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Feria de San Antonio
PLAZA DE VISTA ALEGRE,
Tarde del viernes, 15 de junio de 2001
Corrida de Toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Baltasar
Ibán, anovillados y muy flojos. Apenas sufrieron castigo en varas.
2º, manso; 3º y 5º, boyantes; 6º, inválido.
Diestros:
- El Tato, estocada
desprendida (oreja); media estocada (algunas palmas).
- Oscar
Higares, media desprendida. Le perdonaron un aviso (silencio);
estocada delantera (división).
- Uceda Leal,
dos pinchazos, estocada tendida, descabello -aviso-, descabello y
dobla el toro (aplausos y saludos); estocada y cinco descabellos
(silencio).
Entrada: menos de un cuarto de entrada.
Crónicas de la prensa: El
Mundo, ABC,
El País
El Mundo.
JAVIER VILLAN. Más casta que pitones
Eramos pocos y, encima, la abuela no parió en Vistalegre. O sea que,
a las tantas de la tarde, seguíamos siendo pocos. Mas escrito está que
muchos son los llamados y pocos los elegidos. Y esta evangélica máxima
no se trae aquí a humo de pajas ni como irreverencia. Antes bien, se
cita el texto sagrado para dejar constancia de la buena suerte de
quienes perseveran en la fe taurina; éstos pudieron ver ayer en
Vistalegre muchas cosas que seguro les encumbrarán el ánimo.
Vieron cortar alguna oreja que otra, vieron la encastada nobleza de
los ibanes y vieron torear como las propias rosas a Uceda Leal; decir
como los ángeles sí que sería irreverencia y tomar el nombre de la
corte celestial en vano. Pero lo cierto es que Uceda Leal toreó muy
bien a su primero y, de no pinchar tan repetidamente, le hubiera cortado
las orejas. Claro que el bichejo no llegaba a la categoría de toro, mas
también está escrito que la personalidad de esta plaza no va a ir por
ahí: por el toro con redaños e íntegro, sino por todo lo contrario.
El Tato crece cuando se estira. Multiplica su estatura cuando alarga
el brazo, se despatarra y lleva el toro lejos, casi al infinito, de tan
afuera como lo despide. Con lo cual, para volver a recoger la embestida,
El Tato tiene que estirarse de nuevo, retorcerse, escogorciarse y
desencuadernarse, ¡qué trajín! Toda esta teoría de contorsiones y
barroquismos, la depuró El Tato en la llamada suerte suprema,
denominación que, por esas contradicciones del lenguaje, significa
justo lo contrario de lo que supone para el toro: la muerte. O sea, la
suprema desgracia. Decía que El Tato cambió todos sus retorcimientos y
entró a matar con la sólida conjunción de rectas y de oblicuas, sin
arabescos, que definen las estocadas de ley. En el primero, una entera;
en el segundo, media arriba que provocó derrame.
Bajó Oscar Higares las manos todo lo que le permite su estatura, que
no es mucho; y eso que las estiraba todo lo que podía porque tan chico
era el animalejo que, de no bajar tanto las manos, Oscar Higares no
hubiera encontrado toro ni en verónicas ni en muletazos. O sea que, por
ese lado, superior. Pero era un abuso aquella prepotencia: Higares, un
hombrón, aprovechándose de aquella birria de toro aunque tuviera
cuernos.
Se deslomó el quinto ibán al pegarse una costalada haciendo un pino
circense, que retumbó en toda la plaza con efectos amplificadores: ¡boom!
Como una bomba. Lástima, pues era un toro, el más galán y apuesto,
con buen son. Tan bueno que, pese a que Higares no estaba por la labor
con demasiado entusiasmo, no tuvo más remedio que darle algunos
muletazos. Lo mató de media.
Como ya queda dicho, Uceda Leal entró en racha y puso sentimiento en
un bonito quite por chicuelinas. En algunos muletazos llegó a gustarse,
según se dice en la jerga; cosa que nunca he entendido del todo, aunque
traduzco por recrearse, morirse de placer, de gusto por sí mismo o algo
así. Dos tandas de redondos y dos de naturales, con los preceptivos
pases de pecho, fueron el núcleo de su faena.
No puede decirse que Uceda torease para sí, pues aparte de los 2.000
o 3.000 espectadores que había en Vistalegre, estaba Jimeno Mora, su peón.
Jimeno Mora, que se había desmonterado por parear muy bien, lanzaba
unos olés que fundían los plomos. En el sexto, con más cuajo y menos
escandaloso de rasuramiento, Uceda Leal ya no toreó como la corte
celestial, ni siquiera como las propias rosas. Uceda Leal estuvo un
punto vulgar, aunque sin estridencias. Y volvió a dar el mitin a la
hora de matar, esta vez sólo con el descabello. Sonó un aviso cuando
doblaba el animal. Y eso fue un alivio para todos.
ABC. SUAREZ
GUANES. Oreja para El
Tato y buena faena de Uceda Leal empañada por la espada
Lo mejor del festejo fue la clase que sacó la corrida de Baltasar Ibán.
En general los toros estuvieron por encima de los toreros. Abrió plaza
El Tato, que se limitó a cumplir el trámite al lancear, llevó bien al
de Ibán al caballo y fue aplaudido en un quite que constó de dos verónicas
y media. El astado llegó bien a la muleta, y El Tato, tras probaturas y
una serie diestra corrientita, se esmeró más en una segunda. Se empleó
con la zurda, esforzado, pero toreando para afuera. Una segunda tanda
tuvo más fondo y largura para volver al mecanismo burocrático en la
siguiente. Acertó al primer envite toricida y llegó a sus manos una
oreja. Sin nada que mencionar en el primer tercio del cuarto, El Tato se
lo sacó a los medios en la faena de muleta, en la que, con bastante más
hondura que en el toro anterior, toreó bien sobre la derecha. Por el
medio unos naturales en los que se mostró más peleón que otra cosa.
Óscar Higares salió del paso al lancear a su primero. Se sacó a su
antagonista a los medios con la muleta, para ejecutar unos derechazos
que fueron cuarto de pase cada uno. Resultó mejor el pectoral de
remate. No se acopló del todo con la otra mano, serenándose al volver
a la diestra, después de unos primeros muletazos eléctricos. Otra
serie similar no fue lograda, aunque la música tuviera eco de fondo. En
general se mostró por debajo del buen toro.
Cargó la suerte y hasta puso lentitud Higares al veroniquear al
quinto. El toro se cayó en banderillas y llegó quedado a la muleta. Óscar
lo toreó con suavidad y pulcritud primero, y luego con mayor hondura,
aunque sin excesiva brillantez. Agarró un espadazo arriba.
Apuntó cosas Uceda Leal al recibir con el capote al tercero. Después
fue aplaudido en unas chicuelinas de manos bajas. Se lo sacó Uceda a
los medios andándole con garbo y torería. Pasó a instrumentar unos
derechazos con el gusto y empaque que le caracterizan, sobre todo en la
segunda de las tandas en las que hubo armonía, plasticidad y cite
semi-frontal, como debe ser. Mantuvo el mismo ritmo con la izquierda y,
cuando en el primera de las dos series el toro se paró, esperó y
terminó sacándolo por delante con galanura, en uno de pecho. Lástima
que fallara con los aceros. El sexto, muy atacado de kilos, se limitó a
cumplir.
El País.
JOAQUÍN VIDAL. Todos a gustito
En el Palacio Vistalegre se está muy bien. Toreros, espectadores, músicos
y comparsas, todos a gustito. Los toreros se divierten toreando toretes
sin fuerza desde cómodas distancias. Los espectadores, todos sentaditos
en cómodos sillones, y no en esos pedazotes de granito de los tendidos
de otras plazas, en los que hay que poner una almohadilla entre el
culete y la aspereza berroqueña. Los músicos también se sienten
felices allá arriba, rozando la cúpula, y se empeñan en desentonar
con sus tatachines, en contra de los silbidos de algunos espectadores a
los que el eco estruendoso de la charanga, aumentado por el efecto
amplificador de la cubierta, les hace pupa en los oídos. Los únicos
que seguramente no están muy a gustito son los periodistas, a los que
se obliga a entrar al coso por el patio de arrastre, entre el aroma de
los detritus de las reses muertas. Pero ya se sabe que los periodistas
son la canallesca indeseable y tienen que fastidiarse.
En esta corrida se fueron sin torear cinco toros a ese patio de los
despojos. Los matadores se irían al hotel muy a gustito, porque el
esfuerzo realizado fue mínimo.
El primer toro salió engallado y ufano, contento de que sus trazas
de novillito no hubieran impedido que se le anunciara como toro. El Tato
se bailó una zambra con el capote. Con un arañacito en mitad del
espinazo se dio por cumplido el tercio de varas. A pesar del corto
recorrido en la muleta, El Tato, cómodamente situado fuera de cacho,
tiró de él por ambos pitones sin emoción ni gusto. El cuarto, un
novillete. Cero con la capa para El Tato. En varas, música de estribo e
intentos de quitarse el palo por parte del animalejo. El Tato se echó
el toro hacia fuera para que no le alcanzaran sus cabezazos. Luego trató
de bajar la mano y terminó desarmado.
Escurridizo y absolutamente sin trapío fue el segundo, y con él se
estiró en dos verónicas y media Higares. Le dieron un picotazo y el
animalito protestó zurrando el estribo. Volvió a protestar con mugidos
y brincos en banderillas. No se acopló Higares con su escasísima
embestida y, más que torear, correteó de acá para allá. En el
quinto, la labor de Higares fue voluntariosa, pero no se arrimó. Y la
faena no existió, naturalmente, por mucho péndulo y abaniqueo con los
que remató el asunto.
Uceda hizo una faena templada y ajustada al tercero, con alguna que
otra metedura de pico. Al sexto, un utrerito con sospechosos signos de
haberse sentado en el sillón del rapabarbas, no le pudo hacer el toreo
porque apenas se podía tener en pie.
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