoz, Timador por nombre, burraco de capa, de 545 kilos de peso y marcado con el número 123, lo volteó de manera espectacular y homicida al recibirlo con el capote. Robles cayó sobre las cervicales y se quedó inmóvil, transmitiendo la sensación de tragedia irreparable. Allí terminó una gloriosa carrera taurina y empezó un largo calvario sin esperanza, que acaba de concluir. El parte médico decía: «Tetraplejía incompleta de los miembros superiores e inferiores por lesión de la parte baja del raquis cervical. La tetraplejía no alcanza ningún órgano vital». Ese parte médico alcanzó ayer su última y definitiva dimensión mortal.


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ABC. Lunes, 15 de enero´2001. ZABALA DE LA SERNA. La corrida más dura

Julio Robles casi murió en aquella trágica tarde del 13 de agosto de 1990 en Béziers. Once años después, en otro nefasto 13, anteayer, emprendía el último viaje, final de una larga agonía. Ni el cariño de los muchos amigos que le rodeaban reflotó del todo la ilusión, que iba y volvía, flagelada por las severas circunstancias. Pero Robles superó la adversidad de la corrida más dura que le deparó la vida con serenidad y hombría, hasta ser ejemplo para todos los que han visto atada su existencia a una silla de ruedas. Contaba Enrique Ponce cómo en una tarde feliz había bajado nuevamente a la arena, entre los olivos verdes de los campos ocres de Jaén, a recuperar naturales pasados y desencuadernados, ante la mirada brava de una becerra, hace relativamente poco tiempo, anclada ya la cintura entre hierros y radios.

Escribió Robles una importante página de la historia contemporánea del toreo y se abrió un hueco entre las figuras salmantinas. Los triunfos tardaron en surgir, y luego se acumularon en la vitrina que guarda siempre las nostalgias y los recuerdos. Pasará a los anales y a la memoria colectiva de los aficionados como un firme estoquador y un gran intérprete del toreo de capa. Sus verónicas de embroque cambiado traían, un tiempo después, un empaque especial.

Jamás Robles estuvo solo en la soledad de su inmovilidad. Su manera de ser había poblado su entorno de amistad. Ninguna como la de Victoriano Valencia, su apoderado y guardián de ánimos, incansable impulsor de aquel inolvidable festival en Madrid. Corría el año 92 y era otoño. Armillita bordó el toreo y el poeta Luis Rosales se encerró para siempre en la casa encendida, morada eterna que acogió ayer a un TORERO.


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ABC. Domingo, 14 de enero´2001. Ortega Cano: Robles fue el espejo de toreros y en la vida

El matador de toros José Ortega Cano, compañero de cartel en tantas tardes durante la etapa en activo de Julio Robles, calificó al torero salmantino como "espejo de toreros y espejo también en la vida por la lección de fortaleza que ha demostrado en los últimos años en silla de ruedas".

Ortega Cano recibió la noticia con gran consternación mientras participaba en un tentadero en la finca de "Torrealta". "Ha sido como un jarro de agua fría. No lo esperaba y creo que la muerte es injusta para un hombre que había luchado tanto por su problema a raíz del percance que sufrió. Julio ha dado ánimo y ha sido imagen de fortaleza y capacidad para mucha gente que se encuentra en una
situación similar", subrayó.

"Todos sabemos la categoría que tenia como torero, porque estaba considerado torero de toreros y entre los mejores para los buenos aficionados. Pero como persona era igualmente grandioso. Julio fue un hombre que cuando se trataba se dejaba querer, tenia ese don para enamorar a la gente y todo el mundo que le conocía era su amigo. Una persona muy flamenca y alegre, muy humana", dijo.

"Como torero guardo muchos y grandes recuerdos, y entre todos uno inolvidable, la famosa tarde del mano a mano, la de los quites en Madrid. Julio tenia mucha facilidad para torear de capote y de muleta, pero con el capote lo manejaba con mucha variedad y personalidad. Eso me motivaba muchísimo y siempre lo recordaré", finalizó.


ABC. Lunes, 15 de enero´2001. Victoriano Valencia: «Robles ha sido espejo de muchos toreros»

La muerte de Julio Robles ha causado honda conmoción en el mundo del toro. Numerosas personalidades del planeta taurino —toreros, ganaderos, empresarios, apoderados y aficionados— se acercaron ayer hasta el hospital salmantino donde falleció el diestro abulense.

Victoriano Valencia, amigo y apoderado del torero durante más de una década, se encontraba «destrozado. He perdido hace poco a mi hermano y ahora a un amigo y compañero entrañable». Valencia continuó: «Siempre he sentido un cariño enorme hacia su persona y una admiración tremenda hacia quien considero uno de los toreros más completos del siglo XX. Ha sido espejo de muchos toreros».

El diestro valenciano Enrique Ponce recibió la noticia de la muerte de Robles «con enorme dolor. Ha sido un figurón del toreo y un gran hombre. En los últimos años tuve la suerte de descubrir su clase y fondo como persona, además coincidíamos en aficiones —como la caza— y en la manera de ser y ver la vida».

Tampoco podía ocultar su dolor El Niño de la Capea, quien declaraba que «la muerte de Julio Robles supone una gran pérdida. Me siento muy mal y en el futuro cuando se hable de él se le recordará como lo que fue: un gran torero».

El maestro Santiago Martín «El Viti» se sentía «muy mal y muy apenado. Hemos perdido a un hombre extraordinario y a un gran torero».

El ganadero Juan Ignacio Pérez-Tabernero —propietario de la divisa de Montalvo, ganadería con la que Julio Robles tomó la alternativa en Barcelona— manifestó en declaraciones a mundotoro.com: «Me he quedado de piedra. Ha sido un palo. Robles era como de la familia, un amigo íntimo, nos veíamos muchas veces y le tenía por un hermano».

La capilla ardiente con los restos mortales de Julio Robles, que será enterrado hoy en Salamanca, fue instalada en el salón de plenos del ayuntamiento salmantino, por donde pasaron no sólo numerosas personalidades del mundo del toro, sino también cientos de salmantinos que quisieron dar su último adiós a un torero muy ligado a la tierra donde cosechó tantos triunfos.


Imágenes del último adiós a Julio Robles
Dos instantáneas de la multitudinaria despedida al diestro salmantino publicadas por la revista Hola! en su edición del 25 de enero.

En la última vuelta al ruedo del matador en la plaza de toros de La Glorieta, el féretro es portado por sus amigos y compañeros.

 

 

Espartaco y Ortega Cano portando los restos mortales del maestro en la arena del coso salmantino.

 

 
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