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Feria de San Antonio
PLAZA DE VISTA ALEGRE,
Tarde del martes, 12 de junio de 2001
Corrida de Toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de García
Jiménez, buenos en general.
Diestros:
Entrada: lleno de no hay billetes.
Crónicas de la prensa: El
Mundo, ABC,
El País
El Mundo.
JAVIER VILLA. Abellán y el ensueño de Ponce a
hombros
Enrique Ponce y Miguel Abellán salieron por la Puerta Grande; pero,
a mi modesto entender, son dos salidas a hombros de distinto peso: el
ensueño de Ponce y la decisión batalladora de Miguel Abellán. Y don César
Gómez, correcto hasta esos momentos, se excedió en la segunda oreja a
Abellán, tras el feo primer pinchazo. Con todo, ha sido una de las
tardes en que el torero madrileño ha manejado la izquierda con más
contundencia y aplomo.
El otro momento clave de la tarde fue la petición de indulto; y ahí
el señor presidente estuvo bien denegándola, pues el toro en el
caballo no pasó de discreto y blandito. El indulto hubiera sido una
barbaridad, aunque la faena de Ponce fue imponente: un modelo de precisión
y una expresión pura de belleza. Cuando remató Enrique Ponce con una
trinchera y se fue a citar desde los medios, se presentía un Ponce
sintiéndose por dentro y dibujándose por fuera: un Ponce exacto desde
las verónicas de saludo, de trazo limpísimo y en los terrenos
precisos. Un toro bravo, de enorme fijeza, de gran son: tanto por la
izquierda como por la derecha. Lo mejor, la construcción global, la
idea totalizadora del arte de torear un toro. Especialmente luminosas
dos tandas de redondos y dos de naturales de idéntico sello: ritmo y
ligazón. Y, sobre todo, lentitud: una lentitud inmensa y adormecida.
Entre serie y serie, adornos, trincheras y pases de pecho con la muleta
sobrevolando la hombrera contraria. La estocada, demorada por las
insistentes peticiones de indulto, arriba y letal.
En ese ambiente de clamores Miguel Abellán no estuvo mal; pero
comparado con el ensueño de Enrique Ponce eran pura materialidad
terrenal y humana. El toro era manso y acabó en tablas, con un Abellán
en tono menor; antes, el madrileño había tenido la virtud de enganchar
al huidizo animal en algunas series de derecha, de buena concepción
aunque aceleradas. Era inevitable: la lentitud y el sentimiento de Ponce
eran puro sueño que todavía revoloteaba por el albero.
¿Quién podría sacar las verónicas, o los naturales, de ese sueño
imperecedero y perfumado? Curro Vázquez había salido de la enfermería
y se hizo presente lanceando otro manso. Tiempos de incertidumbre; toda
la tarde de Curro Vázquez fue una tarde de gestos y de suavidades, lo
mismo que la de Ponce lo había sido de perfección y de ensueño. Curro
Vázquez: entre la gloria y los infiernos; Curro Vázquez por los aires,
en un gesto trágico e involuntario; en un muletazo postrero, tras dos
naturales suavísimos, el toro se venció buscándole el muslo. Curro Vázquez
por los aires. Faena de toques, de pinceladas, sin forzar. Y tres
redondos buscando siempre la totalidad del toro. Idéntico remate por
naturales en el cuarto. Volvió el ensueño, el aroma y la flor de torería;
la espada fue su sueño maldito.
Otra cara de Ponce en el quinto: el Ponce habitual, con facilidad y
poder, y acentuando sus defectos; las carreras entre pase y pase, por
ejemplo. Volvió a calentar Abellán el ambiente en lances apretados, en
quites y en largas. Tres estatuarios impecables. Y luego naturales
largos y rápidos. Y el clamor. Y el señor Gómez que emborronó la
tarde con la segunda oreja.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA.
Tarde redonda de Enrique Ponce y gran faena de Miguel Abellán
La primera tarde carabanchelera representó un éxito para Enrique
Ponce y Miguel Abellán. Ponce empezó a arrancar ovaciones al mezclar
verónicas, chicuelinas, medias y recortes al recibir a su primero. Hubo
temple y sosiego en los lances fundamentales y garbo en las nuevas
chicuelinas del quite. Le anduvo muy bien a la res con la muleta y dibujó
un par de ayudados por bajo de ensueño. Dos soberbias series con la
derecha, en las que se gustó y recreó con hondura y autenticidad. Los
naturales tuvieron el mismo rango y fueron «in crescendo» en dos
tandas sucesivas en las que, el de Chiva entusiasmó al gentío. Cuando
llegó la hora de la muerte, el público pidió a Ponce que siguiera
toreando, y hasta por tres veces pidió a la Presidencia el indulto. La
verdad es que Ponce soñó el toreo. El toro resultó estupendo, pero sólo
tomó una vara.
Ponce, en el quinto, con la muleta todo lo hizo él. De entrada se lo
sacó a los medios, y una vez ahí lo metió en vereda para torearlo
sobre la derecha con su habitual facilidad, pero enfadándose más de lo
que en él es costumbre. Se superó en el final del trasteo en que
combinó el sentido del toreo y las distancias con las dos manos.
El primer toro de Abellán fue devuelto a los corrales y sustituido
por otro de la misma divisa. Miguel se mostró en su habitual línea de
pundonor y valentía en una faena de corte derechista. Con dos largas
recibió Abellán al sexto, al que toreó de capa con limpieza, buen
gusto y apretura. Siguió calentando los ánimos en el quite y el
entusiasmo continuó en toda la faena de muleta en que aguantó las
acometidas de su rival con valor, agallas y valentía. Siempre dejando
la muleta en la cara. Hubo hasta cinco tandas de perfectos naturales, en
los que se mezcló el mando y el temple con la arrogancia y el arranque.
Curro Vázquez no tuvo su tarde. Dejó estela de su buen estilo en
sus dos toros tanto con el capote como con la muleta. Fue cogido
aparatosamente por el primero, pasó a la enfermería, donde le
atendieron de una brecha en la cabeza. Salió para en el cuarto, en el
que lo que hubo de bueno se diluyó a la hora de matar.
En la Feria de Granada, El Fandi cortó cuatro orejas, mientras que
el peón Alberto Martínez sufrió una cornada en el muslo derecho que
no afecta a los principales vasos. La corrida de Buenavista dio juego
desigual. Jesulín cortó una oreja y Puerto no consiguió nada con el
peor lote.
El País.
JOAQUÍN VIDAL. Un exhuberante toreo de salón
Enrique Ponce se emborrachó de torear, como solía decir el poeta en
similares casos. No la cogió de anís ni nada; era una embriaguez artística,
y en muchos pasajes de su primera faena, de torería también.
Es decir, que bordaba Enrique Ponce su toreo de salón, y entre crochés
y filtirés hacía una auténtica recreación del arte. Estaba tan
fundido e identificado con el toro, que a la faena no le veía el fin.
El toro tampoco veía el fin a su instinto embestidor; un instinto que
se hubiese podido parangonar con la voluntad humana si no fuera porque
el ser humano no posee esa bondad infinita, a salvo vírgenes, mártires
y hermanitas de la Caridad.
El toro era corresponsable de la recreación artística. Mitad y
mitad se podría calcular sin miedo a incurrir en error. Así cualquiera
podría aducir quien no presenció la obra, y seguramente tendría razón
si no fuera porque hacerle el toreo bueno a un toro de bondad absoluta
no está a la altura de cualquiera. Únicamente los que proceden de
remotas galaxias tendrían tal opción. Sin embargo Enrique Ponce, por
si acaso, realizó exactamente aquello que convirtió en mitos a
egregios representantes de galaxias remotas sólo que aderezándolo de
un toque de perfección. Así, por ejemplo, la chicuelina a pie quieto y
figura erguida, la dio no de trallazo sino imprimiéndola un giro de
seda; así, al natural de impávida ejecución, le imprimía una
templanza casi evanescente.
Cierto que Enrique Ponce incurrió en sus conocidas ventajas -lo de
torear fuera cacho, lo del pico, lo de salir perneando al concluir el
pase- pero poco en el transcurso de la dilatada faena. Más veces lo
hizo con el quinto toro, que resultó asimismo noble aunque sacó la
vivacidad consecuente a la casta y, sobre pernear, lo toreó acelerado y
piquista.
Con el toro de casta vivaz Enrique Ponce volvía a ser el torero
vantajista de los últimos años. Con el pastueño infinito, alcanzó la
grandeza del arte de torear. Claro que el toro no sólo era pastueño
infinito, sino chico hasta el bochorno, abecerrado y sin fuerza, hasta
el punto de que se le simuló la suerte de varas pues esa prueba capital
de la lidia le quedó reducida a un leve picotazo. Un toro que sólo
acepta un picotazo no puede ser indultado, como pedía el público por
aclamación (el diestro parecía darle la razón al prolongar
reiteradamente la faena) y el presidente estuvo en su sitio al
denegarlo. En lugar del indulto mandó un aviso porque ya estaba bien. Y
luego premió al toro-becerro de infinita boyantía con la vuelta al
ruedo.
El público estaba lanzado. En el Palacio Vistalegre, por ser plaza
cubierta, voces y aplausos adquieren un estruendo inusitado, con lo cual
no se sabe muy bien si los triunfos son tan clamorosos como parece.
En lo referente al público, el Palacio Vistalegre es un misterio. Al
empezar la corrida había apenas un cuarto de entrada y al terminar lo
menos tres cuartos. Qué hizo el público entre medias, él sabrá; pero
debió parir, o no se explica.
Curiosamemnte, a medida que se llenaba el tendido crecía el
entusiasmo. Miguel Abellán oyó ovaciones enormes en el trasncurso de
sus voluntariosas faenas, sobre todo la segunda en la que toreó mucho y
bien al natural y cobró una excelente estocada. Curro Vázquez no pudo
desplegar su toreo de esencias con el cuarto toro, que se desplomaba, y
al que abrió plaza le sacó espléndidos derechazos mientras al
engendrar un natural sufrió una aparatosa voltereta.
Por ese pitón izquierdo avisaba el anovillado especimen, que había
sido anunciado en la tablilla como "P. de Francia", ganadería
desconocida de casi todo el mundo, si bien alguien aventuró que se
trataba de los Juan Pedro de Francia. Mas no hay tal: Peña de Francia,
se llama, y dio juego. No hasta el extremo de inspirar el toreo
exuberante, de duendes y magnitudes galácticas, pero si el de parar,
templar y mandar. Y eso es lo que Curro Vázquez le dio.
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