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Festejo
PLAZA DE TOROS DE LA MALAGUETA
MÁLAGA
Tarde del miércoles, 8 de agosto 2001
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: toros de Gabriel
Rojas, muy flojos; el 3º,
sobrero de Gerardo Ortega.
Diestros:
Entrada: más de media.
Crónicas de la prensa:
Diario Sur,
El País.
Diario Sur.
PACURRÓN. Jesulín
de Ubrique corta la única oreja en una floja corrida de Gabriel Rojas
Enrique Ponce malogró con
la espada una excelente faena y Finito no estuvo afortunado
Los toros de Gabriel Rojas, por
su flojedad, estuvieron a punto de dar al traste con el espectáculo,
que salvaron Enrique Ponce y Jesulín de Ubrique, aunque sin que pueda
hablarse de una tarde triunfal. Las reses tuvieron una presentación muy
desigual y, eso sí, unas astifinas defensas, pero cuando un toro no se
puede mantener en pie, es muy difícil que el público se emocione.
La cosa empezó con un toro
abanto y que ya dejó pruebas evidentes de su flojedad en los primeros
tercios y en el de muleta, Enrique Ponce vino a ejercer de enfermero,
cuidando mucho a su presunto enemigo y logrando algunos muletazos muy
templados, pero era evidente que en la plaza había demasiado torero
para tan pocas fuerzas. El valenciano, con muy buen criterio, se mostró
breve, lo que le agredeció el público, porque lo peor que le puede
pasar a un torero es ponerse pesado.
n el cuarto estuvimos a punto
de quedarnos sin ver nada, porque el toro dobló un par de veces las
manos y surgieron las protestas de los intransigentes, a tal punto que
Ponce hizo un gesto al público como preguntándole si lo mataba o si
intentaba la faena. El presidente, con muy buen criterio, como se
demostraría después, lo mantuvo en el ruedo y Ponce lo toreó de forma
reposada y armoniosa, en una demostración de su enorme capacidad como
torero. El toro fue a más, Ponce lo llevó de un lado a otro de forma
primorosa y armoniosa y las protestas se convirtieron en ovaciones. A
uno, naturalmente, le gusta más el Ponce poderoso cuando sale un toro
que requiere valor y maestría, pero también hay que reconocer el mérito
que tiene sobreponerse a los inconvenientes de cualquier tipo. Al único
que no debió gustarle el quehacer de Ponce fue al director de la banda
de música, que pese a las reiteradas peticiones de los que pedían que
amenizara la faena, permaneció en silencio en una actitud
incomprensible e inadmisible.
El «nuevo» Jesulín estuvo
francamente bien en su primer toro, un animal noble que, en tiempos aun
cercanos, hubiera incitado a este torero a hacerle «la tortilla» y
todo tipo de excentricidades, de las que tenía un amplio repertorio
pero en su nuevo «look» torero lo que hizo Jesulín fue torear
admirablemente, con un bellísimo comienzo de faena que luego siguió
por los derroteros del temple y de la ligazón. Que Jesulín entusiasme
toreando también constituye novedad importante en La Malagueta, como lo
es en otras plazas, en las que poco a poco van admitiendo las actuales
preferencias de un torero que llega al público porque hace lo que
realmente siente.
Al quinto solo se le dio un
picotazo, pero llegó al tercio final soso y apagado. Jesulín no lo
obligó obligó nunca y se mostró muy voluntarioso pero poca cosa más,
ya que el toro solo admitía algún que otro pase suelto. No hubo otras
cosa que resaltar y por eso resultó excesivo el reconocimiento del público
con la petición de oreja. En este toro si sonó la música, sin que la
pidiera nadie.
El primero de Finito salió
renqueante y posiblemente para forzar su devolución y ver si el sobrero
reunía mejores condiciones físicas, lo masacraron en el caballo y,
claro, salió de la suerte trastabillado, por lo que se produjo la
salida del sobrero Pero se equivocaron, porque el de Gerardo Ortega fue
un torazo muy serio, demasiado gordo y como consecuencia de ello, se paró
enseguida. Cuando se decidía a embestir lo hacía con nobleza, pero sin
clase, y los defectos apuntados hicieron imposible a ligazón, por lo
que Finito logró los pases de uno en uno y aliviándose, o sea, sin
excesivas apreturas. Y con la espada, un desastre.
El que cerró plaza era un toro
bajito, aparatosamente armado, pero con la misma falta de fuerzas que
sus hermanos de camada. Finito anduvo probandolo de todas las maneras,
pero si le bajaba la mano se caía y si lo dejaba ir a su aire daba
cabezazos. Y con un quiero y no puedo por parte del diestro cordobés se
acabó la tarde o, mejor dicho, la noche porque con los nuevos horarios,
media corrida es nocturna.
El
País. JUAN ORTEGA.
Valverde
toreó al natural
Un Jesulín la mar de serio, no sólo en el gesto, sino en su labor
torera. Con decir que hasta apuntó el lance a la verónica, de verdad
que sí. Es cierto que no pudo evitar vaciar la embestida hacia afuera,
pero de todas formas media una gran distancia entre el ex coleccionista
de lencería femenina y el torero que ayer hizo el paseíllo. La faena
del segundo fue a derechas, excepto una última serie no muy natural.
Hay que resaltar la buena calidad general y alguna serie que sobresalió.
En el quinto volvió a manejar bien el capote, cuidó la lidia y empezó
la faena por bajo, de pie, con unos muletazos en los que el toro
circulaba alrededor de la faja. Después de una serie de derechazos, se
colocó entre los pitones y toreó al natural, lo que no es poco.
Siempre con la pierna interior del lance ante el hocico aguantó una
embestida que el toro se reservaba y fue a menos, eligiendo la cercanía
para prolongarla. Jesulín estuvo, con valor, en torero.
El primero de Ponce fue gordo, sin fuerzas, de nula acometividad y
media arrancada al paso; y cuando pasaba, se caía. Según pasaba, daba
tiempo a ir a por tabaco y volver. Con semejante material pasó
inadvertida la maestría de Ponce, cuando no quedó desairada. Nadie se
explicó del todo por qué no se devolvió al cuarto, de bastante más
peso que trapío y renco perdido. Cuando la situación se deterioraba,
Ponce consultó al pueblo si lo mataba, dividiéndose las opiniones;
prevaleció el voto de calidad del valenciano, que no quiso perderse
torear aquel bondadoso zapatito, en cuya lidia mucho público encontró
gran placer, ya que todo lo hizo como si delante hubiera tenido un toro.
Finito de Córdoba, nacido en Sabadell, se ve que da trabajo a muchos
paisanos cada vez que encarga una muleta a los telares de esa localidad.
Pase lo del telón, pero no tiene perdón el tostonazo. La caballería
pasó por las armas al sobrero, tapándole la salida, y llegó a la
muleta suavizado. Los minutos pasaban cuajados de derechazos puntuados
en el pico, que Finito prodigaba sin temor de Dios ni consideración a
su bondad. Alguien se planteó entonar cantos penitenciales para ver de
ablandar entrañas tan duras, más no cuajó la idea. En el sexto
tampoco tuvo su día. Era noche cerrada y la luz artificial invitaba al
descanso, que por fin llegó.
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