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Festejo
PLAZA DE TOROS DE LA MALAGUETA
MÁLAGA
Tarde del lunes, 1 de enero de 2001
Crónica de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros
de Guillermo Acosta, bien presentados; tres dieron buen juego, 4º sin fuerzas y
de Guillermo Acosta, 3º sin fuerzas, 5º reservón.
Diestros:
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Fernando Cámara, pinchazo
y estocada contraria (vuelta); pinchazo, estocada -aviso- y dobla el toro
(ovación y saludos).
-
Juan José Trujillo, media
desprendida y descabello (ovación y saludos); estocada (oreja).
-
Antonio Ferrera,
bajonazo infame (silencio); dos pinchazos, media estocada trasera caída,
pinchazo -aviso- y estocada desprendida (silencio).
Entrada: Alrededor de mil espectadores.
Crónicas de la prensa:
El País
El
País. JUAN ORTEGA.
Sopor y poco
público en la primera corrida del milenio
Una cosa es la estadística, primera corrida del milenio, otra la
efemérides, ¿te acuerdas de la estocada de Trujillo?, y otra el
contenido taurino, de sopor.
Fernando Cámara reaparecía después de su desventura portuguesa y
estoqueó al primero del siglo, negro zaíno, de nombre Floro y marcado
con el número 35. Cumplió la función estadística. En lo de torear, Cámara
lo intentó por lo moderno, ya que el toro no mostraba excesivo celo y
el matador trataba de suplirlo cogiéndolo de largo, dándole sitio,
allanándole las dificultades, dejándole el camino expedito para que la
res no tuviera que pelear, sino tan sólo desplazarse, como un autobús
de línea. Toreo de pensamiento único, o sea, de ausencia de
pensamiento. Desde la lejanía, a veces, enjaretaba algún muletazo
suelto. No es que estuviera mal, sino que lo hacía a lo moderno,
ligero, políticamente correcto.
Veroniqueó notablemente al cuarto, que salió como la gaseosa, fuerte
de entrada y sin fuerza después. No fue posible la paz porque ni toro
ni torero plantearon la guerra en una lidia larga y premiosa que fue una
perenne invitación al bostezo. Cuando parecía que el toro iba a
repetir la embestida, o Cámara le quitaba el engaño de la cara o el
astado se caía por iniciativa propia. Seguro que Fernando Cámara, si
se lo propone seriamente, puede dar mucho más de sí.
Juan José Trujillo continuó su guerra particular de torear una corrida
aislada para ganarse la siguiente. Lo mejor fue la estocada al quinto,
un volapié a cara o cruz de los antiguos, que hizo caer rodado al toro.
¿Valió la oreja? Sin duda. A su primero, que metía bien la cabeza y,
a la vez, tenía tendencia a ocupar el terreno de nadie, lo toreó
correctamente por verónicas y delantales. Con la muleta, intentó
ganarle la pelea por bajo. Trujillo es torero sin exquisiteces, pero
consistente y honrado, que quiere torear cruzado, por bajo y rematando,
tarea compleja; de ahí que cuando el toro le alcanzaba la muleta, tenía
que pagar prenda, porque éste no era tonto y trataba de corregir la
puntería. Esto provocó la falta de continuidad de la faena y que sólo
alcanzaran calidad pases aislados y alguna serie demasiado corta.
En el quinto se colocaba en el sitio, con valor y ánimo, pero sin
llegar a cuajar. Puede que faltara oficio o que el recorrido que le
marcaba a su oponente no fuera adecuado.
Antonio Ferrera se quitó de encima como pudo y no debía al tercero,
sin fuerzas y con peligro. En el segundo tercio del sexto se reveló
como un continuador, degradado, de la escuela de Manolín, aquel magnífico
y atlético torero cómico que secundaba al mítico Bombero. Puso dos
pares de banderillas, uno de ellos al violín, que no llegó a serlo y
se convirtió en puñalada trapera. Repitió la suerte -es un decir- y
se quedó en ridículo. Con capote y muleta consiguió desperdiciar el
mejor del encierro y con la espada lo mechó echándose fuera. Es
elemental respetar a todo aquel que viste el traje de luces, pero no
estaría de más que alguno comenzara por respetarse a sí mismo.
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