GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo
PALACIO DE VISTA ALEGRE
Tarde del miércoles, 12 de marzo del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Juan Pedro Domecq, impresentables; sin trapío e inválidos. A la mayoría se les simuló la suerte de varas. .

Diestros: 

  • Curro Romero: tres pinchazos corriendo hacia afuera y tres descabellos (silencio); estocada en franca huida tirando la muleta (oreja con algunas protestas).
  • José María Manzanares: media estocada caída, ruedas de peones y dos descabellos (silencio); cuatro pinchazos bajos y dos descabellos (silencio).
  • Enrique Ponce: estocada tendida trasera caída (oreja protestada); dos pinchazos y bajonazo (oreja con insignificante petición, muy protestada); salió a hombros.

Entrada Lleno


Crónicas de la prensa: El Mundo, El País, ABC


El País. JOAQUÍN VIDAL. El palacio de las cabras

Madrid. Soltaron seis cabras tullidas y modorras. A quién se le ocurre.

A quién se le pudo ocurrir soltar seis cabras tullidas y modorras para la inauguración de una plaza de toros, que pomposamente llaman palacio.

Acudió la afición, junto a ella la gente principal de nota y alcurnia, y se encontraron con un edificio grande, moderno y bien plantado, que en varios de sus bajos alberga tiendas y grandes superficies, anunciadas mediante enormes rótulos. Visto así, el palacio daba la sensación de centro comercial (y sin duda lo es).

Sin embargo posee asimismo dos amplias puertas principales, la llamada norte y la llamada sur, ésta precedida de solemnes escalinatas y, a la manera del Congreso de los Diputados, flanqueada no por dos leones sino por sendos toros broncíneos sobre altos pedestales, que lucen buida cornamenta e irreprochable trapío.

Nada que ver esos broncíneos toros del exterior con los de carne (flácida) y hueso (fofo) que soltaron dentro, ¡oh frustración! El Palacio de Vista Alegre, multiusos, empezaba a fallar en lo esencial y a convertirse en palacio de las cabras, válgame dios. A quién se le ocurre...

Porque no puede inaugurarse el palacio y dar acceso a un pueblo expectante e ilusionado, sin discriminación de clases ni de ideologías, con el propósito -se supone- de convertirlo en cliente, y llegado el momento de la verdad, ofrecerle la cabrada impúdica aquella, que partía sin resuello del toril y acababa moribunda.

De manera que el pueblo -alto y llano-, principalmente la afición conspicua, regresó de la experiencia corrido y amostazado. Para semejante aventura da lo mismo mísero corral que palacio altivo. Un sucedáneo de corrida de toros no es de recibo en Madrid por mucho que intentaran disfrazarlo el triunfalismo de un público que había acudido invitado y el funcionario titular del palco presidencial, llamado Luis Torrente, que no formaba parte del montaje pero le venía al pelo.

Y ya que la función se había planteado así, salió Curro Romero y se entretuvo en cortar una oreja. Enrique Ponce cortó dos mas estas fueron harto discutidas y ruidosamente protestadas. Una de ellas la pidió el público, puede que por mayoría, en cuyo caso se ajustaba a lo reglamentado. La segunda no la pidió apenas nadie, los mulilleros se demoraron dando tiempo a que el presidente se lo pensara dos veces (o tres) y, en efecto, acabó concediéndola, lo cual satisfacía al matador (que es accionista del palacio) y le regalaba la salida a hombros por la puerta grande. Que es de lo que se trataba, seguramente.

Sin orejas quedó Manzanares. Tampoco dio motivos para obtenerlas. A salvo unas verónicas aseadas y unas chicuelinas de su especialidad en las que recorta la embestida ciñendo el capote por la pierna abajo (las clásicas son más escuetas y bonitas), su tarea transcurrió inconexa e insegura. Manzanares no debía de estar dispuesto a exponer un alamar, ni con las cabras.

Enrique Ponce, por el contrario, se mostró afanoso en su incontinencia pegapasista. Desarrolló faenas larguísimas, de aleatoria templanza, faltas de hondura y de ligazón. La primera iba de capa caída hasta que, al engendrar un pase de pecho, el toro le volteó aparatosamente, y pues volvió a la cara del esmirriado animal, el público agradeció su pundonor. Al quinto lo faenó en la modalidad del unipase, fuera cacho, abuso del pico, distante y acelerado, sin que le viera fin al trasteo. Mató mal y se llevó la oreja de regalo.

Antes había comparecido Curro esbozando algunas pinceladas. Mientras a su primer inválido no lo quiso ni ver, al cuarto le meció verónicas de alta escuela, lo trasteó con torerísimos ayudados y pases de la firma ganándole terreno hasta los medios, y aún apuntó unos redondos de bella factura. Pocos, pues practicando los cites encorvado y largando pico, llegaban horrendos enganchones. Y además, el toro, aquejado de borreguez, devino modorro y no había más que rascar. Mató Curro en franca huida, corriendo despavorido en tanto tiraba la muleta, y como el mandoble que perpetró se hundió en el hoyo de las agujas, una ensoñación colectiva lo convirtió en volapié neto y le regalaron la oreja.

Datos para la historia: la primera oreja del nuevo Palacio de Vista Alegre la cortó Enrique Ponce, quien protagonizó, asimismo, la primera salida a hombros por la puerta grande. También Enrique Ponce sufrió el primer revolcón y fue el primer coletudo asistido en la enfermería, donde le apreciaron un varetazo que no le impedía continuar la lidia.

El primer toro que saltó a la arena era un inválido sin trapío, similar a las otras cinco cabras de Juan Pedro Domecq que dieron la pauta del palacio y dejaron su marchamo para futuros acontecimientos. Tenía pelo jabonero, estaba marcado con el número 512, pesó 518 kilos según la tablilla y lo lidió Curro Romero. Lo de lidiar es un decir.


El Mundo. JAVIER VILLAN. Inauguración, fiesta y escombros

MADRID.- Coso polivalente es aquel reducto que vale para muchas cosas; incluso para ver toros y toreo aunque ayer, estrictu sensu, no lo hubiera. Aquí, en esta nueva Vistalegre, donde antes estuviera La Chata, podrá escucharse música, teatro, ver danza y otras finezas, aunque acaso no se vean demasiados toros. Pero bienvenida una nueva plaza cubierta, que siempre es síntoma de buena salud; por lo menos económica. Lo de los toros y el arte es otra cosa, claro.

Enrique Ponce es el primer torero que ha abierto la puerta grande de la nueva Vistalegre; el primero que ha cortado una oreja, el primero que ha sido volteado, aunque no le pasara nada, a Dios gracias. La tarde fue de fiesta y hasta Curro Romero cortó una oreja de ésas de bautizo, como las de Ponce, como las peladillas y caramelos que se tiraban en mi pueblo para que los recogiera la chiquillería.

Si Manzanares no mojó ni tocó pelo fue porque no quiso. O porque no pudo su atribulado espíritu. El señor Torrente traía las orejas a mogollón y a escombros. Si no se las dio a Mariano de la Viña, a Tejero, al caballo de un picador o a un monosabio que tuvo que tomar el olivo, fue porque no se las pidieron. Estábamos todos de fiesta de inauguración y para eso valían los escombros de torillos anovillados de Juan Pedro Domecq. Naturalmente, con ese cartel nadie podía llamarse a engaño. O se eligen toros o se eligen diestros con gancho popular y alcurnia. Parece ser que, en esta Fiesta de nuestros pecados, ambas cosas son incompatibles.

Al acabar el feste!jo, a muchos les bastaba con el recuerdo, en este mismo sitio cuando se llamaba La Chata, de Antonio Bienvenida, de la revelación de Rafael de Paula y otras revelaciones del pasado. Pero incluso las celebraciones más amables pueden torcerse y eso estuvo a punto de ocurrir en el tercero, un torito terciado y cómodo de cabeza, pero vivísimo y manso que le rompió a Ponce el vestido y, por fortuna, sin cornada. Ese percance y el valor, de oficio, que luego demostró Ponce tras el revolcón, pudieron dar otro aire a esta corrida inaugural. No sé cómo sería aquella otra de principios del XX, también inaugural, con Gaona, Bombita y Machaquito. La de ayer, una fiesta social. El percance de Ponce, la efectividad de su bajonazo, el recuerdo de algunas verónicas vibrantes y la buena disposición, ya reseñada, del señor presidente le valieron una oreja.

Romero, abiertas las espuertas de la generosidad, no iba a ser menos. Algunos golpes de abanico que pudiéramos llamar trincherillas; verónicas de vuelo lento en la esencialidad recortada de su capotillo, redondos y trincheras para llevarse el toro a los medios. Y luego lo sublime del trazo y del inicio de muletazos inconclusos.

No remató un solo pase, mas la intención divina y la marchosería ante el animalillo, el medio viaje de la muleta, prevalecieron sobre cualquier otra consideración. Pedirle que la muleta no acabara hecha un rebuño hubiera sido cruel. Y luego la forma de cargarse al animalillo: Romero alargó el brazo, miró para otro lado, tiró la muleta y salió corriendo. Y de pronto, los espectadores vieron al juanpedro con el estoque arriba y agonizante.

Faltaba Manzanares y lo intentó con unas chicuelinas de mano baja que resultaron eléctricas. Manzanares ha perdido carisma e inspiración y no le vale el garbo y la pinturería ni los muletazos insinuados, mas no acabados, como a Romero. Empezó a perder pulso, terreno y voluntad; y a pinchar de mala manera, como Romero, pero con menos eficacia.

Para eficacia la de Ponce en el sexto, sin rastros ya de la volte!reta ni en el vestido ni en el ánimo. Usó de todas las ventajas, salvo en el brillante remate de faena, erguido el talle y baja la muleta. Incluso se tomó la ventaja de pinchar tres veces. Pese a lo cual y a que casi nadie la pidió, el benévolo y dispendioso presidente le abrió la puerta grande.


ABC. ZABALA DE LA SERNA.Curro bautizó Vistalegre con un manto de verónicas

A las plazas nuevas, como a los niños chicos, se les debía bautizar; a falta de cura y agua bendita ayer Romero ejerció de sacerdote ypadrino al mismo tiempo y envolvió la tarde y la inauguración en un manto de verónicas (o quizá habría que escribir el nombre de los lances con mayúsculas). El Faraón quiso celebrar el moderno edificio así, con el toreo imperecedero. Qué curioso ver tanta tecnología al lado de ese milagro tan añejo que produce el capote de Curro.

Ponce, por su parte, se encargó se estrenar la puerta grande, que el público estaba muy por la labor. Y el valenciano también. Pero la espada y su lote a poco se lo impiden.

La historia de la crónica va más allá de lo sucedido sólo en el ruedo. Tal vez arrancó en 1987, cuando Arturo Beltrán, alma de este proyecto carabanchelero, se embarcó en la aventura de cubrir la plaza de Zaragoza, a pesar de las críticas. Hoy la Feria del Pilar le debe la vida.

Fue la primera cobertura de un coso en España. Después vinieron La Coruña, Pontevedra, Leganés, San Sebastián. Y ahora estudian los proyectos de Pamplona, Burgos, Logroño... Beltrán fue un visionario y un pionero. A la Fiesta suelen llegar la mayoría de empresarios a llevárselo. De momento, seguro es que este maño noble ha aportado más a los Toros de lo queha sacado.

El Palacio de Vistalegre —que así, junto, lo han puesto en la fachada— es una maravilla por su comodidad. Otra cosa será que los gustos estéticos difieran (por fuera resulta feote), pero que nadie le niegue la amplitud a las localidades, ni la efectividad a la cúpula móvil, ni la luminosidad al interior, ni la solidez al ruedo, ni la generosidad de las entradas y salidas. Ayer, además, hacía un día de perros en Madrid, ventoso y frío. Dentro no se notaba. Ni el público ni los toreros lo acusaron. Todavía habrá quienes prefieran sol y moscas: ¿y cuando no hay sol y cae una rasca, que dicen los castizos, de tiritona, entonces qué?

SIN CAMBIAR EL GESTO

A la efemérides le sobró la corrida de Juan Pedro Domecq.Tiene su mérito este afamado ganadero, porque aunque a sus pupilos le falten las fuerzas, la casta e incluso el trapío, no cambia el gesto. Es más, se coloca allá donde las miradas se centren. Oiga, que ni baja la cabeza en caso de que a los «toros artistas» les dé por echarse en mitad de la faena.

La corrida salió desigual en todo. Por los torilesaparecieron ejemplares que iban desde el anovillado segundo al engallado y alto sexto, pasando por otros mejor construidos.

No llevaba en un principio el festejo grandes trazas. Es más, casi toma tintes dramáticos cuando el tercero cambió la bravura por el genio y la nobleza por la mala uva y le dio una voltereta dura y seria a Enrique Ponce. Se incorporó sin mirarse y crecido. Cambió de mano, que antes estaba al natural, y le echó redaños al asunto, cuando los pitones buscaban la carne más que el engaño. La vibración del momento y una efectiva estocada trasera ydesprendida provocaron que los pañuelos asomaran para obligar al usía aconceder el primer trofeo de la historia del nuevo coso.

Al fin y a la postre sería Ponce el triunfador de la tarde, porque le dieron la oreja también del alto sexto. El diestro valenciano lohabía entendido muy bien. Buscó con intelegencia la distancia de la lejanía y el planteamiento justo para no obligar demasiado a su enemigo, que tenía labravura contadísima. Ocurrió como cabía esperar: en cuanto sometió al juampedro al natural, se rajó. En las postrimerías de la faena, surgieron los mejores derechazos de la misma, a cámara lenta, y unos ayudados para nota. Igual hasta aquí el premio hubiera sido más justo que tras dos pinchazos y un espadazo en el rincón. Mas la gente estaba por la alegría, que es muy sano aunque poco riguroso.

Tampoco lo de Romero con la muleta ante el cuarto había sidopara la pañolada. Para un monumento sí que valían las verónicas de saludo, con especial mérito las mecidas por el pitón izquierdo y la inconmesurable media. Los lances se dormían en la lentitud de su ejecución. La apertura de faena a media altura emanó torería también. Más tarde, apenas nada cuajó. En el volapié, estiró el brazo y cazó en la fuga una estocada corta. Currosacó pecho, vista la hazaña. Y el público también.

Manzanares dejó el aroma de un trincherazo, un pase de lafirma y dos derechazos soberbios como toda muestra de su arte ante el manejable quinto. En el anterior, una raspa inválida, nada.

A la salida, hacía frío y viento. Y nosotros sin enterarnos.