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Corrida de toros
MÁLAGA
Tarde del viernes, 17 de agosto de 2001
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de El Torero, excelentemente presentados, al 5º se le dio la vuelta al ruedo como premio en conjunto a una gran corrida.

Diestros:

  • Ortega Cano, media atravesada, tres descabellos (ovación y saludos); media estocada (vuelta al ruedo).

  • Enrique Ponce, estocada algo desprendida y atravesada (oreja); estocada caída (dos orejas).

  • Javier Conde, dos pinchazos, media perpendicular y contraria, dos descabellos (vuelta al ruedo); pinchazo, estocada baja (oreja).

Entrada: casi lleno.

Crónicas de la prensa: El País, Diario de Sevilla


El País. JUAN ORTEGA. Triunfó el toreo

La verdad tiene pocos caminos y en la fiesta no hay verdad sin toro. Cuando hombre y toro son, nos acercamos a un presumido más que existente absoluto. Y cuando toro y torero se encuentran en lucha son capaces de liberar una asombrosa cantidad de energía que puede poner en pie a una plaza de toros.

Todo esto sucedió así en el tercero, cuando la estampa antigua y eterna del toro nos repuso toda la belleza de la suerte de varas. Picó arriba Juan Antonio García mientras el toro empujaba humillado, intentando ganar una pelea que quedó en tablas, a pesar de mandar al picador de cabeza al callejón, pero únicamente después de haber soportado una gran puya. El único borrón pudo estar en una segunda entrada al caballo fuera de cuenta, que resolvió saliendo suelto; Javier Conde eligió los medios y cobró tres magníficas series, por derechazos largos, sin enmendarse, cada vez más redondos y mejor rematados, volviendo a firmar toro y torero un nuevo pacto por la verdad. La siguiente serie tuvo algún problema, ya que el toro reclamaba la izquierda y, cuando ésta llegó fue tarde, no hubo acoplamiento y tal vez faltó la mano bajísima que el toro precisaba. No obstante, en la última serie, volvió a funcionar la derecha de manera notable.

En el sexto, Conde quiso poner más de su estilo personal, pero cuando se lució fue en lo fundamental, en eso de torear derecho haciendo girar al toro. En modo alguno, la personalidad puede convertirse en estorbo ni en oscurecimiento de conceptos, que deben ser claros y diáfanos.

Enrique Ponce había acertado con la derecha en el segundo, si bien no había conseguido idéntico mérito con la zurda. Faena muy apreciable, pero el trueno gordo vino en el quinto, otro toro auténtico al que realizó una prodigiosa faena, conjugando el verbo ligar a base de entrega, variedad y verdad. No sólo toreó a un toro que no consintió amaneramientos ni remilgos, sino que interpretó una constante sinfonía en la que siempre mandaba Ponce sobre una embestida presta, que no se acababa de entregar del todo. Lo mejor fue la continuidad, el enlace entre constantes series, la colocación sin condiciones ni ventajas ante un toro, ni más ni menos. Una de las mejores faenas que le recuerdo.

Ortega Cano no fue el convidado de piedra, puso esas gotas de toreo compuesto que adornan cualquier tarde y que ayer no faltaron en la Malagueta.


Diario de Sevilla. LUIS NIETO. Ponce impone su arte cristalino

Retorno de José Ortega Cano a La Malagueta, en el que destiló toreo añejo con cuentagotas. Cumplió con un toro cinqueño, imponente y noble que abrió plaza y porfió con otro que fue a menos. El que abrió plaza, con 606 kilos, alto y largo, se estrelló de salida aparatosamente contra un burladero. El astado, carpintero, reincidió en el burladero y en otra entrada hizo saltar por los aires la mitad del parapeto, metiendo la cabeza en el callejón. El cartagenero pasó inadvertido en el manejo del capote. Brindó su faena al público y comenzó de rodillas junto a tablas. Los pases, por ambos pitones, a media altura, ante un toro flojísimo, fueron templados, aunque desceñidos. En el epílogo, en un recorte con la zurda, el toro lo derribó con la culata e incluso le pisó un pie. Cerró con manoletinas y un pase de pecho.

En el cuarto, que brindó a Julio Iglesias, destiló toreo añejo con cuentagotas, como algunos naturales, de bellísima factura, en una faena voluntariosa con un animal sin entrega. Extrajo una gran tanda con la diestra al comienzo de una labor a menos, a medida que el toro, justito en fuerzas, se apagaba. Mató de media.

Enrique Ponce, en maestro, en sazón, dio espectáculo a su antojo. Al segundo lo mimó y, dejándole refrescar, supo sacarle cuanto llevaba dentro. En el otro, pletórico, inundó el ruedo de estética y belleza. Al astifino segundo lo cuidó en los dos primeros tercios. Ni se empleó con la capa ni le castigó en varas. Sus banderilleros Tejero y Bourret se lucieron en banderillas. El valenciano, con una claridad de ideas y facilidad extraordinarias, supo medir a un toro justito en fortaleza. Le dio sitio, toreó a media altura y con un temple excepcional. Los mejores momentos surgieron en un par de tandas con la diestra y un pase de pecho. Mató de estocada delantera, bien ejecutada.

Ponce, de nuevo con claridad meridiana, exprimió al toro para ganar las dos orejas y salir a hombros. Muy concentrado, de principio a fin, dominó el escenario, al toro y contagió al respetable con su arte, gracias a una facilidad supina, inteligencia, elegancia y estética. Los lances de recibo, con un par de verónicas con una rodilla en tierra, tuvieron sello clásico. El maestro valenciano se sacó al toro a los medios. Allí, dos de las series, con la diestra, fueron toreo caro, moviendo la franela con suma suavidad. Con la izquierda, el tono no llegó al sobresaliente. La faena fue a más y estuvo salpicada de variedad, con cambios de mano, trincherillas, abaniqueos y abrochada con un toreo por bajo de quilates. Mató de una gran estocada. Las dos orejas. El público, enloquecido. Y el torero, sin perder la cabeza, despidió con gesto cariñoso al toro -noble toro al que le dieron la vuelta al ruedo en el arrastre-, un lienzo con el que Ponce pintó, de manera primorosa, otra de sus grandes faenas en una temporada más que cuajada.

Javier Conde rozó la Puerta Grande, que no consiguió por diferentes motivos, entre ellos el pésimo manejo de la espada. Desperdició una ocasión única con el tercero, un toro incierto en los dos primeros tercios, que embistió en la muleta como un carretón. El toro, sin entregarse de salida, hirió al caballo en un larguísimo puyazo. El equino se estrelló contra las tablas y el picador, Juan Antonio García, cayó de cabeza al callejón sin que, milagrosamente, sucediera ninguna desgracia. El diestro malagueño, con la muleta logró una gran tanda con la derecha, con pases largos; sin embargo, al natural, no consiguió acoplarse. Le faltó cuerpo a la labor, que remató malamente con los aceros.

Con el sexto hilvanó una faena mágica, con su acentuada personalidad, que tuvo como virtudes la lentitud en los pases, la improvisación y el dominio. Lanceó bien con el capote. Luego, con inspiración, dos series templadas y muy lentas. Aún más lenta fue otra al natural. También se distinguió su obra por la variedad, como algún cambio de mano proverbial o un pase del desprecio mirando al tendido. En sus arabescos tampoco faltó el pase de las flores. En el epílogo hubo un parón en el que aguantó mucho y hasta dos circulares invertidos, con el toro completamente dominado. Pero tras ese cante grande con el que había deleitado a la parroquia, el malagueño mató de estocada caída, tras pinchazo, y el premio quedó en una oreja.

El manto tupido de la noche envolvía a Gibralfaro, en otra Puerta Grande durante esta temporada para un torero en sazón, cuajado, en maestro. Y el brillo de su traje de luces en la anochecida refulgía más intenso, si cabe, e impregado por ese arte cristalino que este valenciano, Enrique Ponce, había rezumado en La Malagueta.

 

 

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